El idioma de los girasoles XXXVII, Kylian
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XXXVII, Kylian

—¿ E stás segura de que prefieres quedarte aquí en lugar de acompañarme? —pregunté en cuanto aparqué enfrente de la casa de Naomi.

Al contrario que mis manos, las de Eleonor no temblaron cuando estiró el brazo y me tomó de la barbilla.

—Te he acompañado porque sabía que lo necesitabas, pero esto es algo que debes hacer solo. Es tu mejor amiga.

En el fondo sabía que tenía razón y que insistir para que me acompañara el interior de la casa era un acto egoísta.

Bastante había hecho ya al tranquilizarme y recordarme una y otra vez que todo saldría bien; no podía arrastrarla más, por mucho que hubiera actuado como un salvavidas y me hubiese mantenido a flote cuando ni siquiera sabía patalear hasta la superficie.

Por eso mismo, en lugar de volver a pedirle que se quedara conmigo, me incliné hacia ella y la besé con delicadeza.

—¿Quieres que te lleve a casa? —conseguí susurrar mientras intentaba recuperar el aliento—. No sé cuánto tiempo voy a tardar. Podrían ser un par de minutos o alargarse durante horas.

Sonrió contra mis labios.

—Tienes suerte de que me haya traído un libro, entonces. —Fue todo lo que dijo, dejándome bien claro que esperaría lo que fuese necesario—. Mándame un mensaje si necesitas algo, ¿vale? Y ahí estaré.

Asentí antes de abrazarla una última vez y salir del vehículo, con los hombros tensos y las piernas temblorosas.

Pulsé el timbre con el pulso tan desbocado que pensé que me desmayaría en cualquier segundo.

—Christian —musitó la abuela de Naomi nada más abrir la puerta. No importaba las veces que hubiese ido a aquella casa; era incapaz de aprenderse mi nombre—, te estaba esperando. Pasa, pasa, que hace mucho calor.

—¿Está Naomi? —pregunté mientras dejaba que me guiase hasta el salón—. Quería hablar con ella. Hace un par de días que no contesta mis mensajes y quería saber si había sucedido algo. Si estaba enferma, si se había enfadado conmigo por algún motivo o…

Me detuve al ver el rostro adusto de la señora y las arrugas que se le marcaron cuando apretó los labios en una fina línea.

—Confiaba en que tú supieras algo —admitió tras unos segundos de silencio que me erizaron la piel—. Últimamente llega a altas horas de la madrugada y se encierra en su habitación. Y por las mañanas es imposible coincidir con ella, porque se marcha en cuanto amanece.

Sabía que Naomi tendía a desaparecer y recluirse en sí misma cuando el mundo se le echaba encima. Aun así, me sorprendía que se hubiera alejado incluso de sus abuelos, por quienes sentía un amor incondicional que traspasaba cualquier barrera.

No era tonto ni estaba ciego; muchos comportamientos y comentarios de la joven habían hecho saltar mis alarmas.

No eran solo los insultos que se dirigía a sí misma cuando hacía algo mal; tampoco la manera en que huía de mis preguntas y cambiaba de tema cuando le aseguraba que, si quería hablar con alguien, me tendría siempre disponible.

Era el desprecio general que mostraba ante la vida, como si el mero pensamiento de cambiar algo mínimo de su rutina supusiera un verdadero sacrificio y prefiriese torturarse con la realidad.

—¿Y sabe dónde podría encontrarla? —musité con lentitud—. He intentado ponerme en contacto con ella y rechaza todas las llamadas. Le llegan todos los mensajes que envío, pero no responde.

Alcé la vista, que había clavado en mis manos, y vi cómo se acercaba al mueble de la televisión. Tras trastabillar con uno de los cajones, sacó un manojo de llaves que se pasó de una mano a otra.

—Son las de la papelería —me indicó antes de tendérmelas—. Fuimos hace un par de días y había restos de basura y comida, así que pensamos que está en el almacén.

El corazón dejó de latirme por un segundo.

—¿Cree que se encuentra allí ahora mismo?

—No, pero no perdemos nada por intentarlo.

—Aunque no lo dije en voz alta, me gustaba que confiara lo suficiente en mí como para dejar todo en mis manos—.

Me encantaría contarte lo que pasa, Christian, porque sé que la entenderás de un modo que a nosotros nos resulta imposible.

Es solo que… Debe decírtelo ella cuando esté preparada.

Agradecí más que nunca que Saint Julien fuera un pueblo diminuto y que los abuelos de Naomi viviesen prácticamente al lado de la papelería; de otro modo, me habría arrancado todo el pelo de cuajo.

—Kylian —me llamó Eleonor justo cuando posé los dedos sobre el manillar de la puerta para salir escopetado.

Me giré hacia ella con la respiración agitada y sintiendo las llaves, que me había guardado en los bolsillos de los vaqueros, más pesadas a cada segundo que pasaba—.

Eres un buen amigo. Puede que hayas cometido errores en el pasado, pero pase lo que pase ahí dentro, recuerda que no cualquiera estaría haciendo esto.

Aquellas palabras, que no sabía que necesitaba oír hasta que no las pronunció, me calaron tan hondo que no pude ni responder.

En el local reinaba un silencio sepulcral que me puso la piel de gallina.

Por puro instinto, me dirigí hacia lo que parecía ser el almacén, iluminando mis pasos con la linterna del móvil. Los ventanales amplios estaban cubiertos por unas cortinas opacas que impedían que el sol del mediodía.

Tenía el pulso desbocado cuando llegué al único cuarto del que provenía algo de claridad.

La habitación era más amplia de lo que pensaba, con estanterías llenas de cajas perfectamente embaladas, pero estaba tan destrozada y desordenada que se veía minúscula.

Había hojas arrugadas tiradas por el suelo, cuadros apoyados contra las paredes y las baldosas grises tenían rastros de acrílico que parecía petróleo.

Aun así, lo que hizo que saltaran las alarmas de mi cabeza fue la posición en que me encontré a Naomi, con las rodillas al pecho y tan aovillada que parecía más diminuta que de costumbre. Me acerqué con lentitud, encorvándome un poco para hacerle saber que no estaba sola.

Me percaté de que se había rapado cuando alzó la cabeza y clavó su mirada en la mía.

—¿Qué estás haciendo aquí? —prorrumpió en un grito, apartándome de un manotazo y limpiándose los restos de sombra negra que se le habían escurrido por las mejillas, señal inequívoca de que había llorado—. ¿Cómo coño has entrado?

—Lo sabes perfectamente. —No había muchas opciones, de todos modos—. No puedes culparme, Nao. Llevo días preocupado por ti.

—Ni quiero ni necesito tu ayuda —escupió con asco mientras se levantaba del suelo.

Se tambaleó tanto que parecía haber bebido sin control, pero ni la habitación olía a alcohol ni había ninguna botella cercana—.

No soy un proyecto de caridad que puedas cumplir para sentirte mejor contigo mismo, así que vete por donde has venido y lárgate de mi vista.

Trató de pasar por mi lado y dirigirse a la puerta, sin tener en cuenta mi rapidez.

Sintiéndose acorralada, me arañó la cara y me golpeó en el pecho, desquiciada. Por mucho que me dolieran cada uno de los rasguños y los puñetazos que me propinó, no me aparté.

—No voy a marcharme hasta que no te tranquilices.

Como era de esperar, pasó por alto mis palabras y continuó pegándome con los puños, ennegrecidos de tinta y grafito. Siguió así hasta que comenzó a quedarse sin energía y se dio por vencida.

Solo entonces se dejó caer al suelo y rompió en llanto.

Me agaché de inmediato y la abracé con fuerza. Vi de reojo cómo intentaba echarse hacia atrás para no mancharme la camiseta, pero la tomé de las manos y me las llevé al estómago para demostrarle que no me importaba.

Que prefería que la camiseta se echara a perder que perderla a ella.

—Imbécil —se quejó, esbozando una sonrisita triste entre lágrimas.

Se sacó de los bolsillos un paquete de toallitas húmedas y se limpió el rastro de maquillaje que le quedaba en el rostro, hasta que no quedó ni una pizca de sombra negra ni máscara de pestañas.

—¿Mejor? —pregunté en cuanto acabó. Asintió y pensé en que, con nada camuflando sus facciones, parecía más pálida que de costumbre—. ¿Prefieres que me quede callado y te haga compañía? ¿O quieres hablar conmigo de lo que ha sucedido?

Sorbió por la nariz y volvió a abrazarse de nuevo las rodillas.

—Me diagnosticaron TLP poco antes de que te marcharas. Trastorno límite de la personalidad —explicó al ver la sorpresa en mi mirada—. Quise contártelo en un par de ocasiones, pero me daba miedo que pensaras que era un bicho raro y preferí callármelo.

—No lo habría hecho —aclaré de inmediato.

—Lo sé, te conozco. Pero es difícil ser objetiva cuando tú misma piensas eso sobre ti.

Además, al principio lo tuve controlado, así que no le di mucha importancia.

—Sonrió para sí misma con pesar—. Bueno, no controlado.

Escondido. Iba periódicamente al psicólogo para no ser una carga, seguía al pie de la letra las indicaciones, evitaba situaciones que pudieran desencadenar cualquier tipo de respuesta negativa…

Hice todo lo posible para que nadie notase que había algo diferente en mí, para encajar y ser una más.

Apoyé una mano en su rodilla al ver cómo tiritaba.

—No tenemos que hablar de esto si no quieres. Que seamos amigos no significa que debas darme explicaciones sobre lo que haces y lo que no.

Sus dedos se posaron los míos, tan fríos que di un salto.

—Está bien. Solo necesito que me sigas la conversación y que me hagas preguntas, para no disociar e irme por las ramas.

—Intenté protestar y decir que no me importaba que se tomara su tiempo, pero me interrumpió alzando algo más la voz—.

Lo tenía todo controlado hasta que conocí a un chico hace dos años.

Haciendo caso a su petición, me atreví a preguntar:

—¿Y qué sucedió?