XXIV, Eleonor
L o que más me sorprendió al abrir los ojos fue estirar la mano y descubrir que Kylian no estaba tumbado a mi lado.
De hecho, el único indicio que quedaba de que habíamos pasado la noche juntos era el colchón ligeramente hundido y el olor de su piel, que flotaba en el ambiente y que se me había quedado pegado a la ropa.
Con el ceño fruncido, tomé el teléfono de la mesita de noche y lo desbloqueé, ahogando un grito al descubrir que eran las diez y cincuenta y siete.
Independientemente de que pusiera alarma o no, siempre me despertaba a las ocho en punto. Además, teniendo en cuanto lo mucho que me costaba dormir de seguido, era un hito no haberme enterado de que Kylian se había marchado.
Después de subir las persianas y abrir la ventana para que entrara algo de fresco, me acerqué a la habitación de mi hermana. Ella tampoco estaba allí.
Acababa de llegar a la puerta de la cocina, con los ojos casi cerrados por culpa del sueño, cuando me choqué contra algo. Un grito entrecortado se me escapó de la garganta al mismo tiempo que daba un salto hacia atrás, asustada.
—Empezaba a preguntarme si debía preocuparme por que no te hubieras despertado aún —pronunció Kylian, con una mueca de diversión dibujada en la boca—. Llegas a tiempo. Justo iba a subir para avisarte de que había terminado de hacer el desayuno.
No supe bien si el cosquilleo que se instaló en mi estómago fue por sentir sus manos afianzándose en mis antebrazos, para evitar que me tropezara, o por lo aterciopelada que sonaba su voz a esas horas.
Pestañeé un par de veces y tomé una amplia bocanada de aire, en un intento pobre de estabilizarme el pulso.
Una risotada amenazó con brotarme de los labios al percatarme de que se había puesto uno de los delantales de mi hermana.
No solo era demasiado pomposo y estaba lleno de volantes aquí y allá, sino que, además, le quedaba tan apretado en la zona del torso que las costuras parecían estar a punto de ceder.
—Pensaba que te habrías ido ya a casa.
—¿Sin decir nada? ¿Después de lo que hiciste ayer por mí? —Negó con la cabeza antes de que pudiera quitarle hierro al asunto—. Te debo una bien grande por lo de anoche.
Me puse de puntillas y eché un vistazo rápido por encima de su hombro, comprobando que no había mentido y que, sobre la encimera, había dos platos repletos de gofres, un vaso lleno de zumo de naranja y una taza humeante de café que imaginé que debía de ser para mí.
—¿Has hecho todo esto para agradecérmelo?
Se mordió el interior de la mejilla y asintió.
—Por eso y porque me apetecía pasar la mañana contigo —admitió, en voz tan queda que tuve que aguzar el oído para entenderle—. Quería aprovechar esta oportunidad, antes de que todo regrese a la normalidad.
Pese a que habló con total convicción, como si aquello no le afectara en absoluto, había una vulnerabilidad subyacente en sus palabras que me achicó el corazón.
No solo parecía tener miedo de que le tratase con la misma frialdad a la que le había acostumbrado; también de que lo de la noche anterior no hubiese sido más que un espejismo.
Una tregua parcial antes de regresar al punto de inicio en el que llevábamos desde principios de julio, cuando era incapaz de mirarle a los ojos sin echarme a temblar por la rabia y el rencor.
Y yo no quería nada de eso.
No quería que tiritase cada vez que yo separaba los labios.
No quería que tuviera que controlar lo que se le escapaba de la boca por miedo a mi reacción.
No quería que fuese capaz de explicarse y sincerarse únicamente por carta.
No quería que sintiera que mis barreras eran tan inexpugnables que no tenía ninguna oportunidad de sobrepasarlas.
Porque si había alguien en el mundo capaz de destrozar todos los ladrillos de los que estaban compuestas, sin apenas inmutarse, ese era él.
Solo él.
—Aunque hay una pega a todo esto —reproché con falsa seriedad mientras me acercaba a la nevera y rebuscaba dentro de ella—. Se te ha olvidado el sirope. Eso sí que es un verdadero sacrilegio. Más aún que todas las patadas que me has dado esta noche.
Soltó una carcajada antes de llevarse los dedos al labio inferior y componer una mueca de dolor al darse cuenta de que se le había vuelto a abrir la herida. Sin pensármelo dos veces, le ofrecí una servilleta para que no tuviera que usar el dobladillo de su camiseta.
—Puede que te haya dado alguna que otra patada —corroboró tras asegurarse de que ya no le sangraba. Acto seguido, agarró los dos platos y me indicó con la barbilla que hiciera lo propio con los vasos—, pero tú me has babeado todo el brazo y no te he dicho nada.
Me quedé estática.
—No te he babeado el brazo.
—Oh, sí, claro que lo has hecho. —Me lanzó una mirada brillante antes de echar a andar hacia el patio trasero—. He inmortalizado el momento y todo, para tener pruebas.
Bufé y, nada más dejar la comida sobre la mesa, me giré hacia él para ayudarle a deshacerse del nudo del delantal. Sus ojos centellearon cuando le pedí que se diera la vuelta, pero no dijo nada.
—Algo me dice que me estás tomando el pelo solo para sacarme de quicio y que, en realidad, no ha pasado nada de eso.
Las comisuras de sus labios se alzaron con malicia.
—Atrapado. —Se sentó en una de las ocho sillas y me pidió con la mirada que me colocara enfrente de él—.
Pero sí que te has acurrucado contra mi pecho.
Había olvidado lo cariñosa que te pones cuando estás dormida y lo mucho que te sube la temperatura corporal por las noches. Casi me muero de un sofoco.
El calor me me raspó las mejillas con tanta insistencia que me pregunté si se habría percatado de ello. Por la manera en la que me observó con tanta atención, intuí que sí y maldije por lo bajo.
En lugar de tomar asiento donde me había indicado, me situé justo a su derecha. Como en los viejos tiempos, cuando nos sentábamos juntos y nos pasábamos largos minutos propinándonos patadas hasta que alguno de los dos se daba por vencido.
—Si tanto te preocupaba salir ardiendo, podrías haber dormido en el suelo —rezongué al mismo tiempo que estiraba el brazo y tomaba el sirope.
Antes de que pudiera pestañear, me lo arrebató de las manos y pasó por alto la mirada envenenada que le lancé.
—¿Y haberme despertado con la espalda molida? —contestó sin inmutarse—. No, gracias. Bastante tengo con el hecho de que apenas veo por el ojo izquierdo. No quieras añadirme más desgracias.
En lugar de servirse a sí mismo, abrió la tapa y dibujó a mano alzada, sobre uno de mis gofres, una carita sonriente que se expandió hasta casi desaparecer.
No me di cuenta de que yo también estaba sonriendo hasta que no me señaló con un dedo.
—¿Qué? —inquirí, con el pulso retumbándome en los oídos.
—Había olvidado lo fácil que es hacerte sonreír.
—Creo que eres la única persona que piensa eso —barboteé en el instante en el que me devolvió el plato y lo colocó justo delante de mí.
Se encogió de hombros y le dio un sorbo a su zumo, relamiéndose los labios después de hacerlo.
—Quizá es porque soy de las pocas personas que se han molestado en ver más allá de tu fachada —declaró como si esas palabras no significaran nada aun cuando lo significaban todo. Absolutamente todo—. Para mí siempre ha sido fácil entenderte, incluso a pesar de lo diferentes que somos.
Aguanté la respiración, sintiendo cómo el oxígeno pugnaba por abrirse hueco a través de todo mi cuerpo, cuando dejó el chocolate sobre la mesa y, en un movimiento rápido que no vi venir, me acarició la cicatriz que tenía en el hombro. Esa que teníamos a juego.
Nos pasamos años bromeando con que había sido algo intencional, una forma de sellar nuestra amistad y asegurarnos de que esta duraría para siempre.
Solo nosotros sabíamos que el motivo real era por un accidente estúpido que sufrimos al volver a casa a las cinco de la mañana, después de pasarnos toda la noche viendo las estrellas en lo alto del faro.
Una farola cuya luz titilaba, el cansancio que arrastrábamos por no haber dormido en veinticuatro horas y una cuesta empinada que nos hizo perder el control de nuestras bicicletas; el cóctel perfecto para acabar enredados en unos arbustos que, si bien amortiguaron la caída, también se nos clavaron en todas partes.
De vez en cuando, solía dejar que Kylian pintase encima de ella.
No solo porque me gustase sentir su aliento en el cuello y la suavidad de los pinceles contra la curvatura de mi hombro, sino porque había algo intrigante e hipnótico en la manera en que su rostro se convertía en una máscara de concentración.
Bloqueada por los recuerdos y por la nostalgia que se me instaló en la base del estómago, no me aparté ni dije nada. En su lugar, me limité a girar la cabeza en su dirección y observarle con curiosidad, guardándome todas aquellas preguntas que no sabía si alguna vez sería capaz de exteriorizar.
Perdí la cuenta del tiempo que nos quedamos así, mirándonos el uno al otro con fijeza, con miedo, con una tensión más que obvia y palpable que me erizó todos los pelos de la nuca y que me impidió apartar la vista.
De hecho, si no hubiese sido porque me quedé anonadada por aquella caricia inesperada, yo también habría buscado su cicatriz. Sabía perfectamente dónde la tenía: pocos centímetros por debajo de la clavícula, justo encima del corazón.
—¿Qué tal…? —me obligué a pronunciar, notando un vacío cuando apartó la mano y la brisa matutina sustituyó el calor de sus dedos—. ¿Qué tal llevas el porfolio del que nos hablaste?
Para mi sorpresa, cuadró los hombros y se sentó con la espalda recta.
—Bien. —Se metió un trozo de gofre en la boca y tosió al atragantarse con él—. Me quedan un par de cuadros, pero creo… Creo que lo tengo todo controlado. Me gusta trabajar bajo presión, ya lo sabes. Lo más probable es que los termine en el último minuto.
Asentí, sin entender por qué parecía tan tenso e incómodo. ¿Quizás era porque no se esperaba que mostrase interés por sus cosas? ¿Por el cambio de tema tan repentino? ¿Por el momento tan íntimo y personal que acabábamos de protagonizar?