El idioma de los girasoles XXXIX, Eleonor #2
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XXXIX, Eleonor #2

Cerré los ojos cuando él me pasó la yema del pulgar por el cuello tras colocarme un mechón rebelde tras la oreja. Solo los abrí para mirarle con atención antes de recolocarme en el asiento y enrollarme uno de sus rizos en los dedos, tirando un poco de ellos.

Di un salto cuando sus manos me tomaron de las caderas y acabé sentada en su regazo. Sin pensármelo dos veces, y dejándome llevar por el calor que levantaba cada una de sus caricias, le rodeé el cuello con los brazos y le besé antes de que pudiese siquiera pestañear.

Noté su sorpresa en el gemido ahogado que se le escapó de la garganta cuando le pasé la lengua por el labio inferior después de mordisquearlo y tirar de él.

No tardó ni diez segundos en tomar el control de sus emociones y anteponerse a ellas, reaccionando de inmediato y tratando de seguirme el ritmo.

Me colocó la mano en la nuca y sonrió cuando, tras pedirme permiso de una manera poco sutil, entreabrí la boca y dejé que profundizase el contacto de una forma que me elevó el pulso hasta que lo sentí en cada rincón de mi sistema.

Puse una mano en su pecho y él deslizó una de las suyas hasta encontrar mi cintura. Tomé una bocanada amplia de aire al sentir la dureza de su cuerpo presionándose contra mi ropa interior.

—¿Crees que voy a conformarme con un beso? —preguntó, con un tono grave que gritaba que la situación se nos estaba escapando de las manos—. Porque, si es así, es porque no me conoces lo suficiente.

Tragué con fuerza y me pasé la lengua por los labios.

—¿Y con qué te conformarías?

Ladeó la cabeza hacia la derecha, desafiándome con la mirada.

—No actúes como si no lo supieras —pronunció en un bisbiseo que acabó con la poca cordura que había reunido. Que sus manos volvieran a escalar por mis piernas no ayudó a que pudiera recomponerme—, porque estoy seguro de que estás pensando en lo mismo que yo.

En un movimiento rápido que no preví, apagó las luces dentro del coche y nos sumió en una oscuridad parcial. Las palabras se me diluyeron en la garganta cuando noté sus dedos acercándose a la goma de mis bragas.

Aguanté la respiración.

—¿Piensas hacer algo o vas a quedarte así, mirándome como un pasmarote? —reclamé al sentir cómo su índice se enroscaba en ellas pero no actuaba en consecuencia.

Maldije por lo bajo cuando las echó hacia un lado en lugar de quitármelas.

Colé las manos por debajo de su camiseta y me aferré a su abdomen en el mismo instante en el que deslizó un dedo para acariciarme, obligándome a morderme con fuerza el interior de la mejilla para no quejarme.

No quería darle la satisfacción de verme tan necesitada; aguantaría lo que fuese pertinente, incluso si eso significaba tener que callarme lo que pensaba.

Me eché a temblar cuando su pulgar trazó el primer círculo y siseé entre dientes al notar cómo aumentaba la presión con el segundo.

—¿Quién diría que dejarías que te tocase en público? —se burló al ver cómo había vuelto a cerrar los ojos, sobrepasada por el cúmulo de sensaciones que se me acumulaban en el estómago y que no tardarían en explotar si continuaba—. Tú, que odias el contacto físico y llamar la atención.

—Entonces supongo que tendrás que darte prisa si no quieres que acabemos en prisión por escándalo público —le urgí, agarrándole de una de las muñeca y conduciéndole hasta mi pecho—. Tienes cinco minutos, Kylian. Y el reloj no perdona; o todo o nada, es tu decisión.

Se relamió los labios y me demostró, una vez más, que sabía cómo volverme loca y hacerme perder el sentido de la orientación.

Sin dejar de atender mi pecho en ningún momento, que se endureció tanto que sentí la tela del vestido rozándome el pezón de una manera aún más tortuosa que no poder besarle como quería, me tocó a su antojo.

Intenté silenciar los gemidos besándole el cuello, pero se echó hacia atrás lo máximo que le permitió el espacio limitado del coche y negó con la cabeza. Quería escucharme.

Batí las caderas para acompañar sus movimientos y me dejé caer sobre él, abatida, cuando el orgasmo me azotó con una intensidad que no creía posible.

Como si yo fuera un patito de goma perdido en una marea furiosa y las olas quisieran hundirme hasta que no quedara ni una sola pista de que había estado allí.

Tragué con fuerza, tratando de recomponerme, en el mismo momento en que Kylian me colocó bien la ropa interior y me puso los tirantes del vestido, que se me habían deslizado por los hombros.

Tirité cuando su boca vino al encuentro de la mía y ahogué un gimoteo al sentir sus dedos, ahora en mis rodillas.

—Acabamos… —comencé a decir.

—¿De montárnoslo en el coche de mi padre? —Sus labios trazaron un camino que les llevó desde mi mandíbula hasta la cicatriz del hombro—. Sí.

Había perdido la cabeza. Definitivamente.

Y lo peor no era eso, sino el hecho de que no me arrepentía ni un poco.

Estuve a punto de comentárselo cuando, en la enorme pantalla que teníamos enfrente, comenzó a reproducirse una escena que reconocí de inmediato. Olvidé lo que quería decir y solté una carcajada estridente.

—¿Me has traído aquí para ver la segunda película de High School Musical?

En pocas palabras, me explicó que el autocine funcionaba a base de peticiones y que lo único que había hecho era rellenar un formulario. Como solían recibir muchas sugerencias, decidían las ganadoras a través de encuestas en sus redes sociales. Y él, al parecer, había ganado por goleada.

Solo entonces comprendí por qué me había regalado aquel vestido y por qué él iba vestido de jugador de baloncesto; era un fiel reflejo a la ropa que los protagonistas llevaban en una de mis escenas favoritas de la primera película, cuando se celebra el último partido y acaban bailando para celebrar aquella victoria.

Se había preocupado incluso por los detalles más mínimo y, joder, había dado en el clavo.

—Pedí la segunda porque sabía que, de las tres, era tu preferida —admitió con la barbilla alzada en un gesto orgulloso.

Aproveché que seguía sentada sobre su regazo para depositar un beso casto en su boca, en sus párpados, en sus mejillas y en su mandíbula. No me detuve hasta que no quedó un solo centímetro de su rostro sin ser marcado por mis labios.

—Esta es, con toda probabilidad, la mejor primera cita que podrías haber organizado.

Soltó una carcajada estridente que me hizo cosquillas antes de rodearme la cintura con un brazo.

—¿Piensas quitarte de encima en algún momento? Porque no sé cuánto tiempo podré aguantar sin volver a manosearte de arriba abajo.

—¿Y si no quiero?

—Entonces te perderías la película de nuestra infancia.

Colé una de mis manos entre el poco espacio que había entre nosotros y la metí en los pantalones de baloncesto que llevaba, agradeciendo que tuvieran goma elástica. Suspiré de alivio al notar su piel tibia y desnuda bajo la yema de los dedos.

—De algo debe servir saberme los diálogos de memoria, ¿no?