XXIV, Eleonor #2
—No pareces preocupado.
—Naomi me está ayudando bastante —se justificó de inmediato, tan alterado que las palabras se pisotearon las unas a las otras—. Me hace ver cosas que, de otro modo, no podría ni siquiera atisbar. Si no fuese por ella, no habría llegado al punto en el que estoy.
Jugueteé con mi labio inferior y bajé la mirada hasta el plato, sin entender la punzada que me retorció el corazón y que me arrancó de los pulmones el poco aire que había conseguido reunir.
No tenía sentido; pese a haberme pasado gran parte de mi vida escribiendo, nunca había sido tan artística como ellos. Era incapaz de transformar un lienzo en blanco en una explosión de colores que tuviese un mínimo de armonía.
Y aun así… Aun así, durante esos segundos en los que me quedé sin aliento por el dolor que me retorcía el pecho, deseé poder hacerlo.
Poder convertir líneas aleatorias en figuras, siluetas y personas.
Poder exudar tanta creatividad como Kylian con un simple movimiento de muñeca.
Poder entender por qué sus cuadros favoritos eran los de Monet y por qué, en cambio, no le gustaban ni un poco los pintores expresionistas.
Empujé el nudo que me constreñía las cuerdas vocales y respondí:
—Me… Me encantaría poder verlos.
Escuché cómo tomaba aire para contestar, pero no le dio tiempo a pronunciarlo en voz alta, porque en ese mismo instante oímos algo a nuestras espaldas.
—¿Qué hacéis aquí, a estas horas de…? —Lalia, que había comenzado a vociferar para llamar nuestra atención, se detuvo en seco al ver el rostro hinchado de Kylian—. ¿Qué demonios te ha pasado en la cara?
Teniendo en cuenta que se había marchado junto a Kendra mucho antes de que la pelea comenzase, no me sorprendía su reacción. Tampoco que atravesase el jardín en un par de zancadas para analizar todas sus heridas.
—Pregúntaselo a tu hermana —explicó con tono amargo—. Se ha puesto como un basilisco cuando se ha dado cuenta de que le he echado azúcar a su café y… Bueno, supongo que el resto es historia.
Le propiné una patada por debajo de la mesa al ver la tristeza anegar los ojos de Lalia. Daba igual que él pareciese tomárselo en broma y que hubiera decidido mofarse de la situación; parecía tan afectada como lo había estado yo antes de limpiarle la sangre, con las manos y la barbilla temblorosas.
—Kendra me lo ha contado todo esta mañana —susurró con pesar, agachando la cabeza para evitar nuestras miradas—. Yo… De haber sabido que mis palabras causarían todo esto, no habría bebido tanto. Lo siento mucho. De verdad que no era mi intención y…
—No es tu culpa —la interrumpió y cuando ella alzó el mentón, con una ceja enarcada, añadió—: A ver, dijiste cosas que quizás podrías haberte ahorrado y te pasaste demasiado con el alcohol.
Pero a lo que me refiero es a que esto —matizó señalándose el rostro— no es culpa tuya.
No fuiste tú quien me puso las manos encima.
Aquel argumento no pareció convencerla.
—Puedo hablar con él y pedirle disculpas.
Él negó con la cabeza.
—No creo que sea necesario. Acabará dándose cuenta de que lo que hizo estuvo mal.
O eso espero. —Me percaté de que, aunque tenía una sonrisa diminuta tatuada en los labios, sus pupilas rebosaban tristeza—.
Ha sobrado un gofre porque he hecho masa de sobra, por si quieres desayunar con nosotros. Está en la nevera.
En cuanto Lalia desapareció en el interior de la casa, arrastrando los pies y murmurando cosas por lo bajo que no pude entender, ladeé la cabeza en dirección a Kylian y me lo quedé mirando, analizándole de arriba abajo.
—¿En serio no estás enfadado con ella, o simplemente has fingido para que no se sintiese peor?
Se limpió la boca antes de responder.
—Un poco de ambas. Lo que he dicho es la verdad.
Por muchas cosas que se le escaparan en contra de su voluntad, no era excusa para comportarse como lo hizo Kavan.
Aun así, si se hubiese callado, las cosas ahora serían distintas.
—Sonrió un poco para sí mismo—. Por ejemplo, no me habrías babeado el brazo por la noche ni estarías comiendo ahora los mejores gofres que has probado en tu vida.
Puse los ojos en blanco y bufé.
—Te has pasado con el azúcar.
—Los mejores gofres que has probado en tu vida, he dicho —repitió con rimbombancia.
Solté una carcajada sonora antes de estirar la mano y pasarle los dedos por los labios, para quitarle el chocolate que la servilleta no había conseguido barrer.
Lo hice sin pensar, con tanta confianza y decisión que solo me percaté de aquel ademán cuando me tomó de la muñeca con suavidad para evitar que me apartase.
Se me aceleró el pulso al ver, de nuevo, la intensidad que refulgía tras sus pupilas, ahora dilatadas.
—¿Qué? —casi tartamudeé.
Por norma general, el silencio era mi mejor amigo, pero no en aquel momento. No, cuando quería saber en qué estaba pensando y qué se le pasaba por la mente cuando me estudiaba de esa manera.
—¿Tienes planes esta tarde?
—¿Con el tiempo tan raro que hace hoy? —Moví la cabeza de izquierda a derecha—. Seguramente me quede en casa, leyendo. ¿Por qué?
Se aclaró la voz y esbozó una sonrisa que no supe interpretar.
—Quiero llevarte a un sitio. —Alcé las cejas, sorprendida—. No voy a decirte a dónde, peeero … Tráete la cámara. Sigues teniéndola, ¿no?
Asentí, cada vez más confusa.
—Sí, aunque hace mucho que no la uso.
—Perfecto.
Le puso un poco más de chocolate a sus gofres, sin inmutarse ante mi desesperación por saber más cosas. Necesitaba detalles, conocer el motivo por el que quería que desempolvase la cámara de mi padre.
—¿De verdad no me darás ni una sola pista? —me quejé tras unos segundos de espera que se me antojaron eternos—. Sabes lo mucho que odio quedarme con la incertidumbre.
—Sí, ¿y?
Gruñí.
—Kylian…
—Ni hablar.
Hundí el dedo en el chocolate que se había derramado por los bordes de mi plato y se lo pasé por la frente a modo de venganza.