El idioma de los girasoles XLI, Kylian
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XLI, Kylian

—¿ S abes qué es lo que más me gusta de ver las estrellas? —preguntó Eleonor, unos veinte minutos después de que subiéramos al faro—. Lo identificada que me siento con ellas.

—¿Identificada? —repetí, sin entender por dónde quería llevar la conversación.

Se sentó en el suelo y señaló hacia arriba.

—No son más que puntitos blancos en el cielo que suelen pasar desapercibidos a no ser que levantes la mirada.

—Escuché cómo inspiraba hondo cuando me senté a su lado y le pasé el brazo por los hombros—.

Llevo sintiéndome así toda la vida. Nadie suele fijarse en mí a menos que haga algo que llame la atención o levante comentarios.

—Pensé que eso te gustaba.

—Intento hacerme la fuerte y fingir que todo me da igual, aunque en el fondo no sea así —admitió, estirando la mano para tomarme de la muñeca y entrelazar sus dedos con los míos—.

No es que quiera que los demás se percaten de mi existencia y hagan lo que sea por mí, sino ser la prioridad de alguien.

—Eleonor…

Alzó una mano para pedirme más tiempo y yo, que era incapaz de negarme a cualquier cosa que me dijese, me quedé callado.

—Aunque sé que me estoy adelantando a los acontecimientos, tengo miedo de que los avances que hemos hecho en los últimos días se vayan a la mierda en cuanto nos mudemos a París.

—El silencio que se instaló entre nosotros mientras pensaba sus siguientes palabras me aceleró el pulso—.

Llevo años acostumbrada a que todo el mundo elija a los demás por encima de mí, pero no sé si podría aguantarlo de nuevo. No contigo.

La tomé de los hombros y la giré hasta que nuestros rostros acabaron el uno enfrente del otro. De esa manera, me aseguraba de que sus ojos no se desligasen de los míos y pudiera darse cuenta de que lo siguiente que diría iba totalmente en serio.

—Si lo que te preocupa es que te conviertas en una opción, te aseguro que no será así.

—Le acaricié el brazo, desnudo debido a que llevaba una camiseta fina de tirantes, y deslicé los dedos hasta llegar a su hombro—.

Jamás ha habido nadie que compitiese contra ti ni tuviera posibilidad de ganarse mi corazón.

Lo supe desde el día en que te volví a ver, después de cinco años.

Pestañeó para eliminar las lágrimas que se le habían agolpado en los ojos.

—No puedes ser imparcial por lo que sientes por mí.

Negué con la cabeza y le acaricié las mejillas.

—Eres tú quien no es imparcial. Has interiorizado tanto lo que te han dicho que no eres consciente de lo increíble que eres, Eleonor.

—Solo entonces, señalé la luna con el dedo—.

¿Recuerdas cuando mi madre te llamaba Gealach ?

Nunca entendí por qué se dirigía a ti de esa manera, pero creo que empiezo a comprenderlo.

La luna siempre está presente cuando la oscuridad para opacarlo todo. Y tú eres así.

»Lo digo en serio, Leo —insistí al ver la duda presente en sus pupilas—. Aunque creas que estás llena de vacío, en el fondo eres un foco de luz que atrae a todo el mundo. Absorbes los problemas de los demás y te tragas los tuyos. Aguantas, incluso cuando tú misma crees que ya no te queda energía.

En un movimiento rápido que no vio venir, estiré el brazo y saqué un cuaderno pequeño de una de las cestas que habíamos traído con nosotros para el picnic que habíamos organizado en el último momento.

Solo se lo tendí cuando lo abrí por la última página.

—Esto es de anoche —bisbiseó, pasando el dedo por las líneas que había trazado a toda velocidad—. ¿Cómo es posible que hayas terminado algo con tanta rapidez? No parece precisamente un dibujo fácil.

—No podía quitarme esta imagen de la mente y no quería irme a la cama, pese a que me moría de cansancio, sin representar la calma y la tranquilidad que emanaba de ti.

Porque eso es también lo que eres, Leo. —Le coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja—.

Serena, tranquila, pacífica cuando no te me echas a la yugular.

Altruista, consecuente, responsable. Y sí, tienes defectos, pero solo te hacen más humana.

Intentó disimular la sonrisa que comenzó a formársele en la comisura de los labios.

—Odio cuando dices ese tipo de cosas, porque nunca sé qué decir, pero…

—¿Pero…? —insistí y fruncí el ceño al ver lo nerviosa que se ponía, sin ningún motivo racional.

—Pero ese es uno de los motivos por los que te quiero tanto —pronunció, tan bajo que tuve que inclinarme para entender las siguientes palabras que brotaron de su boca—.

Te quiero tanto que duele. Te quiero especialmente por eso, porque despiertas sentimientos que pensaba que solo existían en la ficción.

Te quiero porque me tienes mucha más paciencia que cualquier otra persona y porque no te importa repetirme las cosas hasta que me entran en la cabeza.

Te quiero porque tienes un sentido del humor incompatible con el mío y, aun así, me haces sonreír más que nadie.

Te quiero… Porque eres tú. Porque sé que nunca querré a nadie ni siquiera la mitad de lo que te quiero a ti.

Intenté devolverle cada una de aquellas palabras y exteriorizar todo lo que ella despertaba en mi interior, pero fue imposible porque, al contrario que Eleonor, las palabras siempre habían sido mi punto débil.

Mi fortaleza residía en esos trazos que se le habían quedado pegados en los dedos, en el uso de los colores y brochazos briosos.

Aunque esperaba que eso le resultara suficiente, no me comedí y se lo demostré de otras maneras.

Con besos, caricias y susurros que se prolongaron hasta la madrugada, hasta que las estrellas rompieron el cielo y sus cometas se reflejaron en el horizonte para que pidiéramos todos los deseos que se nos ocurrieran.

Al contrario que ella, yo no pensé en nada.

Porque tenerla entre mis brazos y sentir la suavidad de su piel contra la mía era infinitamente mejor que cualquier cosa que aquel polvo espacial pudiera traer consigo.

No me había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos vivir un partido de fútbol en familia hasta que Eleonor no se quejó de que le estaba haciendo daño al clavarle las uñas en los brazos.

No podía evitarlo. Aunque los deportes me seguían pareciendo una pérdida de tiempo, y solo les dedicaba mi atención cuando Kavan nos invitaba a cualquiera de sus partidos, adoraba la sensación de la adrenalina quemándome las venas.

La tensión que me sacudía el cuerpo cuando el equipo contrario se acercaba demasiado a la portería del nuestro.

Aun así, si tuviera que quedarme con una emoción, sería sin ninguna duda la euforia que me embargaba cuando nos hacíamos con la victoria.

Saltamos y chillamos tanto que, cuando bajamos para felicitar al señor Peng y a Kavan, estaba sudando como si hubiese corrido una maratón.

—¿Por qué esto se siente como una despedida, cuando tenemos toda la tarde por delante? —sollozó Lalia al mismo tiempo que estiraba la mano para saludar al señor Peng. Este, sin dudarlo ni un segundo, le devolvió el apretón con una energía que nadie esperaría en un señor que rozaba la jubilación.

—Porque técnicamente lo es —contestó Kendra, sin dejar de mirar a nuestro padre por el rabillo del ojo.

Al igual que yo, era como si estuviera esperando que hiciera algo que acabase con el buen ambiente.

—No me gusta —siguió quejándose Lalia, aprovechando que Eleonor se había separado de Kavan para abalanzarse a sus brazos—. ¡Ha sido increíble! Prometo ser tu fan número uno a partir de ahora y ver todos tus partidos como titular. No pensé que sería tan emocionante.

Podía contar con los dedos de una sola mano todos los partidos a los que Lalia había ido en el pasado y, aun así, me sobrarían más de la mitad de los dedos.

—Siempre me dan entradas de sobra, por si quiero invitar a alguien —informó mi hermano, revolviéndole el pelo con ternura e ignorando sus chillidos por destrozarle los bucles—. Nunca lo hago, porque nadie más que mis hermanos…

—Intentaremos ir a los que podamos —le interrumpió el padre de Eleonor a la vez que le apretaba el hombro con un cariño y una confianza que hacía años que no veía en nuestro progenitor.

Kavan intentó disimular su sorpresa con un carraspeo, pero a mí no se me pasó por alto. Aquello le había calado hondo; podía verlo en la forma en que tragó con fuerza y se le humedecieron los ojos.

—Gracias por lo que habéis hecho por mí durante estos años. Por todo.

—No tienes que dar las gracias —protestó Genevieve antes de dar un paso y acariciarle las mejillas—. Siempre nos preocuparemos por ti, cariño, no lo olvides nunca. Y tampoco olvides que no tienes solo una casa en Saint Julien.

Vi cómo el joven se mordía el labio con fuerza e intentaba controlar el temblor que comenzó a sacudirle los hombros, consiguiéndolo a duras penas. No lloró, pero la abrazó con tanta desesperación que me pregunté si Genevieve no se estaría quedando sin aliento.

—Es un placer conocerte, Daren —escuché decir al señor Peng, que cuadró los hombros en un intento de parecer más alto. No sirvió de mucho, porque mientras él debía rondar el metro setenta, mi padre rozaba el metro noventa. Solo Kavan era más alto que él—. He oído muchas cosas sobre ti.

No supe qué me sorprendió más, si la manera en la que le tuteó como si se conocieran de toda la vida o la mirada casi iracunda que le dedicó mi padre.

Fruncí el ceño, sin disimular mi molestia. ¿Cómo se atrevía a tratarle así cuando aquel hombre había actuado más como un padre en esos dos meses que él?

Separé los labios, dispuesto a soltar una indirecta, cuando Eleonor se colocó enfrente de mí y me puso una mano en la cintura, impidiéndomelo.

—Por mucho que quiera ver cómo lo pones en su sitio, no es el momento —susurró para que nadie más nos escuchase—. Kavan necesita disfrutar de su última victoria como entrenador, no meterse en una discusión.

Resoplé. Razón no le faltaba, pero eso no hacía que fuera más sencillo echarme para atrás.