XV, Kylian #2
—Después de que me diagnosticaron el tumor sentí que no era lo mío —acabó confesando—.
No quería escribir historias de amor ni finales donde todos los personajes fuesen felices, porque yo no lo estaba.
Quería que sufrieran conmigo, que reflejaran lo rota que yo estaba.
Perdón —se apresuró a disculparse—, estoy segura de que lo que estoy diciendo no tiene sentido.
Le puse una mano en el hombro donde tenía la cicatriz.
—Sí que lo tiene, y es algo totalmente válido.
—Intenté luchar contra esos demonios que me decían que ya no estaba hecha para escribir y que debía dedicar mi tiempo libre a otras cosas —siguió explicando, y justo cuando creía que impondría distancia entre nosotros, me acarició los dedos—.
Cada vez que me ponía enfrente de un documento en blanco, me bloqueaba.
Por mucho que me rompiese la cabeza, no me venía nada. Ni siquiera una mísera frase.
»Y es irónico, ¿sabes? Nos pasamos todo el día parloteando, soltando palabras en voz alta o pensándolas, pero a la hora de derramar eso que nos carcome y nos destroza los hombros… —Tomó aire—. No sale nada. Supongo que, cuanto más tratas de conseguir algo, más se te escapa de las manos.
Sabía lo frustrante que podía llegar a ser enfrentarte a un lienzo con una idea clara y el material suficiente pero, a la hora de la verdad, ser incapaz de realizar ni una sola línea recta sin que te tiemble la mano.
—La inspiración es una mierda —intervine solo tras asegurarme de que no añadiría nada—.
Un día eres capaz de terminar veinte dibujos y pensar que son tus mejores trabajos, y al siguiente querer tirar la toalla porque sabes que, ahí fuera, hay artistas mucho mejores que tú.
No hay que escuchar esas voces, Leo, ni dejar que estas tomen decisiones por nosotros.
—¿Aunque sea la vía de escape más rápida? —insistió, sus labios en una mueca de tristeza que me partió el corazón—. ¿Aunque eso signifique dejar de sufrir durante un tiempo?
—Salir corriendo nunca es la solución a nada.
Más bien, es como un colchón que frena una caída de un duodécimo piso.
—Ambos sabíamos que no estaba hablando únicamente de reprimir nuestros sentimientos—.
¿Sirve de algo? Puede. Pero se te astillan todos los huesos del cuerpo de igual manera.
Y duele tanto que, cuando te recuperas, solo puedes dejar de maldecirte a ti mismo por tomar ese camino escarpado.
Durante los siguientes cinco minutos que duró aquel silencio, nos quedamos así; callados, mirando el horizonte que sangraba todos esos colores que nosotros nos habíamos encargado de reprimir tanto tiempo.
—¿Te arrepientes de lo que sucedió?
—Cada maldito día de mi vida.
Lo siguiente que pronunció lo hizo con voz gangosa, como si por mucho miedo que tuviera necesitara soltar aquello para seguir adelante.
—¿Te acuerdas de cuando me enviaste aquella carta para invitarme a una de tus exposiciones de arte en París, dos años después de que dejases de responderme?
—Asentí con incomodidad; recordaba a la perfección el contenido de aquel sobre, las lágrimas que lo bañaron y el temblor de mis manos al meterlo al buzón—.
Aunque nunca te respondí, sí que fui a ver...
La interrumpí, alterado.
—¿Qué?
—Fue una decisión de último momento. No pensaba ir, porque no quería saber absolutamente nada de ti tras tu desaparición, y sin embargo…
Esa carta me pareció tan real, tan sincera que acabé cediendo y…
—Se mordió el interior de la mejilla con tanta fuerza que me pregunté si notaría el sabor de la sangre inundándole el paladar—.
Fui a París con mis padres y con mi hermana, pero entré en la exposición sola.
La vi. Le hice miles de fotos que sigo conservando.
—No… —tartamudeé, demasiado sorprendido como para ser capaz de pronunciar algo con sentido—. No te vi.
—Me aseguré de que no coincidíamos porque, al final, me arrepentí de ir hasta allí.
No estaba preparada; seguía guardándote demasiado rencor y prefería poner más distancia entre nosotros.
Me… —dudó, pasándose la mano por los rizos que la humedad había encrespado—.
Me convencí de que sería lo mejor. De que era lo que te merecías.
Deposité la cámara sobre las mantas y me acerqué a la orilla del lago. Necesitaba mojarme los pies, centrarme en el aire que se había levantado. En cualquier cosa que me ayudase a poner en regla todos mis pensamientos.
Avancé hasta que el agua me llegó a las rodillas.
—Me duele, es obvio, pero… Tienes razón. Me lo merecía. Me lo gané.
—No —sentenció, acercándose a mí y poniéndome una mano en el codo—, no te lo merecías, idiota.
Reflexionaste tus acciones y, tras darte cuenta de que habías actuado mal, me ofreciste la oportunidad de hacer las paces.
Y yo decidí encerrarme en mi puta burbuja y no salir de allí solo porque me convencí de que el dolor era un sentimiento más familiar que la felicidad.
Justo cuando abrí la boca para responder, una de las olas que había levantado el viento estalló contra sus piernas con tanta fuerza que se desestabilizado. Si no hubiera sido porque tuve los suficientes reflejos como para atraparla, habría acabado empapada de pies a cabeza.
Me distraje con el calor que emanaba su piel, con la forma en que sus ojos buscaron los míos para anclarse a la realidad, con la manera en que la blusa se le pegó al cuerpo y enmarcó esas curvas suaves que le adornaban el cuerpo.
Estaba tan ocupado en tratar de ignorar las ganas que tenía de besarla y hacer algo con mis manos que no fuera sujetarla con fuerza que no me di cuenta de la siguiente ola hasta que no me tropecé y me la llevé por delante.
Intenté amortiguar el golpe para que no se hiciera daño, pero solo conseguí aterrizar sobre mi espalda.
Con ella encima de mí.
Aquello me devolvió al pasado, a cuando me resbalé por culpa de la nieve y ella, lejos de ayudarme, comenzó a reírse de mí. Cuando le ofrecí mi mano solo con la excusa de tirar de ella y abrazarla con toda la fuerza que mis brazos temblorosos fueron capaces de reunir.
La única diferencia era que no había nieve en ninguna parte, solo agua, agua y más agua.
Eso y que mis manos, años atrás inocentes, acabaron acariciándole la piel que había quedado expuesta después de que la blusa se le levantara un poco y levantando un fuego fatuo que no solo me quemó en las venas; también hizo que olvidara las piedras que se me clavaban en la columna.
No fui consciente de lo que suponía aquella caricia hasta que ella no se estremeció, aguantando la respiración cuando mis dedos se aferraron a su cintura con vehemencia. Aun así, no se apartó ni me empujó para ponerse en pie.
Tan solo se quedó ahí. Mirándome con esos ojos que, bajo el atardecer, parecían manantiales de plata y diamante.
—Deberíamos… —tartamudeó—. Deberíamos ir a secarnos.
No quería ni siquiera levantarme.
Lo único que me apetecía en esos instantes era analizarla de arriba abajo, memorizar cada detalle para poder trasladarlo a un lienzo en cuanto tuviese oportunidad.
Porque joder, con el pelo totalmente empapado, el rostro húmedo por las lágrimas, los labios hinchados y la ropa pegada a su cuerpo como una segunda piel, Eleonor parecía la protagonista de un cuadro de Monet.
El arte impresionista siempre había sido mi favorito.
No solo porque reflejaba escenas del día a día o paisajes mutantes que diferían según la hora que fuese o en qué estación estuviera ambientada; también estaban los colores que los artistas utilizaban y el juego entre luces y sombras que hacían que las aguas pareciesen moverse de verdad, que la oscuridad diera miedo o que las flores tomasen vida.
Y esa escena, la forma en la que la luz incidía sobre sus rasgos, endulzándolos y afinándolos tanto que parecía recién sacada de una de las mejores obras de arte del mundo, no hizo más que reafirmar por qué era mi movimiento artístico preferido.
El único problema era que los colores primarios no eran suficientes para pintar a Eleonor a la perfección, no cuando estaba compuesta por matices que resultaban difíciles de interpretar sin necesidad de hacer mezclas.
En su interior convivían diferentes tonos de azul —cian, cobalto, eléctrico—, que representaban tormentas eléctricas, paz y confianza; también habían morados, desde el malva hasta el ciruela, que simbolizaban la delicadeza y la sensibilidad.
Y, aunque ella jamás lo admitiría, había otros dos colores que predominaban en su alma.
El amarillo, que implicaba fuerza, poder y esa alegría de la que ella creía carecer. Y, por supuesto, el verde.
—Si me enfermo, espero que vengas a cuidarme, porque técnicamente esto ha sido tu culpa —bromeé en el mismo momento en el que se levantó y me ofreció la mano.
La tomé sin dudarlo dos veces.
—¿Mi culpa?
—Si no te hubieras tropezado…
Aprovechando que aún me tenía sujeto, me dio un empujón que me pilló desprevenido y acabé de nuevo en el suelo, empapándome partes de la camiseta que segundos atrás estaban secas. Echó a correr hacia las mantas antes de que pudiera agarrarla y llevármela conmigo.
Quise protestar y soltar una retahíla de insultos.
En su lugar, me quedé allí sentado, sonriendo por lo mucho que habíamos avanzado aquella tarde y por todas las horas que aún nos quedaban por delante.