XXXVII, Kylian #2
—Le robaba dinero a mis abuelos para comprarme tonterías.
Dejé de exigirle a Richard que se pusiera condón, ni siquiera sé por qué.
Salía cada finde y probaba lo que fuera.
—Soltó una risa seca, carente de humor—.
Suena fatal si lo digo así, ¿verdad? Pero en ese momento no me pareció tan malo.
De hecho, lo vi como un escape porque, por fin, era capaz de sentir algo en vez de quedarme en la cama pensando y pensando y pensando.
—Y entonces…
Suspiró.
—Entonces me enteré de que me había puesto los cuernos y yo se los perdoné —dijo con desprecio.
No hacia él, sino hacia sí misma—. Me presentaba en su instituto todos los días.
Le mandaba fotos que no debería haber mandado.
Intentaba darle celos con cualquiera. —Se frotó los ojos con el dorso de la mano—.
No sé por qué te cuento esto con tanto detalle.
—Puedes parar si quieres.
—No. —Respiró hondo—. Si paro ahora no voy a terminar nunca.
Dejé que se tomara su tiempo.
El silencio se alargó tanto que pensé que no iba a continuar.
—Se fue del pueblo —acabó resumiendo, al cabo de un par de minutos—.
Y yo... me rompí. No sé cómo explicarlo mejor.
Me hospitalizaron. —Lo soltó con tanta rapidez que me pregunté cuántas veces había ensayado aquella conversación para que no le doliera—.
Fui a terapia grupal y conocí a gente que se parecía a mí, supongo.
Ahora tomo medicación. Se supone que la tomo siempre, pero a veces la salto.
—¿Por qué?
—Porque no quiero necesitarla. No quiero depender de ella para ser funcional.
—Naomi, eso…
Me interrumpió antes de que pudiera acabar la frase.
—Sé que no está bien y que es algo en lo que debo trabajar. Pero no es tan fácil como parece, Kylian.
—Puedo imaginármelo.
Mentira, no tenía ni idea de lo que debía suponer afrontar algo de ese calibre.
—De todas formas, esta vez el detonante no ha sido la falta de medicación, sino Agnes.
Pestañeé con lentitud. Lo único que sabía de ella era que se presentaba de vez en cuando en la papelería, hacía un par de preguntas y se iba sin comprar nada
—¿Qué tiene que ver ella con todo esto?
—La semana pasada llegó una carta para mis abuelos cuando ellos no estaban.
No debería haberla abierto, pero no pude evitarlo al ver que la enviaba ella.
—Tomó aire y cerró los ojos, lo cual me sorprendió.
Parecía más afectada por soltar aquello que por lo de su enfermedad—.
Dentro encontré una foto. De mis padres, conmigo en brazos cuando no era más que una recién nacida.
No había nada más, así que la abordé en cuanto me la encontré por la calle.
—¿Y qué te dijo?
—Es mi abuela. Paterna. —Soltó una risa que no tenía nada de alegre—. Al principio no la creí. Pensé que era una broma de mal gusto. Pero me invitó a su casa y... sabía cosas. Cosas que solo mi familia conoce.
Entrecerré los ojos casi sin pretenderlo.
—Saint Julien es un pueblo muy pequeño. Quizá ha escuchado algo o…
—Sabía que mi padre desapareció cuando yo tenía tres años. —Una pausa—. Y que mi madre... —Se le quebró la voz. Lo intentó de nuevo—. Que mi madre se quitó la vida por mí, por la presión de tener que cuidar de una niña no deseada.
Entendía, entonces, por qué había creído a la mujer; yo era su mejor amigo desde que prácticamente aprendimos a hablar y no tenía ni la menor idea de su pasado.
Volví a abrazarla hasta dejarla sin aliento.
—Estoy bien —asintió aun cuando ambos sabíamos que era mentira—.
Es solo que… Fue demasiada información que asimilar.
De todas formas, Agnes solo quería saber que estaba bien y que mis abuelos me habían criado como merecía.
Remarcó que no tenía intención de entrar en mi vida para confundirme, pero estoy muy liada.
—Se mordió el labio inferior hasta que le sangró—.
¿Crees que debería ser permisiva y darle la oportunidad de conocerme?
¿O echarla por no haberse preocupado por mí hasta ahora?
—¿Se lo has contado a tus abuelos? Quizás puedan darte un punto de vista más maduro y acorde con la situación.
Negó con la cabeza.
—No sé cómo sacar el tema sin sentir que les estoy fallando. Tampoco cómo gestionar todo esto.
Le di una palmadita cariñosa en la nuca.
—No tienes por qué hacerlo sola. Nos tienes a mí y a tus abuelos. Lo entenderán y te apoyarán en todo, Naomi. No importa la decisión que tomes.
—Ese es el problema —pronunció, para mi sorpresa. Bufó con amargura—. No merezco que seáis tan pacientes conmigo. Sería mucho más fácil si cortaseis cualquier lazo conmigo.
—Solo lo sería al principio. —Agarré una de las hojas que había desparramadas por el suelo y deshice la bola en que se había convertido, desvelando un par de rayas hechas con bolígrafo negro sin ton ni son—. Toma esto como ejemplo. Cualquiera podría pintar líneas así, pero esto …
Estiré el brazo y robé dos de los acrílicos que había en una de las cajas abiertas. Repasé cada una de las figuras, con los dedos teñidos de verde y morado.
—No entiendo a dónde quieres llegar.
—A que tomar decisiones apresuradas es muy fácil, pero revertirlas no. —Le tendí el dibujo, ahora lleno de colores—. Tú misma me dijiste una vez que los mejores cuadros son los que están llenos de errores, porque significa que alguien luchó para sacarlos adelante.
Pasó la yema de los dedos por encima de lo que había hecho, sin importarle mancharse.
—Me conoces lo suficiente como para saber que soy demasiado testaruda como para asumir mis propios consejos.
—Pero también sé que nunca dejas que tus fallos te definan. Siempre sigues adelante, Nao, aunque tengas que pelear contigo misma para hacerlo. Nunca has agachado la cabeza y tampoco has apartado la mirada. Tú no eres así.
Me di cuenta de las lágrimas que habían comenzado a rodarle por las mejillas cuando sorbió por la nariz.
—¿Podemos dejar de hablar de mí? —me pidió en tono vulnerable y yo asentí. No era mi intención forzar más la situación; bastante me había contado ya—. ¿Qué era lo que me querías contar? Que no haya respondido tus mensajes no significa que no los haya leído.
—Puede, y solo puede, que me haya acostado con Eleonor.
Abrió los ojos como platos con tanto dramatismo que, si no fuese por lo agotada que se la veía, me habría reído hilarante.
—Cuéntamelo todo. Ahora mismo.
Y lo hice. Le hablé de la madrugada improvisada que habíamos pasado en el lago, de la sesión de fotos exprés, de la carta que le leí por llamada y del beso que había propiciado ella para interrumpirme.
De la noche que habíamos pasado juntos tras enseñarle toda la colección que había hecho en su honor y de la mañana siguiente, en la que nuestros cuerpos se convirtieron en un lienzo que dejaba bien claro qué tipo de lucha campal habían librado nuestros cuerpos.
Todo ello con una sonrisa tatuada en los labios de la que se burló, señalándola y poniendo los ojos en blanco.
—Me alegra que, después de tanto tiempo, hayas conseguido lo que tanto querías y que, además, sea recíproco. Aunque bueno, tampoco puedo decir que me sorprende. Era más que obvio que vuestra historia terminaría así.
La empujé con suavidad.
—Te burlas demasiado de mi actitud, pero hasta donde yo sé, todavía no le has dicho a Axel lo que sientes por él —le devolví el ataque—. Mucho burlarte de mí y del tiempo que he tardado en dar el paso, pero estás en la misma situación.
Me dio un manotazo en el hombro que no vi venir.
—¿De verdad crees que, con estas pintas, podría acercarme a él sin espantarle? —Se señaló el pelo rapado y arrugó la nariz con desagrado—. Pienso quedarme encerrada en casa hasta que me lleguen las pelucas que he encargado por internet.
—¿Y si, gracias a esto, descubres que le gustan las calvas?
Lo siguiente que noté fue una bola de papel golpeándome justo en la frente.