El idioma de los girasoles XXXIII, Kavan
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XXXIII, Kavan

Flashback

N o debería haber cedido ante las insistencias de mi madre; el traje hecho a medida para la graduación me resultaba demasiado pomposo, demasiado formal, demasiado hortera.

Entre la raya diplomática de los pantalones, la corbata hortera que llevaba a juego con su vestido y los mocasines de charol reluciente que me apretaban los meñiques me sentía como un muñeco.

—¿Nervioso, cariño? —me preguntó mamá a la vez que me colocaba uno de los tirabuzones detrás de la oreja. Me había pasado tantas veces la mano por el cabello que no quedaba apenas rastro de la laca con la que me había asfixiado.

—Aún sigo pensando que va a echarse atrás. Al fin y al cabo, ¿quién demonios aceptaría ser la pareja de su ex en una noche tan importante como una graduación?

Hacía tantos meses que habíamos roto que no podía contarlos con los dedos de una sola mano y, sin embargo, me seguía doliendo el pecho cuando pensaba en todo lo que había sucedido.

No porque hubiera sido un final agridulce, sino por todo lo contrario; la ruptura no había cambiado nuestra relación y eso, en cierto modo, hacía que la herida escociese un poco más.

—Conoces perfectamente a Eleonor, cielo. Si te dijo que te acompañaría, aunque fuese antes de que os separaseis, lo cumplirá. Que no te quepa la menor duda.

—Ya, bueno, también sé lo impredecible que es.

Tuve que apretar las manos para reprimir el impulso de deshacerme de la dichosa corbata.

No estaba tan apretada, en realidad; sin embargo, sentía que me dejaría sin respiración en cuanto inspirase hondo.

El calor, por supuesto, tampoco ayudaba.

Maldita sea, ¿por qué había accedido a llevar traje a mitad de junio?

Ah, sí. Por mi madre.

Suspiré y la miré de reojo. Llevaba un vestido largo de satén verde que hacía que su cabellera rojiza, esa noche recogida en una coleta alta que dejaba sus pecas a la vista, destacase más que de costumbre.

Era como si le hubieran trenzado llamas incontrolables en cada hebra de pelo hasta formar incendios continuos.

Estaba preciosa.

Por esa época, siempre me preguntaba cómo sería de mayor, si sería de esas mujeres con arrugas en los ojos por lo mucho que gesticulaba para protegerse del sol y por reírse.

También me la imaginaba como ese tipo de ancianas que se pasan las mañanas sentadas en bancos, contándole historias de su juventud a niños curiosos.

El problema es que no llegó ni a cumplir los cuarenta.

—Sé que no es el momento más adecuado para decirte esto, pero… Necesito que me prometas una cosa. —Le indiqué que continuara con un leve cabeceo—. No la hagas daño nunca. Y, por encima de todo, nunca te pelees con Kylian por ella.

En aquel entonces achaqué aquella preocupación a la amistad que la joven tenía con los dos. Con el paso de los años comprendí, no obstante, que por mucho que no fuéramos más que niños, había visto algo en ellos.

—Nada ni nadie dañará mi relación con mis hermanos.

Me acarició las mejillas con cariño.

—Hay otra cosa de la que quería hablar contigo.

—Aunque sus dedos estaban tan calientes que casi me recosté contra ellos, no se me pasó por alto la advertencia en su voz—.

Que seas el mayor no significa que tengas que asumirlo todo.

No lo olvides nunca, Kavan. No tienes que ser un pilar para nadie más que para ti mismo; ellos encontrarán el suyo según crezcan.

Asentí, sin tener ni idea de que esas mismas palabras acabarían borrándose de mi mente y siendo remplazadas por otras totalmente contrarias.

Como si fuese la protagonista de una de esas películas que tanto le gustaban, Eleonor bajó las escaleras con cuidado para no caerse y suspiró de alivio cuando llegó al final sin tropezarse.

El vestido de vuelo que había escogido para la ocasión, corto y entallado a la cintura, hizo que me quedase sin habla.

Brillaba, y no solo porque las piedras incrustadas en el bajo de la prenda lanzaban destellos. Toda ella resplandecía.

Le tendí mi mano al ver que le temblaban las rodillas.

—Este vestido es un dolor en el culo —fue lo primero que dijo, agradeciéndome aquel gesto con la mirada—. Pica y es demasiado vaporoso. Parezco un algodón de azúcar.

—Te entiendo. No sabes lo que daría por ir en chándal.

Gruñó, todavía descontenta.

—Al menos estás guapo.

—Yo siempre lo estoy, Riviere.

Lo cierto era que me sentía ridículo con aquella corbata esmeralda, esos zapatos y el cabello acartonado por la gomina con la que me había embadurnado la cabeza, pero no lo admití. En su lugar, me limité a lanzarle una sonrisa vanidosa.

Siempre venía bien que alguien te dijera lo extremadamente irresistible que te veías.

Una vez llegamos al instituto, donde nos esperaban los demás, Genevieve nos pidió hacernos miles de fotos para el álbum familiar. Sonreí durante tanto tiempo, tratando de mantener los ojos bien abiertos para no cegarme con el flash , que acabó doliéndome la cara.

—Esperad, esperad —exclamó antes de que echáramos a andar hacia la entrada—. Ellie, haznos una a Livvy y a mí.

Jacques le delegó la cámara a su hija. Tras unos cuantos segundos de forcejeo con el objetivo, comenzó a disparar una instantánea tras otras para retratar la manera en la que nuestras madres se abrazaban la una a la otra.

La ceremonia fue una verdadera basura. No había otro calificativo para describir el discurso que emitieron varios profesores y los diplomas que repartieron, que no servirían para más que para colgarlos en la nevera con un imán cutre.

—Todo es tan penoso que es hasta gracioso —se carcajeó Eleonor en cuanto nos indicaron que nos dirigiésemos al patio, que habían decorado de la manera más hortera posible. Lo único decente era la cantidad de comida.

—Me apuesto lo que sea a que reutilizarán esta decoración el año que viene, para tu graduación —me burlé, sacándole la lengua a la vez que estiraba un brazo y tomaba un vaso de plástico para cada uno—.

En cuanto a eso, espero que no tengas pensado invitar a otra persona.

Después de haberme arrastrado dos meses para conseguir tu palabra es lo mínimo que…

Cuando comenzó a sonar la canción del momento, que yo tanto detestaba, los presentes formaron una pista de baile improvisada, liderada por abuelos bailando con sus nietos, padres danzando de un lado a otro de lo más acaramelados y niños pequeños correteando de aquí para allá.

Eleonor se giró hacia mí, con una sonrisa traviesa dibujada en los labios, y yo negué con la cabeza.

—No pienso bailar, y menos aún con este traje.

En lugar de protestar, me lanzó una mirada envenenada y atravesó la pista para acercarse a mi hermano. Cuando Eleonor se situó a su izquierda y le tendió la mano, este tragó con fuerza y se ajustó la pajarita con manos torpes.

Durante los tres minutos que duró la canción, no dejaron de dar vueltas y reírse cuando se pisaban el uno al otro.

Me resultó curioso ver a Riviere tan desenfrenada, tan…

poco ella. Movió las caderas al ritmo de la música y, en vez de cohibirse, no dudó en hacer el tonto con Kylian.

Porque, al contrario que yo, él la potenciaba de una manera especial.

Solo aparté la vista de aquella escena cuando alguien me palmeó la espalda con total confianza.

Lo reconocí antes siquiera de que abriese la boca para saludarme.

No solo por la forma de sus manos gigantescas apretándome los hombros, sino también por el aroma a sándalo que traía consigo y la figura diminuta que había abrazada a su pierna.

—Perdón por haber llegado tan tarde —se disculpó Axel—. El tráfico esta noche es espantoso.

No me sorprendía. Era de esperar que las carreteras se hubieran colapsado por todos los familiares que habían congregados allí.

—No te has perdido nada importante, aunque eso ya lo sabes. —Al contrario que yo, él se había graduado el año anterior, así que conocía cómo funcionaba todo—. Eh, Gigi, ¿qué haces enganchada a tu hermano como un koala?

Gisele se limitó a alzar esos ojos azules cristalinos para mirarme con curiosidad y a hacer un puchero.

—Ni te molestes —intervino mi amigo tras soltar un resoplido exasperado—. Últimamente está pegada a mí como una lapa. Debo dormir con ella todas las noches porque, si no, tiene pesadillas.

Le palmeé la espalda.

—Eso no es más que el principio. A Kendra esa etapa le duró tres años.

—Gracias por los ánimos, cabrón.

No supe quién sacó el tema a colación, pero acabamos hablando del campamento de verano intensivo que estaba a la vuelta de la esquina.

Todos los años, el equipo de fútbol de Saint Julien se aliaba con los de pueblos cercanos para organizar una especie de competición que, si bien solo duraba un mes, parecía interesante.

No iba a mentir; me daba pena marcharme, porque eso significaba pasar las vacaciones alejado de mi familia, pero era una oportunidad importante.

En cada partido, solían congregarse ojeadores para las ligas juveniles.

Sin ir más lejos, el año anterior habían fichado a un chico de Rognac que ahora estaba jugando en la cantera de uno de los equipos más importantes del país.

Teniendo en cuenta lo poco que llevaba jugando al fútbol, no confiaba en que se fijasen en mí. De hecho, ese no era el motivo por el que me había apuntado. Solo lo había hecho porque eso significaría pasar más tiempo con mi mejor amigo y mejorar mis habilidades, nada más.

Axel, por otro lado, confiaba de manera ciega en mí. Según él, había algo especial en mí que aún no había terminado de desarrollarse.

—Espero que, cuando seas famoso, no te olvides de mí y me dediques todos los premios que ganes —se mofaba de mí cada vez que tenía ocasión.

Eleonor regresó poco después, con las mejillas sonrojadas por el calor que debía haberle entrado por haber saltado de un lado para otro durante las tres canciones que habían sonado mientras hablaba con Axel.

Volvió a mirarme con perspicacia, decidida a hacerme cambiar de opinión.