XXXIV, Eleonor
— N o sé qué me preocupa más, si que estés de tan buen humor a primera hora de la mañana o que hayas entrado en casa sin que nadie se haya enterado.
—Aunque era evidente que se acababa de levantar, no se me pasó por alto la ironía latente en la voz de Kavan—.
¿A qué se debe esta maravillosa e inesperada sorpresa, Riviere?
Levanté la vista del huevo que acababa de batir y la clavé en él.
Como era de esperar a esas alturas de la mañana, no llevaba más que un pantalón de pijama que le quedaba holgado. En la parte de arriba, solo destacaba su torso tatuadísimo.
Como sospechaba, no sentí nada al verle así, como si fuera un postre deseando que le hincaran el diente y yo estuviera completamente saciada.
Nada que ver con el hormigueo constante que notaba en el estómago cada vez que su hermano hacía algo tan simple como apartarse los rizos de la frente o buscarme con la mirada cuando creía que no me daba cuenta.
—Todas las sorpresas son inesperadas —maticé antes de hundir las rebanadas de pan en una mezcla de huevo, leche, azúcar y canela—. Si no, no podrían ser catalogadas como tal.
No me hizo falta observarle para saber que había puesto los ojos en blanco.
—Bueno, ¿piensas contarme el motivo por el que estás aquí o pretendes dejarme con la curiosidad? —insistió tras poner la cafetera en marcha.
Hice acopio de toda la indiferencia que en el fondo no sentía y me encogí de hombros como si nada.
—He pasado la noche aquí.
Arrugó la frente.
—¿Con mi hermana? ¿Desde cuándo sois tan cercanas?
—Con tu hermano, imbécil.
Casi como si lo hubiéramos planeado, Kylian apareció en ese mismo instante. Al contrario que Kavan, este llevaba una camiseta arrugada y unos pantalones cortos que dejaban a la vista sus piernas ligeramente musculosas.
Aunque me hubiera gustado estudiarle durante horas, aparté la vista al notar cómo me trepaba el calor a la garganta al recordar la manera en la que habíamos dormidos: enredados como si fuéramos el símbolo del caduceo, buscando nuestras manos en mitad de la madrugada para terminar de confirmar que aquello no era producto de nuestra imaginación.
Aun así, me costó no prestar atención a su cabello revuelto y a las marcas de las sábanas, impresas en sus mejillas.
Oí cómo Kavan ahogaba un grito, tan sorprendido como nuestras hermanas la noche anterior, cuando Kylian se acercó a donde me encontraba y me apretó contra su pecho. Yo sonreí de oreja a oreja cuando sus labios me rozaron la frente.
—¿Acaso me he drogado por accidente y estoy flipando por los efectos secundarios? —intervino su hermano, boquiabierto—. ¿Qué capítulo me he perdido? ¿Desde cuándo sois capaces de estar en una misma habitación sin que vuelen cuchillos?
Con cuidado de no golpearme la cabeza, Kylian abrió uno de los muebles y sacó un vaso que llenó de agua. Casi salivé al ver cómo se le derramaba una gota por los labios y se colaba por dentro del cuello de la camiseta.
—Desde anoche.
—Ah, ahora entiendo de dónde han salido las marcas que tenéis en el cuello —se mofó Kavan, acompañando sus palabras de un bufido—. No habéis perdido el tiempo, ¿eh? Habéis saltado a la acción nada más hacer las paces.
Horrorizada, agarré el teléfono que había dejado sobre la encimera y encendí la cámara frontal para ver a lo que se refería. Por mucho que ladease la cabeza de un lado a otro, no encontré nada, lo cual significaba que nos había tendido una trampa.
Y yo había caído en ella de cabeza.
Le lancé una de las rebanadas de pan que todavía no había preparado y maldije al ver cómo la interceptó al vuelo.
—¿Sabéis qué? Pienso desayunar en el patio, lejos de vuestros posibles arrumacos —suspiró después de servirse una taza de café bien cargada—, así que avisadme cuando salgáis de aquí para poder prepararme mis tostadas en paz y armonía.
Le saqué el dedo del medio y agradecí que se marchara sin mirar atrás.
Percibí el aroma cítrico de Kylian mucho antes de que me rodease la cintura y apoyara la barbilla sobre mi hombro.
Habíamos pasado toda la noche pegados como lapas y, sin embargo, me tensé al percibir sus dedos acariciándome el vientre en un ademán perezoso, la poca distancia entre sus labios y mi clavícula y el cosquilleo de su cabello contra mi mejilla.
Me parecía insuficiente.
—¿Qué tal has dormido? —medio tartamudeé, sin saber qué decir para romper el hielo, mientras seguía adelante con la receta.
Su respiración pausada contra mi oreja no ayudó en absoluto a que se disipara el humo que me nublaba el cerebro.
—Eso debería preguntártelo yo —se rio, como si fuera consciente de que la temperatura de mi sistema no dejaba de aumentar—. Te has movido un montón.
—Es que eres una maldita estufa y me estaba asfixiando de calor. Además…
Me quedé sin aliento cuando me dio la vuelta y sus manos escalaron hasta los tirantes de mi vestido. Me costó respirar con normalidad al pensar en que podría deshacerse de ellos y dejar que la prenda cayera a mis pies.
Y, sobre todo, al caer en la cuenta de que se lo permitiría.
—Ya me lo agradecerás en invierno —se defendió—. Aunque no haya tanta humedad, en París hace mucho más frío que aquí.
—Así que das por hecho no solo que acabaré mudándome allí, sino que también te aceptarán en la universidad —le pinché, ladeando la cabeza para mirarle con curiosidad—. Y mira que ayer decías que preferías no hacerte ilusiones…
Sus ojos se llenaron de dudas, como si estuviera guardando algo para sí.
—Tengo un plan B por si no sale bien. —Le indiqué con un asentimiento que continuara—.
Hay una escuela de arte muy cerca del apartamento que he conseguido gracias a la ayuda de mi hermano y, al parecer, están buscando profesores para dar clases de pintura a niños pequeños.
No sería nada serio, solo un par de horas a la semana, pero…
Pese a que no llegara a terminar la frase, lo entendí de inmediato.
Su madre trabajaba como profesora de infantil en el colegió que había en uno de los pueblos colindantes, así que sería una forma no solo de acercarse al arte desde otra vertiente sino, además, tener más presente a su madre.
—Donde sea que se encuentre, sé que está muy orgullosa de ti —le aseguré antes de depositar un beso dulce en la comisura de su boca.
No debió parecerle suficiente, porque me tomó de la barbilla nada más me separé y posó su boca sobre la mía en una caricia profunda que me hizo jadear. Él, por supuesto, no se inmutó; colocó sus manos en mis caderas y me pegó, aún más, contra su cuerpo.
El vestido que le había robado a Lalia era tan ligero como una brisa de verano y pude sentir la rigidez de sus músculos; no obstante, lo que de verdad hizo que el pulso se me desbocara fue que delineara mi labio inferior con la lengua y sonriera.
—Sabes a café.
En lugar de conformarse con aquel beso, hincó los dedos aún más en mi piel y descendió por mi mandíbula hasta las clavículas. Para cuando llegó al lugar donde tenía la cicatriz, que mordisqueó con una lentitud exasperante, solo quedaba un resquicio de cordura en mi interior.
Uno que habría saltado por los aires si no fuera porque inspiré hondo y percibí un olor a chamuscado que me hizo arrugar la nariz.
—¡Joder! ¡Me había olvidado por completo del desayuno!
Kylian se transformaba en otro cuando dibujaba y eso siempre me había resultado hipnótico. Su rostro se convertía en una máscara de pura seriedad que creaba miles de nudos en mi vientre, que se tensaba aún más cuando levantaba la mirada del caballete y la clavaba en su objeto de estudio.
Aquello no habría supuesto problema alguno si no fuera porque, esa mañana, su objeto de estudio era yo.
Me revolví por quinta vez y resoplé antes de pasarme la mano por la frente. La pátina de sudor hacía que me picase la piel.
—Si hubiese sabido que te quejarías tanto, no habría aceptado tu propuesta de ser mi musa —se burló, con uno de los pinceles entre los labios.
—No pensé en lo incómodo que es estar tanto tiempo bajo el sol. —Solté un resoplido, agobiada por el calor, y me coloqué un mechón tras la oreja—. Da igual. Dije que quería ayudarte y cumpliré mi palabra.
Los escasos metros que nos separaban no me impidieron fijarme en el tono grisáceo impregnado en sus dedos y en lo mucho que se le marcaban las venas de las manos con cada trazo que realizaba.
La carta que me había leído a través de la llamada y aquel beso bajo la lluvia había despertado un animal que no sabía ni que guardaba dentro, eso estaba claro.
—Como sigas mirándome de esa manera, voy a desgastarme más rápido que este carboncillo, Leo.
El bochorno que me calentó las mejillas fue tal que me vi obligada a abanicarme el rostro con las manos. Aun así, en lugar de agachar la mirada o soltar un gruñido por lo bajo, levanté la barbilla y le planté cara.
—No es mi culpa que seas tan atractivo cuando te centras en algo.
Dejó el carboncillo sobre el soporte del caballete y, acto seguido, tomó una toallita húmeda con la que se limpió los dedos uno a uno. Supe que estaba intentando ponerme nerviosa por la lentitud, premeditada y agobiante, con la que lo hizo.
—¿Solo cuando me centro en algo? Llevas comiéndome con la mirada desde que me he despertado.
Sentí que me asfixiaba por la intensidad de sus ojos. Que me hundía en un fango entremezclado con arenas movedizas. Que estaba atada de pies y manos y que no podía nadar o trepar hasta la superficie para respirar con normalidad.
Tragué con fuerza y me quedé callada. Lo único que se me venía a la cabeza eran las mismas palabras, una y otra vez. «Bórrale esa sonrisa insolente de la boca y bésalo. Bésalo, bésalo, bésalo». La mirada que me dirigió fue una invitación inequívoca para que me acercara a él.
Así que eso hice, con las piernas tan gelatinosas que me habría caído de bruces contra el suelo si no fuera porque sus manos se aferraron a mis caderas.