El idioma de los girasoles XXVII, Eleonor #2
62%

XXVII, Eleonor #2

—Según el GPS, una media hora —informó Kylian al mismo tiempo que ponía en marcha el motor.

Sin pedir permiso, le arrebaté el teléfono y puse la misma lista de reproducción que había hecho por y para mí y, para cuando llegamos a nuestro destino, me dolía la cara por no haber dejado de reírme.

—Llegáis tres minutos tarde —gruñó Kavan a modo de saludo—. Espero que tengáis una excusa válida.

—Da las gracias de que no hayamos tenido un accidente —refutó Lalia de inmediato, dando un paso al frente para abrazarle—. Es un milagro que no nos matado mientras estos dos cantaban We’re all in this together .

—¿ We’re all in this together ?

—La canción de High School Musical, idiota —intervino Kendra mientras escaneaba el lugar de arriba abajo—, esa que solían cantar a todas horas hace años.

Kavan no dijo nada más, asintiendo de forma leve antes pasarme el brazo por los hombros y empujarme contra su cuerpo.

—Tenemos una conversación pendiente —me dijo en un bisbiseo.

—Céntrate en ganar y ya luego veremos si me apetece hablar contigo o no.

En cuanto separó los labios para responderme, distinguió al señor Peng a lo lejos. Este nos indicó, con aspavientos de lo más exagerados, que nos acercásemos a donde se encontraba. Esa mañana llevaba un chándal naranja que le hacía parecer un convicto de Guantánamo.

—¡Llevo buscándote casi una hora! —exclamó, dejando de hablar con la joven que había a su derecha para darle una palmada amistosa en el pecho.

—Estaba tomándome algo en la cafetería —se excusó con una sonrisa cálida—. Ya sabes, los típicos nervios del primer partido fuera de casa.

Seguía sorprendiéndome la forma en la que le tuteaba con total familiaridad. En menos de dos meses, habían establecido un vínculo bastante estrecho.

El entrenador chasqueó la lengua con reprobación antes de girarse hacia la muchacha que seguía a su lado, con una expresión en el rostro que demostraba que estaba incluso más desubicada que nosotros.

—Kavan, esta es mi nieta, Xia —pronunció tras tomar a esta del brazo—. Xia, este es Kavan, el chico del que tanto te hablo últimamente.

Fruncí el ceño al ver cómo Lalia y Kendra se quedaban boquiabiertas, con los ojos como platos.

—¿Qué pasa? —se me adelantó Kylian.

—¿Me estáis diciendo que no sabéis quién es? —pronunció mi hermana, indignada—. ¡Si es una actriz súper famosa!

Agradecí que los otros tres estuvieran inmersos en su conversación, porque no se molestó ni en bajar la voz.

—Hasta hace unos meses, sus papeles se limitaban a telenovelas chinas —explicó Kendra con simpleza. Aunque también parecía muy emocionada, sabía disimularlo mucho mejor—, pero en diciembre se estrena una serie estadounidense en la que participó y ahora todo el mundo está hablando de ella.

Volví a observar a la joven, esa vez con más detalle, y me percaté inevitablemente de las ojeras leves que le marchitaban el rostro.

Se la veía muy cansada, como si hubiera aterrizado en el aeropuerto un par de horas atrás y no le hubiese dado tiempo a dormir lo suficiente, pero aun así era, sin duda, una de las chicas más guapas que había visto jamás.

No se trataba solo de sus facciones, delicadas y dulces, sino la manera en la que contrastaban con la dureza e impasibilidad que denotaba su lenguaje corporal.

—Estoy seguro de que Kavan no tiene ni idea de quién es —se rio Kylian, señalándole con disimulo—. Para él, alguien que no le dé patadas a un balón o que no conduzca un coche de lujo, no es relevante.

—Pues Xia es mucho más conocida en su industria que Kavan en la suya —rebatió Kendra, que no había dejado de analizar en ningún momento el comportamiento de su hermano.

Después de que se saludasen en condiciones, el señor Peng nos animó a los demás a acercarnos para hablarnos sobre su nieta. Así, nos enteramos de que le habían dado una semana de descanso después de unas grabaciones extenuantes y que había aprovechado para pasarse por el pueblo y hacerle compañía.

Se notaba que la adoraba no solo por la sonrisa que se le tatuó en su rostro arrugado y afable, sino también porque no dejaba de acariciarle el brazo con cariño.

—Podríamos enseñarle Saint Julien —propuso Lalia, con una timidez que me resultó extraña—. No es muy grande, pero tiene su encanto.

—No hace falta —negó la aludida. Su voz era dulce y aterciopelada al mismo tiempo—. Pretendía quedarme con mi abuelo todo el tiempo. Hace mucho desde la última vez que nos vimos.

Al contrario que el hombre, que cuando hablaba se notaba que tenía un acento extranjero muy marcado, el francés de Xia era inmaculado. Me pregunté si habría vivido en el país durante mucho tiempo o si lo habría aprendido solo porque su abuelo residía aquí.

—Venga, Xia —la animó el entrenador, dándole una palmadita en el hombro—. Siempre que vienes aquí te pasas los días encerrada en casa, sin salir más que a comprar la comida. Aprovecha esta oportunidad para alejarte de las redes sociales y pasar el tiempo con gente de tu edad.

La joven intentó protestar, pero Kavan se le adelantó y soltó:

—Mírale el lado bueno, no cualquiera tiene el privilegio de disfrutar de la compañía de uno de los futbolistas del momento.

—¿Se supone que debo saber quién eres?

No supe bien si fue la manera en que se apartó el cabello de los hombros o el tono mordaz que usó, pero no pude evitar soltar una carcajada por lo bajo, que se unió a la de Kylian y Lalia.

Kendra, por otro lado, se limitó a lanzarle una mirada a Kavan para que se quedase callado y conservara la poca dignidad que le quedaba.

No sirvió de nada.

—Puede que ahora mismo no —trató de llevar la conversación a su terreno—. Pero te aseguro que en un futuro, cuando mi cara esté en todas partes, no dejarás de pensar en mí.

—Repito lo dicho —zanjó ella, mirando a su abuelo con la poca paciencia que fue capaz de reunir—, prefiero quedarme en casa a aguantar a este tipo. Si es insoportable aun cuando nos conocemos desde hace diez minutos, no me quiero ni imaginar cómo será pasar una tarde entera a su lado.

Este frunció el ceño y apretó los dientes con fuerza.

—¿Te recuerdo que sigo aquí y que puedo escuchar todo lo que dices?

—No creo que haga falta.

Tras volver a apretarle el hombro a la joven, el señor Peng le indicó a Kavan que era hora de que fueran a los vestuarios, pues quedaban menos de veinte minutos para que el partido comenzase.

—Por norma general, Kavan no es tan imbécil —le defendió Lalia después de que desaparecieran a lo lejos—. Lo malo es que peca de narcisista y a veces se hace insoportable.

—¿A veces? —se carcajeó Kylian, echando a andar hacia las gradas con tanta decisión que los demás, incluida Xia, le seguimos sin dudarlo dos veces—. A todas horas. Es insoportable.

—Dentro de poco es su cumpleaños —sugirió mi hermana en cuanto tomamos asiento, en una de las primeras filas—. No vamos a hacer nada del otro mundo, pero podrías venir y tomar algo con nosotros. Sin ningún tipo de compromiso.

Xia se pasó la lengua por los labios y se subió las gafas de sol que llevaba para que no se le resbalaran del puente de la nariz.

—No creo que sea buena idea. Lo más probable es que acabemos matándonos al final del día.

Kendra soltó una risotada mordaz.

—Mejor para nosotros. Así le perdemos de vista un rato.