El idioma de los girasoles XXXIV, Eleonor #2
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XXXIV, Eleonor #2

—Si hubiera sabido que te hacía falta un poco más de humildad, me habría pasado toda la mañana ignorándote. —Había dado tan por descontado que seguiría con aquellas provocaciones que, cuando vi cierta seriedad en su rostro, no pude evitar pestañear con lentitud—. ¿Qué pasa?

Tiró de mí hasta que acabé sentada en su regazo.

—¿Lo que hay entre nosotros es real?

Parpadeé, sin entender aquel cambio de conversación tan drástico.

—¿Qué te hace creer que no?

Apartó la vista unos segundos, hasta que le acuné el rostro con las manos y le obligué a mirarme de nuevo.

—He visto cómo mirabas a mi hermano esta mañana.

Tan solo… —Se quedó en silencio durante un minuto entero, pensando bien cómo exteriorizar la tormenta que debía estar sucediéndose dentro de su cabeza—.

Tan solo quiero asegurarme de que no hay nada entre vosotros.

Que se trata de mi imaginación, jugándome una mala pasada.

Yo… —volvió a tartamudear—. No quiero que vuelva a suceder lo mismo que en el pasado.

No creo que pudiera soportar ser, una vez más, el segundón.

El hermano pequeño que se conforma con las migajas de los demás.

Recordé lo que me había dicho por llamada. «Siempre esperé a que te fijases en mí y dejaras de verme como al hermano pequeño de tu novio».

Esa frase y la de «lo único que deseaba era tener valor para confesarte lo que sentía por ti y no sentirme inferior a Kavan» se habían grabado a fuego en cada recoveco de mi mente.

—Me besó hace unos días —musité despacio, porque aunque sabía que aquella confesión le dolería, no quería que hubiera ningún secreto entre nosotros.

—¿Y te gustó? ¿Fue…? ¿Fue mejor que lo que hubo ayer entre nosotros?

El corazón se me rompió en miles de añicos al escuchar cómo se le rompía la voz.

—No. No sentí absolutamente nada —remarqué para dejárselo bien claro—.

Ni mariposas, ni calor, ni lo que se supone que se debe sentir con un beso.

En cambio, tú… —Le pasé el pulgar por el labio inferior antes de mirarle a los ojos—.

Eres capaz de sacudirme con un simple roce, una mirada o una sonrisa.

Y aunque es normal que te sientas así, me duele el alma con solo pensar en la baja estima que te tienes.

—Leo, yo…

Deslicé las manos por su cuello y las coloqué sobre su pecho. Noté cómo se le aceleraban los latidos, como si alguien hubiera accionado el gatillo de una pistola y una bala cargada de sentimientos e inseguridades le hubiera impactado de lleno en el corazón.

—Déjame que sea yo quien te recuerde lo valioso que eres.

—Me llené los pulmones de oxígeno antes de continuar—.

Odio el contexto físico y no soporto que invadan mi espacio personal, pero no puedo dejar de pensar en tus caricias desde que me caí encima de ti en la playa.

En lo bien que encajan tus dedos en mi cintura.

En lo suave, dulce y gentil que eres incluso cuando no quiero que lo seas.

»Odio que la gente no respete mi espacio personal cuando me alejo y, aun así, cada vez que lo hago deseo que vengas detrás de mí y que me consueles.

Solo porque eres el único capaz de entenderme sin palabras.

—Volví a tomar una amplia bocanada de aire—.

Odio que se me mire con pena y tú eres de los pocos que no tienen miedo a presionarme, porque sabes que no me voy a quebrar.

Odio que la gente prometa y jure cosas, pero confío en las tuyas porque nunca has fallado a tu palabra.

Se llevó los dedos al pecho y los colocó justo encima de los míos.

—Es que… —Se mordió el labio con tanta fuerza que se le puso blanco—. No sabes el miedo que he pasado al despertarme y ver que no estabas en la cama. Al pensar que, quizá, todo esto había sido cosa de una sola noche.

Me incliné hasta que mi boca le acarició uno de los pómulos, ardiente por el sol.

—Si fuese algo de una sola noche, no habría admitido que adoro que seas el único capaz de trastocar todos mis planes. Y, por supuesto, no me habría pasado una hora entera achicharrándome con tal de ayudarte con el portafolio.

Como si se tratara de una broma pesada del destino, los aspersores del jardín decidieron que era buena idea encenderse y empaparnos de arriba abajo, silenciando así todas las palabras que tenía preparadas para eliminar cualquier resquicio de duda en su sistema.

Traté de levantarme del regazo de Kylian y salir corriendo en dirección a su casa para ponerme a resguardo, pero sus manos se afianzaron en mi cintura para impedírmelo.

Le lancé una mirada envenenada que correspondió con una sonrisa que, si bien pretendía resultar angelical, parecía más bien recién salida de un grimorio.

—¿No decías que te estabas muriendo de calor? ¿Qué mejor manera de refrescarse que esta?

Se me ocurrían muchísimas, pero los argumentos murieron en mi lengua en cuanto me fijé en que el tejido de la camiseta se le había ceñido al pecho, marcándole todos esos músculos que quería memorizar.

Me mordisqueé el interior de la mejilla con ahínco, sin entender mi nerviosismo. Le había visto sin camiseta cuando fuimos al lago; aquello no debería resultarme tan…

Tan endemoniadamente atractivo.

Me apremié a mí misma para levantar la vista y clavarla en cualquier cosa —su rostro húmedo, su cabello ahora empapado, las nubes blancas y escasas que se recortaban en el cielo azul—, pero nada me llamó lo suficiente la atención.

A él debía de sucederle lo mismo, porque se relamió los labios con una parsimonia desesperante que me hizo desear ser yo quien pasara la lengua por cada recoveco de su boca, hasta descubrir el escondite más recóndito.

Solo cuando se le escapó un gruñido y se recolocó en la silla, conmigo encima, caí en cuenta de cuál era el motivo por el su expresión de diversión había sido reemplazada por una de puro deseo.

El vestido que llevaba era blanco, y tan fino que se me transparentaba todo. Todo . Lo cual, teniendo en cuenta que no llevaba sujetador, significaba que Kylian tenía una vista de lo más prestigiosa (y peligrosa) de mi pecho.

Que no le importara ni lo más mínimo que solo hubiera uno me dejó fuera de combate durante unos segundos, hasta que la ronquera de su voz volvió a hacer acto de presencia.

—¿Sigues pensando lo mismo que antes? ¿Que soy demasiado suave, dulce y gentil? Porque lo que se me está pasando ahora mismo por la cabeza es de todo, menos eso.

Intenté exteriorizar que yo tampoco podía dejar de imaginarlo besándome sin control y tocándome por debajo del vestido. Lo único que salió de mi garganta, en cambio, fue una exhalación entrecortada y un tartamudeo lleno de anticipación.

—¿El qué?

—Sabes que prefiero enseñar las cosas a exteriorizarlas en voz alta. —Entrelazó sus dedos con los míos y di un respingo al notar lo calientes que tenía las palmas—. ¿Confías en mí, Leo?

Pestañeé al mismo tiempo que inspiraba hondo.

—¿Me arrepentiré de hacerlo si digo que sí?

—Ni lo más mínimo.

—Entonces sí, confío en ti.