El idioma de los girasoles XXVI, Kavan #2
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XXVI, Kavan #2

—Ya, pero no puedes pretender que los demás te digan todo lo que les ocurre, Kavan. Y menos cuando tú tampoco lo haces.

Mi nombre sonaba tan impersonal en sus labios que no pude evitar levantar la barbilla y enfrentarme a sus ojos amarillentos.

—Soy una persona muy sincera —me quejé tras entender el doble sentido de aquella frase.

Enarcó una ceja.

—¿Pretendes que me crea que todo esto no se debe al mes en el que estamos? ¿A lo que simboliza agosto para todos nosotros?

Agosto se había convertido, desde la muerte de mamá, en un mes maldito. Aunque todos ponían de su parte para que mi cumpleaños fuese lo más liviano posible, sus esfuerzos no servían de nada.

La tarta sabía amarga porque no había sido ella quien la había preparado, y pedir un deseo a la luz de las velas carecía de sentido. Lo único que quería (que ella volviese a respirar, sonreír y revolvernos el pelo cuando pasábamos por su lado) no se podía cumplir.

La psicóloga a la que había acudido durante una temporada me había comentado que la manera en la que actuaba cada vez que llegaban esos días era un mecanismo de defensa.

Que debía entender que el luto no era un proceso lineal y que, por mucho que una mañana pudiera levantarme y hablar del tema con facilidad, era normal que me hundiera por las noches.

Me sabía la teoría de memoria.

Lo difícil era llevarlo a cabo.

—Yo… Lo intento. Intento ser mejor persona cada día, pero es complicado —fue lo único que dije, tras unos segundos.

Casi temblé al sentir su mano posarse sobre mi hombro.

—Ya no estás solo. Nos tienes a Axel y a mí, y también a tus hermanos. Ya no son esos niños de diez años a los que tenías que proteger.

Suspiré. Era lo mismo que había dicho mi mejor amigo.

—Me di cuenta cuando hablé con Kylian y, en vez de mostrarse dolido o sentir rechazo hacia mí, me dejó explicarme lo mejor posible. —Tragué con fuerza—. No me interrumpió hasta que no acabé y después… Después me abrazó .

—El otro día me dijo que creía que se lo merecía y que por eso no se defendió —corroboró.

—Kylian tiene la manía de aceptar la culpa de todo, incluso cuando no está directamente involucrado en algo. —Respiré hondo hasta hincharme los pulmones por completo—. Gracias por estar ahí para él. Y por meterte en la pelea antes de que todo se me fuera de las manos.

—No lo hice por ti.

Sonreí un poco.

—Lo sé.

—Entonces… ¿ya está todo solucionado? —pregunté solo por asegurarme—. Porque estar enfadados es una mierda.

Las comisuras de sus labios se alzaron un poco.

—Solo han pasado un par de días.

—¿Y? —me reí a carcajada limpia—. He echado de menos perseguirte por los pasillos. Es divertido oír cómo te quejas de lo pesado e insoportable que soy.

Soltó un bufido entre dientes que me hizo carcajearme aún más fuerte.

—Si tu hermano ha sido capaz de perdonarte… —aceptó al mismo tiempo que se enredaba un mechón de pelo en el dedo índice—. Sí, supongo que todo está aclarado.

—Menos mal —reproché tras expulsar el aire de manera dramática—, porque desde que te he visto ahí sentada, como una muñeca diabólica, tenía en mente hacer esto .

Me levanté lo más rápido posible y me la eché al hombro antes de que le diera tiempo de preguntarme a qué me refería.

No le costó averiguarlo, porque eché a andar hacia las duchas con paso decidido, ignorando los rodillazos que me propinó en el pecho y el daño que me hacían sus uñas clavándoseme en la espalda.

—¡Suéltame, gilipollas! —berreó, sin dejar de retorcerse incluso cuando la pegué a la pared y giré la llave del grifo para que el agua saliera a borbotones—. ¡Joder, Kavan! ¿Acaso tienes un fetiche con verme mojada?

—¿De verdad quieres que responda a esa pregunta? Porque lo cierto es que se me ocurren muchas cosas que recrear contigo. Y mojada todo sería mucho más fácil.

Intentó darme un manotazo en el brazo para que la soltase, pero no consiguió nada. Era mucho más fuerte que ella y no tenía pensado soltarla.

—No tiene gracia —gruñó, mordiéndose el interior de la mejilla para disimular la sonrisita que había comenzado a formarse en su boca.

Era diminuta y casi imperceptible, pero suficiente para demostrarme que, en el fondo, se lo estaba pasando bien.

Perdí la noción del tiempo, centrado en evitar que se escapara o se alejara del chorro, y no fui consciente de la situación —de que estábamos solos, encerrados en un espacio estrecho y apretados el uno contra el otro— hasta que no bajé la mirada y me fijé en que la camiseta blanca del uniforme se le ceñía al cuerpo.

—Bonito sujetador, Riviere. Blanco y de lunares, qué tierno.

Se analizó a sí misma e hizo el amago de taparse; no obstante, le agarré de las manos antes de que pudiera moverse un solo centímetro y aproveché que ya no forcejeaba para pegarla contra la pared e inclinarme hacia su oído.

—Si lo que pretendes es darme miedo, no lo estás consiguiendo —me desafió.

—Quiero hacerte muchas cosas ahora mismo, Riviere, pero asustarte no es una de ellas.

Me aparté lo suficiente como para que el agua me resbalara por la espalda y pudiera ver su reacción.

Contra todo pronóstico, no dijo ni hizo nada. Tan solo se limitó a observarme, expectante. Y yo, incapaz de controlar el calor que me nació en estómago y que se expandió por todo mi sistema, la besé.

Era la oportunidad perfecta para averiguar si lo que había empezado a sentir por ella en los últimos días era mera atracción, fruto de lo que habíamos vivido años atrás o si iba más allá.

Enterré la otra en su cabello enredado y empujé su cabeza hacia atrás para profundizar el beso y deleitarme aún más de la suavidad de sus labios; sin embargo, todo se torció cuando intenté acariciarla por debajo de la camiseta.

Porque, aunque no fui brusco y apenas le subí la prenda unos milímetros, presionó las palmas contra mi pecho y me empujó hacia atrás.

Maldije por lo bajo al darme cuenta de que mi impaciencia había roto la magia del momento.

—No deberías haber hecho esto. No deberíamos haber hecho esto —se corrigió, con la respiración tan agitada que parecía haber participado en un triatlón.

Mientras tratábamos de recuperar el aliento y asimilar lo ocurrido, me di cuenta de que no había habido nada especial, único y diferente en aquel arrebato de pasión. El fuego que me comprimía el estómago no era nada que no hubiera experimentado antes con meras desconocidas.

Quería a Eleonor y deseaba pasar más momentos con ella, retomar la confianza que había entre nosotros en el pasado. Y también tenía más que claro que, si pudiera elegir y obligarme a enamorarme de alguien y sentar la cabeza de una vez por todas, no escogería a ninguna otra persona.

Y ahí era donde radicaba todo.

Tendría que forzarme a sentir algo por ella que fuese más allá de esa atracción casi palpable que nos separaba. No era algo genuino que pudiera desarrollarse con el tiempo, ni algo a lo que le viese futuro.

Y, por encima de todo, no era ni una mínima parte de lo que había notado en el pecho cuando salimos juntos en plena adolescencia.