XXXI, Eleonor
— E ntonces, a ver si me ha quedado claro.
¿Te encontraste a Kavan en los baños del trabajo y te empotró contra la pared?
—recapituló Cyprien, sin inmutarse por el trueno que retumbó encima de nuestras cabezas—.
¡No puedes soltar eso y pretender que nos quedemos con la curiosidad!
Necesito detalles. Cuanto más gráficos, mejor.
Suspiré.
—Si hubiese sabido que esto iba a convertirse en un interrogatorio, me lo habría guardado.
—¿Qué es lo que te preocupa, en realidad? —preguntó Yvonne, con una patata frita en la boca—. ¿Que te juzguemos? Porque si es así, piensa en lo que nos contó Cyprien el otro día.
Arrugué la nariz con desagrado. Después de esa historia, no pensaba poner un pie en el cuarto de limpieza del polideportivo a menos que viniese una brigada de fumigación.
—No es eso. Es solo que… Fue un beso normal y corriente.
—¿Me estás diciendo que no aprovechaste que tenías a un chico semidesnudo delante de ti para hacer cosas indecentes? —inquirió el joven, como si aquello fuese imperdonable—. ¿Ni siquiera te tocó? Porque le pega ser incapaz de mantener los dedos quietos.
—Lo intentó, pero salí espantada.
—¿Le detuviste porque no querías que pasase nada justo en ese momento? —tanteó Yvonne, con ese tono suave y delicado que solía caracterizarla—. ¿O por otra cosa?
—En el instante en el que nos besamos, supe que todo lo que hubo entre nosotros cuando no éramos más que adolescentes se había quedado ahí.
—Me mordí el interior de la mejilla con fuerza antes de seguir—.
Es como leer tu libro favorito de la infancia cuando creces.
Piensas que será igual de maravilloso y que lo disfrutarás de la misma manera, pero en realidad…
Me quedé callada, sin saber cómo terminar.
Para mi sorpresa, Cyprien escogió las palabras perfectas.
—Pero, aunque el contenido no haya cambiado, tú sí. Y eso lo cambia todo.
—Kavan es una persona muy importante para mí desde que tengo uso de razón —admití. Era algo que siempre había tenido claro—. El problema es que, por mucho que estemos en sintonía la mayor parte del tiempo, no es suficiente.
Ese era uno de los motivos por los que rompimos años atrás.
Nos entendíamos a la perfección, apenas discutíamos y nos dábamos el tiempo y el espacio que sabíamos que el otro necesitaba; sin embargo, nuestra relación no cambió.
Simplemente le habíamos puesto una etiqueta errónea a nuestra amistad y pensamos que serviría para catalogarla.
Esa era una de las lecciones que había aprendido con el paso del tiempo. La tan aclamada «chispa» o «llama del amor» no se sostenía por sí sola. Había que cobijarla, colmarla de atenciones para que no se extinguiera o disminuyese.
Pensaba que en el presente, tras su regreso, esta podría avivarse.
Saltaba a la vista que no.
—¿Habéis hablado del tema? —susurró Cyprien, haciéndome un gesto con la barbilla para indicarme que ya había terminado la manicura—. ¿O preferís ignorar lo que sucedió?
—Intuye que siento algo por Kylian. Algo que ni siquiera yo sé cómo catalogar —me apresuré a matizar antes de que me lanzaran un cojín—. De hecho, tampoco sabría decir cuándo ha cambiado mi opinión sobre él. Simplemente… Ha sucedido.
Justo cuando nuestro amigo se puso en pie, Yvonne le robó el teléfono y pausó la canción que sonaba. Solo alzó la mirada cuando la siguiente melodía se reprodujo.
—No me digas que «The way I loved you» no está hecha para ti.
Una vez, ella misma me había dicho que lo que yo necesitaba era alguien que que despertara todas esas emociones que, o bien nunca había experimentado o bien me había encargado de reprimir por miedo. Y no le faltaba razón.
Porque cuando Kylian se tropezó aquella noche en el lago y cayó encima de mí, eso fue justo lo que pasó. Sentí no solo que me faltaba el oxígeno, sino todo lo que él podía ofrecerme. Sus caricias, sus besos, sus palabras. Sus sonrisas y sus ojos cálidos sobre los míos.
Otro trueno centelleó al otro lado de la ventana cuando me abracé las rodillas y me las llevé al pecho.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer ahora? —pregunté en voz alta.
Se miraron al unísono y se quedaron en silencio, comunicándose sin necesidad de palabras.
—Lo primero, disfrutar de esta quedada —pronunció Yvonne con obviedad—. Mañana, cuando lo hayas consultado con la almohada, enfréntate a él y no te marches hasta que no aclaréis las cosas. Después…
Cyprien dio una palmada.
—Después nos contarás qué ha sucedido y le pondremos nueva banda sonora a tu vida amorosa.
Era casi la una de la mañana cuando me despedí de mis amigos. Lo único que quedaba de la tormenta eran un par de charcos y el olor a petricor.
Teniendo en cuenta que podía ponerse a llover en cualquier momento y que no llevaba paraguas, debería haberme dirigido a casa lo antes posible.
No vivía muy lejos, y menos si me metía por las calles que me sabía de memoria; sin embargo, acabé optando por el camino largo y me detuve en casi cada punto del pueblo.
Mi cafetería de confianza, la papelería que llevaba Naomi, el quiosco donde mi padre compraba el periódico todas las mañanas. Bajo la luz de las farolas, Saint Julien parecía tan fantasmal como hipnótico.
Acababa de empezar a chispear cuando mi teléfono comenzó a vibrar y me sacó de mis pensamientos. Me resguardé bajo la primera parada de autobús y una sonrisa se me escapó de los labios al ver quién era.
Nadie en su sano juicio me habría llamado a esas alturas de la madrugada.
Tampoco sabía por qué me sorprendía; llegados a ese punto, era obvio que tener sentido común no era algo que definiese a Kylian.
—Dime que no te he despertado —pronunció en cuanto descolgué.
Podría haberlo puesto en altavoz para escucharle con mayor comodidad, pero preferiría que me susurrara al oído como si estuviese a mi lado.
—¿Y si así fuera? ¿Colgarías?
La risita que se le escapó me calentó la boca del estómago.
—No. Aunque me pensaría muy bien si volver a mi casa o quedarme donde estoy.
Fruncí el ceño aun sabiendo que no podía verme.
—¿Dónde estás?
—¿Pretendes que responda tu pregunta cuando tú no has contestado la mía? —Chasqueó la lengua varias veces, con una falsa reprobación que me sonsacó una sonrisa de oreja a oreja—. Las cosas no funcionan así, Leo.
—No, no me has despertado —convine, tratando aquel apodo. Lo había soltado tantas veces que no debería haber supuesto ninguna novedad, pero mi corazón seguía poniéndomelo difícil cada vez que salía de sus labios—. De hecho, creo que nunca había estado tan despierta como ahora mismo.
Tenía frío, hacía demasiado viento y los relámpagos que habían empezado a sucederse sobre mi cabeza no auguraban nada bueno.
—Estoy en tu puerta —farfulló antes de aclararse la voz—.
No sé ni cuánto tiempo llevo aquí, pero desde que he llegado no he dejado de dar vueltas por el porche.
Y de preguntarme si es buena idea soltarte lo que llevo tiempo guardando o si, en cambio, debería volver a empujarlo bajo la alfombra y pretender que no existe.
Me mordí el labio al escuchar la frustración que sangraba cada una de las palabras. No había ni un ápice de vulnerabilidad, como sí había encontrado en el pasado; solo una frustración que calaba.
La farola que iluminaba la parada de autobús titiló.
—Almacenar lo que uno siente no debería ser una opción —musité, más para mí misma que para que me entendiese.
—Ya. Es por eso por lo que he acabado saliendo de mi cama y viniendo hasta aquí.
—Escuché cómo suspiraba antes de levantarse de algo que crujió.
Supuse que debía tratarse del banco que había en la entrada, donde me sentaba para leer cuando descendían las temperaturas—.
¿Puedes bajar? He… He traído la carta. La última.
El simple pensamiento de que no hubiera más me dejó helada.
Quería más, muchas más. Que me explicase en ellas cuáles eran sus planes de futuro.
Que me contase cómo afrontaba el presente.
Que me hablase de todo lo que había sucedido en el pasado, si echaba de menos su vida en Nantes y todos los amigos que debían adorarle de la misma manera que yo lo había hecho.
Inspiré hondo.
—Léela en voz alta. Ahora, por llamada —maticé y, tras darme cuenta de que no entendería el por qué de aquella petición, añadí—: No estoy en casa. He pasado toda la tarde con Yvonne y Cyprien, y está lloviendo tanto que he decidido refugiarme bajo una marquesina hasta que amaine un poco.
—¿Quieres que vaya a por ti?
—Espérame allí —susurré, tan bajo que mi voz se camufló con las gotas que rebotaban contra la acera—.
Además, que vayas a leerme en voz alta lo que has escrito tiene su parte poética, porque no hemos comentado nunca las cartas el uno con el otro.
—De nuevo, un silencio sepulcral se instaló entre nosotros—. Por favor.
Escuché cómo resoplaba entre dientes y abría el sobre para sacar el contenido. El corazón me dio un vuelco brusco al escuchar cómo carraspeaba para proseguir, pero no le detuve.
—Querida Leo. Esta es la tercera carta y, aunque he perdido la cuenta de todas las veces que me he sentado en el escritorio, sigo tan nervioso como el primer día.
—Tomó una amplia bocanada de aire—. Me gustaría poder decir que ahora me resulta más fácil, pero eso sería mentir.
Exteriorizar lo que uno siente nunca es sencillo, y menos cuando alguien te ha robado las palabras antes siquiera de que se te ocurrieran.