El idioma de los girasoles XXII, Kylian #2
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XXII, Kylian #2

—Me pasé meses, años , intentando hablar con ella.

¿Y ahora me dices que es porque la cagaste tanto que ni siquiera quiso saber nada de mí?

—bramó, como si la muchacha no estuviera presente.

Tras darse cuenta de que ni siquiera aquella pregunta me llevaba a actuar y ponerle fin a toda esa escena, añadió—: ¿Por qué ni siquiera te defiendes?

Te enseñé cómo hacerlo. Sabes cómo esquivar los golpes y cómo devolverlos.

¿Por qué no te mueves? ¿Por qué te quedas quieto?

Eleonor consiguió agarrarle del brazo justo cuando volvió a echarlo hacia atrás para darme el golpe de gracia.

—Creo que es suficiente.

Apoyé la cabeza sobre el suelo, agotado, justo cuando le empujó hacia un lado. Y aunque no sirvió para más que desestabilizarle, aproveché para apartarme de debajo de él y escupir la sangre que me había llenado la boca.

—No te metas, Riviere —rugió con una molestia más que evidente.

Nunca le había visto así; tan desquiciado, tan ofendido, tan turbado.

Eleonor, por otro lado, no pareció siquiera inmutarse.

—¿Que no me meta? Primero de todo, no eres quién para decirme lo que tengo o no tengo que hacer —gruñó a modo de respuesta, cruzando los brazos sobre el pecho—.

Segundo, ¿en serio pretendes que me quede quieta mientras montas todo este espectáculo innecesario?

Tercero, ¿desde cuándo disfrutas pegando a tus hermanos?

¿Desde cuándo te desfogas de esta manera?

Kavan alzó las manos, intentando serenarla.

—Riviere, por el amor de…

—No he terminado —advirtió, tan seria que incluso yo temblé—. ¿No te has planteado que quizás este es el motivo por el que Kylian no te dijo nunca nada sobre el tema? ¿Por miedo a que actuases como un cavernícola de mierda y le dieses la paliza de su vida?

Había perdido la cuenta de todas las veces que Eleonor me había hablado, en el último mes, con frialdad e indiferencia; no obstante, nunca lo había hecho de esa manera tan… impersonal. Como si no fuera más que un desconocido a sus ojos. Como si no me reconociese.

Supuse que por eso Kavan no dijo nada, porque nunca habíamos presenciado algo de ese calibre.

Acababa de ponerme en pie cuando entrelazó sus dedos con los míos y tiró de mí en dirección a su casa, dejando atrás a mi hermano sin molestarse en gastar más saliva con él.

Dejé que me guiase, en silencio, por los pasillos de aquella casa que seguía sabiéndome de memoria.

Incluso su cuarto, que se parecía mucho a como era en el pasado —a excepción de las paredes, que antes estaban pintadas de blanco y ahora tenían un tono azul pálido que me erizó la piel—, continuaba pareciéndome igual de acogedor.

—Siéntate en mi cama y quédate aquí —me pidió en un susurro, con la voz tan débil que pensé que se le rompería en el último segundo. No fue así—. Voy a por el botiquín de emergencia que tiene mi padre en el baño de abajo.

Tardó poco más que dos minutos en regresar y empezar a limpiarme los rasguños que tenía en los brazos por haber impactado contra la gravilla. Con delicadeza y manos temblorosas, hizo lo mismo con la sangre que me recorría el labio inferior y las aletas de la nariz.

Después de secar todas las zonas húmedas con una toalla, se encorvó y me obligó a ladear la cabeza para ver mejor la gravedad del asunto. Supe que no tenía buen aspecto por el suspiro derrotado que le brotó de los labios.

Justo cuando pensé que me indicaría que ya podía marcharme, me tomó de la barbilla y la levantó hasta que nuestras miradas chocaron. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal al fijarme en lo afectada que parecía y en las lágrimas que le empañaban la vista.

—¿Estás bien?

Arrugué la frente.

—¿No estás enfadada conmigo?

—¿Por qué debería estarlo? —Una lágrima rauda y silenciosa le cayó por las mejillas, pero se la enjugó antes de que yo pudiera estirar el brazo—. Nada de esto es tu culpa.

—No me refiero a eso —negué de inmediato—, sino al hecho de haberte ocultado que llevo años enamorado de ti. Por haberte mentido cada vez que me preguntabas si había alguien en mi corazón o quién era la persona que tanto dibujaba a escondidas.

Aguantó la respiración.

—Ni siquiera sé cómo habría actuado yo de haber estado en tu lugar —acabó concediendo antes de resoplar—. ¿Por qué no te has defendido?

—No lo tengo muy claro —reconocí tras pensarlo muy bien—. Una parte de mí quiso plantarle cara y demostrarle que las cosas no se solucionan así, pero la otra… Era mejor dejar que lo averiguara por sí mismo. Tarde o temprano, habría acabado cansándose.

Sorbió por la nariz y volvió a limpiarse otra lágrima.

—¿Y si no hubiera sido así?

—Entonces estaríamos de camino al hospital en lugar de en tu habitación —me permití bromear.

—¡Deja de sonreír, que se te va a abrir el labio! —me regañó al mismo tiempo que me golpeaba con suavidad en el hombro. Acto seguido, tomó las vendas y me envolvió las dos palmas, asegurándose de que no me cortaban la circulación—. ¿Te molestan?

Negué con la cabeza y tras ver cómo no dejaba de cambiar el peso de una pierna a otra, incómoda por la diferencia de altura al estar yo sentado y ella de pie, estiré una de las manos y la coloqué en la parte baja de su espalda, empujándola contra mi cuerpo hasta que acabó sentada encima de mis piernas.

Tan cerca de mi rostro y de mi cuello que, durante unos segundos que se me antojaron eternos, solo fui consciente de su respiración agitada y del olor a cloro que llevaba impregnado en la piel. De eso y del calor que emanaba de cada uno de sus poros, y que traspasó la tela fina de mi camiseta.

Quemando, calcinando, abrasando y destrozándolo todo a su paso.

—Kylian… —articuló con dificultad, dejando que sus manos actuasen por sí mismas y acariciaran las magulladuras de mi rostro.

—Gracias. Por no haberme dejado solo y por no haber apartado la mirada.

Sus dedos se detuvieron en la comisura de mi boca y sentí el impulso de besarlos.

—Sabes tan bien como yo que no habría sido capaz de actuar con indiferencia.

—Es lo que merezco. Lo que me he ganado.

—No, eso no es verdad. Por muchas cosas que hayas hecho mal en el pasado, no merecías que Kavan pagara sus frustraciones contigo.

—Se mordió el interior de la mejilla, como si estuviera pensándose bien algo—.

Quédate a dormir esta noche. Me da miedo pensar en que tengas que volver a enfrentarte hoy a él.

—No es necesario. No creo que sea capaz de ponerme una mano encima delante de mi hermana.

Me abstuve de decir que tampoco pensé que fuera a pegarme en algún momento de mi vida. No quería hundir el dedo en la herida y preocuparla más.

—Por favor. Quédate. —Tragó con fuerza y volvió a buscar mi mirada—. Aunque sea por mí. Para que me quede tranquila.

Suspiré, sintiéndome cada vez más derrotado.

—Está bien. Pero que conste que me pido el lado izquierdo —me apresuré a aclarar—. Espera. ¿Sigues con esa manía de dar golpes por la noche? Porque creo que ya he recibido demasiados por hoy.

Tomó uno de los cojines que había tirados por el colchón y me dio en la cabeza con él.

—Al menos no ronco.

Sonreí pese a sus indicaciones.

—Yo no ronco.