Epílogo
D iciembre llegó en un segundo fugaz, perecedero, efímero.
El invierno arrancó todas las hojas de los árboles, llenó las calles de un espeso manto blanco y trajo consigo mismo la época preferida de la mayoría de la gente: la Navidad. Y, con ella, las vacaciones.
Pese a que Eleonor y yo teníamos planeado invitar a nuestras familias a París y enseñarles cada rincón de aquella ciudad que se había convertido en nuestro hogar, al final decidimos viajar a Saint Julien.
Por los viejos tiempos, cuando nos sentábamos enfrente de la chimenea para calentarnos las manos y nos contábamos historias de miedo hasta las tres de la mañana, aunque no fuese Halloween. Y, por supuesto, por mamá.
De seguir viva, habría cumplido años a final de mes.
Lo que más solía gustarle de la Navidad era comprar nuestros regalos con meses de antelación y darnos pistas sutiles; encerrarse en la cocina con Genevieve y preparar la mejor cena del año mientras daban sorbos a cualquier vino que encontrasen en los armarios; y, por encima de todas las cosas, ayudarnos a decorar cada esquina de nuestras casas.
Navidad no había sido lo mismo desde su muerte, lo sabíamos todos; sin embargo, tanto mis hermanos como yo nos habíamos propuesto cambiar aquello.
Sacudí la cabeza para aclarar mis pensamientos y me senté en el suelo, empapado por el rocío, ignorando el temblor que me recorrió el cuerpo al acariciar la superficie de la lápida que tenía delante.
—Hola, mamá. Han pasado muchas cosas desde la última vez que te visité —atiné a decir—.
Me mudé a París para perseguir mis sueños, a un estudio enanísimo en pleno centro desde el cual se ve la Torre Eiffel.
Me aceptaron en la universidad y mi portafolio recibió la mayor nota posible aun cuando creí que no estaría a la altura.
»No voy a mentir: han sido meses agotadores.
Casi no tengo tiempo libre, y el poco que me sobra lo paso con Eleonor o dando clases.
Porque sí —sonreí para mí mismo—, al final acepté el puesto de profesor que me ofrecieron.
Solo son un par de horas por las tardes, suficiente para pagar los gastos del estudio.
A Kavan no le hace mucha gracia, aunque ya lo conoces.
No quiere que Kendra ni yo movamos un solo dedo cuando él puede hacerse cargo de todo.
Le conté que Eleonor estaba muy feliz con el trabajo y que, tras mucho pensarlo, había acabado dejando la carrera. Por el momento, no se planteaba estudiar nada nuevo, aunque el grado de periodismo le llamaba la atención y estaba sopesando la idea de sacárselo a distancia.
También le dije que había seguido escribiendo y que ya no le daba vergüenza admitir que se tiraba noches enteras ideando historias y creando personajes; ahora compartía cada parte del proceso con nosotros y, cada vez que acababa un capítulo, me obligaba a leerlo y a darle mi opinión más objetiva.
Justo cuando acabé de hablar sobre cómo iban las cosas entre nosotros y los sitios que habíamos visitado —haciendo hincapié en las numerosas galerías a las que me había acompañado y las horas que se había pasado escuchándome parlotear sobre mis cuadros y artistas favoritos—, Eleonor apareció y se situó a mi derecha.
Habíamos ido juntos hasta el cementerio, pero se había quedado en el coche para darme el espacio que ni siquiera yo sabía que necesitaba.
Otra persona habría pensado que conversar con una lápida no era más que una pérdida de tiempo. Pero ella no. Ella me entendía mejor que nadie y sabía que me hacía falta.
—¿Cómo ha ido? —preguntó en un susurro, depositando sobre la tumba el ramo de rosas blancas que habíamos comprado de camino. Eran tan diminutas que se camuflaban con la capa de nieve.
—Me sigue pareciendo raro —me sinceré y estiré el brazo para entrelazar mis dedos con los suyos—, pero… Creo que me gusta. Me hace pensar que no se ha ido por completo.
—Claro que no se ha ido. Mientras esté en nuestros corazones, Olivia existirá siempre.
No dije nada, porque no hacía falta.
La cena que había preparado Genevieve era muchísimo más copiosa de lo que esperaba.
Había tentempiés dulces y salados, marisco, carne y pescado de diferentes variedades.
Aquello, unido al hecho de que Kavan no dejaba de ir de un lado a otro, ayudando a colocar las cosas en las mesa mientras se oían de fondo las carcajadas de Lalia y Kendra, me hizo pensar que de verdad había vuelto.
A casa.
Tuve que morderme la lengua en un par de ocasiones y respirar profundo para aguantar las lágrimas de alivio que me quemaban en los ojos. A mamá le habría encantado ser recordada de esa manera; sin dolor ni corazones rotos. Solo sonrisas, ilusión y nostalgia.
Perdí la cuenta de todas las ocasiones en que Eleonor me acarició la mano por debajo de la mesa, indicándome sin necesidad de palabras que entendía la ansiedad que me consumía por dentro.
Por eso mismo no me sorprendí cuando, nada más acabamos con todo lo que teníamos sobre el plato, se levantó y les informó de que estaríamos en el invernadero.
Lo bueno de haber crecido con ellos era que me entendieron al instante. No hicieron ninguna pregunta ni me exigieron una sola justificación. En cambio, Genevieve me estrechó entre sus brazos y no dejó de repetirme lo valiente y fuerte que era por el mero hecho de estar allí.
Mi padre, que había acudido a Saint Julien únicamente para la cena de aquella noche, se limitó a apretar los labios y observarme con impasividad.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Eleonor mientras se quitaba el abrigo acolchado que había elegido y lo colgaba detrás de la puerta—. Espera, se me acaba de ocurrir algo.
Se dirigió a uno de los estantes que había en la esquina y se puso de puntillas hasta alcanzar lo que buscaba. Fruncí el ceño cuando me miró con los ojos brillantes, sujetando en alto un par de rotuladores para que pudiese verlos.
—¿Quieres pintar? —pronuncié con lentitud, sin entender aquel entusiasmo repentino.
Me tomó de la muñeca y los dejó sobre la palma de mi mano.
—Yo no, pero seguro que tú sí. Es lo que más te calma cuando estás nervioso o entras en bucle.
—Antes de que pudiese decir cualquier cosa, y aprovechando que había encendido la calefacción nada más entrar, se quitó el jersey verde y la camiseta interior que llevaba—.
Pinta cómo te sientes sobre mi piel. Seré tu lienzo.
Me acerqué de nuevo a las baldas y tomé los primeros pinceles pequeños que me encontré, seleccionando también los colores que me llamaban más la atención. No tenía nada en mente, pero opté por gamas de azules y grises que me recordaron a la promesa que le hice en el pasado.
Ella también debió de pensar lo mismo, porque sonrió en cuanto me situé a su lado en el sofá.
En lugar de pensar en una idea concreta, opté por seguir sus palabras y dejarme llevar.
Para cuando terminé, Eleonor tenía todos los hombros, clavículas y brazos pintados de remolinos, bosques y motivos florales sin ningún sentido lógico ni patrón.
Tan solo había hecho eso; exteriorizar en forma de dibujos diminutos el caos de mi mente.
Antes de que pudiera hacerle una foto para añadirla al álbum que habíamos ido ampliando en los últimos meses, se abalanzó y me besó con una dulzura infinita que me hizo temblar.
Intenté detenerla, quejarme de que la pintura no se había secado del todo, pero las palabras murieron en mis labios cuando clavó los suyos contra los míos y me abrazó por la cintura.
El día veintiséis, cuando el pueblo retomó parte de su actividad habitual, mis hermanos y yo nos reunimos con los Riviere en el casco histórico de Saint Julien.
El pueblo no solo estaba cubierto de la nieve que había caído la noche anterior; también predominaba el rojo y el dorado por los banderines que había colgados en cada una de las fachadas de los edificios.
—¿Preparados? —preguntó Lalia con una sonrisa de oreja a oreja cuando llegamos a nuestro destino—. Espero que sí, porque ya no hay vuelta atrás.
Dentro del establecimiento nos recibió un joven que rozaba los treinta, con perforaciones decorándole tanto el rostro como las orejas.
Tras saludarnos con una sonrisa angelical que contrastaba con la imagen que transmitía, nos explicó cómo iría el procedimiento y respondió a todas las cuestiones que se nos iban ocurriendo a medida que avanzaba con la perorata.
Hacernos un tatuaje en conjunto había sido, cómo no, idea de la hermana de Eleonor.
Se le había ocurrido apenas un mes atrás y todos accedimos sin pensárnoslo dos veces, en especial cuando nos pasó los diseños que tenía en mente.
Yo los modifiqué un poco con el permiso de todos, añadiendo pequeños cambios sin perder la esencia del original.
Lo importante se había mantenido: nos tatuaríamos unos girasoles justo el día que mamá debía cumplir años.
—¿Puedo ser la primera? —intervino Genevieve cuando el chico nos dejó a solas para decidir el orden en el que entraríamos en la salita. Como el estudio era más bien reducido, solo había dos cabinas de tatuajes, y una estaría ocupada un buen rato.
Aunque el dibujo era en común, cada uno eligió el lugar donde lo quería.
Kavan se lo hizo en el antebrazo, convirtiéndolo así en el primer tatuaje que se hacía lejos de la espalda y el abdomen; Eleonor, justo encima de la cicatriz del hombro; Kendra, en el hueso de la cadera y Lalia, en el tobillo.
Yo, tras mucho pensármelo, opté por la zona de la nuca.
No dolió tanto como pensaba, quizás porque estaba tan nervioso que me centré más en no empezar a sudar o controlar el temblor de mis manos que en el zumbido o los pinchazos.
En cierto punto, llegué a entender por qué a mi hermano le gustaba tintarse la piel en cuanto tenía ocasión; resultaba incluso relajante. Un dolor sordo que silenciaba todo.
—¿Qué tal la experiencia? ¿Te ha gustado? —se interesó Lalia cuando salimos del estudio, tomando del brazo a su madre.
—Si tú supieras, cielo…
Jacques se rio a mandíbula batiente.
—Espera, ¿tienes algún tatuaje? —exclamó Kavan, tan sorprendido que fue incapaz de modular el volumen de su voz.
La mujer alzó las manos, pidiéndonos paciencia al ver nuestros rostros estupefactos.
—Solo uno. De hecho, me lo hice a conjunto con Olivia.
—Mamá nunca quiso que me tatuase —gruñó mi hermano—. Según ella, es una forma de joderse la piel de forma irreversible.
—Los odiaba, sí. Pero jamás subestimes a dos jóvenes borrachas en plena crisis de los veinte. —Soltó una carcajada—. No os voy a decir lo que es ni dónde está, pero os puedo asegurar que es un sitio muy discreto.
Aunque Kendra lanzó varias ideas al aire, en un intento de conseguir que se diera por vencida, no sirvió para más que para que llegásemos al aparcamiento con dolor de tripa por tanto reírnos.
Antes de que entráramos en el coche, me aclaré la garganta con un carraspeo.
—Nosotros volveremos un poco más tarde —informé tras pasarle el brazo a mi novia por encima de los hombros. Respiré hondo al pegarla contra mí, empapándome de ese aroma a café y orquídeas que la caracterizaba—. Quiero enseñarle algo a Leo.
Le dejé a Jacques las llaves del coche que me había regalado mi hermano un mes atrás, para que regresaran a casa sin ninguna complicación. Nosotros lo haríamos a pie. Al fin y al cabo, el lugar al que quería llevar a Eleonor no estaba muy lejos; otra ventaja de vivir en un pueblo diminuto.
Paseamos por las calles angostas de Saint Julien con cuidado de no resbalarnos con las placas de hielo que empezaban a formarse en el suelo y nos metimos en el fotomatón nada más lo divisamos a lo lejos.
Al contrario que la última vez, nos besamos sin parar, separándonos muchos minutos después de que la máquina expulsara las fotografías. Después, y aprovechando que aún no habían cerrado los comercios, entramos en una cafetería para comprar chocolate caliente y café.
—¿Querías traerme a la playa? ¿En pleno invierno? —inquirió cuando le hice un gesto para que bajase las escaleras que llevaban a la costa. No supe distinguir si sonaba irritada o llena de curiosidad, pero tampoco le di importancia.
Los copos que habían comenzado a rasgar el cielo se quedaron enganchados en su cabello.
—Cuando éramos pequeños, siempre nos escapábamos de casa para ver cómo nevaba y la arena se teñía de blanco —le recordé—. Pero nunca habíamos venido de noche.
Después de terminar su bebida y tirarla a la papelera más cercana, se puso los guantes que siempre llevaba consigo.
—Técnicamente, no es de noche.
Razón no le faltaba; el reloj no marcaba más que las siete, pero como el sol desaparecía por completo a las cinco y media, era como si nos hubiese tragado la madrugada.
No supe cuánto tiempo nos quedamos así, escuchando el mar embravecido chocar contra la orilla y arrastrar la nieve que empezaba a acumularse, pero la falta de conversación hizo que me diese cuenta del momento exacto en que los dientes de Eleonor comenzaron a castañear.
Apenas habíamos dado dos zancadas cuando la joven se tropezó y acabó tumbada sobre el suelo, enfrente de mí. Intenté aguantar la risotada que amenazaba con escapárseme de la garganta, pero no sirvió de nada.
—¿Estás bien? —pregunté, sin dejar de carcajearme.
La diversión no me duró mucho, pues aprovechó mi guardia baja para hacerme la zancadilla.
Me incliné hacia ella para besarla una y otra vez.
Hasta que perdí el control de mis extremidades, congeladas porque la nieve me calaba los pantalones.
Hasta que lo único que escuché fueron los latidos de mi corazón, en lugar del océano furioso.
Hasta que el sabor a café de sus labios se alzó sobre el de la sal y la lluvia.
Hasta que dejé de sentirlo absolutamente todo menos su cuerpo contra el mío.
Esa era una de las cosas que había aprendido en los meses que llevábamos siendo pareja. Que daba igual cómo me encontrase o si el día me había resultado una mierda; me bastaba con notar su piel bajo la yema de los dedos y su mirada para que mi humor mejorase.
Que, por mucho que ella no estuviera de acuerdo y siguiese pensando que su interior estaba apagado, para mí era como un sol que iluminaba y calentaba todo.
Y que el idioma de los girasoles, del que tantísimo me había hablado en los últimos meses porque era el nombre que le había puesto a su nueva novela, existiría siempre y cuando estuviésemos orbitando el uno cerca del otro.