El idioma de los girasoles XXIX, Kylian #2
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XXIX, Kylian #2

Tenía la piel tibia y suave, y sabía justo como olía: a sal, a casa.

A destino y a recuerdos.

Se quedó mirándome fijamente, con los ojos abiertos como platos y el pulso desbocado por la sorpresa. Lo noté porque mis manos se habían deslizado por su cintura y habían acabado muy cerca de sus costillas.

Justo cuando pensé que nada podría tomarme más desprevenido, bajó la vista y la clavó en mis labios.

Me planteé besarla en condiciones, saborear sus labios y memorizar cada recoveco de su boca hasta que no fuese capaz de pensar en otra cosa.

Hasta que se me hinchara el alma y me sintiese completamente lleno.

Hasta que el oxígeno abandonara mis pulmones y me viese obligado a alejarme para recobrar el aliento que ella me robaba cada vez que me observaba.

Pero entonces saltó de mi regazo y salió del cubículo para tomar las fotos que había escupido aquella dichosa máquina.

—Solo para tu información, pienso quedármelas yo —me advirtió en cuanto abandoné el interior de la cabina y me enfrenté, de nuevo, a la oscuridad de la noche cerrada.

—¿Qué te hace pensar que no puedo hacerte cambiar de opinión?

Las comisuras de sus labios volvieron a alzarse.

—No puedes.

Solté un suspiro de lo más teatral y agaché la cabeza como si me acabara de dar la peor noticia del mundo. Cuando levanté la barbilla, me la encontré mordiéndose el interior de la mejilla para no soltar una risotada.

No lo consiguió, por supuesto, y menos cuando le pasé el brazo por encima de los hombros y la empujé contra mi cuerpo antes de echar a andar hacia la playa.

Como era de esperar, solo había un par de gaviotas escarbando en la arena, ajenas a la tensión que se había instalado entre nosotros.

Para mi alivio, no nos costó más de cinco minutos instalarnos en la orilla y colocar nuestras cosas de modo que nada saliera volando por culpa del viento.

Me fijé en que Eleonor estaba jugueteando con los botones de la camisa ancha que se había puesto justo cuando me saqué la camiseta.

Mi intuición me decía que, con ese tema, era mejor preguntar que darle su espacio, así que me atreví y pregunté:

—¿Va todo bien?

Se pasó una mano por el cabello y me miró con una tristeza que me achicó el corazón y casi lo redujo a cenizas.

—Es la primera vez que me pongo un bikini desde que me diagnosticaron el tumor.

No sé ni siquiera en qué estaba pensando —admitió en un susurro.

Hizo un esfuerzo por seguir sonriendo, pero acabó esbozando una mueca que me heló las venas—.

Pensé que sería más fácil, ¿sabes? Que podría demostrarme a mí misma que todo estaba en mi cabeza y que la realidad no era tan cruda.

Que no tendría tanto miedo a que te rieses de mi cuerpo o…

La interrumpí con un abrazo. No solo porque quería estrecharla entre mis brazos, sino porque también sabía que lo necesitaba y que no me lo pediría nunca.

—No me reiría nunca de algo así, Leo —intenté tranquilizarla. Para demostrárselo con más que palabras, deposité un beso en su coronilla.

Me rodeó la cintura y apoyó la cara contra mi pecho.

Se alejó solo unos centímetros para estudiar mi expresión.

—¿Me lo prometes?

—Pensé que no te gustaban las promesas. Según tus propias palabras, son una carga de responsabilidad que no cualquiera sabe llevar sobre las espaldas.

—Sigo pensándolo. Pero esto es lo suficientemente importante para mí como para hacer una excepción.

Inspiré hondo y le aparté un mechón de cabello, colocándoselo tras la oreja.

—Te lo prometo.

Asintió para sí misma y se levantó de la arena, tendiéndome una mano para que me pusiera en pie también.

Dudoso, porque no sabía qué era lo que pretendía, acepté y temblé cuando nuestros dedos se rozaron.

No duró más que un segundo y, aun así, sentí cómo algo se electrificaba en mi interior y se ramificaba hasta entumecer cada recoveco de mi cuerpo.

—¿Puedes ayudarme? —preguntó al darse cuenta de que le temblaba demasiado el pulso como para poder deshacerse de la hilera de botones.

Enarqué una ceja.

—¿Me estás pidiendo que te desnude?

—¡No de esa manera! —exclamó entre carcajadas, dándome un empujón juguetón—. Da igual, ya lo hago yo.

No se lo permití. Di los dos pasos que había retrocedido por aquel empellón y le desabotoné la camisa con movimientos lentos, para dejarle bien claro que era ella quien tenía el control y que, si se arrepentía, lo respetaba.

Pero no lo lo hizo; me dejó quitarle cada uno de los botones y deslizarle la prenda por los hombros.

Tampoco protestó cuando le acaricié la cicatriz de manera concienzuda, tomándome mi tiempo para delinear el recorrido.

—¿Bien?

—Bien —respondió mientras yo me quitaba los vaqueros.

No se me pasó por alto cómo clavó la vista en mis hombros y en mi abdomen. Tampoco la forma en que se relamió los labios, en un gesto automático que me encendió por dentro y me hizo olvidar el fresco que hacía.

Nos adentramos poco a poco en el mar y, una vez llegamos a la zona donde cubría lo suficiente como para no tocar el suelo con los pies, se relajó un poco.

Sin pensarlo dos veces, golpeé la superficie del agua para salpicarla.

La conocía lo suficiente como para intuir que lo que le hacía falta era dejar de darle vueltas a la cabeza.

Como era de esperar, actuó tal y como me imaginaba; me devolvió el ataque y nadó hacia atrás cuando vio mis intenciones de vengarme.

Perdí la noción del tiempo, centrado en los chapoteos que se recortaban en el silencio y en los gritos que se le escapaban de la boca cada vez que intentaba hacerle alguna ahogadilla y hundirla.

También perdí la cuenta de todas las carcajadas que me brotaron de la boca cada ocasión en la que una ola nos tambaleaba y nuestros cuerpos se rozaban bajo el agua.

La agarré del brazo cuando se sumergió para intentar desestabilizarme de nuevo y la atraje hasta mi pecho para detenerla.

Se le cortaron las risotadas de inmediato y aguantó la respiración tanto que temí que se desmayara ahí mismo, entre mis brazos y con el bamboleo del mar acunándonos en una balada que de silenciosa tenía poco.

Ladeó la cabeza para observarme con atención y yo, en vez de echarme atrás, coloqué una mano en su cintura, empujándola contra mí hasta que no hubo ningún centímetro de distancia entre nosotros. Solo los trajes de baño, tan finos que podía sentirla por completo.

—¿En qué piensas? —se interesó, con la voz colmada por el nerviosismo.

Aunque no se movió, supe que había algo agitándose en su interior. Lo noté por la forma en la que le costaba sostenerme la mirada más de cinco segundos seguidos y por lo rígidos que tenía los hombros, como si se estuviera debatiendo sobre si rodearme el cuello o quedarse quieta.

Casi solté un gruñido al ver cómo se decantaba por la última opción.

«En lo mucho que me habría gustado besarte en el fotomatón. Y en lo mucho que me está costando no hacerlo ahora mismo», quise decir. En cambio, volví a aclararme la garganta y solté:

—En que ojalá me hubiese traído el cuaderno para pintarte. Es la primera vez en mucho tiempo que tus ojos son completamente verdes.