El idioma de los girasoles XLI, Kylian #2
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XLI, Kylian #2

—¿Cuándo te marchas? —le preguntó papá a Kavan, sin molestarse en presentarse en condiciones ante el entrenador. Apreté más los dientes—. Podríamos comer algo juntos y…

El aludido negó con la cabeza y cruzó los brazos sobre el pecho.

—No, gracias. Ya tengo planes que, por cierto —añadió, girándose hacia nosotros—, os involucran a vosotros. Ya he hecho la reserva en un restaurante que me recomendó Axel.

Nuestro padre se masajeó el puente de la nariz, con un hastío más que evidente.

—Hijo…

En lugar de hacerle caso, Kavan se centró por completo en despedirse del señor Peng y hacerle prometer que se tomaría todas sus vitaminas, se alimentaría bien y tendría cuidado cuando llegase el invierno.

Le aseguró que le visitaría en cuanto tuviera oportunidad, pero ambos sabían entre partidos, entrevistas, entrenamientos y otros eventos resultaría complicado.

Nos encontramos con Axel a la salida del deportivo y echamos a andar en grupo hacia un restaurante alemán que había en pleno centro del pueblo.

—Tengo que daros una noticia importante —sentenció Kavan en cuanto empezamos a comer.

Me pregunté si el motivo por el que se le veía más serio de lo normal era por lo que quería contarnos o por lo que había sucedido con papá, y no pude evitar sentirme impotente.

Le quedaban un par de horas más en Saint Julien que a Eleonor y a mí, que tomaríamos un tren a las seis para pasar el fin de semana en París y acostumbrarnos al bullicio de la ciudad antes de mudarnos, y me daba rabia que fueran así; cargadas de incomodidad, tensión y frustración.

—¿Es bueno o malo? —quiso saber Lalia, después de alzar un pulgar para indicarle a Axel que la comida estaba increíble.

—Depende de cómo lo veáis.

—Suéltalo ya —exigió Eleonor, cada vez con menos paciencia.

Aguanté la respiración mientras mi hermano se decidía y separaba los labios.

—El Paris Saint Germain ha pagado la cláusula de rescisión, lo cual significa que la semana que viene firmo el nuevo contrato y que, a partir de esta temporada, ya no soy jugador del Nantes.

Antes de que terminase la frase, su mejor amigo comenzó a toser con violencia, golpeándose el pecho con los puños y mirándole como si acabara de admitir que era un alienígena que había estado mintiendo sobre su identidad durante todos esos meses.

—Hasta yo, que no tengo ni la menor idea de fútbol, soy consciente de que el PSG es uno de los mejores equipos del país —exclamó Lalia, que no había dejado de parpadear a toda velocidad—. Por no decir «el mejor».

—Así que tú también te irás a París —musitó Kendra, aferrándose a la servilleta con tanta fuerza que parecía estar a punto de desintegrarse.

Kavan dejó los cubiertos sobre la mesa.

—Si no queréis que lo haga, todavía puedo decir que no. Supondría un gran problema, pero…

—Lo importante no es lo que quiera nadie —intervine, con el pulso latiéndome en los oídos e impidiéndome escuchar a cualquiera que no fuese él—, sino lo que quieras tú .

Es tu vida, tu futuro, tu carrera. Lo que los demás pensemos no debería ser lo suficientemente relevante como para hacer que cambies de opinión.

Aguanté la respiración y sentí cómo la falta de oxígeno me quemaba los pulmones.

—Entonces… supongo que la decisión ya está tomada.

No añadió nada más, limitándose a agachar la cabeza para seguir comiendo; sin embargo, la hermana de Eleonor se levantó de la mesa y le abrazó con más fuerza que en el campo de fútbol. Después, sin pensármelo dos veces, me uní yo. Para mi sorpresa, Axel y Eleonor tampoco se quedaron atrás.

Kendra fue la última en decidirse, pero a ninguno se nos pasó por alto las lágrimas de alivio que le recorrieron las mejillas cuando Kavan le apretó el brazo con todo el cariño que ya le había demostrado esos últimos años.

Kendra , que al igual que mi hermano nunca lloraba, se deshizo en sollozos hasta que no pudo soportarlo más y se apartó para beber agua.

Nos pasamos el resto de la tarde juntos, aprovechando hasta el último segundo que nos quedaba.

Para cuando nos acompañaron a la estación, tras hacer una pequeña parada en casa para coger lo que necesitábamos para ese fin de semana, tenía el pecho henchido por la alegría y la nostalgia porque, joder, cuando había vuelto a Saint Julien nunca había pensado que acabaría así.

Tan triste por volver a dejar el pueblo atrás que me dolía el corazón.

—¿Lleváis ropa suficiente? ¿Las tarjetas necesarias? ¿Dinero en efectivo por si ocurre alguna emergencia? —comenzó a enumerar Lalia, justo cuando el megáfono informó de que quedaban veinte minutos para que saliese nuestro tren.

Tras soltar una carcajada, Eleonor le puso una mano en el hombro.

—Todo irá bien, Lalia —le aseguró—. Solo será este fin de semana. Iremos a la exposición de arte de la que te hablé, haremos un poco de turismo y regresaré con algo bonito para ti.

—Si ya estoy triste por el hecho de pasar un par de días sin ti, no me quiero imaginar cómo será perderte de vista durante meses —sollozó la joven, limpiándose las lágrimas a toda prisa y obligándose a sonreír de oreja a oreja—. ¿Me aseguras que me llamarás todas las noches?

—Lo intentaré.

Después de que mis hermanos y Axel nos desearan un buen viaje, y el megáfono volviese a insistir en que los pasajeros debían acudir a los andenes lo antes posible, miré a Eleonor de reojo.

Los cristales de la estación dejaban pasar los rayos de sol, y estos acariciaban su rostro de la misma manera que yo la había tocado por la mañana.

—¿Lista?

Al contrario que yo, que solo llevaba una mochila con lo esencial —mis cuadernos de dibujo, un par de conjuntos de ropa y la documentación pertinente—, ella iba cargada con una bolsa de tela a rebosar y una maleta donde había metido más de lo que necesitaría.

—Preocupada —respondió, para mi sorpresa—. ¿Y si no estoy hecha para París?

—Fácil —dije como si nada—. Convierte la ciudad en tuya. Con lo grande que es, dudo que no encuentres alguna motivación. Además, vas a trabajar en una floristería y saldrás de Saint Julien por primera vez en tu vida. Es todo lo que siempre has querido.

Se mordió el interior de la mejilla.

—Vale. ¿Y si no entiendo nada de la exposición y me agobio?

—Por si ya te has olvidado, me tendrás a tu lado —le recordé—. Si tienes cualquier duda o no comprendes qué quería representar cualquiera de los artistas, puedes preguntármelo. Sabes que no te juzgaré ni te miraré mal. Por norma general, eres tú quien suele hacer eso en esta relación.

Intentó golpearme el pecho con el dorso de la mano, pero atrapé su muñeca antes de que llegase a impactar contra mi piel. Aprovechándome de la oportunidad, tiré de ella y le rodeé la cintura.

—¿Y si…?

La besé antes de que pudiera exteriorizar cualquiera de sus dudas.

—Nada de y si , Eleonor. —En lugar de apartarme por completo, presioné mis labios contra sus mejillas, calientes por el sol—. Sé que va en contra de tus valores, pero déjate caer. Estaré ahí para recogerte y que no te hagas daño.

Levantó la vista del suelo hasta que sus ojos se encontraron con los míos.

—¿Me lo prometes?

Sonreí.

—Te lo prometo.