El idioma de los girasoles XXVII, Eleonor
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XXVII, Eleonor

Q uedaban treinta minutos para las ocho de la mañana cuando mi hermana abrió la puerta de mi cuarto, sin importarle que estuviera durmiendo, y me gritó a la cara.

—¿Qué demonios pasa?

—Ha llegado una carta para ti —respondió, sacudiendo un sobre delante de mis ojos. Pese a sentir los párpados pesados y ver borroso, lo reconocí de inmediato; era exactamente igual a los otros dos que Kylian me había dado—. No tiene remitente ni nada, solo tu nombre.

Intenté quitárselo, pero se apartó sin que pudiese rozarlo.

—Lalia, me acabo de despertar —le recordé, como si no fuera obvio—. No estoy de tan buen humor como para que te pongas a hacer mil preguntas por segundo.

—¿De quién es? —inquirió, enarcando una ceja ante mis intentos desesperados de arrancarle la carta—. Debe ser importante para que reacciones así.

Enmudeció de golpe y yo me limité a cerrar los ojos con fuerza al ver cómo estudiaba los dibujos del sobre. Era cuestión de tiempo que reconociera el estilo de Kylian; siempre había tenido una manera de pintar muy distintiva.

—Algo me dice que ya estabas al tanto de las cartas y que solo te estás haciendo la tonta para aflojarme la lengua —rezongué al fijarme en el brillo, aún perspicaz, de su mirada—. ¿Qué quieres saber?

Señaló el corcho que había encima de mi escritorio.

—¿De dónde han salido todos estos dibujos y estas fotos?

Sin contar las instantáneas que me había regalado y los bocetos que acompañaban sus cartas, había llenado aquel espacio con las pinturas que vendía Naomi.

—Es una historia larga y complicada que ahora mismo no me apetece contar —zanjé, aprovechando que había bajado la guardia para arrebatarle el sobre de una vez por todas.

En ese mismo momento me fijé en que, además de pesar mucho más que los dos anteriores, había una frase debajo de mi nombre. «No leer hasta el día diez», rezaba en letras ligeramente temblorosas.

—Todavía quedan un par de horas para el partido de Kavan, así que tenemos tiempo. Podríamos hacer una sesión exprés de belleza y ponernos al día.

Desde que a mí me habían vuelto a aceptar como socorrista y ella había conseguido un puesto en la repostería más famosa del pueblo, nos había resultado casi imposible cuadrar nuestros horarios.

Decidí contarle solo una parte pequeña de la historia. No porque no confiase en ella, sino porque todas las veces que habíamos hablado de Kylian en el pasado, habíamos acabado discutiendo.

Según mi hermana, yo era demasiado intransigente y rencorosa.

Y según yo, Lalia perdonaba con una facilidad exagerada.

—¿Te acuerdas del día que los Ajax vinieron a comer? —Asintió, emocionada, y añadí—: Me peleé con Kylian.

—¿En la cocina? ¿Por qué? Parecía preocupado por ti.

Me mordí el labio con fuerza.

—El problema es que en ese momento no supe verlo y me puse a la defensiva.

—Me pasé la mano por el cabello antes de inspirar hondo—.

Le dije cosas de las que aún me arrepiento y fui tan dura con él que casi no me reconocí.

Todo porque, en mi mente, sentía que se estaba entrometiendo donde no le llamaban.

—Fueron muchos años de amistad, Ellie. Es comprensible que reaccionaras así. —Parpadeé con lentitud, sin creerme lo que acababa de salir de su boca—. Que te entienda no significa que no lo entienda a él. Ambos lo pasasteis muy mal.

Comencé a andar en círculos por toda la estancia y a quitarme algunos pellejos de las uñas, tan centrada en no romper a llorar que ni siquiera me percaté del dolor. Tampoco del nudo que se me instaló en la garganta y que hizo que respirar hondo se me antojase algo casi imposible.

—Eso es lo que más me duele —acabé admitiendo—.

Siento que ninguno de los dos tiene más razón que el otro, ¿sabes?

Sí, cuando me diagnosticaron el tumor intenté refugiarme en él y mantener el contacto.

Y sí, él desapareció. Pero también… —Tragué con fuerza para disipar esa bola de angustia—.

Recapacitó y trató de arreglar las cosas cuando se dio cuenta.

Y yo le cerré las puertas por puro orgullo y me negué a entender su parte de la historia.

—Teníais catorce años —razonó, sin dejar en ningún momento de juguetear con un mechón de su cabello—, con esa edad nadie es lo suficientemente maduro como para afrontar algo así. Los dos estabais en vuestro derecho de actuar como lo hicisteis y de pensar solo en vosotros mismos.

Había pensado mucho en ello. Si yo misma había estado encerrado en mi cuarto durante casi un mes, llorando desconsoladamente porque consideraba a Olivia como una segunda madre, no quería ni imaginar cómo habría sido ser cualquiera de los Ajax y percibir ese dolor multiplicado por mil.

El sollozo que se me escapó de la boca fue suficiente señal para que mi hermana me estrechara entre sus brazos. Apoyé la cabeza en su hombro y me deshice por completo, dejando que todas esas emociones que llevaba años reprimiendo aflorasen.

—Estoy intentando cambiar y ser más tolerante —pronuncié entre hipidos—. Pero… no sé si lo estoy haciendo bien. No sé si debería olvidar todo lo sucedido y dejarle entrar. No sé si sigo tan ciega que estoy siendo demasiado dura con él.

Se alejó unos centímetros, los suficientes para que nuestros ojos se encontrasen.

—Quieres perdonarle. —Pese a que no lo pronunció con tono interrogativo, asentí con lentitud—. Entonces deberías darte cuenta, primeramente, de que no solo estás siendo dura con él. También lo estás siendo contigo misma.

Confusa, fruncí el ceño.

—¿Conmigo misma?

Asintió con lentitud y, de repente, sentí que ella era la mayor y yo la niña que no tenía ni la menor idea de cómo vivir, cómo respirar, cómo seguir adelante.

—Nunca te permites sanar o curar esa herida interna de la que siempre hablas.

Y eso es justo lo que hace que te resulta más difícil ignorar lo mucho que te afectan las cosas.

Por eso todo te duele tanto, Ellie. Porque te limitas a esconder tus sentimientos debajo de la alfombra y a esperar que se mitiguen.

Suspiré con tristeza al darme cuenta de que, en cierto modo, su respuesta se parecía a la misma que me habían dado Cyprien e Yvonne un par de días atrás. Después del beso que me había robado Kavan, les había escrito para contarles toda mi historia, sin dejarme ningún dato por el camino.

Ambos habían llegado a la conclusión de que, si de verdad quería perdonar a Kylian, debía ser por mí misma. No por presión o por sentirme menos culpable conmigo misma, sino por mí.

—¿Por qué pareces, de repente, la abuela Marie?

Intenté esbozar una sonrisa, pero acabé componiendo una mueca.

—Porque, cuando me lo propongo, soy buena consejera —se vanaglorió a la vez que me sacaba la lengua—.

Sé que no soy la hermana perfecta y que tengo muchísimos defectos que debo trabajar, pero te quiero muchísimo, Ellie.

Y si eso significa que tengo que desarmarte para volver a juntarte, lo haré.

Sé que tú harías lo mismo si fuese al revés.

—Ni lo dudes.

El corazón comenzó a bombearme a toda velocidad en cuanto escuché el timbre que anunciaba la llegada de los Ajax.

Solo había pasado una semana desde la última vez que había coincidido con Kylian y, durante aquellos siete días, había sido incapaz de pensar en otra cosa que no fuese todo lo que había ocurrido aquella tarde en el lago.

Daba igual que intentase mantener la mente ocupada para no revivir la conversación. Daba igual que intentase ignorar el cosquilleo que se me instalaba en el estómago cuando me repetía sus palabras. Daba igual lo mucho que intentase convencerme a mí misma de que debía tomarme las cosas con calma.

Había llegado a la conclusión de que jamás podría olvidar la suavidad, la calidez y la extraña familiaridad de sus dedos contra mi cintura; la forma en la que se me entrecortó la respiración cuando percibí lo ardientes que tenía las manos, en comparación con mi piel congelada; la manera en la que pensé que aquel gesto se sentía sorprendentemente normal.

Como si fuese algo destinado a pasar en algún momento, tarde o temprano.

Tampoco creía que pudiera sacarme de la mente el instante en el que nuestros ojos se encontraron y una tormenta furiosa se desató en mi interior, revolviéndome cada órgano, cada músculo y cada hueso.

—¿Todavía no te has puesto las zapatillas? —se quejó mi hermana desde el marco de la puerta, donde se había apoyado con los brazos cruzados—. ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hermana? La Eleonor que yo conozco se habría preparado con treinta minutos de antelación.

Puse los ojos en blanco y cerré el portátil antes de que se le ocurriera acercarse para ver qué me había entretenido lo suficiente como para no haber acabado de arreglarme.

Tampoco había mucho que esconder; el documento seguía tan vacío como cuando lo había abierto, pero prefería ahorrarme sus preguntas incesantes. Todavía no le había contado que me gustaba escribir mis propias historias y darle forma a personajes que no verían nunca la luz del día.

Nada más llegar al recibidor, mis ojos se encontraron con los de Kylian.

Nuestras pupilas se enredaron en una batalla que bien podría haber durado un minuto o una hora. Con él siempre perdía la noción del tiempo.

Se me entrecortó la respiración cuando me fijé en que la camiseta ancha y blanca que llevaba hacía que su piel pareciese más oscura que de costumbre; en que los vaqueros rotos se le ajustaban a la perfección al hueso de la cadera, dándole un aspecto informal que resultaba irresistible; en que la gorra le aplastaba los rizos contra la frente y parecía animarme a que fuese valiente y se los ordenara.

Me sonrió a modo de saludo.

Y yo, contra todo pronóstico, le devolví el gesto.

—Hacía mucho que no te veía sonreír así —me susurró Lalia en el oído.

—Sonrío a menudo.

—No de esta forma.

No pregunté qué se refería. Me daba demasiado miedo la respuesta y todo lo que podría cambiar con una simple afirmación.

—¿Cuánto se tarda en llegar? —preguntó Kendra en cuanto se puso el cinturón, sentada en la parte de atrás junto a mi hermana. Yo ocupé, en silencio, el asiento de copiloto.