El idioma de los girasoles XXXIX, Eleonor
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XXXIX, Eleonor

A l volver a casa tras un turno complicado en el polideportivo, encontré una caja de terciopelo sobre mi cama.

No había nada en el exterior que pudiera dar una pista de lo que habría dentro, solo un lazo gigantesco de raso rojo y una pequeña nota cuya letra apresurada y torcida me dio un vuelco al corazón.

«Espero que te guste la sorpresa que he preparado. No tienes que hacer nada más que confirmarme que esta tarde estás libre. Yo me encargo del resto».

Fruncí el ceño al abrir la tapa y encontrarme con un vestido rojo, escondido tras lo que parecía una bata de laboratorio.

Confusa, tomé el teléfono y le confirmé que estaría disponible a partir de las cinco de la tarde, después de comer con Yvonne y Cyprien.

—¿Sabes? Siempre pensé que acabarías con Kavan.

—El tono cauteloso que usó mi madre para dirigirse a mí, desde el marco de la puerta de mi cuarto, me hizo levantar la mirada—.

Cuando erais pequeños, no había momento en que no estuviese pegado a ti como una lapa o intentara hacer cualquier cosa para impresionarte.

Y es gracioso, porque Olivia estaba más que segura de que estabas destinada a Kylian.

Parpadeé con incredulidad.

—¿En serio?

Tuve que boquear para llenarme los pulmones del oxígeno que aquellas frases me habían arrebatado. No estaba acostumbrada a hablar de cosas así con nadie, y mucho menos con mi familia.

En ese momento, sin embargo, alcé la barbilla y me enfrenté a los ojos de los tres. Al parecer, se estaban preparando para ir a comprar comida para el resto del mes, por lo que mi cuarto les pillaba de camino.

—Kylian y tú siempre habéis congeniado de manera especial, eso es innegable —concedió mi padre—. Es solo que dimos por hecho que lo vuestro no llegaría a nada más que una bonita amistad, como la que tenían Olivia y tu madre. Al menos hasta que volvieron y nos percatamos de cómo te miraba.

Tragué con fuerza y, aunque no sabía a ciencia cierta si quería conocer la respuesta, pregunté de todos modos.

—¿Y cómo me miraba?

Con un simple vistazo, le pasó el turno de palabra a mamá.

—Como alguien que lleva años conformándose con ser el segundo plato y que, por fin, ha decidido luchar por lo que quiere.

—Se apartó el flequillo de la frente con gesto ausente—.

Ay, Eleonor… En la primera cena, Kylian te observó como quien se ha pasado una eternidad buscando la razón de su existencia y, de repente, se diera cuenta de que la ha tenido delante en todo momento.

Traté de ignorar el ardor que se me instaló en el estómago y subió hasta abrazarme el corazón, pero me resultó imposible.

Eso era lo que había deseado. Alguien que me quisiera tal y como era y que viera más allá de la fachada de titanio que me recubría. Alguien que no se quejara, ni siquiera en broma, de lo antipática que podía llegar a resultar cuando me encerraba.

Con Kylian daba igual todas las paranoias que me montaba en la cabeza o los guiones que me aprendía para entablar una conversación medianamente larga; lo mucho que me sacaba de quicio y hacía que me dejase llevar por la irracionalidad y soltara cosas que en el fondo no sentía; los minutos que me pasaba en silencio mientras leía alguna escena interesante y me metía tanto en los libros que ignoraba todo lo que me rodeaba.

Él lo entendía. Me entendía.

—Mándales un mensaje a tus amigos y diles que vengan a comer aquí —canturreó Lalia, antes de guiñarme un ojo—. No puedo perder la oportunidad de aportar mi granito de arena y ayudarte para que estés perfecta en tu primera cita.

Pese a que me planteé decir que no, acabé asintiendo solo porque, en cuanto me mudase a París, nuestros caminos se dividirían por primera vez en nuestras vidas y echaría de menos tanto sus tonterías como sus caprichos.

Sabía que mi relación con Lalia. Pero, al final del día, no dejaba de ser mi hermana y la quería con tanta locura que haría lo que fuese por ella.

Incluso si eso significaba tener que soportar sus lecciones de maquillaje después de lidiar con niños pequeños durante toda una mañana.

—Vamos a dejar tres cosas bien claras antes de que nos robes a Eleonor —decretó Cyprien, con el cuerpo apoyado en la ventana del coche de Kylian—.

La primera: nada de romperle el corazón.

Si me entero de que lo haces, estaré más que dispuesto a romperte las piernas.

La segunda: más te vale que esta cita merezca la pena, porque tenía pensado hacer la mejor fiesta de pijamas del mundo.

El joven, que no había dejado de sonreír en ningún momento y de observarme por el rabillo del ojo, soltó una risotada grave.

—¿Y la tercera?

—Hagáis lo que hagáis, usad protección. Soy demasiado joven para ser tío.

Antes de que Kylian pudiera añadir nada, me abalancé sobre el vehículo y abrí la puerta del copiloto. Una vez dentro, y con el aroma cítrico de este inundándome los sentidos, me aseguré de que el cinturón de seguridad estaba bien prieto.

—¡Cyprien! —gruñí cuando metió la mitad del cuerpo en el coche para abrazarme. Le golpeé en el pecho en el momento en que sus manos me rozaron los antebrazos—. ¡Quita, sanguijuela!

Se echó hacia atrás, con una mueca en los labios, y señaló a Kylian.

—Estoy seguro de que con él no pones tantas pegas.

—Le gustan mucho más los besos que los abrazos —matizó, con un tono provocativo que me calentó el estómago.

Me giré hacia él, indignada y con la boca abierta de par en par.

—¡Oye!

Me dirigió una sonrisa y arrancó el motor justo en el momento en que me di cuenta de que iba vestido igual que Kavan en el pasado, con un uniforme de baloncesto del mismo tono rojo que el vestido que me había regalado.

Entre eso y los rizos, derramados de manera estratégica sobre las cejas, estaba tan guapo que agradecí haber apretado los labios en una fina línea.

De no haber sido así, me habría babeado todo el regazo.

—Que conste que sigo esperando a que me saludes en condiciones.

—¿Después de que me hayas puesto en evidencia delante de mis amigos? —Chasqueé la lengua—. Ni hablar.

Antes de que el semáforo se pusiera en verde, estiró la mano derecha y la colocó sobre mi rodilla. No tardó ni dos segundos en ascender por mis piernas, en un intento más que claro de ponerme nerviosa hasta que claudicase.

—¿Quieres que ruegue? ¿Es eso?

Sonreí de lado.

—Puede.

Oí cómo inspiraba hondo.

—Bésame, Eleonor. —Mi nombre. Tan común y sencillo en otras lenguas; tan aterciopelado y lleno de matices en la suya—. Bésame hasta que me demuestres que la realidad es mucho mejor que lo que he imaginado en estos últimos años.

La sonrisa que me tironeó de las comisuras se ensanchó.

—Pensé que ya te había quedado más que claro el otro día.

Ladeó la cabeza en el instante exacto en el el semáforo se puso en verde, pero ninguno le dimos importancia. Las calles estaban desiertas y las carreteras, desprovistas de cualquier coche que pudiera amenazar la tensión que se había instalado entre nosotros.

—Entonces recuérdamelo, porque es posible que lo olvide.

Con el pulso aleteándome en los oídos y cada latido retumbándome en la yema de los dedos, me incliné y alineé nuestras bocas hasta que se fundieron en una sola.

Sus labios se amoldaron a los míos de inmediato, entendiendo sin necesidad de explicaciones cómo reaccionar si los succionaba.

Él tampoco se quedó quieto; me pasó la lengua por los míos en cuanto tuvo oportunidad y, cuando notó que me alejaba, los mordisqueó con una lentitud que casi me arrancó un jadeo.

Se carcajeó, satisfecho, al ver el hambre en mis pupilas.

—Dime que nuestro destino no está muy lejos —me quejé, con la respiración agitada—, porque no creo poder soportar un viaje largo con esta intriga.

—Confía en mí. Merecerá la pena.

Para mi alivio, el trayecto se hizo mucho más ameno de lo que pensaba.

Nos pasamos los veinte minutos tonteando con el otro —él acariciándome la cara interna de los muslos con el pulgar y yo tomándole de la muñeca para que ni se le ocurriera apartarse— y gritando las canciones que saltaban en aleatorio.

Me pregunté si así sería nuestras vidas a partir de entonces y si sentiría siempre ese revoloteo furioso en la boca del estómago cada vez que su piel rozase la mía y nuestras miradas se encontraran.

Si me cansaría de su humor absurdo o, en cambio, lo echaría de menos cuando estuviésemos alejados.

Si seríamos del tipo de pareja que se consolidaba más y más con el paso del tiempo o si, en cambio, acabaríamos descubriendo que no estábamos hechos el uno para el otro.

Aquellos pensamientos murieron en mi cabeza cuando leí el letrero del lugar al que estábamos entrando.

—¿El autocine? —me carcajeé, incrédula—. Hacía mil que no venía.

—¿Qué te parece? ¿Está a la altura de tus expectativas?

Asentí con energía y salí escopetada del coche en cuanto aparcó, para observar todo con mayor detalle.

Supuse que aún faltaba como media hora para que la sesión empezase, porque el sitio estaba prácticamente vacío.

Aun así, me resultó igual de fascinante y atrayente como la última vez, con los puestos de comida repartidos de manera estratégica, las luces colgadas por encima de las carpas y la enorme pantalla, que debía medir como veinte metros.

—¿Y qué película echan hoy? —pregunté al mismo tiempo que entrelazaba mis dedos con los suyos y tiraba de él para hacer cola en el puesto de palomitas—. No hay ningún cartel.

—Quedan quince minutos para que empiece. Ya te enterarás.

Separé los labios para quejarme, pero me silenció con los suyos.

Aunque no comimos mucho de vuelta en el coche, más que nada para que tuviéramos algo que picar mientras veíamos la película, cada vez que dábamos un sorbo a nuestras bebidas o nos estirábamos para agarrar algo, nuestras manos chocaban entre sí por accidente.

Al menos así fue al principio, porque después de tres encuentros no pude evitar juguetear con sus dedos e ir ascendiendo con lentitud hasta su bíceps.