El idioma de los girasoles XXX, Kavan #2
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XXX, Kavan #2

—No creo que sea buena idea. —Ladeé la cabeza y clavé los ojos en el rostro de Xia, indicándole así que pretendía provocarla—. Lo más probable es que esté acostumbrada a ir a sitios más selectos y codearse con gente exclusiva.

El destello en sus pupilas fue suficiente para demostrarme que lo había conseguido. Punto para mí.

—No sabes nada sobre mí. Pero si entrar en ese local significa cerrarte la boca, lo haré.

Se levantó de la mesa y se dirigió a aquel lugar con tanta decisión que no me sorprendió que los guardias de seguridad la dejasen pasar sin preguntarle si tenía entrada. Por lo contrario, nosotros nos vimos obligados a esperar unos quince minutos a que el bullicio se descongestionase.

El interior era tal y como imaginaba, con una sala amplia que servía como pista de baile y una hilera de barras en una de las paredes. Las luces eran muy tenues y la música estaba lo suficientemente alta como para atontar a cualquiera.

La distinguí enfrente de una de las barras menos atestadas y, en cuanto llegué a su posición, sacó la tarjeta de su carta e indicó al camarero que era ella quien pagaba. De nuevo, haciendo gala de su confianza exacerbada, consiguió que nos sirvieran chupitos gratis.

—¿Por qué brindamos? —me desafió a la vez que tomaba uno de los vasitos y me sonreía, triunfal—. ¿Por tu cumpleaños o por la lección que acabo de darte?

—Por ambas. Aunque esto no ha hecho más que empezar, tenlo por seguro.

—Eso está claro —ronroneó de vuelta. El tono aterciopelado que adquirió su voz al hacerlo me dejó bien claro por qué había triunfado con el guardia de seguridad; era sugerente, seductor y provocativo—.

Destrozar la autoestima de gente narcisista como tú es mi mayor hobbie . Y créeme, se me da muy bien.

Estuve a punto de replicar cuando me guiñó el ojo y desapareció en la multitud sin avisar a dónde iba.

—Es gracioso, ¿sabes? —escuché decir a Eleonor, que esbozó una mueca tras darle un buen sorbo a la copa que se había pedido—. Ver cómo te sigue los juegos y te desafía.

—Tú también lo haces.

—No de esa manera.

Me encogí de hombros antes de girarme a la barra y pedir un Redbull con Jagger que no tardaron ni un minuto en preparar.

—Eso es porque tú no me caes mal —me excusé.

—Lo que pasa es que no estás acostumbrado a que se comporten contigo de la misma manera en la que tú te comportas con los demás.

Hui de su mirada acusatoria y me centré en el sabor dulzón de la bebida, que me entumeció la boca. Después de paladearla, ladeé el cuerpo y seguí el camino que delimitaban sus ojos amarillentos.

No me sorprendió encontrarme con mi hermano.

—¿Ya lo habéis arreglado?

—Cambias de tema porque sabes que estoy en lo correcto —fue lo que acabó por contestar, tras segundos de silencio más que esclarecedores que me dieron la respuesta que tanto ansiaba por conocer.

—Y tú no respondes porque…

—Porque no lo sé. Todavía tenemos muchas heridas que cerrar y muchos temas que solucionar, pero… Creo que vamos por el buen camino. Mi hermana no mintió en el coche —admitió, mordisqueándose el labio—. Hemos pasado la noche juntos. Dormimos en la playa y, para mi sorpresa, fue…

Se quedó callada.

—¿Nostálgico? —terminé por ella, pero negó con la cabeza.

—Aterrador. —Al ver mi estado de confusión, volvió a escanear la pista de baile hasta que encontró a Kylian. Estaba en medio, bailando junto a Xia—. Porque ahora no soy capaz de discernir si fue real o algo de una sola noche.

No se me pasó por alto la derrota que se instaló en sus hombros cuando mi hermano le puso la mano en la espalda a la joven para llevar el mando de la coreografía improvisada que acababan de crear.

Que bajase la mirada hacia su bebida y le diera un trago fue el único indicativo de que no me lo había imaginado.

—Estás celosa.

—¿Qué? —gritó, tan alterada como si la hubiese acusado de un crimen absurdo—. No.

Mis risotadas se acrecentaron al ver lo mucho que le ofendía mi acusación.

—Si de verdad quieres averiguar la respuesta a tus preguntas, no va a servir de nada que te quedes aquí amargándote y observando lo bien que se lo pasan —argumenté—. Ve a donde está y quítale el puesto a Xia. Reclama su atención. Teniendo en cuenta vuestro historial, tampoco debería ser difícil.

—Pareceré un pato mareado a su lado.

—Cualquiera parecería un pato mareado al lado de Xia.

Había algo en la manera en que se contoneaba, batiendo las caderas sin tambalearse por las sandalias de tacón, que demostraba a gritos que sabía lo que estaba haciendo.

No solo se dejaba llevar por el ritmo de la música; parecía disfrutar y fundirse con ella, aunque fuesen canciones que nadie conocía.

Me resultó tan adictivo que me costó apartar la mirada.

—Ya, pero… —siguió protestando Eleonor.

Antes de que le diera tiempo a terminar la frase, tiré de ella y la conduje hasta los demás. Allí, le di un golpe leve con la cadera y sonreí al ver cómo se tambaleaba un poco y chocaba contra el pecho de mi hermano. Como era de esperar, este reaccionó de inmediato y le rodeó la cintura.

El tono rojizo de las mejillas de Eleonor se hizo más evidente cuando Kylian, en lugar de apartar la mano, la empujó contra su cuerpo. Vi de reojo cómo ambos aguantaban la respiración justo en el momento en el que «I gotta feeling» comenzó a retumbar en los altavoces del local.

Lalia soltó un gritito antes de entrelazar sus dedos con los de mi hermana y ponerse a saltar al ritmo de la intro de aquella canción tan mítica. Kylian aprovechó aquel momento para inclinarse y susurrarle algo al oído a Eleonor, que se apretó más contra él en lo que pareció un acto reflejo.

Resignado, porque no había nadie con quien entablar una conversación, me giré hacia Xia.

—Si te pidiese ahora mismo que bailaras conmigo, ¿serías capaz de seguirme el ritmo? —me desafió, observándome por encima del vaso de cristal que se acercó a los labios.

Alcé ambas cejas.

—La pregunta es si serías capaz de seguirme el ritmo a mí .

Sonrió de lado en una mueca que me resultó, para mi desgracia, demasiado atractiva.

—Podría hacerlo aun con los ojos cerrados.

Correspondí su sonrisa y alcé mi bebida hasta chocarla contra la suya.

—¿Estás avisándome o coqueteando conmigo, Xia Huang?

—No te hagas ilusiones. Los narcisistas no entran dentro de mi tipo ideal.

Una carcajada me rascó las cuerdas vocales.

—No te preocupes. Las chicas altivas tampoco tienen cabida en mi vida.