El idioma de los girasoles XXII, Kylian
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XXII, Kylian

I ntuía que Lalia soltaría algo que me dejaría en evidencia.

Lo que no imaginaba era que, de todas las cosas que podría haber cuestionado, hubiese optado por esa . La más personal. La que llevaba tantos años ocultando a todo el mundo.

—¿Lo que hiciste hace cinco años? —repitió Kavan, con el ceño fruncido. Temblé cuando sus pupilas se clavaron en las mías—. ¿A qué se refiere?

Le eché un vistazo rápido a Eleonor. No porque necesitase que hablara por mí, sino para comprobar que, al contrario que mi hermano, no se estaba poniendo a la defensiva por aquella confesión que se le había escapado a Lalia, diluida en vodka barato y refresco de limón.

Casi suspiré de alivio al encontrarme únicamente con una confusión que me dejó bien claro que ni siquiera ella tenía ni idea de cómo sentirse.

Tampoco la culpaba. No entraba dentro de mis planes que se enterase a través de otra persona. Debería haber sido valiente y soltarlo yo mismo, ateniéndome a las consecuencias de un rechazo más que posible.

Pero, como siempre, no había podido hacerlo. Ni antes ni ahora.

Todo era culpa de las emociones que llevaba experimentando desde que tenía uso de razón; el dolor por no ser suficiente, por no estar a la altura de mi hermano.

La decepción por ser incapaz de darle voz a mis pensamientos cada vez que posaba sus ojos verdes sobre mí.

La incertidumbre por preguntarme qué habría ocurrido si hubiera sido sincero desde un primer momento o si no hubiera desaparecido de la manera en que lo hice.

—Espera un momento —exclamó Lalia al darse cuenta de la situación. Kendra intentó taparle la boca con la mano y detener la verborrea sin sentido que brotaba de sus labios, pero la ignoró y volvió a girarse hacia mí, señalándome con un dedo acusatorio—. ¿No lo saben? ¿No se lo has contado a ninguno?

—¿Contarnos el qué? —insistió Kavan, observándonos a todos con una ira que iba en aumento—. ¿Podéis dejar de perder el tiempo y soltarlo de una puta vez?

La joven tomó una amplia bocanada de aire y sonrió con ironía.

—Kylian… Kylian dejó tirada a Ellie cuando ella…

La interrumpí antes de que pudiera terminar la frase.

—No vamos a hablar de esto aquí.

Era algo demasiado íntimo, algo que no me repercutía solo a mí. Y no iba a permitir que Gerard y Clodette, por muy agradables que hubieran sido con nosotros, estuviesen al tanto de un tema que no les competía.

No me fiaba de nadie en ese pueblo. Ya me había quedado claro, en muchas ocasiones, que allí los rumores no corrían; volaban y levantaban huracanes de fuego con sus alas de plumas negras.

—Creo que deberíamos volver a casa —explicó Eleonor, levantándose para tomar a su hermana del brazo y obligarla a ponerse de pie—. Ya es muy tarde y el alcohol se nos ha ido de las manos.

—Aún es muy pronto —protestó Lalia al mismo tiempo que trastabillaba con las plataformas que se había puesto para la ocasión. Por suerte para ella, Kendra la agarró antes de que se fuera de cabeza al suelo—. Mi dulce y querida Kennie. ¿Qué haría yo sin ti?

La mencionada hizo una mueca al escuchar aquel apodo, pero en lugar de decir algo, le pasó el brazo por la cintura y la pegó a su cuerpo para asegurarse de que mantenía el equilibrio.

—Algo me dice que, en cuanto nos pongamos en marcha, se pondrá a vomitar.

Pese a que habíamos venido en coche y yo me había comprometido a mantenerme sobrio, acabamos dejando el coche justo enfrente de la casa de Gerard; de nada servía ponernos en marcha y llegar a toda prisa a nuestro vecindario si, a mitad de camino, Lalia nos llenaba el coche de tropezones de lo que fuese que hubiera cenado.

No vivíamos demasiado lejos; sin embargo, con todos los parones que nos vimos obligados a hacer para que Lalia dejase de protestar por lo mucho que le dolía la tripa, llegamos casi cuarenta y cinco minutos después.

Para cuando nos detuvimos enfrente del porche de las Riviere, me dolían los hombros por el peso que sentía sobre ellos. Tenía la sensación de que cualquier comentario, por muy mínimo y tonto que fuera, haría estallar toda la tensión acumulada.

Kendra debió de darse cuenta, porque fue la primera en tantear la situación.

—Creo que lo mejor será que duerma en nuestra casa —sugirió después de ayudar a su mejor amiga a sentarse en la acera para recuperar el aliento—. Papá duerme en la habitación de invitados que hay abajo y mi cuarto es el más cercano al baño de la planta de arriba.

Eleonor suspiró mientras se recogía el cabello en una coleta alta.

—¿No os importa?

—Se sentirá peor si vuestros padres se enteran. Además, algo me dice que mañana se arrepentirá de todo lo que ha soltado.

Todos asentimos. Teniendo en cuenta que era la segunda más pequeña del grupo y que, en cierto modo, éramos responsables de su bienestar, nos ahorraríamos muchas explicaciones.

—¿Vais a contármelo, entonces? —inquirió Kavan en cuanto nos quedamos los tres—. Porque llevo todo el camino de vuelta mordiéndome la lengua para controlarme. ¿Es por eso por lo que estáis tan raros el uno con el otro? ¿Porque ocurrió algo grave que os separó?

Carraspeé para aclararme la voz, tan nervioso que el aire se me atascó en la garganta.

—¿De verdad pretendes tener esta conversación a las tres de la mañana?

En un movimiento tan rápido que no preví, me agarró del cuello de la camiseta y me empujó contra su torso. El olor a alcohol que emanaba de su boca, y que trepó por mi nariz, me revolvió el estómago.

—¿Y de verdad tú pretendes seguir actuando como si nada, cuando es evidente que me estáis ocultando algo importante?

No traté de desasirme de su agarre, consciente de que lo único que lograría con eso sería que el ambiente se tornara más incómodo de lo que ya era.

—Está bien. Hablemos —acepté y tomé aire muy poco a poco, liberándolo hasta que en mi interior no quedó más que una pizca de oxígeno—. Estirar el chicle no va a servir de nada.

Eleonor se revolvió en su sitio, incómoda. Apretó los labios en una fina línea y nos miró a ambos, moviendo la cabeza como si estuviéramos en un partido de tenis.

—¿Quién va a responder a mi pregunta?

No la miré.

—Dos meses después de que nos marchásemos, le diagnosticaron un tumor maligno a Eleonor.

Me llamó todas las noches y me mandó miles de mensajes porque tenía miedo de que todo fuera peor de lo que le habían dicho.

Y yo… —Me atraganté con las palabras y me vi obligado a hacer un esfuerzo para empujarlas fuera—.

Me cambié de número de teléfono y desaparecí por completo.

Sin avisarla. Intenté ponerme en contacto con ella más adelante, cuando recapacité, pero era demasiado tiempo y…

Me observó en silencio, como si nunca antes hubiera estado tan decepcionado. Como si estuviera esperando a que sonriera y confesase que era todo una broma.

Pero no lo era.

Era una realidad que estaba intentando revertir.

—¿Por qué? —fue lo único que dijo, interrumpiéndome.

Me pasé la lengua por los labios.

—¿Importan acaso los motivos? —repliqué con cansancio, tragando con fuerza al ver cómo me soltaba y se pasaba las manos por el rostro—.

No me enorgullezco de mi comportamiento y, si pudiera, viajaría en el tiempo y lo borraría todo.

Pero tenía catorce años y no sabía cómo gestionar nada de lo que sucedía a mi alrededor.

Soltó una carcajada cínica que me heló de pies a cabeza.

Y entonces me propinó un puñetazo en la nariz que me hizo ver las estrellas y que me llenó los ojos de lágrimas. No tanto por el golpe como tal, ni por el chasquido que me reverberó en los huesos, sino porque era la primera vez que me ponía las manos encima.

Habíamos tenido muchas discusiones a lo largo de nuestras vidas, algunas más intensas que otras, pero jamás había reaccionado de esa manera tan salvaje.

Y, por mucho que fuera consciente de que había bebido demasiado y que no era plenamente él, aquello no le excusaba.

Intenté recargar el peso del cuerpo sobre Eleonor, que se abalanzó sobre mí para agarrarme y que no me cayese al suelo, pero perdí el equilibrio y aterricé sobre el asfalto.

El pulso me latía tan fuerte en la yema de los dedos que solo me percaté de que me había levantado toda la piel de las palmas al bajar la mirada.

—¿Me estás diciendo que pensaste que lo único que se te ocurrió fue huir e ignorarlo?

—continuó, agarrándome otra vez del cuello de la camiseta para levantarme un par de centímetros.

Escuché cómo el tejido se rasgaba y se daba de sí—.

No… No me lo dijiste. No confiaste en mí.

No me diste la oportunidad de solucionarlo, de darte el apoyo que ni siquiera sabía que necesitabas.

Me pasé la mano por el labio superior al notar la sangre cayéndome por la nariz. Compuse un mohín al notar que se me metía en la boca.

—No eres papá. No tengo por qué darte explicaciones sobre lo que hago.

Vi de reojo cómo Eleonor intentaba meterse entre nosotros, poniendo una mano sobre el hombro de Kavan mientras repetía nuestro apellido una y otra vez. Él, por supuesto, la ignoró y se centró en mí.

El siguiente puñetazo me dio de golpe en la mandíbula, echándome la cabeza hacia un lado.

Más estrellas titilaron sobre mis ojos.

—¡Eres mi hermano pequeño! —me recriminó con acritud—. Habría hecho lo que fuese para comprender tu punto de vista, para entenderte. A ti y a tus comportamientos infantiles e insolentes y…

Bufé.

—¿Y por qué no lo intentas ahora? —Me relamí los labios con impaciencia, sin dejar de mirarle en ningún momento—. Lo único que has hecho, desde que te he dado la respuesta que tanto ansiabas, ha sido ponerte a pegarme como un puto animal. Sin darme lugar a réplica o…

Dejé que me golpeara una tercera vez.

Podría haber hecho algo para evitar cualquiera de los tres estallidos de rabia, pero en el fondo sabía que me lo merecía. Les había fallado, a los dos.

El cuarto manotazo tampoco me tomó desprevenido.

Ni el quinto.