CAPÍTULO VEINTE #2
—Está usando al vecchio.
La polla se me movió ante la imagen de mi ángel golpeando a Bogdan hasta dejarlo cubierto de sangre.
—¿Algo nuevo?
—Todavía nada, pero por lo que me dijo, todos los guardias están aterrados con la mujer. También dijo que Sasha llevó a un hombre y a una mujer a la mansión. Parece que los sacó de un club perteneciente a un Voyennye llamado Oleg Makarov.
—Está construyendo su propio equipo, y más rápido de lo que le sugerí.
—¿Qué hacemos con las chicas, jefe?
—Nada por ahora. Las necesito para hacer que Alexei abra la boca.
—Dejaré a los guardias con ellas, y Ren mantendrá las cámaras encendidas para que sepamos todo lo que hacen.
—¿Cuándo llega su avión?
—En unas horas. Avisará para que alguien pueda recogerlo.
—¿Alguna noticia de Anya?
—Todavía no, pero ya debe de saber lo del secuestro de Viviana.
—Necesito descubrir qué hizo entrar en pánico a Nico lo suficiente para llevarse a mi nonna. Pero creo que encontré a alguien que puede ayudarme.
—No haría algo tan grande si no estuviera desesperado, jefe.
—Sì. Y nada puede convencerme de que la desaparición de Alexei no esté al principio de la lista.
—Anya y Nico no saben qué pasó con el ruso, pero están aterrados por lo que pueda revelar.
—Exactamente.
—¿Qué le dirás a Sasha cuando descubra que nos llevamos a las chicas?
—Cuando llegue el momento, lo decidiré. Ahora necesito concentrarme en Viviana, y no puedo preocuparme por ese pedazo de mierda ruso.
—No te preocupes por nada, Matteo. Me encargaré de las cosas aquí. Nuestros hombres están distribuidos y vigilando todo lo que ocurre en la mansión.
—Quiero actualizaciones cada hora, Dario.
—Sì, signore.
—Tengo que irme.
Miré el reloj y vi que eran casi las ocho de la noche en Sicilia.
—Quiero salir de Lussuria antes de que empiece a llenarse.
—Extraño el club. Necesito volver con mis chicas.
—Seguro encontrarás algunas putas rusas para pasar el tiempo.
—Amo a las mujeres italianas, Matteo. No pienso comer coño ruso ni para pasar el tiempo.
—Tú te lo pierdes. Mantenme informado.
Corté la llamada, recogí mi chaqueta y le envié un mensaje a Ren. Sabía que no respondería de inmediato, pero esperaba que ejecutara la búsqueda que le había pedido.
Bruno me llevó al almacén que usaba para castigar a mis enemigos. El tráfico estaba tranquilo, y una sensación extraña se movió en mí cuando vi la ciudad iluminada a nuestro alrededor.
Viviana ama todo esto.
Era lo único que podía pensar. El pecho se me apretó al imaginar lo que Nico podría hacerle para herirme.
En todos estos años, nunca le había dicho a esa mujer cuánto había sanado su presencia alguna parte de mi alma. Y después de todo lo que ella había perdido, sabía que la muerte de mi madre la había herido tan profundamente como a mí.
La cabeza me palpitaba.
Mi vida podría ser buena si tuviera a las dos mujeres cerca de mí —Sasha y Viviana—, pero dudaba que eso llegara a ser posible alguna vez.
La angustia se convirtió en dolor físico, aumentando la tensión de mi cuerpo con cada manzana que me acercaba a la mujer que podía ser mi único triunfo sobre Nico.
Ahora estaba ansioso.
Medio loco por ver su cara cuando supiera que tenía en mi poder su sucio secretito.
Quería que sufriera.
Mucho.
Que agonizara.
Que suplicara por la vida de su puttana.
El coche se detuvo, y apenas pude esperar para ver a la mujer que mi primo había escondido de todos.
—Señor, necesito decirle algo antes de que entre.
Rinaldo estaba nervioso, sudando, casi tartamudeando. Pasé junto a él sin prestarle demasiada atención. La adrenalina me corría por el cuerpo, buscando emoción, acción, sangre y dolor.
—Si tienes algo que decir, dilo.
No dejé de caminar.
—No estaba sola, señor.
—¿Hiciste lo que te dije?
—No, señor.
Solo entonces me detuve y me giré hacia el idiota inútil que parecía a un suspiro de ponerse a llorar.
¿Qué carajo?
—¿Puedo saber por qué no hiciste lo que te ordené?
Saqué mi arma, listo para terminar con su vida inútil.
—Espera, Matteo. Antes de hacer nada, entra y mira con tus propios ojos lo que Nico nos ocultaba a todos.
—¿Esto es algún tipo de broma, Rinaldo?
Parpadeó varias veces, sudando y temblando.
Un verdadero cobarde.
—No, señor. No es una broma.
—Voy a entrar, Rinaldo, y en cuanto mate a quien estuviera con la puta de Nico, acabaré contigo.
Asintió como si me diera las gracias en silencio.
Atravesé los pasillos estrechos y llegué a la puerta de hierro fundido que separaba mi centro de entretenimiento del resto del mundo. La empujé. Chilló sobre las bisagras, y mis ojos cayeron sobre las sillas ocupadas en el centro de la sala.
Lámparas duras brillaban sobre los cuerpos, y por un segundo pensé que estaba soñando.
Quise estar soñando.
Pero lo que vi era una puta pesadilla.
—¿Qué demonios es esto?
gruñí.
—Esto es lo que encontré en esa casa, señor. Creo que explica por qué Nico no quería que nadie supiera de la mujer que mantenía escondida. ¿Capisce?
Joder.
¿Qué había dentro de la cabeza de Nico?
—Por favor, Don Matteo…
La voz de la mujer me sacó de mis pensamientos.
—Haré lo que quiera, pero por favor… déjeme explicarle.
Estaba buscando explicaciones, ¿no?
Entonces ¿por qué de pronto no quería otra cosa que sacar mi arma y acabar con la vida de mi primo?