El idioma de los girasoles XXXI, Eleonor #2
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XXXI, Eleonor #2

»Aunque siempre he recalcado que soy más valiente de lo que parece a primera vista, lo cierto es que no es verdad.

Por norma general, prefiero que los demás hagan las cosas por mí.

Quizás es por eso por lo que agradezco que tu hermana soltara lo que yo nunca me atreví a admitir en voz alta.

—Se me aceleró la respiración al escuchar aquello, y supe que se había dado cuenta por la manera atropellada con la que leyó lo demás—.

Estuve enamorado de ti durante tantos años que no puedo contarlos con los dedos de una sola mano y, por ello, me dolía cada vez que mencionabas lo feliz que estabas con Kavan.

No porque no quisiera que fueses feliz, sino porque siempre esperé que dejaras de verme como al hermano pequeño de tu novio o como tu simple mejor amigo.

Noté cómo se me constreñía el corazón hasta adquirir un tamaño tan reducido que podría haber sostenido con el meñique.

—Kylian, yo nunca… —intenté defenderme.

—Con esta carta no quiero que te sientas mal o culpable —me interrumpió—. Lo único que busco es sincerarme y recompensarte por todas esas ocasiones en las que te dije que estaba bien cuando lo único que deseaba era tener valor para confesarte lo que sentía por ti.

»Supe que estaba completa y perdidamente enamorado de ti el último diecisiete de agosto que pasamos juntos.

Esa misma tarde fuimos al autocine para ver esa película de miedo que me llamaba la atención y, pese a que ninguno estábamos asustados, me diste la mano por iniciativa propia justo al empezar.

No la apartaste durante las dos horas que duró.

Pese a que sabía que no había terminado, le corté antes de que pudiera seguir.

—¿Sabes por qué no te solté en todo ese tiempo?

—No esperé que contestara aquella pregunta; era más que obvio que no conocía la respuesta—.

Porque yo sí tenía miedo. Fingí que no porque, en cierto modo, me daba vergüenza que tú no dejases de reírte por lo absurda que era la trama y yo estuviera a nada de vomitar en el coche de tu padre.

Por eso y porque… —Me rasqué la nuca, incómoda—. Porque me sentía a salvo a tu lado.

—No me… No me lo dijiste.

La seriedad que había adquirido su voz me tomó desprevenida.

Tirité.

—De haberlo sabido, habrías pasado toda la película tirándome palomitas, dándome pequeños sustos y riéndote de lo fácil que era asustarme.

—La risotada que le brotó de los labios fue un claro indicativo de que no había errado con esa suposición—.

Supongo que preferí disfrutar de aquello en silencio. ¿Hay algo más en la carta?

—Sí, pero tiene que ver con el dibujo que te he hecho esta vez y leerlo sería hacerte un spoiler de los gordos. Y, hasta donde sé, los odias con toda tu vida.

Esa vez fui yo quien se carcajeó, porque razón no le faltaba.

—¿Sigues en el porche?

—Me has pedido que te espere. Y eso he hecho.

—Llego en unos cinco minutos. —Me planteé colgar la llamada y esperar hasta que nos encontrásemos en la puerta de mi casa, pero al final opté por decir—: No cuelgues. Me gusta saber que estás al otro lado de la línea y que nada de esto es producto de mi imaginación.

Para cuando entré en nuestra calle, estaba completamente calada y tiritando. De todos modos, aquello último no se debía solo a las bajas temperaturas y al hecho de tener los brazos y las piernas al descubierto; también era porque solo me separaban menos de doscientos metros de Kylian.

—Creo que te veo —anunció con lo que parecía una sonrisa. Podía notarla.

Entrecerré los ojos para otear la lejanía a través de la tormenta y, pese a la penumbra casi total, distinguí su figura.

—Te dije que te quedaras bajo el porche —gruñí en el momento en el que alzó el brazo para saludarme—. ¿Piensas hacerme caso en algún momento de tu vida?

—No. —Troté hasta su posición y, cuando me encontraba a apenas tres metros, me indicó que me quedara quieta. Con el ceño fruncido y el cabello pegado a las sienes, me detuve—. Espera un segundo. Tengo una pregunta para ti.

Bufé.

—¿Y debes hacérmela mientras me cae el diluvio universal encima?

Respiró hondo y me observó de arriba abajo. El calor me trepó desde el vientre hasta las mejillas y se expandió por todo mi cuerpo.

—Haberte escrito esas cartas, haberte dado esos dibujos y haber leído esta última en voz alta… ¿Ha cambiado algo? Porque… He notado una diferencia abismal entre nosotros. Y llegados a este punto, no sé si es real o me lo estoy imaginando.

Dio un par de pasos en mi dirección.

Yo me quedé estática, sin saber si hacer lo mismo.

—¿De verdad es necesario que responda a esa pregunta? —intenté desviar la conversación, demasiado aterrorizada como para exteriorizar con exactitud cómo me sentía—. Porque, hasta donde yo creo, es bastante obvio.

—Quizás para ti, Leo. Pero para mí… —Se tomó unos segundos y negó con la cabeza para sí mismo—.

No quiero acabar con el corazón roto. No quiero hacerme ilusiones en vano.

Por una vez, quiero ser egoísta. Quiero que me digas que no son imaginaciones mías y que todo lo que ha surgido entre nosotros es la pura realidad.

Que tú también sientes lo que yo siento cuando estamos cerca.

Podría haberle dicho que me diera más tiempo. Eso era lo que me habían aconsejado Yvonne y Cyprien, que me tomase las cosas con calma y no tomara ninguna decisión hasta que no estuviese segura.

Y, sin embargo, en cuanto sus ojos se posaron en los míos, las palabras salieron solas.

Colgué y apagué el teléfono. Necesitaba que nos mirásemos a los ojos y que nuestros alientos se entremezclaran hasta formar uno solo. Hasta que mis emociones se adentraran en su sistema y se fusionasen con las suyas.

Rompí la poca distancia que nos separaba y no me detuve hasta no tenerle justo enfrente.

—Kylian —murmuré al mismo tiempo que alzaba la mano y le acariciaba la mejilla con cuidado.

Cerró los ojos y cargó parte de su peso en mi palma—.

Te defendí de un comentario que no me hizo ninguna gracia.

Te invité a pasar la noche conmigo porque me daba miedo que tu hermano perdiese la cabeza de nuevo.

Te compré la mayor parte de los cuadros que tenías a la venta en la papelería de Naomi.

Me desvestí delante de ti, en la playa, aun cuando esa es una de mis mayores inseguridades.

—Apretó los párpados y dio un respingo—.

Me puse celosa al verte bailar con Xia y deseé ser ella.

Y he venido casi corriendo, con la que está cayendo, para poder hablar contigo cara a cara.

¿No es esa suficiente respuesta para ti?

En lugar de darme la razón o hacer cualquiera de sus comentarios, abrió los ojos y rebuscó algo en los bolsillos de sus vaqueros. Le temblaban las manos y rehuyó de mi mirada cuando me tendió una hoja, que supuse debía ser el dibujo del que me había hablado por teléfono.

—No… —tartamudeó y gruñó al notarse tan alterado—. No sé si estará a la altura de tus expectativas. Pero quiero que sepas que he volcado todo lo que soy en esta última pintura. Todo lo que eres tú. Y todo lo que somos nosotros.

La desdoblé con mucho cuidado. Aunque no tardó en empaparse, no me preocupó; el papel que había escogido era el ideal para obras realizadas con acuarela, así que era perfecto para soportar grandes cargas de agua sin deshacerse.

Me atraganté con mi saliva al desvelar la imagen y levanté la vista, que se me emborronó por las lágrimas que me perforaron las pupilas.

Era el regalo que me prometió cuando me confesó que, de poder elegir otro tono de piel, se habría decantado por el amarillo. Yo, tras ver el rechazo latente en su mirada cuando escogí el gris, acabé decantándome por el azul.

Siete años después, y cuando ya daba por hecho que se habría olvidado, ahí estaba. El retrato que me prometió.

La razón por la que sus promesas eran las únicas en las que confiaba.