XXXVI, Eleonor
—¿ E leonor? —pronunció Xia con cautela nada más abrir la puerta. Frunció el ceño y me miró de arriba abajo, sin creerse lo que tenía enfrente—. ¿Ocurre algo?
Carraspeé, con el pulso tan desbocado que creí que me iba a desmayar.
—Nada malo —me apresuré a aclarar—. Es solo que pasaba por aquí y, como planeaba dar una vuelta por el pueblo, me preguntaba si te apetecería ir a tomar algo.
Actuar por puro impulso nunca había sido mi fuerte, así que ni siquiera yo misma sabía a qué se debía el arrebato que me había llevado a acercarme hasta allí. Es especial teniendo en cuenta que siempre huía de todo lo que supusiera socializar con gente desconocida.
Arrugó un poco más la frente.
—¿Te ha mandado mi abuelo?
—¿Qué? No, ha sido idea mía.
Justo cuando pensé que se negaría, dio un paso hacia atrás y me indicó con la cabeza que pasara. Me guio por los pasillos y, en cuanto llegamos a la sala de estar, me pidió que me pusiera cómoda.
—¿Por qué has venido entonces? —insistió, entrecerrando los ojos con una desconfianza que me resultó familiar—. Perdón por tantas preguntas, es solo que… Se me hace raro.
Aunque su recelo hacía que mis nervios aumentaran a cada segundo que pasaba, lo entendía. Si la situación fuera a la inversa, yo también habría dudado de sus intenciones.
—Porque sé lo que es estar en un pueblo donde todos se conocen y quedarse encerrada en una habitación, muerta del asco —solté, sin edulcorar mis palabras—. Y porque, por una vez, quiero ser yo quien dé el primer paso en vez de esperar que sean los demás quienes se acerquen a mí.
Contra todo pronóstico, asintió hasta que desapareció la mueca de sospecha que había transformado sus facciones angelicales en una expresión salvaje.
—Me gusta tu sinceridad —fue lo único que dijo—. ¿Prefieres quedarte aquí mientras me cambio o subir a mi habitación?
Como odiaba quedarme a solas en un lugar que no conocía, opté por seguirla.
Al contrario que el salón, cuya decoración concordaba con el carácter extravagante del señor Peng, la habitación de Xia tenía un aire minimalista que dejaba bien claro el poco tiempo que pasaba allí.
Una cama individual con sábanas grises, un escritorio blanco igual al mío, una silla de madera oscura y una alfombra negra que iba a juego con el armario; eso era todo.
Lo único que se salía de esa estética tan simple eran los tres cuadros que había encima del colchón, perfectamente alineados, en los que no se reflejaba ninguna pintura. Eran fotografías de la que parecía ser su familia y páginas arrancadas de una novela escrita en chino.
—¿Eso lo has escrito tú?
—No. Son algunos de los poemas que escribió mi abuela antes de morir.
No lo dijo con tristeza ni nostalgia, pero aun así me obligué a apartar la vista del marco y centrarla de nuevo en ella. Impertérrita y sin parecer afectada, comenzó a desvestirse en silencio, sin un ápice de vergüenza.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
Enarqué una ceja.
—¿Más? —me atreví a bromear, tanteando la situación para ver si era el tipo de persona con el que se podía hacer comentarios de ese estilo.
Me lo tomé como un sí cuando bufó, en un intento pobre de disimular una sonrisa diminuta.
En cuanto acabó de abrocharse los botones de la blusa de lino, se acercó al escritorio y sacó de uno de los cajones una máscara de pestañas y un pintalabios frambuesa que se esparció por las mejillas y la boca con una gracilidad magnética.
—¿De qué os conocéis tú y los Ajax, realmente?
—Nuestras madres eran mejores amigas desde pequeñas, así que crecimos juntos. Olivia era una madre para mi hermana y para mí, así que realmente parecíamos una sola familia.
Ladeó la cabeza y me analizó con una intensidad abrumadora, como si fuese capaz de ver a través de mí y atravesar cada una de las capas que me recubrían.
—Hablas en pasado.
—La madre de los Ajax murió hace cinco años. —Inspiré hondo—. Por un infarto. Ellos se mudaron días después y perdimos el contacto, hasta que regresaron a finales de junio. Fue un golpe duro para todos.
—Lo siento —se disculpó, consciente de que aquel interrogatorio se había tornado algo incómodo—, no tenía ni idea. Mi abuelo me habla a todas horas de Kavan, de lo buen chico que es y del cariño que le ha tomado estos dos últimos meses, pero nunca me lo había contado.
—Aunque hayan pasado varios años, sigue siendo una herida reciente.
Y seguiría siéndolo mientras hubiera cosas que nos recordaran a Olivia.
Cada vez que veía a alguien con pecas, pensaba en ella y en las estrellas que le salpicaban el rostro. Cada vez que entraba en el invernadero, me preguntaba si estaría orgullosa de que hubiéramos mantenido su esencia.
Cada vez que observaba a sus hijos y encontraba similitudes entre ellos, me daba cuenta de que seguía estando viva.
Porque mientras mi madre siguiese hablando de ella con cariño,, Kavan continuara asegurándose de que sus hermanos tenían todo lo que necesitaban, Kylian cumpliese sus sueños y firmara todas sus pinturas con un girasol y Kendra luchara por sus ideales y se levantase del suelo cada vez que algo le salía mal… Su recuerdo no moriría jamás.
Agradecí que Xia no hiciese ningún comentario más sobre el tema.
—Supongo que tiene que ser bonito conservar una amistad desde hace tanto tiempo —fue lo que pronunció, en cambio—. Mi relación más larga fue con mi gato, y duró poco porque me mudé a París y tuve que dejarlo con mi madre.
Esa vez fui yo quien frunció el ceño.
—¿No tienes una amiga llamada Skylar, o algo así? Siempre se os ve juntas.
—Parece que alguien se ha leído mi perfil de Wikipedia —bufó al mismo tiempo que me hacía una señal para que nos marchásemos. A lo tonto, llevábamos unos veinte minutos hablando sin parar.
—Mi hermana —negué al instante—. Ya sabes que es muy fan tuya.
—Como para no saberlo, si casi le explotó la vena de la frente cuando la saludé por primera vez.
—Lanzó un suspiro en cuanto llegamos al recibidor, de donde tomó las llaves de su coche—.
Somos amigas, sí, pero no tengo muy claro si lo que nos une es la fama o si hay algo más.
No me malinterpretes —se apresuró a agregar—, nos llevamos bien y la aprecio.
El problema es que tenemos horarios tan incompatibles que siento que todo pende de un hilo muy fino.
Entendí por dónde quería llevar la conversación.
—Y eso hace que no le veas futuro a largo plazo —acabé por ella.
Asintió, dando el tema por zanjado.
Como preveía, hicimos una parada en la playa, más atestada de lo normal.
Nos conformamos con meter los dedos de los pies en el agua y hablar de tantas cosas diferentes que me costó mantener el hilo de la conversación.
Cuando nos aclimatamos a la temperatura del agua y decidimos que ya nos habíamos refrescado lo suficiente, nos adentramos en la parte menos turística de Saint Julien.
Las calles de esa zona eran mucho más angostas, con paredes de ladrillo y piedra que no estaban pintadas con colores vivos ni decoradas con los banderines que permanecían en algunos balcones de la zona costera desde el catorce de julio.
—¿Quieres entrar y ver algo? —propuse al ver cómo se detenía enfrente de un escaparate y sus ojos escaneaban cada objeto expuesto, con un interés más que obvio.
No era nada del otro mundo, tan solo una tienda diminuta donde se vendían distintos artículos artesanales que hacían allí mismo, en los hornos que había en la parte trasera del local. Desde platos, tazas y jarrones, no había ni un habitante del pueblo que no contase con algún producto de ese local.
—No hace falta —negó tras unos segundos de silencio—. Es solo que me ha recordado a mi madre. Tiene un taller muy famoso de cerámica en Hangzhou, donde nací y viví toda mi infancia.
—¿Sabes hacer cerámica? —me interesé, intentando controlar la sorpresa en mi voz.
—De pequeña quería seguir sus pasos y continuar con el legado —afirmó—, aunque pronto me di cuenta de que solo me llamaba como hobbie y que no sería feliz si tuviera que dedicar toda mi vida a eso.
Al igual que bailar. Me gusta y he tomado tantas clases que no podría ni contarlas, pero no me imagino haciendo eso durante años.
Se me vino a la mente la noche en la que nos fuimos de fiesta y su cuerpo se movía de un lado para otro. Teniendo en cuenta que yo también me había quedado embobada con cada uno de sus golpes de cadera, no me sorprendía que todos se hubieran sentido atraídos hacia ella.
—¿Hay algo que se te dé mal? —bromeé tras indicarle con la barbilla por qué callejón salir para ir de camino a la cafetería.
Esbozó una sonrisa que tenía lo mismo de escueta que de triste.
—Por supuesto. Ser agradable, mantener las apariencias, hacer amistades… —enumeró con los dedos, alzando uno por cada cosa que mencionaba—. En realidad, todo lo que tenga que ver con socializar y aguantar gente estúpida. Soy muy poco tolerante y peco de brusca cuando acaban con mi paciencia.
A medida que fue pasando la tarde, con tanta celeridad que sentía cómo los minutos se me escapaban de los dedos, fuimos soltándonos más y más, hasta el punto en que comenzamos a hablar como si nos conociésemos de toda la vida.
Lo que más me sorprendió fue, sin ninguna duda, lo mucho que se esforzaba por asegurarse de que el ambiente era relajado y no había silencios incómodos.
Me di cuenta por la manera en la que solía sujetarme la puerta cuando pasaba delante de mí, respondía a todas mis preguntas y se preocupaba por lo que yo tenía que decir.
Para alguien que aclamaba no saber cómo hacer amistades o cómo mantener las apariencias, aquello parecía dársele bien. Demasiado bien; como si fuera algo forzado y no genuino.
—Bueno, dejemos de hablar de mí —se quejó cuando tomamos asiento en una de las esquinas de la cafetería. A diferencia de otros días, estaba tan vacía que podíamos hablar sin necesidad de alzar la voz—. ¿Qué harás cuando acabe el verano?
Le di un largo trago al café que me había pagado, tras ignorar mis quejas sobre que debía ser yo quien invitara, por haberle propuesto aquel plan de manera tan repentina. Si acabó saliéndose con la suya fue únicamente porque le dejé bien claro que, a la próxima, todo iría a mi cuenta.
—Creo que acabaré mudándome a París.
—¿Crees? —Se apartó el cabello del rostro y me miró con la misma curiosidad con la que había analizado cada jarrón de la tienda de cerámica—. ¿Por qué dudas?
—Porque antes debo dejar la carrera que estoy cursando y contárselo a mis padres.
—Le hice un resumen de lo que consideraba más importante: que siempre había sentido la obligación de ser la mejor alumna de la clase y que creía que como me gustaba leer, estudiar filología era prácticamente obligatorio—.
Sé que me apoyarán en lo que haga, pero sigo pensando que si abandono será como admitir en voz alta que soy un fracaso.
Los estudios… Siempre ha sido en lo único que he destacado.
—Siempre he envidiado a la gente aplicada que se le da bien estudiar —admitió, jugueteando con los pendientes de perla diminuta que llevaba—.
¿Ves? Otra cosa en la que nunca destaqué.
Suspendía casi todos los exámenes a los que me presentaba y tenía que hacer tantas recuperaciones que lo verdaderamente sorprendente es que no repitiera ningún curso.
Pestañeé, incrédula.
—Pensaba que serías la típica alumna ejemplar que se postula todos los años para salir elegida como delegada. La favorita de los profesores.
El bufido que se le escapó de la garganta hizo que mis carcajadas aumentaran.
—Todo lo contrario. Era la amargada que se metía en problemas por responder a los maestros y se pasaba los recreos castigada.
Por aquella época era asquerosamente altiva —se sinceró—.
Daba por hecho que, al trabajar en un montón de anuncios y aceptar papeles menores en series, no era necesario que me esforzase en nada.
Esa vez fui yo quien se quedó sin palabras.
—Eso podría haber salido muy mal —fue lo único que se me ocurrió decir.
—Sí, pero fui afortunada. Lo único que pedían eran caras bonitas y, por suerte o por desgracia, solía pasar todos los castings a los que me apuntaba.
Todo cambió cuando tuve una discusión con mis padres, porque no aceptaban que quisiera mudarme a Francia con dieciséis años.
—Algo centelleó en su mirada—. Según ellos, no estaba preparada para enfrentarme al mundo adulto.
Así que me propuse demostrarles que podía cambiar y cerrarles la boca.
No lo dijo con rencor ni amargura. Al contrario, era como si la situación le hiciese gracia.
En el momento en que separé los labios para hacer alguna de las preguntas que se me habían ido ocurriendo a medida que hablaba de su adolescencia, el tono de una llamada cortó el silencio.
Supe que debía tratarse de algo importante al ver cómo le brillaron los ojos al leer la pantalla.
—Acéptala —la animé al darme cuenta del debate que parecía librarse en su interior sobre si descolgar y dejarme con las palabras en la boca, o saber por qué querían contactarla—. Podría ser importante.
—Creo que irá para largo —suspiró, con una disculpa implícita en las pupilas que me perforó la piel.
Acto seguido, antes de que pudiese pestañear y de que aceptara la llamada, sacó un bolígrafo del bolso y empezó a escribir una serie de números en una servilleta—.
Mándame un mensaje la próxima vez que quieras quedar.
Estoy segura de que, cuando te mudes a París, nos veremos más de una vez.
Tomó su bebida y, tras lanzarme una sonrisa fugaz, desapareció.
Yo me quedé allí un buen rato, observando a la gente que pasaba al otro lado de la ventana. Tras una media hora absorta, me dirigí a la papelería de Naomi.
Fruncí el ceño al ver que estaba cerrada, sin un solo cartel que indicara el motivo, y decidí enviarle un mensaje a Kylian. Si había alguien que sabía a qué se debía aquello, debía ser él.
Su respuesta no tardó en llegar: no tenía ni la menor idea y, al parecer, llevaba un par de días sin contestarle los mensajes. Pretendía pasarse directamente por su casa, así que lo único que pude mandarle fue una pregunta:
«¿Quieres que te acompañe?».