XXIX, Kylian
— S igo sin creer que estemos haciendo esto.
Todas se giraron hacia mí antes de llevarse un dedo a los labios y pedirme que cerrase el pico.
Eleonor fue la primera en adentrarse en el cuarto, no sin antes indicarnos con una señal que estaba todo despejado.
Dejándose guiar por la poca luz que entraba por las persianas, Kendra sacó un mechero de los pantalones de pijama que llevaba y se lo tendió a Lalia, que lo encendió con la maestría que solo tiene quien fuma.
En cuanto iluminó la mecha de la vela que había clavado en el cupcake , inspiré hondo y me lancé de golpe hacia la cama, con la intención de aplastar a Kavan con mi peso y sacudirle con toda la fuerza que fui capaz de reunir.
—¿Qué cojones haces? —gruñó, dándome un manotazo para apartarme.
Lalia carraspeó a mis espaldas.
—Quince de agosto, dos y cincuenta y cinco de la madrugada —recitó con voz robótica. Recorrió el cuarto en dos zancadas y, cuando llegó al colchón, se agachó y estiró los brazos—. Feliz cumpleaños, Kav. Pide un deseo.
El silencio sepulcral que se instaló en la habitación me erizó la piel.
Entonces, justo en el instante en el que pensé que se daría la vuelta para ignorarnos y seguir durmiendo, mi hermano emitió un bufido de discordancia y se reincorporó.
—Siempre he pensado que esta tradición es una estupidez —refunfuñó antes de tomar aire y soplar las velas—, pero he de admitir que, aunque ahora mismo os quiero matar con mis propias manos, me alegra que la hayamos retomado.
Sonreí con pesadumbre ante aquellas palabras, porque entendía perfectamente a lo que se refería.
Pese a que nos habíamos pasado toda la infancia quejándonos de aquella costumbre tan innecesaria —en especial nosotros dos, que éramos los únicos que habíamos nacido en plena madrugada—, en el fondo resultaba entrañable.
Sobre todo teniendo en cuenta que, durante los últimos cinco años, no habíamos celebrado nuestros cumpleaños en condiciones, conformándonos con una simple comida familiar que destacaba por ser de todo menos cómoda.
—Había olvidado lo cursi que te pones cuando cumples años —se burló Eleonor, dándole un golpe en el hombro a la vez que Lalia encendía la lámpara que había sobre la mesa de noche.
Proferí un insulto al sentir cómo me ardían las pupilas —.
Un año más viejo, Ajax. Espero que no llores cuando te encuentres una cana la próxima vez que te mires en el espejo.
Kavan resopló antes de mordisquear con aire distraído el cupcake . Tras acabárselo, apenas un minuto después, dio una palmada.
—Ya podéis marcharos, buenas noches.
—¿Cómo que marcharnos? —se quejó Kendra, que hasta entonces había estado centrada en analizar la punta de sus trenzas—. ¿No nos vas a decir nada más? ¿Ni darnos las gracias?
—¿Por qué? ¿Por despertarme a las tres de la mañana aun cuando sabéis que tengo entrenamiento a primera hora?
Me da a mí que no. Además, vosotros también tenéis que iros, ¿no?
A dormir, por ejemplo. Ya sabéis —continuó hablando, con un marcado sarcasmo que nos irritó a todos por igual—, esa acción que suele hacer todo el mundo entre las once de la noche y las ocho de la mañana.
—Pero aún no te hemos contado lo que haremos mañana, ni… —protestó Lalia, con un puchero que él ignoró por completo.
—Ya os dije que no quería ningún tipo de celebración, así que cualquier cosa que se os haya ocurrido me parecerá bien.
Después de que mi hermana se despidiera de su mejor amiga, me encontré bajando las escaleras detrás de Eleonor.
Era consciente de que debía irme a dormir, en especial teniendo en cuenta que llevaba semanas sin descansar en condiciones, pero eso no me impidió seguir sus pasos y pronunciar su nombre cuando llegamos a la puerta.
—Leo. —Cuando se giró, con una sonrisita diminuta en los labios, me armé de valor y lo solté sin filtro. A veces era más fácil quitar la tirita de golpe—. ¿Te apetece hacer algo?
—¿Ahora? Son las tres de la mañana.
No lo dijo como reproche, pero aun así se me aceleró el pulso. En los últimos días, habíamos hablado tanto por mensaje que solíamos quedarnos despiertos hasta bien entrada la madrugada, incapaces de dar la conversación por zanjada.
Por eso, aunque sabía que proponerle aquello supondría acelerar demasiado las cosas, no me importaba. Era mucho más fácil disculparse por cometer algún error que vivir con la incógnita de qué habría pasado si no me hubiera atrevido a seguir lo que me gritaba el corazón.
—Antes solíamos hacer muchas escapadas en la madrugada —acabé musitando, algo incómodo por la presencia de Lalia. En vez de darnos algo de espacio, había decidido quedarse al lado de su hermana.
Eleonor se quedó en silencio, sopesando bien la respuesta hasta que su hermana le dio un golpe en las costillas muy poco disimulado. Solo entonces pestañeó como si se hubiera despertado de un letargo profundo y se aclaró la garganta antes de contestar.
—¿Tienes algo planeado?
—Podríamos ir a dar un paseo por la playa. O darnos un baño. —Al fijarme en cómo alzaba una ceja de nuevo, me apresuré a añadir—: ¿Qué? No es tan mala idea. Antes íbamos a la playa incluso en octubre.
Soltó un suspiro entrecortado.
—¿Nos vemos en diez minutos en la puerta de mi casa?
Aunque nos planteamos ir en coche, acabamos desechando la idea casi de inmediato, lo cual agradecí. Prefería centrarme en ella a verme obligado a dividir mi atención entre sus ojos verdes y la carretera.
Hablamos del final del verano, de la universidad, de París.
Para mi sorpresa, fue ella quien más se abrió y yo quien se limitó a escucharla.
Debido a ello, no tardó en contarme lo que llevaba preocupándole varias semanas: quería dejar la carrera.
Se había dado cuenta de que no le llenaba tanto como pensaba.
—¿Y cuál es el problema? —inquirí, al intuir que había algo más allá.
—Eso es todo lo que yo soy: la alumna ejemplar, la estudiante modelo, la hija perfecta —susurró antes de que la tomase con el brazo y la obligase a detenerse frente a mí.
No supe quién aguantó la respiración primero—.
¿Qué diría de mí rendirme tan pronto y abandonar la universidad sin un plan B?
Porque esa es la cosa, que no tengo otra alternativa.
—Leo, eres demasiado joven como para comerte la cabeza por algo así —le recordé, porque sentía que a veces era muy dura consigo misma y se olvidaba de que tenía toda una vida por delante para equivocarse y cometer errores—.
Que dejes la carrera no significa que vayas a ser una paria.
A tus padres les daría igual que te licenciases en filología o que acabases montando un taller de calcetines, y lo sabes.
Se mordisqueó el interior de la mejilla.
—Sí, pero…
—Míralo de otro modo —la interrumpí—. ¿Preferirías seguir adelante con unas asignaturas que no te llenan, y ser miserable durante otros cuatro años, o tomarte un año sabático para descubrir otras partes de ti?
Hace no mucho dijiste que te gustaría vivir en París una temporada.
—Asintió con mucha lentitud, sorprendida por que me acordase—.
¿No te has planteado mudarte aunque sea un par de meses y ver si estás hecha para la ciudad o si es para ti?
Negó con la cabeza.
—No, no lo había pensado.
—Pues ahí tienes tu plan B. O tu plan C, si se te ocurre otra cosa.
Sonrió de oreja a oreja y giró la cabeza para taparse la cara con el cabello, pero no lo permití. En cambio, se lo aparté del rostro y le acaricié el cuello con la yema de los dedos, con tanta sutileza que volvió a tiritar.
Justo cuando separé los labios para preguntarle cuál era el motivo real por el que había accedido a pasar la noche a mi lado, sus ojos se clavaron en el fotomatón que se recortaba a la distancia.
No era nada del otro mundo, tan solo un cubículo que llevaba allí casi desde que teníamos memoria y que nadie usaba.
Tiró de la manga de mi sudadera antes de que pudiera asimilar sus intenciones.
—¿Crees que funcionará o que simplemente lo han dejado aquí porque al ayuntamiento le da demasiada pereza quitarlo? —Apartó la cortina y me echó un vistazo rápido por encima del hombro—. No te quedes ahí quieto y entra conmigo.
Enarqué una ceja.
—¿Desde cuándo te gustan las fotos?
—Ya, pero ahora que hemos retomado el álbum familiar, sería buena idea llenarlo. Va —insistió—, deja de quejarte y perder el tiempo. Será divertido.
Como el espacio era tan limitado, Eleonor tuvo que sentarse encima de mí para que cupiéramos en el enfoque sin que se nos cortasen las caras. Y aunque obligué a mi pulso a estabilizarse y no hacer de las suyas, fue inevitable controlar el bombeo exacerbado de mi corazón.
Aun así, no me moví ni emití queja alguna. Me gustaba esa cercanía inesperada. Era reconfortante y extrañamente familiar, como si estuviéramos destinados a acabar así, siempre juntos.
Inspiré hondo y cerré los ojos, llevándome conmigo el aroma que emanaba su piel. Brisa marina con un toque ligero de lavanda, entremezclado con algo que parecía azahar y otra cosa que no supe identificar. Aquello, unido al cosquilleo que me causaba su cabello largo, casi me hizo sonreír.
Podría haberme quedado minutos, horas, días así. Toda la eternidad, incluso.
Una patada a la máquina, decenas de insultos y risas nerviosas por la anticipación después, la voz robótica empezó una cuenta atrás que me aceleró aún más el pulso. Solo entonces, Eleonor se recostó contra mi pecho y le sonrió a la pantalla.
Me pregunté si sería capaz de notar mis latidos desesperados.
Para la primera foto, sonreímos de oreja a oreja y me permití rodearle la cintura con total confianza, sin dejar de mirar a la cámara. Para la segunda, sacamos la lengua sin dejar de carcajearnos. Para la tercera…
Para la tercera me armé de valor y la tomé de la barbilla, hasta que nuestras miradas se encontraron. Solo cuando me aseguré de que no tenía la mínima intención de poner distancia, y que no parecía tensa pese a aguantar la respiración, me incliné y le di un beso en la mejilla.