El idioma de los girasoles XXXIII, Kavan #2
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XXXIII, Kavan #2

—He pedido esta canción porque es una de mis favoritas, así que como se te ocurra dejarme tirada en lugar de bailar conmigo… —Apretó los labios en una fina línea—. Prometo hacerte la vida imposible.

Noté el codo de mi mejor amigo impactando contra mis costillas.

—No seas cretino —musitó entre dientes antes de saludar a Eleonor con una sonrisa tímida.

Tomé a esta del brazo sin dejar de preocuparme por si sería capaz de escuchar los latidos violentos de mi corazón o mi respiración agitada.

Al separarnos unos centímetros para hacer un giro en condiciones, me fijé en los rastros débiles de rotulador que había en la piel al descubierto de su hombro.

—A tu hermano no se le ha ocurrido otra cosa que dibujarme flores con rotulador permanente esta mañana —explicó cuando intenté quitarle los trazos con el pulgar—. No sé cuánto tiempo me he pasado en la ducha, pero no se va.

Como cada vez que hablaba así de mi hermano, se me instaló un nudo en el estómago. Daba igual lo mucho que me esforzase; nunca sería capaz de alcanzar el nivel de sensibilidad que tenía Kylian y la confianza que había entre ellos.

Yo no era detallista ni romántico. Tampoco un artista. No demostraba amor o afecto a través de palabras bonitas o planes calculados al milímetro; optaba por una vía mucho más directa, manifestando mis pensamientos con acciones específicas que no todos veían ni apreciaban.

—¿Ocurre algo? —se interesó Eleonor al notar el cambio en mi lenguaje corporal.

Consciente de que se daría cuenta si mentía, acabé soltando:

—¿Fui un buen novio el tiempo que estuvimos juntos? ¿Te sentiste querida y valorada?

—No rompí contigo porque me tratases mal.

Simplemente… No era el momento. No es el momento —se corrigió al instante—.

Estamos creciendo. Nos equivocamos porque tenemos que hacerlo para aprender y mejorar, convertirnos en una versión mejorada de nosotros mismos.

Seguir adelante con lo que teníamos no nos habría venido bien.

Esbocé una sonrisa triste y traté de bromear para aligerar el ambiente tenso que se cernía sobre nuestras cabezas.

—Se nota que pasas demasiado tiempo con mi madre. —Me dio un golpe suave en el pecho—. Sabes que estaré para ti siempre que lo necesites, ¿verdad? Da igual lo que suceda, los años que pasen y la distancia que haya entre nosotros. Siempre estaré a una llamada o a un mensaje de distancia.

La emoción en su mirada me oprimió el pecho.

—No creo en las promesas.

—No te pido que creas en las promesas. Te pido que creas en mí.

Mamá siempre me había contado que, cuando era más pequeño, no le temía a nada. Ni a la oscuridad, ni a estar lejos de ella o de papá, ni a escuchar ruidos extraños por la noche.

Sin embargo, el veintiuno de agosto de aquel mismo año, apenas una semana después de mi cumpleaños, descubrí mi primer y mi único miedo. La muerte.

Jamás olvidaría cómo los aullidos de la sirena de la ambulancia se colaron en mi cuarto.

Tampoco la manera en la que Kylian entró en la habitación y se me tiró encima, abrazándome sin dejar de gritar las mismas frases una y otra vez: «mamá no está bien.

Algo pasa». Menos aún los llantos de Kendra atravesando las paredes y las lágrimas recorriendo sus mejillas regordetas.

Y, por encima de todas las cosas, nunca se me borraría de la mente el hecho de que la última imagen que tuve de mamá fue cómo la metían en una ambulancia a toda prisa, seguida de papá.

Papá, que siempre se mostraba impertérrito y ajeno a lo que había a su alrededor, lucía pálido y descuidado, con el pelo alborotado y el pijama hecho un desastre.

Genevieve subió un par de minutos después, aunque a mí se me antojaron horas y días.

Nos encontró a los tres, abrazos y aovillados en una de las esquinas de mi cuarto.

Nos arropó, nos preparó el desayuno y nos colmó de todas las atenciones que pudo, sin exteriorizar la desolación que anidaba en su interior.

No nos abandonó en ningún instante, ni siquiera cuando su marido apareció y se ofreció a cuidarnos para que pudiese descansar.

Se quedó con nosotros en los momentos cruciales: cuando papá nos dio la noticia de que mamá había sufrido un infarto súbito y que no volvería jamás; cuando no éramos capaces de mantenernos en pie en el velatorio; cuando se celebró el funeral y nos despedimos de ella por última vez.

Se tragó todo su dolor y se mostró fuerte solo por nosotros. Pasó de ser madre de dos hijas a serlo de cinco. Todo ello para no añadir una carga más sobre nuestros hombros diminutos.

Por eso mismo, cuando una semana después papá nos obligó a levantarnos a las siete de la mañana y a hacer la maleta, me sentí mal por ella.

No solo por todo lo que había hecho por nosotros sin pedir nada a cambio, sino porque éramos lo único que le quedaba de su mejor amiga.

De su alma gemela y su mayor confidente.

Y papá se lo arrebató sin dar siquiera una sola explicación.

Intenté rebelarme, negarme y amenazarle con emanciparme, pero no sirvió de nada.

Acababa de cumplir los diecisiete años y no tenía ni voz ni voto.

Además, si decidía independizarme y separar nuestros caminos de esa manera tan forzosa, aquello se habría traducido en distanciarme de mis hermanos.

Y no se lo merecían, no después de haber perdido a mamá a una edad tan temprana.

Ese mismo día, de camino a la ciudad en la que pasaríamos los siguientes cinco años, me hice una promesa a mí mismo.

Haría lo que fuera por ser el mejor hermano mayor posible, por asegurarme de que no echasen en falta una figura paternal y por guardarme para mí mismo toda la rabia y frustración que sentía por el universo tras habérmelo arrebatado todo.

Nunca se enterarían de lo mucho que estaba sufriendo por dentro, de las ganas que tenía de llorar cada vez que caía la noche y me quedaba a solas en mi habitación, de lo mucho que maldecía a la muerte por haberse llevado a mamá sin darnos la oportunidad de despedirnos.