XXX, Kavan
A ún seguía sin asimilar que Xia no fuese quien parecía ser.
Por las cosas que me había contado el señor Peng —como que viajaba constantemente, que vivía entre París y Pekín, que cocinar no era lo suyo y que apenas tenía amigos—, había imaginado una joven dulce y tímida.
La realidad era tan distinta que resultaba incluso cómico.
Tras pasarme una tarde entera leyendo artículos en los que se mencionaba su nombre, descubrí que a ojos de la prensa y de sus millones de fanáticos, Xia Huang era perfecta. Pero yo tenía claro que la gente perfecta no existía.
A menos que se llamaran Kavan Ajax.
—¿Desde cuándo la sigues? —se carcajeó Kendra al ver la publicación de Instagram que se reflejaba en mi móvil.
Lo apagué de inmediato.
—Desde que me dijisteis que pasaría el día de mi cumpleaños con ella. —Me observó con escepticismo—. ¿Qué? Que sea la nieta de mi jefe no quita que sea una desconocida.
—¿Y a qué conclusión has llegado?
—Parece no haber roto un plato en su vida, pero teniendo en cuenta que todo el mundo miente en Internet, es difícil saber qué es verdad y qué no.
Sabía de lo que hablaba. Durante el último año, y como mínimo una vez por semana, algunos portales soltaban rumores falsos que me involucraban a mí o a algunos de mis compañeros solo para ganar visitas a costa de nuestra popularidad creciente.
Al principio solía excusar mi comportamiento por mis redes sociales, hasta que aprendí que daba igual las explicaciones que diera. La gente creía lo que le daba la gana.
En lugar de decir algo más, Kendra se limitó a retocarse el tono rojo de sus labios gruesos. Tras asegurarse de que estaba perfecto, me indicó con un movimiento leve de cabeza que ya podíamos ponernos en marcha y recoger a los demás.
Podría haberme negado o haber puesto cualquier excusa para ausentarme y librarme de todo aquello, pero no lo hice. Y por varios motivos.
El primero, no quería quedar mal delante del entrenador, a quien le había cogido tanto cariño que pensar en escaquearme me constreñía el pecho; el segundo, hacerlo sería como admitir que Xia me había jodido la autoestima.
El tercero, y el más importante, sería el primer cumpleaños que celebraría en condiciones desde la muerte de mi madre.
No solía pensar en ella. No porque no la echase de menos, sino porque no podía permitirme demostrar ningún mínimo de debilidad. Si me desmoronaba, todos los pilares que había erigido para proteger a mis hermanos de cualquier inclemencia se vendrían abajo y nos sepultarían bajo su peso.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con nuestra Riviere? —pronuncié a modo de saludo nada más verla en el porche junto a su hermana.
La blusa que llevaba, de un tono azul tan suave que casi parecía blanco, se anudaba al cuello y mostraba mucha más piel de lo que era normal en ella.
Me sacó el dedo del medio y se acercó a mi coche antes de que indicara a las demás que hiciesen lo mismo. No íbamos mal de tiempo, pero uno no podía fiarse nunca del tráfico de aquel maldito pueblo.
—¿Cómo afrontas el día? —preguntó en tono burlón, después de que pusiera el motor en marcha y me incorporase a nuestra calle—. ¿Emocionado?
—Por lo que veo, alguien está de buen humor —señalé mientras aprovechaba el primer semáforo en rojo para echarle un vistazo de arriba abajo—. ¿Qué me he perdido?
Lalia se aferró al respaldo de mi asiento y soltó una carcajada malévola que me dejó bien claro que, si Eleonor no contaba qué había sucedido, lo haría ella.
—Ayer, después de despedirnos de ti, se marchó con Kylian —soltó en un susurro, adoptando la misma voz que pondría cualquiera para contar una historia de miedo—. No regresó hasta las siete de la mañana. ¡Las siete, cuando esa es la hora a la que suele despertarse todos los días!
Se me escapó una risotada estridente cuando me giré hacia la aludida y vi cómo fingía estar entretenida con el asfalto.
—¿Algo que deba saber? —insistí de todos modos.
—No.
Tuve que morderme el labio al ver el chándal verde neón que había elegido el señor Peng para aquel día.
—¿Qué debería tener en cuenta para que todo salga bien? —pregunté después de saludarle en condiciones y dejar que me palmeara la espalda con total confianza.
—Tenedle paciencia. Puede que no me creáis, pero no es tan fría como parece. Es obstinada, terca, cabeza hueca y a veces demasiado inaccesible, sí, pero es un amor y…
Escuchamos un carraspeo a sus espaldas.
—No puedes soltar todos esos adjetivos y pretender decir algo bueno después, yéyé —se quejó la aludida, cerrando la puerta con cuidado. Solo entonces, me miró a los ojos—. Se suponía que no llegabais hasta dentro de diez minutos.
Eleonor tomó el turno de palabra sin que tuviera que pedírselo con la mirada.
—Hemos salido antes de tiempo por si había mucho tráfico.
La joven asintió con mucha lentitud antes de girarse hacia su abuelo para despedirse de él, con un parpadeo y un suspiro casi exasperado. El hombre, en lugar de regañarla, sonrió de oreja a oreja y le deseó que se lo pasara bien.
Mientras regresábamos hacia el coche, no pude evitar analizarla. Iba vestida de una manera muy elegante y olía a una mezcla empalagosa entre canela y vainilla que, sorprendentemente, no me disgustó.
Aun así, lo que más me sorprendió fue la seguridad que desprendía al andar, como si fuese la dueña del universo. También me tomó desprevenido la cortesía con que saludó a Lalia y a Kendra, siendo correcta en todo momento y sin quejarse de las preguntas con las que la acribillaron.
—¿Sabes qué es lo que me sorprende? —comentó Kylian después de que aparcase el coche frente a la tienda de Naomi, uno de los pocos sitios de Saint Julien que no estaba a rebosar.
—¿Que no me haya tirado del coche en marcha?
Puso los ojos en blanco al mismo tiempo que me propinaba un puñetazo en el hombro.
—Que no hayas intentado ligártela.
—No es mi tipo —bufé, casi ofendido.
—Por supuesto que es tu tipo. —Intenté negarlo, pero se me adelantó antes de que pudiera pronunciar una sola palabra—. Es bajita, tiene muy mal humor, no duda a la hora de ponerte en tu sitio y no le impresiona tu estatus.
En lugar de rebatirlo o decir algo con propiedad, me conformé con lanzarle una mirada envenenada y darle un empujón suave.
Después de pensar muy bien nuestro itinerario, y tras enseñarle la mayor parte de Saint Julien, decidimos hacer una parada larga en el acuario. No solo porque estaba vacío debido a que todos se encontraban en la playa, sino que era uno de los pocos sitios en los que se notaba el aire acondicionado.
Para mi sorpresa, hubo un pequeño cambio en su comportamiento, en especial cuando se acercó al cristal central de la sala, donde nadaban un par de tiburones ajenos a nuestra presencia.
En un gesto que me tomó desprevenido, acarició el vidrio.
—Déjame adivinar: es tu primera vez en un acuario.
—¿Tan evidente es? —preguntó con una impasividad que me dejó anonadado.
—Un poco.
No añadí nada más porque, en el fondo, ni siquiera tenía ni idea de por qué me parecía tan obvio. Apenas nos conocíamos.
Me tendió su teléfono sin decir una sola palabra y yo, incapaz de comportarme como una persona normal delante de ella, solté la primera tontería que se me pasó por la cabeza.
—Qué fácil ha sido conseguir tu número.
—Ya quisieras —bufó con altanería, deslizando el dedo por la pantalla antes de clavarme el dispositivo en el pecho. Cuando vio que me quedaba quieto, protestó en chino por lo bajo—. ¿Piensas quedarte ahí quieto el resto de la tarde?
Años de experiencia como hermano mayor me habían servido para saber qué enfoques usar para que pareciese más alta y cuál zoom era el más apropiado para centrar la imagen. No tuve que hacer malabares, por supuesto; sabía cómo posar y cada cuánto tiempo cambiar de posición.
Había algo hipnótico en cada uno de sus movimientos.
Era la manera en la que ladeaba la cabeza, con una sorpresa falsa que daba todo el pego; la cascada que formaba su larga cabellera azabache al caerle sobre los hombros; la delicadeza con la que se reflejaba la luz plateada que rielaba en el agua en su piel.
Después de eso, nos unimos a los demás y decidimos proceder con la segunda parada de nuestro plan improvisado. El centro turístico de Saint Julien.
—Quizás deberíamos dejarlo por hoy —intervino Eleonor cuando nos vimos obligados a pararnos en medio de la calle para que Xia se recolocase las hebillas de los tacones que llevaba—. Hemos caminado más de lo planeado.
—No, está bien —rechazó, quitándole importancia—. Es refrescante dar un paseo sin oír órdenes o escuchar a gente diciéndome lo que puedo hacer y lo que no.
—¿Suelen ser muy estrictos contigo? —quiso saber Lalia. Lo dijo con mucha cautela, como si tuviese miedo de que la conversación se echase a perder por aquella cuestión.
—Sí —asintió la joven—, pero no importa. Estoy acostumbrada y soy consciente de que tengo que dar lo mejor de mí a todas horas. Un solo desliz podría suponer un antes y un después en mi carrera. Y no puedo permitírmelo.
La cena fue, contra todo pronóstico, muy tranquila. La actriz intentó socializar en condiciones y preguntaron qué pretendíamos hacer tras el verano, lo cual se tradujo en escuchar a Kylian hablar sobre material de pintura y a Lalia sobre lo mucho que le gustaría abrir una pastelería en el futuro.
—¿Por qué hay tanta gente allí? —inquirió cuando acabamos el postre, señalando la esquina de la calle.
—¡El Julianette! —exclamó Lalia—. Es el sitio más famoso entre la gente de nuestra edad. Abrió hace solo un año y no hay noche que no se llene por completo.
—No tiene nada del otro mundo —se apresuró a explicar Kendra—. Es como una discoteca, pero no tan pretenciosa ni extravagante como parece por fuera. La gente se conforma con ir allí a tomar algo, pasar un buen rato e irse a casa.
Eleonor, que hasta entonces se había limitado a escucharnos y a engullir la tarta de chocolate que había pedido, intervino en aquel instante.
—Podríamos ir.
Su hermana pestañeó con lentitud, sin creerse lo que acababa de pronunciar, pero no le dio tiempo a decir nada, porque le robé el turno de la palabra.