El idioma de los girasoles XXVI, Kavan
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XXVI, Kavan

E staba tan estresado que me picaba la piel.

—¿Para qué has venido? —le gruñí a Axel.

Se encogió de hombros.

—Si hubieras respondido los cincuenta mensajes que he enviado, podría habérmelo ahorrado.

En los últimos cinco días me había refugiado aún más, si cabía, en el deporte.

Por las mañanas, le dedicaba toda mi atención a las clases con las niñas, y en cuanto terminaba mi turno aprovechaba las instalaciones del gimnasio hasta que los músculos me pedían a gritos un descanso.

Por la tarde, en lugar de encerrarme en casa, practicaba tiros libres en la cancha.

Solo me detenía cuando me era imposible respirar hondo sin que me doliera el pecho.

—No estaba de humor.

Sabía perfectamente lo que opinaría: que me había comportado como un gilipollas y que debería estar avergonzado. Eso y que el Kavan que conocía nunca habría reaccionado de esa manera. Y menos con su hermano.

—Me he encontrado con Kylian esta misma mañana y ahí ha sido cuando me he enterado. —No había reproche en su voz. Tampoco en su expresión, que analicé para obtener más información—. ¿En qué estabas pensando?

—Ese es el problema, que no estaba pensando. Todo sucedió demasiado rápido y se me escapó de las manos.

Sin dejar de observar a las niñas, que se acercaron al señor Peng para recibir las siguientes instrucciones, le conté todo sin guardarme ningún detalle.

Incidí en lo que de verdad me había dolido: no haberme dado cuenta de los sentimientos de mi hermano y no haberle prestado suficiente atención como para notar las señales.

Sentir que le había fallado por completo a una de las personas más importantes de mi vida y que ya no podía hacer nada para enmendarlo.

—Si te hubieses enterado de que estaba enamorado de Eleonor, ¿habrías renunciado a vuestra relación? —fue lo primero que pronunció.

No lo dudé.

—Sí.

Tras la muerte de mamá, había sido yo quien se había encargado de que no les faltase nada. De que fueran felices y no sintieran ese vacío enorme que a mí me carcomía por dentro.

Incluso cuando papá se recluyó en sí mismo, fui yo quien dio la cara por ellos. Adopté una figura que no me correspondía y de la que no sabía cómo desprenderme. Estaba adherida a mi piel y a mis huesos, como una sanguijuela que no hacía otra cosa que drenarme.

—No puedes pasarte el resto de tu vida dejando todo de lado por ellos —dijo, palmeándome la espalda con esa sonrisa torcida que esbozaba cada vez que me regañaba—. En algún momento tendrás que anteponerte.

Apreté la mandíbula.

—No es tan fácil.

—¿Cuándo fue la última vez que tuviste algo serio con una chica sin sentirte culpable? —soltó como si nada.

Puse los ojos en blanco.

—Ya sabes la respuesta.

—Quiero que lo digas en alto para que te des cuenta de la gravedad del asunto.

Gruñí, cada vez más frustrado. Odiaba que recondujera las conversaciones de tal manera que me fuese imposible escapar sin parecer un cobarde.

—Desde lo de Eleonor. —Me despeiné el cabello antes de mirarle con fijeza—. De todas formas, no he estado solo durante todos estos años.

—Acostarte con todo lo que se te cruzaba por delante y olvidarte al día siguiente de sus caras no cuenta —rebatió sin inmutarse—.

Recuerdo a la perfección esa época, las veces que me dijiste que no merecía la pena involucrarse en una relación.

Que debías ocuparte de tus hermanos y centrarte en tu carrera. Nada más.

—Y no mentía. —Me mordí el labio inferior—. Mi vida ya es lo suficientemente caótica como para meter a alguien más en la ecuación.

Soltó un suspiro por lo bajo y negó con la cabeza.

—No eres un padre, Kavan. Deberías tener la libertad de salir con quien te diese la gana, sin pensar en si eso afecta o no a tus hermanos. Porque son eso: hermanos . No tus hijos.

—Es que no lo entiendes —musité por lo bajo, a cada palabra que pronunciaba menos convencido de mis propios argumentos—. No sabes lo que es contar con esa carga sobre los hombros.

—Yo también quiero que Gisele sepa que estaré ahí siempre que lo necesite.

—Me mordí el labio con más fuerza, en un intento de aguantar las ganas de soltarle que no era lo mismo.

Gisele tenía a sus dos padres vivos—. Pero tus hermanos ya no son los mismos niños indefensos de hace años.

—Me dio un golpecito suave en una de las sienes—.

Por eso mismo, creo que deberías quitarte esas ideas tontas de la cabeza y sincerarte con ellos.

Esto te está sobrepasando y necesitas un descanso, aunque creas que no te lo mereces.

Sabía que hablar con Kylian sería fácil; estábamos cortados por el mismo patrón y nos habíamos acostumbrado tanto a sufrir que no veíamos más allá de lo que teníamos delante.

Para los dos era mucho más fácil resignarse, aceptar el dolor y añadirlo a la larga lista de razones por las que sangrábamos por dentro.

Y eso era justo lo que no buscaba inculcar ni a él ni a Kendra.

Siempre había querido que fuesen valientes y que no tuvieran miedo a exteriorizar sus pensamientos. Que no se dejasen llevar por sus miedos o la incertidumbre, pues eso no haría más que bloquearles e impedir que vivieran con la libertad que yo había sacrificado por ellos.

Lo que menos deseaba era que acabasen como yo, reclusos de un pasado infranqueable y de unas decisiones tomadas de forma apresurada.

—Debería ver si el señor Peng necesita mi ayuda —intenté cambiar de tema, con el corazón golpeándome contra la caja torácica—. ¿Me acompañas? Como en los viejos tiempos.

Una sonrisa efímera se me formó en los labios al recordar todas las veces que peleamos por ver quién conseguía la aprobación de nuestro entrenador.

—A veces lo echo de menos, ¿sabes? La adrenalina de ver a un jugador del equipo contrario acercándose y saber que el resultado depende de la línea de defensa y de ti. La alegría cuando haces una parada excelente. La euforia al probarte unos guantes nuevos…

Su mirada se perdió en el campo.

—Podríamos jugar algún día —sugerí, consciente de que no surtiría efecto.

Había dejado el fútbol poco después de que yo me marchase del pueblo, debido a un accidente que había tenido en medio de un partido.

Recibió un golpe tan fuerte en el pecho que comenzó a sentirse indispuesto casi de inmediato, obligando a los médicos presentes a actuar lo más rápido posible para evitar una posible tragedia.

Aunque lo solucionaron al instante, trasladándole al hospital más cercano después de hacerle un electrocardiograma y darse cuenta de que los resultados no eran normales, no había vuelto a ser el mismo.

—Algún día.

No se quedó mucho más tiempo, así que me dirigí al gimnasio en cuanto dimos por finalizado el entrenamiento. Todavía era demasiado pronto para ir a casa.

Durante los siguientes cuarenta y cinco minutos, no hubo nada para mí que no fueran las pesas, el sudor que me recorría la frente y el cuello, los latidos frenéticos que me golpeaban el pecho y la música que resonaba en los cascos.

Como no tenía ninguna prisa, me metí en la ducha y me quedé bajo el chorro del agua casi media hora, entretenido en frotarme la piel con tanto ahínco que sentí que se me borrarían todos los tatuajes.

Dejé de tararear la melodía que se me había metido en la cabeza cuando, al salir del cubículo, me fijé en que había alguien sentado en uno de los bancos de los vestuarios.

—¿Qué haces aquí, Riviere? —pregunté con una sonrisa lobuna, en un intento de disimular lo sorprendido que estaba. Parecía incluso más enfadada que cuando me empujó para apartarme de Kylian y me llamó cavernícola.

Se levantó en completo silencio y se acercó hasta donde me encontraba, con los brazos cruzados sobre el pecho, el ceño fruncido y la nariz algo arrugada.

—¿Cuánto tiempo pretendes seguir evitándome?

Directa al grano. Cómo no.

—He tenido una semana bastante ocupada.

Soltó una risita sarcástica que me tomó con la guardia baja.

—¿Ah, sí? Qué curioso, porque Cyprien me ha dicho que te has pasado todas las mañanas en el gimnasio, haciendo tiempo para no coincidir conmigo.

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.

—¿Sabes qué es curioso también, Riviere? Que no dejes de comerme con la mirada —me burlé al ver que estaba demasiado ocupada estudiando la toalla que tenía enrollada a la cintura—. ¿Sabes? Si hubiese sabido que querías verme sin ropa, me habría desnudado mucho antes.

Intentó mantenerse estoica, pero acabó girando la cabeza.

Sonreí aún más.

—Quiero hablar contigo —sentenció, sin ningún ápice de temblor en sus cuerdas vocales—, así que no me moveré de aquí hasta que no obtenga las respuestas que necesito.

Me senté en el banco donde ella había estado.

—Ahora entiendo por qué Kylian dice que, cuando te enfadas, eres adorable. —Cuadré los hombros y tensé los músculos solo para ver si aquello la ponía aún más nerviosa—. Se le olvidó mencionar que también es sexy . Muy sexy .

Le hice un gesto para que se colocara a mi derecha, pero me ignoró y se situó justo enfrente de mí, para poder escrutarme con los ojos en todo momento. Chasqueé la lengua con fastidio.

—Deja de intentar desesperarme y desembucha. Ahora.

Como sabía que no serviría de nada bromear, acabé resignándome y contándole lo que me carcomía por dentro.

Al igual que con Axel, las palabras empezaron a salir a trompicones, como si se resistiesen a abandonar mi boca; no obstante, a medida que fui exteriorizando por qué había actuado de esa manera y me había dejado llevar por mi parte más irracional, todo me resultó mucho más fácil.

—Eres consciente de que no es excusa, ¿verdad?

Había una cautela en su tono de voz que no me gustó ni un poco. Era como si tuviera miedo de mí. De mí y de mis acciones.

Y eso me dolió.

—Claro que lo soy, Riviere. Sé más que de sobra que no debería haberme comportado así y que debería haberle pedido explicaciones de otra forma.

—Ese es el problema, que no te debía ninguna explicación —aseveró, todavía con la espalda tensa—. Todos tenemos secretos que no queremos que nadie sepa. Y si Kylian no quería contártelo, es totalmente válido.

—Es mi hermano pequeño.