XV, Kylian
—¿ H as traído todo lo que te dije? —le pregunté a Eleonor en cuanto le abrí la puerta del coche y le indiqué con un gesto que se sentara y pusiera cómoda.
—El traje de baño, una manta, algo para cenar, una chaqueta por si bajan las temperaturas... Y la cámara. ¿Vamos a la playa?
Mi sonrisa se amplió ante su intento de sacar información.
—No, pero creo que te gustará igual.
—¿Está muy lejos?
Solté una carcajada estridente.
—Se supone que yo soy el impaciente de la relación. —Aprovechando que no hacía tanto calor, bajé todas las ventanas para que entrase el viento—. Deberíamos llegar en una media hora, pero dependemos del tráfico.
Puse el motor en marcha y, en cuanto me incorporé a una de las calles más concurridas del pueblo, le indiqué con el mentón que tomase mi móvil para que pusiera algo de música.
—Ni siquiera me sé la contraseña —protestó.
Me pasé la lengua por los labios, sintiendo lo secos que estaban por culpa de las costras.
—Es la misma de siempre.
Por la rapidez con la que se le colorearon las mejillas, intuí que lo había entendido de inmediato.
Su fecha de cumpleaños.
—¿Por qué? —soltó en cuanto aparecieron las aplicaciones en la pantalla, tan desordenadas que casi no podía apreciarse la foto del fondo, donde salíamos mis hermanos y yo en una de las exposiciones de arte que tuve la suerte de protagonizar en el último año de bachillerato.
Suspiré y sopesé bien la respuesta.
—Llevo años haciéndome la misma pregunta. Supongo que una parte de mí pensaba que, si la cambiaba, sería como cerrar una puerta de manera definitiva. Y no quería.
Abrió y cerró la boca un par de veces, sin saber qué contestar, hasta que acabó dándose por vencida y conformándose con asentir para sí misma.
Con cierto pudor, como si sintiera que estaba invadiendo mi intimidad, entró al apartado designado para todas las listas de reproducción que había ido creando a lo largo de los años.
Dejó de deslizar el dedo cuando encontró una. La que había hecho en su honor una de las muchas noches en las que me había preguntado qué habría sido de ella y si seguiría gustándole esas canciones que solíamos cantar a voz en grito.
Una carcajada me brotó de los labios al ver cómo, de las cien que había en aquella playlist , eligió Breaking Free y el piano de la melodía empezó a retumbar en los altavoces.
Sin pensármelo dos veces, me aclaré la garganta con dramatismo y empecé a cantar, desafinando tanto que incluso a mí me dolieron los oídos.
Intentó taparse la boca para amortiguar una risotada, pero no le dio tiempo. Mucho menos cuando fingí que le lanzaba un micrófono para que interpretase las partes de Gabriella.
Perdí la cuenta de todas las veces que nos miramos y de las que nos sonreímos el uno al otro. También de las ocasiones en que nuestros dedos se rozaron, por accidente, mientras bailábamos y hacíamos el tonto.
El momento se rompió únicamente cuando, tras recuperar el aliento, comenzó a reproducirse una canción de Justin Bieber.
—Oye, Leo —reclamé su atención en un semáforo en rojo—. ¿Puedes pasarme las gafas de sol que hay en la guantera? Porque a este paso, voy a quedarme ciego.
En el momento en el que levantó el estuche de las lentes y vio lo que había debajo, no pudo evitar distraerse y clavar la vista en la fotografía que le había llamado la atención.
Con gesto distraído, estiró un brazo para entregarme las gafas, mientras con el otro agarraba la instantánea. Solo dejé de tararear el rap de Never say never cuando alzó la vista.
—¿Por qué tiene tu padre esta foto en el coche? Solo salimos tú y yo.
Era la última que habíamos tomado, un par de días antes de la muerte de mamá.
En ella salíamos sentados en el sofá de mimbre desgastado que había en medio del invernadero, riéndonos por algún chiste que debía haber contado su padre.
Este, por alguna razón, creyó que la manera en la que Eleonor estaba colocada, con la cabeza apoyada en mi hombro y a nada de caer dormida, merecía tener un hueco en el álbum de fotos.
—En verdad, este coche es más mío que suyo —expliqué, intentando disimular que aquella pregunta no me había puesto nervioso.
—O sea que esto es tuyo.
Tamborileé con los dedos sobre el volante.
—Sí, pero no te encariñes, porque no te la voy a dar —pronuncié con tono jocoso—. Suficiente que te regalé mi favorita. Aún tengo pesadillas, ¿sabes?
Frunció el ceño.
—Tampoco es como si la quisiera —mintió de forma descarada.
Para cuando llegamos a nuestro destino, después de unas siete canciones, me dolía la garganta de tanto gritar.
—¿Qué opinas? —inquirí nada más nos apeamos e inspiramos el aire puro y frío que se respiraba allí—. ¿Está a la altura de tus expectativas?
Dio una vuelta sobre sí misma y estudió todo lo que le rodeaba con ojo crítico, antes de girarse hacia mí con una sonrisa diminuta dibujada en los labios.
—No era lo que imaginaba, pero me gusta —afirmó al mismo tiempo que agarraba su bolsa y se la colgaba del hombro—. ¿Por qué este sitio?
Le indiqué con un gesto que siguiéramos uno de los caminos que llevaba hasta el punto más bajo de aquel valle.
—Naomi me dijo que suele venir aquí cuando quiere alejarse de todo.
Apartó la mirada y se pellizcó el puente de la nariz.
—¿Por qué no la has invitado a ella? Su compañía habría sido mucho mejor.
Rehuyó de mis ojos cuando intenté establecer contacto visual.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Es mucho más agradable y te entiende de una manera que yo no he sido capaz de comprender nunca. Además, estoy segura de que…
No dejé que terminase aquella frase al entender a qué se debía su comportamiento. No era que estuviera celosa; simplemente se sentía inferior.
—Si te he invitado a ti, y no a ella, es por algo. Me gusta que seas así, Leo.
—¿Así cómo?
Le puse un dedo en la barbilla y le ladeé la cabeza hasta conseguir que nuestras miradas colisionaran entre sí.
—Así de… —No se me vinieron los adjetivos perfectos para describirla—.
Tú. Me gusta cuando eres tú misma, con todo lo que eso conlleva.
No voy a negar que a veces puedes ser demasiado dura y cruel, pero, aun con todo eso, me gusta sentirte cerca.
Me gusta pensar que me toleras lo suficiente como para haber aceptado pasar una tarde a mi lado.
—Si tan solo te tolerase, no me habría molestado en venir.
Separé los labios para preguntarle qué quería decir, pero enredó su brazo con el mío y tiró de mí en dirección al lago, que según las flechas se encontraba a menos de cincuenta metros, antes de que cualquier palabra se me escapara.
El atardecer, que había comenzado a imponer sus tonos rojizos, se reflejaba en el agua con tanta intensidad que parecía que alguien hubiese llenado un tanque de pintura y la hubiera derramado justo en el centro.
—¿Seguisteis con el álbum de fotos después de que nos marchásemos? —me atreví a preguntar después de colocar las mantas en la orilla y sentarnos sobre ellas.
No le temblaron los dedos ni dudó al apuntar con el objetivo hacia el cielo, aguantando la respiración para que la imagen no saliera borrosa. Compuso una mueca tras comprobar el resultado, claramente descontenta.
—No. Mi padre ha tenido que darme una lección rápida esta mañana, porque ni siquiera me acordaba de qué significaban todos los ajustes. —Toqueteó algo en la pantalla y volvió a tomar otra instantánea, esa vez de la superficie del lago—. No recordaba que se me diera tan… Mal.
Me incliné unos centímetros hacia ella y eché un vistazo por encima de su hombro.
—No es tan horrible.
Se sacó la correa por la cabeza antes de tenderme el objeto.
—¿Quieres probar? Quizás te sale algo más decente.
Dejándome guiar por mi intuición, y tras cambiar manualmente los ajustes y asegurarme de seguir la regla de los tres tercios (una de las pocas cosas que recordaba de aquellos años), enfoqué a Eleonor.
Me gustaba el contraste que causaba la ropa blanca que llevaba y lo verdes que se le veían los ojos por la naturaleza frondosa que nos rodeaba.
—No me mires de esa forma y relájate —le pedí tras fijarme en el nerviosismo que se había instalado en su barbilla, ahora temblorosa—. Sonríe un poco.
Arrugó la frente.
—Sabes tan bien como yo que no me gustan las fotos.
—Y tú sabes tan como yo que eso no fue ningún impedimento para llenar álbumes y álbumes con nuestras caras —rebatí sin inmutarme—. Va, Leo. Solo una. Si no te gusta, te aseguro que la borraré.
Suspiró, pero acabó asintiendo.
Como si supiera lo que estaba haciendo, le dije que se situara de espaldas al lago, para hacer una foto a contraluz y se pudiese ver el atardecer a sus espaldas; no obstante, al ver que la cámara apenas enfocaba su sonrisita tímida y el brillo de su mirada, terminé optando por fotografiarla en medio de los árboles.
Justo cuando hice el amago de eliminar aquella instantánea, porque el fondo no se había enfocado y su silueta salía más difuminada de lo que me hubiera gustado, una de sus manos se posaron sobre las mías para impedirlo.
—Déjala. Me gusta —afirmó, en un susurro tan bajo que me costó entenderla—. Creo que empiezo a entender por qué tus cuadros están tan llenos de magia. Donde los demás solo ven un paisaje sin potencial y sin nada destacable, tú ves un mundo lleno de posibilidades.
—Tú también lo hacías, solo que de otra forma. Convertías personas, situaciones y paisajes en escenas para tus historias.
Apartó la mirada y la clavó en el lago.
—Hace tanto tiempo que no escribo que se me ha olvidado cómo hacer eso.
Me quedé tan boquiabierto que me costó un par de segundos obligarme a juntar los labios.
—¿Ya no escribes?
—No.
—¿Por qué?
Pensé que cambiaría de tema o fingiría no haberme escuchado. Pero una vez más, me demostró que, si se lo proponía, podía llegar a ser de lo más impredecible.