XXXVIII, Kavan
— B onita maleta —fue lo primero que dije en cuanto Xia se despidió de su abuelo y se acercó a mí.
Todo su equipaje estaba decorado con pegatinas que iban desde ciudades que debía de haber visitado a marcas de ropa y zapatos con los que seguramente había colaborado. También firmas personales, repartidas a lo largo de la maleta, que parecían escritas con rotulador permanente.
—¿Qué? ¿Vas a decir que no me pega? —gruñó como respuesta, metiendo sus cosas en el maletero sin molestarse en pedir ayuda—. Porque si es así, puedes ahorrártelo. No estoy de humor.
—¿Alguna vez lo estás? —rebatí con un chasquido de lengua—. Porque siempre que hemos coincidido, no has sido precisamente la alegría de la huerta.
—¿Y no crees que tu actitud de prepotente y de gilipollas tiene algo que ver?
—contraatacó a la vez que se apartaba el cabello, que llevaba suelto, de los hombros.
Resopló—. No sé si podré aguantar una hora y media de viaje en coche contigo sin tener ganas de abrir la puerta y lanzarme a la carretera.
—No te preocupes. Si no fuese porque aprecio al señor Peng, yo mismo te empujaría para librarme de ti —pronuncié con indiferencia, encogiéndome de hombros—. ¿Dónde vas a sentarte? ¿A mi lado, para sufrir durante todo el trayecto? ¿O atrás, como si fueses una princesa y yo tu chófer?
Sin mediar palabra, rodeó el coche y tomó el asiento de copiloto.
Después de arrancar el coche, me permití echarle un vistazo rápido por el rabillo del ojo y me fijé en lo agotada que lucía, con la piel cetrina y unas ojeras oscuras enmarcándole la mirada.
—Deja de mirarme —protestó mientras se recostaba contra la ventana y cerraba los ojos.
Quise contestar y soltar uno de mis comentarios típicos, pero no era el momento adecuado. Que me comportase como un cabrón la mayor parte del tiempo no significaba que no supiera comportarme.
—¿No has dormido bien?
Lo pregunté con mucha cautela, consciente de que debía poner de mi parte si quería que las siguientes horas no estuvieran marcadas por una tensión agobiante. No pensaba arriesgarme a tener un accidente de coche o a que cumpliera su palabra y se bajase del coche en mitad de una autopista.
Esperé su respuesta durante un par de segundos que se me hicieron eternos.
—Siempre duermo mal antes de un viaje —admitió entre dientes—. Despertarme pronto tampoco es lo mío. Me drena la energía y acaba con mi paciencia, de por sí es escasa.
—Madrugar no es tan malo —refuté a la vez que estiraba el brazo y ponía el aire acondicionado—. Se aprovecha más el día.
La mirada que me lanzó fue suficiente indicativo de que no estaba de acuerdo conmigo. Lo cual me sorprendió, porque Xia parecía del tipo de chica que se levantaba para ir a clases de yoga, a la peluquería y a millones de tiendas caras antes de que el sol saliera.
—Estás volviendo a juzgarme.
—No. Es solo que… —Me quedé callado durante unos segundos, sin saber cómo exteriorizarlo sin que se ofendiera—.
La imagen que tengo de ti no corresponde con la realidad y eso me confunde.
Por lo que decían en internet, pareces la típica persona que tiene todo bajo control y odia que las cosas se salgan de lo estipulado.
—Y lo soy, pero no las veinticuatro horas del día —argumentó con simpleza—. Además, nada de eso significa que me guste madrugar. Si te organizas bien el día, puedes cumplir con tus objetivos sin sacrificar horas de sueño.
—¿Y la maleta? —me interesé, aprovechando que el semáforo estaba en rojo para poner algo de música de fondo. Odiaba conducir sin ruido ambiental—. ¿Por qué tantas pegatinas?
—¿Por qué tanto interés de repente? —me devolvió la pregunta sin inmutarse—. Si lo haces porque quieres que le hable bien de ti a mi abuelo, deja de perder el tiempo. Ya te tiene en demasiada buena estima, así que mi opinión no importa.
Resoplé e intenté controlar las palabras que la molestia empujó desde mi garganta, pero no lo conseguí.
—Solo estoy intentando ser agradable contigo, porque sé que estos días que nos hemos visto me he comportado como un gilipollas redomado, pero tú tampoco estás poniendo de tu parte con esos aires de diva.
La mueca sardónica que se dibujó en su boca me tomó, de nuevo, con la guardia baja. Había visto decenas de fotos de su sonrisa en las redes, pero en persona era muy diferente. Sobre todo porque no lucía forzada, como la que les dedicaba a los paparazzi .
Era genuina y eso me molestó más, porque se estaba riendo de mí y de mi mecha corta.
—Me gustan los souvenirs . Son una forma de recordar los sitios en los que he estado y todas esas versiones de mí misma que he dejado en cada ciudad. La Xia que pisó Berlín no es, ni de lejos, la que visitó Marrakech.
—¿En qué se diferencian?
—En todo. —Tomó aire y ladeó la cabeza, de forma que no pude distinguir su expresión—. Por ejemplo, la Xia que ha pasado estas semanas en Saint Julien ha hecho cosas que no se habría atrevido en París. Y, a su misma vez, ha sentido una libertad que hacía mucho que no experimentaba.
Sabía, aunque no fuese a admitirlo en voz alta, que Eleonor era una de las razones por las que decía eso. Según me había comentado, habían congeniado tanto que habían intercambiado los números de teléfono y hablaban a todas horas.
Me habría gustado decir que aquello me había tomado desprevenido, pero nada más lejos de la realidad. Eran un calco la una de la otra, con ese mismo sentido del humor que yo no terminaba de entender y esa personalidad arrolladora que no encajaba con la mayor parte de la gente.
Y eso me parecía muy curioso, porque Eleonor era una de las personas con las que mejor me entendía y, sin embargo, se me complicaba el descifrar a Xia.
—Me ha dicho tu padre que viajabas a Madrid. ¿Tienes algún rodaje allí?
Se le tensó el cuerpo como si le hubiera hecho la pregunta más íntima del mundo y no supiera bien si responder o no.
—Voy solo para firmar el contrato. Mañana tengo un vuelo a Shanghái, así que no me quedaré más de una noche.
—Una pena. Madrid es preciosa.
Aquello pareció llamarle lo suficiente la atención como para recolocarse en el asiento y girar el mentón en mi dirección.
—¿Has estado allí o lo dices por lo que has visto en internet? —Aunque el matiz sarcástico de su voz era más que evidente, no me di por aludido.
—Por si te has olvidado, soy futbolista —le recordé con obviedad—. He visitado la mayoría de las capitales de Europa, aunque a excepción de ti, Berlín no me gustó mucho. Me pareció demasiado apagada y triste. Muy industrial, muy cuadriculada.
Quizás tenía que ver que hubiese ido en pleno enero, cuando hacía un frío insoportable y no dejaba de llover.
Durante los tres días que mis compañeros y yo nos quedamos allí, preparándonos para un partido importante que acabó con nuestra derrota, no vi ni un solo rayo de sol.
Eso, unido a que los alemanes eran muy serios y el ambiente por las noches bastante taciturno…
Tal vez ese fue el motivo por el que disfruté tanto de Madrid.
La mayoría de las fachadas del centro de la ciudad estaban pintadas de un blanco que brillaba a todas horas; la gente era muchísimo más agradable, aunque su conocimiento de inglés fuera limitado y muy pocos supiesen hablar francés; y, en cuanto llegaba la madrugada, todos los jóvenes salían en estampida a las discotecas más cercanas, que no cerraban hasta las siete de la mañana.
—¿Qué te hace pensar que Berlín me gustó tanto? —inquirió, casi ofendida por haberla leído con tanta facilidad.
—La manera en la que has hablado de ella.
Nos pasamos los siguientes treinta minutos hablando de todos los países a los que habíamos ido y dando nuestras opiniones que, como era más que previsible, distaban mucho.
Mientras a ella le gustaban los lugares tranquilos y sin apenas turismo, yo adoraba cuando las calles se llenaban de gritos y bullicio.
Aunque no teníamos pensado hacer ningún descanso, Xia sugirió que parásemos para tomar algo. Al parecer, por los nervios no había desayunado nada.
—¿Qué es lo que tienes pensado hacer cuando vuelvas a la rutina? —me preguntó a la vez que empujaba la puerta de la primera cafetería que divisamos. Habíamos decidido detenernos en un pueblo muchísimo más pequeño y vacío que Saint Julien, así que tampoco es que hubiera más opciones.
—¿Desde cuándo te interesa mi vida? —rebatí mientras saludaba a la única trabajadora que había en aquel sitio, una mujer entrada en años que nos recibió con una sonrisa—. Un café solo, por favor.
—Que sean dos —añadió Xia antes de girarse hacia mí—. Te he dado mucha información de mí durante el viaje y he respondido a todas tus preguntas. Lo justo es que hagas lo mismo y me hables de tu vida.
Me recosté sobre la silla y la estudié con detenimiento. Con la blusa blanca y vaporosa que llevaba aquella mañana, y sin una sola pizca de maquillaje en el rostro, parecía mucho más joven de lo normal. Casi vulnerable, como si fuera a resquebrajarse en cualquier segundo.
—El otro día me llamó mi entrenador y me informó de que el Paris Saint Germain está más que dispuesto a pagar mi cláusula de rescisión.
Teniendo en cuenta que era algo que no le había comentado ni a Axel ni a mis hermanos, ni siquiera yo entendí la facilidad con la que las palabras brotaron de mi garganta.
—No pareces del todo contento.
Suspiré.
—Llevo queriendo jugar en ese club desde que descubrí en el fútbol un lugar seguro.
Pero una cosa es soñarlo y otra muy distinta es que, de repente, nada de esto dependa de mí.
—Al ver su expresión confusa, añadí—: Si pagan la cláusula, el Nantes no puede negarse.
No habrá ni negociaciones ni margen para que mi equipo se eche atrás.
Firman el cheque y ya, fin de la discusión.
Claro está que la decisión, en teoría, es solo mía. Pero en la práctica…
—En la práctica sientes que todo está decidido y que solo tienes que decir que sí en voz alta —acabó por mí, entendiendo perfectamente por dónde quería llevar la conversación.
Asentí, sorprendido por que lo hubiera comprendido y por que, en cierto modo, pareciera resultarle algo familiar.
—Es que, si rechazo la oferta de mi vida, ¿qué diría eso de mí? Pocos futbolistas franceses tienen esta oportunidad y aquí estoy yo, confuso porque, si acepto, tendré que marcharme a París y dejar atrás a mis hermanos.
Tampoco ayudaba el hecho que, desde que habíamos vuelto al pueblo, apenas coincidíamos con nuestro padre.
Ya fuese porque nos pasábamos la mayor parte del tiempo fuera de casa o porque él regresaba a altas horas de la madrugada, encerrándose en su cuarto para dormir, podía contar con los dedos de ambas manos las veces que nos habíamos visto en las últimas semanas.
Su presencia era tan volátil que ni se había enterado de la pelea que había habido entre Kylian y yo. Y, por supuesto, tampoco de lo magullado que le había dejado el rostro o los días que pasamos sin dirigirnos la palabra.
—Entiendo que no quieras separarte de tu familia, porque a mí me costó mucho dejar China atrás.
Pero, cuanto antes lo hagas, más fácil será —me aconsejó.
Su tono de voz, por norma general frío y tajante, se tornó aterciopelado.
Casi dulce—. Además, se nota que el fútbol lo es todo para ti.
No sacrifiques tu pasión por nada, ni siquiera por tus hermanos.
—Es mucho más…
—Fácil decirlo que hacerlo, sí —me interrumpió, sonriendo a la camarera cuando nos trajo las bebidas e inclinando la cabeza como agradecimiento—, pero sé de lo que hablo.
Si yo puedo viajar desde China para ver a mi abuelo, aunque sea un par de días, tú puedes conducir una o dos horas hasta donde sea que estén tus hermanos.
Su discurso se parecía muchísimo al que tantas veces me habían dado Axel y Eleonor y, sin embargo, que me lo dijese ella, que lo había experimentado en su propia carne y sabía de lo que hablaba, hizo mella en mi interior acorazado.
Me pasé el resto del trayecto dándole vueltas a sus palabras, respondiendo a sus preguntas de forma automática y sin prestarle casi atención.
Debió de darse cuenta, porque apenas diez minutos después de que retomásemos el viaje, decidió callarse y echar una cabezadita, sin reprocharme ese cambio de actitud.
Yo intenté agradecérselo de la mejor forma que pude, apagando la radio para que el ruido no la molestase.
La desperté solo cuando llegamos al aeropuerto, y al ver que hacía el amago de quitarse el cinturón de seguridad y despedirse, la detuve.
—No es la primera vez que estoy aquí —pronunció en cuanto me salí del coche para abrir el maletero y ayudarla—. Y, en caso de que así fuera, hay carteles informativos que indican dónde está cada salida. No soy estúpida.
—Nadie ha dicho que lo seas —fue lo único que dije.
Me arrebató el equipaje de las manos en cuanto lo coloqué en el asfalto, sin permitirme que la llevase. Dejé que ganase aquella batalla solo porque sabía que, si no lo hacía, acabaría quitándose uno de los tacones y lanzándomelo a la cabeza.
Caminamos en silencio hacia uno de los puestos de control y, en cuanto lo divisamos a lo lejos, clavó sus ojos rasgados en los míos con una seguridad que casi me hizo tiritar.
—Algo me dice que, para mi desgracia, nos volveremos a ver más pronto que tarde. No puedo decir que me haga especial ilusión, pero… —Se detuvo para mirar sobre su hombro, en dirección a la cola que se había formado—. Llámalo intuición o como quieras.
Sonreí de lado.
—Prefiero pensar que me he metido en tu cabeza y no puedes sacarme de ella.
Se señaló una de las sienes con el índice.
—De la única manera en la que aparecerás aquí será para atormentarme en sueños.
—Uy, Xia, ¿sueñas conmigo? ¿Y qué tipo de sueños son esos, si se puede saber? —No respondió; se limitó a darme la espalda y a echar a andar hacia la larga fila, moviendo las caderas de una forma tan seductora como hipnótica—. ¡Eh, no lo has negado!
En lugar de girarse para enfrentarse a mí, me sacó el dedo. Todo ello sin dejar de caminar en ningún instante ni ladear la cabeza un mínimo centímetro.
No dejé de sonreír, triunfal, hasta que no la vi desaparecer a lo lejos.
Porque eso significaba que había conseguido otro punto en una batalla que no había hecho más que empezar.