El idioma de los girasoles XVIII, Kylian
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XVIII, Kylian

Flashback

—¡ E stoy prestando atención! —me quejé cuando el codo de Naomi se hincó en mis costillas por séptima vez—. ¿Puedes dejar de golpearme cada vez que desvío la mirada del lienzo? Me van a salir moratones por tu culpa.

Lo que más adoraba de las clases de artes plásticas, sin contar el olor a témperas y papel reciclado era dar rienda suelta a mi creatividad.

Por otro lado, lo que más detestaba eran los golpes que me propinaba mi compañera cada vez que me distraía, lo cual sucedía con más asiduidad de la que gustaba.

—Mentira. —Señaló la cera blanda que colgaba de mis manos temblorosas—. Hay que entregar este trabajo en menos de media hora y acabas de empezar a pasarlo a color.

Cambié el verde por el amarillo que había a mi derecha.

—Prefiero mil veces no entregar algo a hacerlo mal.

Enarcó una ceja con una molestia claramente fingida.

—¿Eso es una indirecta?

Aunque a ambos nos encantaba dibujar y pintar, nuestros métodos eran casi contrarios.

Naomi siempre había sido mucho más original que yo, por lo que no era ninguna sorpresa que sus trabajos fuesen demasiado extravagantes y, a veces, ininteligibles.

No como los míos, en los que primaba la coherencia y el uso de los colores para expresar diferentes emociones.

Aun así, hacíamos tan buen equipo que solíamos bromear con que, en cuanto nos graduásemos en la universidad y tuviéramos el dinero suficiente, abriríamos una galería de arte en pleno París donde ella sería la directora creativa y yo el artista principal.

Lo que no sabíamos era que, con el paso de los años, aquellas ideas se desdibujarían hasta diluirse en un mar de tonalidades grises.

—Puede que sí, puede que no.

En el fondo, aquella era una de las cosas que más envidiaba de ella: la facilidad que tenía para terminar cualquier dibujo en la mitad de tiempo que yo y pasar la página para continuar con el siguiente. Daba igual que hubiera cometido algún error; nunca lo repetía.

A mí, por otro lado, me costaba distanciarme y desapegarme de cada obra, hasta el punto de quedarme insatisfecho si no repasaba una y otra vez todos los trazos. Solo me tranquilizaba y tomaba aire cuando me aseguraba de que era imposible mejorarlo.

—Más te vale —rezongó antes de echarse hacia atrás, demostrando así que no pensaba dedicarle más tiempo a aquel trabajo—, porque no puedes negar que me ha quedado genial.

La profesora nos había dado vía libre para que reflejásemos un paisaje, con la única condición de seguir los consejos y las pautas que habíamos ido interiorizando a lo largo del curso, y Naomi había aprovechado para dividir la hoja en varias partes y poder así representar las diferentes horas del día.

Como ella misma había dicho, le había quedado genial; no obstante, la elección de colores no me pareció del todo adecuada.

Sí, aquella decisión era subjetiva, pero sentía que los que había elegido para el amanecer eran demasiado cálidos y vibrantes, mientras que a los de la puesta de sol les faltaba esa viveza que tanto la caracterizaba.

Me mordí el labio con fuerza, debatiéndome sobre si debía darle mi opinión o cerrar la boca.

—Puedes soltarlo —añadió tras echarme un vistazo de reojo—. Tampoco sería la primera vez que criticas uno de mis maravillosos paisajes.

—No critico tus obras, simplemente te explico mi perspectiva y tú finges molestarte porque, según tú, un artista no es un artista real si no se ofende cuando le dicen algo malo sobre su trabajo.

—Me hizo un gesto con la mano para que continuara hablando—.

Al amanecer le sobra la saturación que le falta al atardecer.

Se llevó la mano al pecho con mucho dramatismo, como si me hubiese burlado de las dos trenzas en las que se había recogido el cabello o de la falda de tul azul que llevaba y que desentonaba con su camiseta naranja.

Me limité a observarla antes de poner los ojos en blanco.

—¿Qué tienes pensado hacer hoy? —me preguntó después de poner su nombre en una de las esquinas de la hoja.

—¿Por qué? ¿Quieres invitarme a salir? Siento decirte que mi corazón ya está ocupado.

—No te pediría una cita ni aunque me prometiesen todo el dinero del mundo —negó tras fingir una arcada tras otra—. Tan solo me preguntaba si hoy será el día en el que le cuentes a quien-tú-ya-sabes lo de la exposición de arte.

Sabía que el tiempo jugaba en mi contra y que, cuanto más tardase en decírselo, más posibilidades habría de obtener una respuesta negativa de su parte. El problema era que siempre se me ocurría alguna excusa para desviar la conversación y retrasarlo.

Tampoco ayudaba el hecho de que, desde que habíamos celebrado mi cumpleaños, apenas habíamos coincidido. Y aunque en el fondo me dolía, entendía que aprovechase el poco tiempo libre que tenía para ir a los partidos de Kavan o para pasar la tarde con él.

Yo no era quién para reprocharle que me estuviese dejando de lado; al final del día, era libre de elegir con quién le apetecía quedar.

De todas formas, siempre nos quedarían los viernes.

Siempre, sin ninguna excepción, nos encerrábamos en el invernadero y no nos movíamos de allí hasta que mamá aparecía para avisarnos de que la cena estaba lista.

Algunas veces nos llevábamos el ordenador de mi padre para ver cualquier película; otras, Eleonor se traía uno de esos libros tan gruesos que devoraba en cuestión de días y se ponía a leer mientras yo me obligaba a aguantar las ganas de retratarla.

Mis tardes favoritas eran esas en las que dibujábamos juntos y me dejaba enseñarle diferentes técnicas. O esas en las que, cuando el calor apretaba y llevaba alguna blusa sin mangas, me permitía pintarle la cicatriz que destacaba contra su piel sonrojada.

—Cada vez que saco el tema, me quedo en blanco y solo soy capaz de decir tonterías —resoplé—. No sé qué me pasa, pero es tenerla delante y… Y me fallan las palabras. Me falta el oxígeno y me bloqueo.

—Porque tienes miedo al rechazo. A ver, piénsalo bien, idiota. ¡Y no dejes de difuminar! —me regañó al ver que alzaba la cabeza para prestarle atención—. ¿Por qué te diría que no?

—Quizás no le interesa o le aburre.

Bufó.

—El arte la gusta incluso a aquellos que no lo entienden.

Además, el otro día terminaste uno de los libros de su saga favorita.

Tú, que odias leer. Tú, que no eres capaz de concentrarte en nada durante más de diez minutos.

—Separé los labios para añadir algo, pero la mirada envenenada que me lanzó me silenció de inmediato—.

Si eres capaz de hacer todo eso por ella, ¿qué te hace pensar que ella no haría lo mismo por ti?

—Es mucho más fácil leer un libro que entender qué hay detrás de unos brochazos amarillos y azules cuyo sentido solo conoce el artista o quienes lo estudien —refuté, tratando de ser lo más objetivo posible.

No me resultó nada fácil; Naomi podía llegar a ser muy convincente cuando se lo proponía. Por eso mismo, cuando esbozó una sonrisita de lado y dio un pequeño golpe en la mesa, supe que había perdido aquella pequeña batalla.

—No es necesario entender el arte para vivirlo. Lo importante no es lo que el pintor haya querido transmitir, sino las conclusiones que sacan los demás. Al menos eso es lo que dice siempre mi abuela.

—Ya, pero...

Intenté abrirme en canal y admitir en voz alta que, en el fondo, lo que más temía era que Eleonor prefiriera hacerle compañía a Kavan antes que agotar su escasa batería social e ir a la capital conmigo.

Que escogiese a mi hermano una vez más. Darme cuenta de que nuestra amistad no era tan importante para ella como lo era para mí. Terminar con el corazón roto.

No pude; las palabras se atascaron en mi garganta como si hubiesen encontrado un impedimento a medio camino.

—¿Pero…?.

—Nada.

Conocía a Naomi lo suficiente como para saber que si admitía en voz alta que me sentía inferior al lado de Kavan me daría una charla motivacional que no serviría para más que para recordarme que nunca podría ser como él.

No me creyó. Lo vi en el brillo perspicaz que se instaló en su mirada.

—Pues ya sabes, Kiki —me animó, palmeándome la espalda con tanta fuerza que pensé que se me escaparía el corazón por la boca—. Hoy es el día perfecto para ser valiente. Y si me entero de que vuelves a echarte atrás, le diré a mi abuela que no vuelva a prepararte limonada nunca más.

Pese a haber quedado con Eleonor a las seis, estaba tan nervioso que llegué al invernadero con treinta minutos de antelación.

Como ya era costumbre, pues dibujar era lo único en lo que podía concentrarme sin que los pensamientos me nublaran el cerebro, me acerqué a una de las estanterías y tomé el cuaderno que se había convertido en mi compañero durante aquellos últimos meses.

Una de las razones por las que me había gustaba el arte era porque, con él, se podía recrear todo tipo de elementos sin ningún tipo de restricción; personas, paisajes, lugares, criaturas imaginarias…

Eso y que, al contrario que en una fotografía, era el artista quien elegía qué meter en el lienzo, qué colores emplear, qué transmitir al público.

La imaginación era el único límite.

Por eso, mientras esperaba a que la hora de nuestra quedada llegara, decidí retratar a la Eleonor de aquel día de invierno en el que me resbalé.

Con las mejillas regordetas teñidas de un rosa que parecía incluso artificial, como si le hubiese robado el maquillaje a Genevieve; con ese lunar tenue y casi imperceptible que tenía debajo del ojo derecho; con el pelo decorado por los copitos de nieve que comenzaron a caer nada más tiré de su mano y la empujé contra mí.

Traté de ser lo más fiel posible a la verdad, pero mis manos actuaron por sí mismas y añadieron detalles que no existieron.

La bufanda roja escapándosele del cuello y ondeando a su espalda; un rastro de lágrimas de felicidad humedeciéndole las mejillas por culpa del frío; los labios entreabiertos por una carcajada.

Cerré el cuaderno solo cuando me di cuenta de que la luz se había atenuado hasta el punto en que tenía que guiñar los ojos para distinguir una línea de otra.

Miré el reloj y fruncí el ceño al darme cuenta de que se me había pasado el tiempo volando y que era ella quien llegaba tarde. Una hora y cuarenta y cinco minutos tarde.

Eleonor nunca se retrasaba.

En todos nuestros años de amistad, que no eran pocos, solo había habido una ocasión en la que no había aparecido a una de nuestras quedadas, y era porque tenía tanta fiebre que le costaba mantener los ojos abiertos.

No había llegado ni siquiera al porche cuando distinguí su figura borrosa a lo lejos, situada al lado de alguien a quien distinguí de inmediato. Tampoco fue difícil; mi hermano era la única persona del pueblo que le sacaba casi dos cabezas a Eleonor.

Quise darme media vuelta y desaparecer antes de que se percatasen de mi presencia; no obstante, por mucho que obligase a mi cuerpo a responder y sacarme de allí, me resultó imposible. Era como si me hubiesen empujado sobre arenas movedizas y solo pudiera ahogarme, ahogarme y ahogarme.

Impotente, me conformé con apretarme contra una de las paredes de casa para pasar desapercibido.

Impotente, vi cómo reían de algo que no pude escuchar por la distancia.

Impotente, me fijé en la manera en la que Kavan alzaba un brazo para colocarle un mechón de pelo detrás de la oreja, antes de acariciarle la mejilla con suavidad y susurrar algo que causó que ella le diese un golpe suave en el pecho.

Impotente, sentí como el corazón se me resquebrajaba en mil pedazos cuando apoyó la frente contra la de Eleonor y se agachó un par de centímetros para alinear sus bocas.

Sabía que mi hermano estaba enamorado no porque me lo hubiese dicho en algún momento, sino por lo mucho que se notaba.

Le centellaban los ojos más que de costumbre, hablaba de ella a cada oportunidad que se le presentaba y se esforzaba lo indecible para sacar algo de tiempo libre y escaquearse de los entrenamientos, aunque fuese para verla solo cinco minutos.

Aun así, albergaba la esperanza de que no fuese recíproco y que Eleonor no le viera de esa manera.

Pero entonces ella le rodeó la cintura con los brazos y le devolvió el beso con una torpeza y unos nervios que incluso a mí me resultaron demasiado evidentes, demasiado dolorosos, demasiado… reales.

Y no quedó ningún rastro de duda en mi interior.

Había escuchado a lo largo de mi vida que pocas cosas dolían más que un corazón roto y siempre me había reído de ello. Lo veía tan lejano, tan dramático, tan ficticio que me resultaba imposible imaginarme algo de aquella magnitud. Y, sin embargo, ahí estaba esa punzada de la que tanto hablaban.

Quemaba, ardía y parecía retorcerse como si tuviese vida propia.

—¡Kylian! —escuché cómo pronunciaba justo cuando fui capaz de darme media vuelta y volver por donde había venido. Por la manera en la que me temblaba el pecho y el corazón, sabía que solo sería capaz de desahogarme si pintaba hasta que me doliesen los dedos.

Me agarró del brazo antes de que pudiera seguir andando y tuve que obligarme a morderme el interior de la mejilla para no echarme a llorar ahí mismo, delante de sus ojos ligeramente tristes.

Al conseguir controlar mi respiración, me esforcé en esbozar una sonrisa falsa que pareciese genuina y en tratar que no se notara lo afectado que estaba.

Parecía alterada, aunque no supe si se debía al hecho de que la había pillado in fraganti con Kavan o por su impuntualidad. Quizás ambas. Quizás ninguna.

Nunca pregunté.

—Justo iba de camino a tu casa, para ver si te habías quedado dormida —atiné a pronunciar, tragándome la amargura que me incineraba la garganta.

—Perdón —se disculpó, con las mejillas sonrojadas no supe si por la vergüenza, la emoción del beso, la culpabilidad o la carrera que había hecho para llegar a mi lado—. Coincidí con tu hermano en el jardín y una cosa llevó a la otra y…

«Y me dejaste tirado por él. Porque es más interesante que yo», quise decir.

En cambio, carraspeé y solté:

—No pasa nada. —Hice un ademán con el brazo para quitarle hierro al asunto—. De todas formas, ya he acabado los deberes, así que podéis quedaros juntos si queréis. Aprovecharé para subir a mi habitación y avanzar con el trabajo de plástica.

Se mordió el labio con tanta fuerza que perdió todo el color.

—¿Estás enfadado conmigo? Porque si es así, lo entiendo.

—No.

Al menos eso era verdad. ¿Dolido? ¿Molesto? ¿Frustrado? Sí, sí y mil veces sí. ¿Enfadado? No. Nunca sería capaz de enfadarme con ella.

—¿Seguro? —insistió, sin estar convencida del todo. Su escepticismo tampoco me tomó de sorpresa; si había alguien que supiera a la perfección cuándo mentía, era ella—. Porque parece que quieras decirme algo.

Me planteé soltarle ahí mismo lo de la escapada, pero opté por callarme porque, sin que ella fuera consciente, me había dado la respuesta a la pregunta que llevaba semanas persiguiéndome.

Y es que en ese momento me quedó claro que, si tuviese que elegir entre pasar un sábado conmigo o con Kavan, no me escogería a mí.