El idioma de los girasoles XXIII, Kylian #2
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XXIII, Kylian #2

Naomi era la única que sabía lo que sentía por Eleonor y, siempre que podía, se metía conmigo por eso. Según ella, era adorable verme nervioso cada vez que hablábamos de ella o se acercaba a nosotros en el patio para saludarnos antes de sentarse en cualquier esquina libre para leer.

En más de una ocasión me había dicho que debía dar el primer paso cuanto antes y dejarle las cosas bien claras, pero yo… Yo no lo veía tan fácil. Llevábamos toda la vida juntos; tenía miedo de que una confesión así rompiese nuestra relación.

Además, también estaba Kavan.

Por mucho que nunca hubiésemos hablado de eso, era más que obvio lo que sentía por Eleonor. Solo había que ver el beso que le había dado en la mejilla durante su primer partido, los goles que le dedicó y la manera en la que parecía incapaz de separarse de ella.

¿Me dolía verles tan juntos y que pasase más tiempo con él que conmigo? Sí. ¿Estaba celoso? También. Pero… Era mi hermano y quería que fuese feliz. Así que si eso significa verme obligado a alejarme y tragarme todo lo que sentía, tiraría la toalla y me apartaría.

Y estaba más que seguro de que él, de estar en mi posición, haría lo mismo.

Ese era el motivo por el que no se lo había contado.

Le conocía lo suficiente como para intuir que pensaría antes en mí que en sí mismo.

Así funcionaba nuestra relación; aunque la mayor parte del tiempo estuviésemos discutiendo por cualquier tontería, al final del día los Ajax siempre nos elegíamos los unos a los otros.

—No sé si le gustaría ir —pronuncié tras unos segundos—. Es en París y…

—Pregúntaselo. Solo así lo sabrás.

Asentí.

Acto seguro, nos dimos media vuelta y nos acercamos a donde estaban sentados todos, echando una partida al Monopoly que se había traído Kendra. Por alguna razón que ninguno comprendíamos, sobre todo teniendo en cuenta que era la más pequeña, siempre acababa llegando a las últimas rondas.

Me senté al lado de Eleonor justo en el momento en el que lanzó el dado y cayó en una propiedad de Kavan que acabó con los pocos billetes que le quedaban, declarándose en bancarrota.

—Lo siento mucho, nena, pero el dinero es el dinero —se mofó él, guiñándole el ojo con una confianza que me creó un agujero en el estómago.

—Me caes mal —refunfuñó ella a modo de respuesta.

Agradecí que el sol no tardara mucho en ponerse, ya que pude distraerme con el paisaje durante esos minutos que pasamos recogiendo las cosas. Era agradable ver el oleaje cada vez más embravecido, el faro adoptando un tono amarillento y el sonido de los pájaros surcando el cielo.

Naomi llamó a sus abuelos para preguntarles si podía quedarse a cenar en casa y accedieron casi de inmediato, con la única condición de felicitarme por sí mismos en lugar de a través de su nieta.

No supe cuánto tiempo estuve charlando con los Betancourt, pero sí que duró todo el camino de vuelta a casa.

—Bueno, ahora que me habéis dejado sin amigo en esta última media hora, ¿puedo ayudar a poner la mesa tranquila? —se quejó mi amiga, arrebatándome el móvil de las manos para llevárselo a la oreja—. Sí, Nana, no comeré nada de azúcar ni beberé ningún refresco, lo prometo.

Vi por el rabillo del ojo cómo Eleonor, que cargaba dos botellas de Coca Cola de dos litros, se mordía los labios con fuerza para controlar la carcajada que amenazaba con brotarle de la garganta.

Antes de que pudiese acercarme, Kavan se adelantó y le dio un golpecito con la cadera, desconcertándola y haciendo que bajase la guardia para quitarle las bebidas de los brazos.

—Podía con ellas.

—Lo sé.

—Deberías actuar antes de que sea demasiado tarde —susurró Naomi en mi oreja.

No entendía que le dejase vía libre a mi hermano. De hecho, según ella, todo aquello del amor fraternal y el sacrificio era una tontería de la que me arrepentiría en el futuro. Y sí, quizás tenía razón. Pero ella no lo entendía; era hija única.

Además, era una competencia desleal e inclinada a su favor, ya que por aquel entonces Eleonor me veía solo como un hermano al que proteger. Y, por si fuera poco, Kavan estaba en plena adolescencia y había comenzado a desarrollarse a toda velocidad; no podía, ni quería, luchar contra ello.

La cena pasó tan rápido que, para cuando me di cuenta, ya eran casi las once de la noche. Eso solo significaba una cosa: la hora de descubrir qué me habían regalado estaba más cerca que lejos.

Lo único malo fue que justo cuando el reloj marcó las diez, los abuelos de Naomi se acercaron para recogerla.

Intentamos convencerles de que la dejasen dormir con nosotros, pues habíamos planeado hacer una maratón de películas románticas cutres —aprovechando que era San Valentín— hasta que cayésemos rendidos. No sirvió de nada.

—¿Cuál quieres abrir primero? —me preguntó papá después de bajar todos los objetos de mi habitación y colocarlos encima de la mesa en torno a la que nos habíamos sentado, formando un círculo gigantesco.

El de Eleonor, no tenía ninguna duda.

—¿De más pequeño a más grande? —propuse, intentando disimular mi interés. No debieron de darse cuenta, porque ninguno dijo nada—. Para que mamá no se queje de que soy demasiado impaciente.

La risotada dulce que soltó me calentó tanto el estómago que sentí que estaba a punto de quemarme desde dentro a fuera.

Adoraba hacerla reír, sobre todo porque me recordaba a la teoría disparatada que teníamos cuando éramos pequeños de que era un hada infiltrada que estaba en nuestras vidas para vigilar que no nos portábamos mal.

Desenvolví el papel con mucho cuidado y una paciencia que, en el fondo, no sentía. Fruncí el ceño al ver, encajado entre un montón de papel de burbujas, un USB de color amarillo. Justo debajo había una nota que parecía escrita a mano.

—Léela —me animó Eleonor. Parecía tan nerviosa como yo, quizás por el miedo a decepcionarme—. Te juro que no es tan cutre como parece.

—«Conociéndote, seguramente no estés entendiendo nada —recité en voz alta y todos se carcajearon—, pero lo importante no es el pendrive , sino lo que hay dentro. Espero que te guste. Con mucho amor, Leo».

—Míralo luego. Cuando estés a solas —remarcó con las mejillas sonrosadas.

No tardé mucho en descubrir el misterio, porque después de abrir todos los regalos —mis primeros óleos, de parte de mis padres; un delantal y más material de pintura, de los Riviere; y una taza personalizada por mis hermanos, en la que aparecía una foto de todos nosotros—, subí corriendo a mi cuarto.

Con las manos temblorosas por la emoción, encendí el portátil y encajé el objeto en la ranura. Cuando las carpetas aparecieron en la pantalla, todo cobró sentido.

Eran capítulos del libro que había escrito ella, los mismos que me había prometido hacía meses.