XXXII, Kylian
E l silencio que se instaló mientras Eleonor analizaba el dibujo no me resultó incómodo, pero sí demasiado largo.
Quería que dijera cualquier cosa. No importaba si era algo positivo, como que le encantaba lo suficiente como para hacerle un hueco en su habitación, o algo negativo, como que le parecía espeluznante que hubiera seguido retratándola.
No fueron las gotas de lluvia, colándose por el cuello de mi camiseta, las que me recordaron que seguía allí. Fue la manera en la que plegó la hoja con cuidado se la guardó en el bolsillo de los vaqueros.
Al ver que no separaba los labios para dar su opinión, estallé.
—¿Podrías, por favor, dejar de mirarme así y darme una res…?
—¿Por qué ahora? —me interrumpió, con las comisuras de los labios algo elevadas—. ¿Por qué no me diste primero este dibujo y luego los demás?
—Era la vía fácil y, por si aún no se ha notado, me gustan los desafíos —remarqué con mucho ahínco.
Esa era una de las razones por las que me gustaba ella: porque adoraba ponerme a prueba y, sobre todo, hacerme las cosas difíciles—.
Dártelo ahora significa que he tomado el camino escarpado y que he sobrevivido.
Abrió y separó los labios un par de veces, boqueando en busca de las palabras perfectas.
—¿Eso…? ¿Eso significa que sigues sintiendo por mí lo que pone en la carta?
En contra de mi voluntad, se me escapó una sonrisa ladeada. Solo a ella se le ocurriría preguntar algo de ese calibre, teniendo en cuenta las circunstancias.
—Me metí en una discusión para defenderte, aun sabiendo que tenía las de perder —comencé a enumerar, de la misma manera que había hecho ella minutos atrás—.
Dejé que mi propio hermano me golpease solo porque sentí que lo merecía tras lo que te hice en el pasado.
Te invité aquella noche a la playa porque no creía que fuese capaz dormirme sin sacarte de mi mente.
Me lo pasé muy bien con Xia, pero no podía dejar de pensar en que quería bailar contigo.
Y estoy aquí. —La tomé de la mano y me la llevé al pecho—.
Bajo la lluvia. Esperando a que dejes de torturarme y me des una maldita respuesta cuanto antes, porque no sé cuánto tiempo podré seguir esperando a…
En un impulso que ninguno vio venir, y tal vez porque me conocía lo suficiente como para saber que seguiría exteriorizando mis frustraciones si no me cortaba de raíz, se abalanzó sobre mí. Con tanta decisión que me tambaleé.
Sus labios encontraron los míos antes de que asimilara lo que eso simbolizaba: que era la primera vez en años que me abrazaba sin tapujos y sin el miedo comiéndose el tono esmeralda de sus iris.
Cerré los ojos y la apreté contra mí hasta que apenas hubo distancia entre nosotros. Solo entonces, y con la mano que tenía libre, le aparté los mechones húmedos de la cara y hundí los dedos en su cuero cabelludo.
No supe bien qué me tomó más desprevenido; si la manera en que su lengua reclamó la mía con un anhelo palpable o cómo el universo explotó en mil colores pese a la oscuridad que nos rodeaba.
Se sentía como si todas las tonalidades que vivían dentro de mí estuvieran luchando para introducirse en ella y colorearle el corazón.
—Llevo deseando esto tanto tiempo que, como no me digas que pare ahora mismo, voy a ser incapaz de hacerlo por mí mismo.
Pese a que no había tanta diferencia de estatura entre nosotros, la elevé del suelo hasta que sus piernas me rodearan la cintura. Quería que siguiera besándome como lo estaba haciendo, con esa sed y ese cuidado que llevaba minutos sacudiéndome por dentro.
Cuando hice el amago de apartarme para retomar el aliento, ella gimió como protesta e intentó morderme la boca en un intento pobre de impedírmelo.
—Deberíamos entrar en casa. —Al darme cuenta de lo que había soltado, me corregí de forma atropellada y añadí—: Cada uno en la suya, quiero decir. No me refería a… —gruñí, confuso—. ¿Qué acaba de pasar?
De su garganta surgió una risotada.
—Ha quedado más que claro cómo nos sentimos el uno respecto al otro.
Tragué con fuerza.
—¿Y por qué…? ¿Por qué no pareces tan aterrorizada como yo?
—Porque, como admití durante la llamada, nunca me había sentido tan viva como ahora mismo.
En lugar de quedarme quieto, la atraje hasta mi pecho e inspiré hondo al percibir su cabello haciéndome cosquillas en el cuello.
—¿Quieres que te enseñe algo más? —pregunté en cuanto caí en la cuenta de que tenía la excusa perfecta para seguir disfrutando de su compañía y mantenerla más tiempo a mi lado—. Creo que te gustará. Eso o me odiarás tanto que querrás aplaudirme la cara con una silla.
—Aunque los hechos no me respalden, no me considero una persona agresiva. —Enarqué una ceja para que reconsiderase sus palabras—. Fui cruel contigo. Lo sé y lo siento. No me enorgullezco de cómo me comporté contigo y…
Alcé una mano.
—Lo entiendo. Yo habría actuado igual.
—No te lo crees ni tú —disintió, agarrándome de la muñeca y aprovechando aquel gesto para entrelazar sus dedos con los míos—. Tienes un corazón demasiado grande como para dejarle hueco al rencor. Entre tu paciencia conmigo y lo que sucedió con tu hermano… —suspiró—. Ha quedado claro.
Yo no lo veía así, pues ese «corazón demasiado grande», como ella lo había descrito, para mí no era tanto una ventaja, sino un hándicap.
No solo me hacía sentir las cosas de un modo demasiado intenso; en muchas ocasiones, ese positivismo que me caracterizaba se convertía en un arma de doble filo en cuanto bajaba la guardia y permitía que cualquiera pudiese hacerme daño.
—¿Entonces quieres que te lo enseñe o lo dejamos para otro día?
No se inmutó ante mi cambio de tema, como si se lo esperase.
Me gustaría decir que traté de asegurarme de que no llenábamos el interior de mi casa de agua y barro, pero… bueno, estaba tan centrado en la boca de Eleonor, de nuevo pegada a la mía, que lo cierto es que no me fijé en nada más.
De ahí que no me diese cuenta de que no estábamos solos hasta que alguien encendió la luz y la joven, asustada, me mordió el labio con tanta fuerza que acabé sangrando.
Me llevé la mano a la boca justo cuando la cabeza de mi hermana asomó por encima del borde del sofá.
—Joder, casi nos da un puto infarto —protestó, refregándose los ojos. Al darse cuenta de que estábamos hecho un desastre por culpa de la tormenta, frunció el ceño—. ¿Por qué parece que os haya caído una tromba de agua encima?
—Tal vez porque nos ha caído una tromba de agua encima —razoné con un tono sarcástico que no le gustó—. Nada que no pueda arreglarse con una buena ducha. —Miré a Eleonor, que no parecía saber dónde meterse por culpa de la vergüenza —. ¿Quieres quedarte con el baño de abajo y yo subo al de arriba?
Lalia, que hasta entonces no había dejado de protestar por la claridad repentina, reparó en nuestras manos unidas.
Una sonrisa somnolienta e incrédula se dibujó en su boca.
—Un momento. ¿Está pasando lo que creo que está pasando?
Su hermana se rascó la nuca, incómoda por el interrogatorio que sabía que se le vendría encima en cuanto volvieran a casa.
—Puede. —Jugueteó con uno de los mechones de su pelo empapado—. ¿Por algún casual no tendrás algo de ropa en la habitación de Kendra que me puedas prestar, no?
Lalia asintió con el letargo propio de quien se ha despertado sobresaltado y no desea otra cosa que volver a dormirse cuanto antes.
—En el segundo cajón de su cómoda. —Bostezó y se estiró antes de volver a arrebujarse en el chaise-long donde estaban repantigadas—. Mañana me contarás todo, ¿verdad? —Eleonor asintió—. Bien. No hagáis ruido.
Subimos hasta el segundo piso de puntillas, para que la madera de las escaleras no chirriase, y una vez allí la acompañé al cuarto de mi hermana. Tras rebuscar en el sitio que le habían indicado, compuso una mueca; los vestidos de Lalia, además de tener muy poca tela, eran demasiado cortos.
Aun así, no dijo nada.
Yo tampoco me atreví.
Nos reunimos en la puerta de mi cuarto menos de veinte minutos después, cuando conseguimos librarnos del frío y del olor terroso que se nos había quedado prendado al cabello y a la piel.
—¿Algo que deba saber antes? —pronunció en un bisbiseo.
Le aparté el cabello, que ahora emanaba un suave aroma a miel, para acariciarle el lateral del cuello. Sentí su pulso, frenético y violento, contra la yema de los dedos.
—¿Alguna vez te ha pasado eso de que se te venga una idea a la cabeza y seas incapaz de deshacerte de encima? —Asintió con mucha lentitud—. Eso mismo me pasaba contigo. Cada vez que me ponía delante de un lienzo, tu cara aparecía siempre en mi mente.
—¿Me estás diciendo que…?
Tiré de ella hacia el interior de mi cuarto, para que pudiera verlo por sí misma.
Contuve la respiración al pulsar el interruptor de la luz. Todo aquello era yo en estado puro; el desorden presente en cada sentido, los cuadernos desperdigados sobre el escritorio, los cuadros colgados de malas maneras en las paredes y el caballete donde se reflejaba mi última obra.
—Todo esto exterioriza lo que no soy capaz de soltar ni en palabras ni en cartas. ¿Te acuerdas de la comida que hicimos el mes pasado? ¿Cuando dije que debía hacer un portafolio para entrar a la carrera? Por aquel entonces ni siquiera había empezado.
Y ahora había completado nueve de los diez que tenía que entregar.
—¿Has hecho una colección basada en mí? —atinó a balbucear.
—He hecho una colección basada en la palabra irlandesa favorita de mi madre: «aoibhneas» —pronuncié, intentando no comerme ninguna consonante—.
Es la euforia que experimentamos cuando estamos expuestos a la música, al arte y a los paisajes.
A todo eso que nos deja sin habla y que nos acelera el pulso hasta que no somos capaces de discernir nada más.
Y eso mismo es lo que causas en mí, Leo.
Aunque se le anegaron los ojos por las lágrimas, no derramó ninguna. En su lugar, eliminó los pocos centímetros que nos separaban y enterró la cara en mi pecho.
No supe cuánto tiempo estuvimos así, pero no me habría importado quedarme de esa manera años, décadas y siglos. Lo que fuese con tal de sentirla contra mi piel toda una eternidad.
—Hay algo que me llama mucho la atención —musitó, señalando un par de lienzos—. ¿Por qué mis ojos son diferentes en cada pintura? Son siempre verdes.
—Representar el color exacto de tu mirada es muy difícil —expliqué tras pasarme la lengua por los labios.
Sonreí al atraparla clavando la vista en ellos—.
Según el tiempo que haga o tus emociones, parecen de un tono u otro.
Por ejemplo, en días más nublados o cuando estás hastiada se ven plateados.
Cuando hace mucho sol o se te nota más a la defensiva, casi felinos.
—¿Y ahora?
Tomé aire y la analicé como cuando estudiaba una obra por completo, tratando de ser lo más preciso y objetivo posible.
—¿Te acuerdas de lo que te dije el otro día en la playa? ¿Lo de que era la primera vez en mucho que se veían completamente verdes? Pues ahora igual.
Satisfecha con mi contestación, se agachó para quedar a la altura del último que había acabado. Era uno de mis favoritos; salía rodeada de un mar embravecido, con la espuma de las olas cubriéndole hasta las rodillas y el cabello ondeando por el viento fuerte que le azotaba la espalda.
—¿Cuántos te quedan para acabar la colección?
—Solo uno. —Me mordí el interior de la mejilla—. Voy un poco a contrarreloj, pero confío en sacar todos a la luz.
Se reincorporó y giró el cuerpo hasta colocarse delante de mí.
—Si quieres, puedo ayudarte —propuso con mucha lentitud, tanteando la situación—. No sé muy bien cómo, pero si hay algo que pueda hacer… Cuenta conmigo.
Ladeé la cabeza.
—Si te pidiera que posases desnuda para mí, ¿lo harías? —me carcajeé por lo bajo, sobre todo al ver lo mucho que abría los ojos y se le coloreaban las mejillas de carmesí—. ¿Te atreverías o retirarías la oferta que acabas de hacerme?
Alzó la barbilla con orgullo.
—Si accediese, ¿qué me darías a cambio?
—Por si no te has dado cuenta, tengo una imaginación bastante prolífica. —Señalé los dibujos que nos rodeaban—. Se me podría ocurrir cualquier cosa.
Estiré el brazo y jugueteé con uno de los lazos que le servían como tirantes. Se había hecho como tres nudos para que no se le resbalasen de los hombros, pero algo me dijo que no sería tan difícil deshacerme de ellos.
Por cómo tragó con fuerza, ella también se había dado cuenta.
—¿Cuándo necesitas una musa? —me siguió el juego.
—Mañana mismo. —Movió la cabeza de arriba abajo, accediendo sin necesidad de palabras—. Pero con una sola condición: sé tú misma. No finjas ser quien no eres y, sobre todo, no te esfuerces en llevar a cabo un papel que no te corresponde.
Apartó la mirada, tan sorprendida como incómoda ante aquella declaración.
—Creo que eres la única persona que me ha pedido eso en toda mi vida. —Se colocó un mechón rebelde detrás de la oreja—. Todos los demás siempre me han dicho que debo ser menos amargada, menos directa y, sobre todo, menos desagradable.
—Me importa una mierda lo que opinen los demás de ti, Eleonor. —Le planté un beso corto en los labios—. Pensé que te había quedado lo suficientemente claro.
Sí, tenía un carácter difícil de manejar y a veces me resultaba complicado ver a través de ella, pero ese esfuerzo merecía una pena. Porque una vez se derretían todas las esquirlas de hielo que la protegían, aparecían nuevas capas.
Primero estaba la Eleonor fría que fingía que no le afectaba nada.
Después, la Eleonor vulnerable que odiaba abrirse y darle su corazón a cualquiera que se le acercase.
Y, por último, estaba mi Eleonor favorita, la que te defendía si veía algo que le parecía injusto.
La que te daba abrazos cuando menos te lo esperabas y la que hablaba sin parar de todo lo que le gustaba.
Sin una sola de esas piezas que la componían, todo el puzle se desmoronaba.
Y sin una sola de esas piezas, no me habría enamorado nunca de ella, porque no me gustaba únicamente la imagen completa; me gustaba cada maldito detalle.