XXIII, Kylian
U na de las cosas que más me gustaba de celebrar los cumpleaños en familia no era que me cantasen a pleno pulmón o me regalaran lo que había añadido a mi lista de deseos esos doce meses, sino que subieran a mi cuarto con una vela clavada en una magdalena rancia y una sonrisa de oreja a oreja.
Siempre había tenido muy mal despertar y odiaba cuando me levantaban antes de tiempo; sin embargo, aquella tradición de felicitar al cumpleañero justo a la hora a la que había nacido me resultaba graciosa y soportable.
El único problema era que, al haber nacido a las cuatro y cuarto de la mañana, me veía obligado a abrir los ojos y escuchar cómo berreaban la dichosa melodía del «cumpleaños feliz» mucho antes de que el sol saliera.
—¡Felicidades, Kylian! —corearon todos al unísono.
Eleonor se sentó en el borde de mi cama y me revolvió el pelo. Solo cuando le aparté la mano con un chasquido de lengua, me ofreció su regalo.
De no ser por otra de las normas que se habían establecido para aquella costumbre, la cual dictaminaba que los obsequios solo se podían desenvolver antes de la medianoche, lo habría abierto en ese mismo instante.
Según mamá, era para que disfrutásemos de nuestro día por lo especial que era, no por el valor de lo que recibíamos.
—Feliz cumpleaños, renacuajo —se burló Kavan, sacándome la lengua mientras dejaba el suyo sobre mi regazo—. Un año menos para los dieciocho. Solo quedan seis.
—Lo hemos comprado entre los dos —se apresuró a pronunciar Kendra—. Espero que te guste mucho.
—Querrás decir que yo lo he comprado —matizó mi hermano, ignorando la mirada envenenada que le lanzó—. He sido quien ha puesto todo el dinero.
Mamá separó los labios para pedirles que se tranquilizasen, pero Kendra se adelantó y soltó:
—Si no lo hubiese escogido yo, le habrías regalado una figurita de esos jugadores de fútbol que tanto te gustan. —Tomó una amplia bocanada de aire, hasta llenarse las mejillas, e hizo un puchero—. Jugadores tan tontos como tú.
Lo siguiente que se escuchó fueron las risas de Eleonor y Lalia. Esta última entrelazó los dedos con los de mi hermana, que esbozó una sonrisa triunfal después dar aquella conversación por terminada.
Cuanto todos acabaron de felicitarme y de dejar los regalos sobre la cama, papá los tomó con sumo cuidado y los colocó encima del escritorio, apilándolos desde el más grande al más pequeño.
En ese mismo momento me di cuenta de que el de Eleonor era el más diminuto.
Una cajita amarilla tan enana que me entraba a la perfección en la palma de la mano.
Solo entonces, mamá dio una palmada fuerte y le indicó a los demás que ya podían marcharse.
Eleonor, que había sido la única que no se había despedido, se giró hacia mí con una sonrisa fugaz que hizo que el corazón me diese un vuelco violento.
—Déjame adivinar. Quieres que veamos una película.
Al contrario que yo, tenía un sueño muy ligero y le costaba muchísimo quedarse dormida una vez despierta. Por eso mismo, acababa convenciéndome en cada cumpleaños para que la dejara quedarse conmigo.
Daba igual que fuesen las cuatro y media de la mañana y quedaran solo tres horas para descansar antes de prepararnos para las clases; Eleonor prefería mil veces perder el tiempo que dar vueltas en la cama hasta sucumbir al cansancio.
Y aunque a mí lo último que me apetecía era esforzarme en seguir el hilo de una historia, fuese la que fuese, acababa accediendo en cada maldita ocasión.
Solo por ella, porque quería verla feliz.
Asintió y me miró con una sonrisita diminuta.
— High School Musical .
—No —me negué de inmediato—. ¡La vimos en Navidad!
Agradecí que apenas podía distinguirla en la oscuridad, porque incluso sin verla sabía que había arrugado la nariz y entrecerrado los ojos con suspicacia.
—¿Y? Nunca es suficiente —protestó con un chasquido de lengua—. Va, Kiki, no seas malo. Es nuestra tradición, no puedes decir que no.
Resoplé.
—¿Eres consciente de que es mi cumpleaños y que soy yo quien tiene prioridad?
Sin pedirme permiso, tomó el portátil de mi escritorio.
Mientras lo encendía, me incorporé para dejarle un hueco más que generoso a mi izquierda.
Aunque el espacio era muy limitado, ya que era una cama individual que a veces me resultaba demasiado pequeña incluso a mí, estábamos tan acostumbrados a compartir momentos así que encontramos la posición perfecta en cuestión de segundos.
Después de forcejear durante cinco minutos con las sábanas, puesto que Eleonor tenía la manía de tirar de los extremos sin importarle dejarme con una pierna a la intemperie, cedí y puse la película que tanto adoraba. A cambio, me llevé una sonrisa infantil de su parte que me alteró el pulso.
—¿Cómo se puede ser tan guapo? —suspiró cuando su personaje favorito, Chad Danforth, apareció por primera vez. Al ver que no respondía de inmediato, me dio un codazo suave—. ¿Te estás quedando dormido? ¡Si acaba de empezar!
Traté de sonar lo menos adormecido posible.
—No sé de qué hablas.
Pausó la escena y giró la cabeza, observándome con curiosidad.
Supuse, por la forma en que enarcó una ceja, que no se había tragado mi mentira.
—Duérmete. No quiero que estés de mal humor todo el día solo por haberte quedado despierto en contra de tu voluntad.
Me llevé una mano al pecho, con un dramatismo tan exagerado que soltó una carcajada por lo bajo.
—¿Y permitir que cantes sola What I’ve Been Looking For ? —pregunté como si el hecho de sugerirlo fuera un sacrilegio—. ¿O perderme cómo destrozas Breaking Free ? Ni loco.
Oculté que aquellas no eran las únicas razones por las que quería quedarme despierto.
Últimamente no pasábamos tanto tiempo juntos, así que quería aprovechar cualquier instante, por ínfimo que fuese.
Además, adoraba verla así de feliz y escuchar sus comentarios en ciertas escenas, como la de la audición desastrosa de ciertos alumnos o cuando el protagonista trata de sortear a su mejor amigo por las instalaciones del instituto.
No sabría decir cuándo me había dado cuenta de que mis sentimientos y la manera en que se me aceleraba el corazón cuando estábamos juntos iban más allá de una amistad.
Quizás empezó con aquella nevada, en la que me resbalé y me prestó su bufanda para que no me resfriase. Quizás empezó cuando me regaló aquel collar que iba a juego con el suyo y que no me había quitado desde entonces.
O quizás empezó cuando comencé a dibujarla.
Lo único que tenía bien claro era que Eleonor se había colado en mi cabeza con la misma intensidad que un poema que te robaba el corazón, que una canción pegadiza que no se te iba en días, que una serie que te enganchaba hasta el punto en el que no podías dejar de ver más y más capítulos hasta terminarla.
Me quedé sin respiración cuando se pegó a mi cuerpo y me rodeó con los brazos para mantenerme bien pegado a ella.
—Espero que nunca se acabe esta tradición —murmuró antes de bostezar y rozarme el cuello con la punta de la nariz—. Ver películas contigo es divertido, Kiki.
Para cuando conseguí calmar el ritmo de mis pulsaciones, Eleonor se había quedado dormida, tan cerca que me pregunté si podría escuchar el latido frenético de mi corazón.
Aprovechando que no hacía tanto frío pese a estar a mediados de febrero, los Riviere propusieron hacer una merienda en el rincón de la playa al que íbamos cuando queríamos más privacidad.
Se encontraba al final del paseo marítimo, cerca del faro, y uno de los motivos por los que tanto me gustaba era por el silencio que abundaba allí.
—¿En qué piensas? —se interesó Naomi tras acercarse a donde estaba, remojándome los pies tras ignorar las advertencias de mi hermano de que el agua estaba demasiado fría y que acabaría por enfermarme.
Tampoco era que me importase. Para mí, estar en la orilla y ver cómo el sol comenzaba a esconderse en el horizonte era razón más que suficiente para aguantar aquello.
Además, tras haberme pasado todo el día recibiendo felicitaciones de amigos, profesores o meros compañeros de clase, necesitaba un poco de tiempo a solas. Conmigo y con mis pensamientos.
Naomi, como era de esperar, no se dio por aludida.
—En nada. —No era mentira; solo estaba centrado en lo mucho que me dolían los dedos de los pies por la temperatura del mar, gélida en comparación con los rayos de sol que me acariciaban la cara—. ¿Por qué? ¿Te vas ya?
—¿Me estás echando?
La miré de reojo. Se notaba que había sido su abuela quien había elegido su ropa, porque llevaba un vestido rosa y pomposo que parecía sacado del armario de Lalia.
—Podría ser —bromeé, con los suficientes reflejos como para esquivar el codazo que intentó propinarme en las costillas.
Suspiró con pesadez al mismo tiempo que se agachaba para quitarse los calcetines y meterlos en los mocasines. Tembló en cuanto sintió la arena húmeda bajo la planta de los pies.
—Solo quería darte mi regalo. He intentado tener paciencia y aguantar lo máximo posible, pero sabes que eso no va conmigo. —Metió una de las manos en los bolsillos de la falda voluminosa y sacó una caja rectangular—. Va, ábrela. Necesito ver tu reacción en persona.
Como la costumbre no la involucraba a ella, acaricié el objeto y sonreí para mí mismo al notar el terciopelo.
Se me secó la boca tanto que parecía que no había bebido agua en una eternidad. Eran dos entradas para la exposición de uno de mis artistas favoritos, esas que había intentado conseguir antes de darme por vencido.
Me lancé a sus brazos y la apreté con tanta fuerza que incluso yo me quedé sin aliento.
—Es… ¡Es increíble, Nao! Muchísimas gracias —grité sin poder evitarlo—. No sé qué decir. Me has dejado sin palabras.
Me dio una patada en la espinilla para deshacerse de mí.
—Eso es bueno, porque no te callas ni debajo del agua. Son dos —repitió—, porque pensé que te haría ilusión ir con ya sabes quién.