XL, Eleonor
E star delante del invernadero con Kylian se sentía totalmente diferente a acercarme sola hasta allí.
—¿Preparado?
—Creo que nunca estaré preparado para esto, pero siento que es lo que debo hacer. No solo por mi madre, sino por mí. Por no quedarme estancado.
Le acaricié el dorso de las manos con la yema de los dedos, indicándole en silencio que no pensaba avanzar hasta que no lo hiciera él primero.
Las luces que habían dispuestas a lo largo del pasillo principal se encendieron justo cuando pasó por delante, iluminando el espacio con ese tono amarillo que se asemejaba a la miel y el oro.
Con los ojos cerrados, Kylian acarició cada una de las macetas, hojas y pétalos con los que se encontraba, inspirando hondo para empaparse del olor amaderado y terroso que flotaba en el aire.
Vi de reojo cómo fruncía el ceño, confuso tras escanear cada esquina con la mirada y no encontrar lo que buscaba; los girasoles que en el pasado habían decorado cada rincón del lugar.
—Los moví hace poco —informé antes de tomarle del brazo y guiarle hasta llegar al cuarto donde antes estaban todos los fertilizantes, abonos y objetos de limpieza—.
El espacio que teníamos me resultaba demasiado pequeño para la idea que se me ocurrió, así que decidí reformar esta habitación y… Así quedó.
Pulsé el interruptor de la luz y me giré hacia él con una sonrisa, atenta a cualquier reacción. Positiva o negativa, necesitaba saber lo que opinaba.
No era un sitio grande, pero sí suficiente para pasar tardes enteras encerrado allí. Con el transcurso de los meses se había convertido en uno de mis lugares seguros, donde me refugiaba cuando sentía que la intimidad de mi habitación no era suficiente.
De hecho, era tan sagrado que ni siquiera mi hermana se atrevía a poner un pie allí.
Había un sofá de dos plazas, una alfombra mullida, una estantería larga y grande donde guardaba todos los libros que había leído, un caballete enfrente de un enorme ventanal.
Y girasoles. Por todas partes; en baldas flotantes, en macetas gigantes colocadas estratégicamente en el suelo, encima de la mesilla de noche… No había ni un solo hueco sin coronar.
Lo había hecho por él, por Kylian. Al fin y al cabo, nosotros dos éramos —sin contar a mi madre, por supuesto— quienes más tiempo pasábamos en el invernadero. Quería hacer algo que nos representase a los dos, aun cuando ni siquiera sabía si regresaría.
—Es… —empezó a decir, en un hilo de voz que indicaba que estaba al borde de las lágrimas—. Es perfecto. A mamá le habría encantado.
—¿Y a ti? —insistí, impaciente—. ¿Te gusta?
Le indiqué con un ademán de muñeca que se sentara en el sofá y se pusiese cómodo.
—No hay nada que puedas hacer que no me guste —sentenció con una seriedad que me hizo reír—. Bueno, menos lanzarme miradas y juzgarme cuando hago comentarios absurdos. Ah, y romper conmigo. Eso estaría muy feo.
Le golpeé en el hombro y me tomó de la muñeca para tirar de mí hasta que acabé sentada sobre su regazo. Me ruboricé al recordar lo que había sucedido en el autocine y me pregunté, tras escrutar su rostro, si él habría pensado lo mismo.
Por la manera en la que sus manos se tensaron en torno a mis caderas, supe que sí.
—Lo digo en serio, Kylian.
—¿Y quién te dice que yo estoy bromeando? —Puse los ojos en blanco y solté un bufido entre dientes, lo que le llevó a agregar—: Es perfecto, Eleonor. Lo único que me sorprende es que hicieras un espacio tan… inspirado en mí.
—No estaba segura de si volverías en algún momento, pero me negaba a crear un sitio que no gritase tu nombre tanto como el mío. El invernadero siempre fue algo nuestro —sentencié—. Por mucho que te odiase y no quisiera saber nada de ti, no podía obviarte y sacarte de la ecuación.
Estampó su boca contra la mía, sin ningún ápice de delicadeza.
Canalizó todos sus sentimientos y toda su pasión en aquel beso, robándome el aliento con una facilidad que me sorprendió, pero no me quedé atrás.
Respondí de inmediato con la misma intensidad, porque me negaba a que él fuese el único en exteriorizar lo que tenía bien arraigado en el interior.
Llevaba años preguntándome si, cuando nos enamorábamos, lo hacíamos de las personas o de los momentos que compartíamos con ellas; no obstante, con el paso de los días Kylian me había demostrado que una cosa no quitaba la otra.
Me había enamorado de él . De los hoyuelos que le aparecían en las mejillas cuando sonreía de oreja a oreja; de sus risotadas estridentes y melódicas; de lo desastroso e indeciso que podía llegar a ser; de las tonterías que decía y hacía a todas horas solo para sacarme una carcajada.
Pero también me había enamorado de sus actos.
De las cartas que me había dado para ganarse mi corazón de nuevo; de todas esas pinturas que había hecho sobre mí, a escondidas; de la forma en la que se quedaba medio dormido cuando apoyaba la cabeza en mi hombro durante demasiados minutos seguidos; de la manera en la que siempre encontraba mi mano antes de caer rendido.
Nunca habíamos hablado de buscarnos. Y, sin embargo, llevábamos meses girándonos el uno hacia el otro sin planearlo, como los girasoles de un mismo campo que buscan la misma luz para crecer.
Empecé a llamarlo, para mis adentros, el idioma de los girasoles. Porque no hacía falta que nos comunicásemos para saber que ya estábamos mirando en la misma dirección. Que ya habíamos dejado de girar. Que no hacía falta que nos observásemos para saber que seguíamos en la vida del otro.
—Gracias por ser tú —murmuró contra mis labios nada más separarse unos centímetros—. Por no cambiar nunca y por ser siempre tan fiel a mí misma.
—¿Aun cuando te saco de quicio?
Suspiró antes de pasarme la lengua por el cuello.
—Sabes que nunca serías capaz de sacarme de quicio, Leo.
Que los Ajax se hubieran presentado en nuestra casa a primera hora de la mañana, para acompañarnos al cementerio, no debería haberme sorprendido tanto. Y, sin embargo, ahí estaba; mirándoles de reojo, con la boca entreabierta por la estupefacción.
—¿Sabías algo de esto? —le pregunté a Kylian en un susurro.
—No. Pensé que sería el único en venir.
Al igual que por la noche, no presioné.
Reconocer la tumba de Olivia fue muy fácil ya que, al contrario que las que la rodeaban, estaba muy bien cuidada, con los hierbajos arrancados y la superficie tan pulida que parecía esculpida en plata. Se notaba que mamá venía todos los domingos para limpiarla y cambiar las flores que dejaba.
Esa semana había lirios blancos, una de nuestras favoritas.
Vi a Lalia acercarse a Kendra y acariciarle el dorso de la mano con dulzura e, inevitablemente, mis ojos otearon la distancia hasta encontrarse con la figura de Kavan. Pese a medir un metro noventa, parecía diminuto con el atuendo formal que se había puesto para la ocasión y los hombros agachados.
Sin contar con aquella conversación que tuvimos en las canchas, no había hablado con él de aquello; sin embargo, le conocía lo suficiente como para saber que, al contrario que sus hermanos, no se había permitido llorar la pérdida en ningún momento y que el duelo seguía enraizado en su estómago.
Fue papá quien comenzó a recitar el discurso que había preparado, sacándonos alguna que otra sonrisita débil.
Habló de lo amable, cariñosa y dulce que era, y también de lo testaruda que podía llevar a resultar cuando algo no ocurría sus ideales.
Gracias a aquello, nos enteramos de que al principio les había costado congeniar, ya que ella dudaba de sus intenciones con mamá y pensaba que le rompería el corazón en cuanto bajase la guardia.
—¿Y con nuestro padre? —preguntó Kendra—. ¿También fue tan recelosa desde un primer momento?
Mamá, se limpió las lágrimas y negó con la cabeza.
—Todo lo contrario. Daren y ella tuvieron un flechazo de esos que solo existen en los libros y en las películas. —Sonrió para sí misma, apesadumbrada—. No les bastó más que dos citas para aclamar que estaban completamente enamorados el uno del otro.
—Y, aun así, no ha sido capaz de venir para honrar la muerte de la que fue su esposa —bufó Kavan, esbozando una sonrisa irónica que rezumaba odio.
Vi de reojo cómo Kylian separaba los labios para pedirle que se tranquilizase, pero mi madre se le adelantó. Se colocó enfrente de Kavan y le revolvió el pelo con cariño antes de ponerse de puntillas para acariciarle las mejillas.
—No digo esto para excusarle, porque sus acciones son justificables, pero aún queda mucho día por delante. Confío en que entrará en razón y se dará cuenta en algún momento de que debe dar la cara por vosotros.
Kavan no dijo nada. Tampoco me sorprendió; sabía qué batallas luchas y cuáles abandonar. Y esa era una en la que no valía la pena perder el tiempo en explicar que lo más probable era que su padre no fuese hasta allí.
Después de que papá dejase un ramo de girasoles sobre la lápida, Lalia prosiguió y habló de cómo había descubierto una vocación en la repostería gracias a Olivia y a las tardes que pasaban preparando bizcochos de naranja o pan de castañas.
Nada más terminó, dejó un peluche diminuto con forma de pastel al lado de las flores.
No supe cuánto tiempo estuvimos allí de pie, con el sol calentándonos los hombros y la brisa humedeciéndonos el rostro más que las lágrimas que se nos escapaban.
Tras las palabras de mi madre, solté la mano de Kylian y saqué el papel que me había guardado en los pantalones de vestir. Lo desdoblé bajo la mirada atenta de todos, con el pulso tan estable que me sorprendí a mí misma.
—Cuando era pequeña, pensaba que las hadas eran seres ficticios que flotaban en el aire y hacían magia gracias a varitas, pero nunca se me pasó la cabeza que existiesen.
Al menos hasta que Olivia me recomendó mi primer libro.
No era nada del otro mundo, solo una historia en la que una joven se escapaba de casa y seguía la estrella polar hasta encontrar su verdadero hogar.
»Olivia no solo me hizo descubrir un universo compuesto de polvos de estrella, planetas y lunas gigantescas.
También me ayudó a encontrarme a mí misma.
—Tragué con fuerza para empujar el nudo de mi garganta—.
Si no fuese por ella, no habría hallado refugio entre miles de páginas y tampoco habría averiguado que no solo me gusta leer novelas, sino también crearlas.
Dejé sobre la tumba una de las hojas que había arrancado del cuaderno donde solía planificar todas las historias que se me ocurrían. Esa, en específico, hablaba de una muchacha daltónica que, un día, se despertaba en un mundo lleno de colores.
—¿Qué escribes? —proclamó Lalia, alzando tanto la voz que tuvimos que chistarla—. ¿Desde cuándo? ¿Podré leerlo? Quiero hacerlo. No. Necesito —se corrigió de inmediato— hacerlo.
Enarqué una ceja.
—Pero si odias leer.
—¿Y qué? —Cruzó los brazos por encima del pecho—. Eres mi hermana mayor. De ti me leería incluso la lista de la compra.
Solté un bufido acompañado de una pequeña risotada a la vez que estiraba un brazo y la estrechaba contra mi cuerpo. El contacto no duró más que un par de segundos y la tomó tan desprevenida que no le dio tiempo a reaccionar y devolvérmelo.
—Ya veremos.
Acto seguido, me giré hacia mis padres y aguanté la respiración al darme cuenta de que en su mirada no había decepción ni tristeza por haberles ocultado aquella parte tan importante de mi vida. Todo lo contrario; sus pupilas estaban cargadas de aceptación y aprobación. Justo lo que tanto anhelaba.
Y justo lo que había pasado después de que les informara de que, tras varias tardes navegando en internet, había encontrado trabajo en París y que pensaba tomarme un año sabático para decidir qué hacer con mi vida académica.
En silencio, porque no habían preparado ningún discurso como los nuestros, los tres hermanos depositaron diferentes cosas sobre la superficie de piedra; Kavan, una pelota de fútbol; Kendra, un pin con forma de máquina de coser; y Kylian, un lienzo que destacaba incluso más que las flores de mi padre.
No lo vi por completo, porque quedó oculto por su espalda ancha, pero me pareció distinguir brochazos rojos que simulaban el cabello de su madre y pinceladas diminutas y briosas que representaban un campo extenso de girasoles detrás de ella.
Alcé la mirada mientras nos marchábamos y sonreí con tristeza al ver el buen día que hacía.
Esa era una de las cosas que más me había costado asimilar a lo largo de mi vida.
Daba igual el día de mierda que estuvieses teniendo o lo mucho que hubiera cambiado tu forma de verlo todo; los días permanecían inmutables.
Lo mismo podía llover cuando te acababas de graduar de la carrera que te había costado sudor y lágrimsa, o hacer un sol increíble cuando sentías que lo habías perdido absolutamente todo.
Porque no importaba lo mucho que lo intentases, el mundo no cambiaba.
El único que lo hacía eras tú.