XXXV, Kylian
—¿ P uedes recordarme por qué hemos venido hasta aquí cuando podríamos haber subido a mi cuarto? —repetí al ver cómo Eleonor forcejeaba con el manojo de llaves que tenía en las manos—. Nos habríamos ahorrado mucho tiempo.
—¿Desde cuándo eres tan impaciente?
Ambos sabíamos que era una pregunta tonta. «Paciencia» no era una palabra que entrase dentro de mi vocabulario, y menos aún cuando se entremezclaba con la curiosidad; formaban un cóctel molotov que reducía a cero la poca racionalidad que quedaba en mí.
Me picaban las manos tanto por las ganas de memorizar cada una de sus curvas como por lo mucho que deseaba pintar un cuadro basado en la Eleonor que tenía enfrente. Con el cabello enmarañado pegado al cuello, el vestido ceñido a la figura y ese brillo malicioso en la mirada estaba espectacular.
—Desde que he estado a punto de dejarme llevar y desnudarte en medio de mi jardín —me sinceré—. ¿En qué momento pensaste que era buena idea ponerte ese vestido? Me encanta cómo te queda, pero está empezando a ser una verdadera tortura.
Acababa de cerrar la puerta a mis espaldas cuando tiró de mí hacia la planta de arriba. Al comprender a dónde me conducía, un ramalazo de emoción me sacudió con tanta violencia que creí que acabaría comiéndome el suelo.
—Si hubiera sabido que solo hacía falta algo así para destruir tu cordura, me lo habría planteado mucho antes. —Chasqueó la lengua de forma reiterada—. Hubiese sido divertido ver cómo te las ingeniabas para disimular tus ganas de devorarme con la mirada en cualquier cena.
Que hablase con esa confianza, cuando por norma general solía encogerse si alguien le hacía algún cumplido, me sacó una sonrisa tonta.
—¿Qué te hace creer que, para acabar conmigo, es necesario todo esto?
—rebatí y estiré uno de los brazos para acariciarle la barbilla—.
Porque perdí la cabeza el primer día que volvimos a vernos.
Llevabas una camiseta y unos pantalones básicos y pensé que, si no había sido capaz de olvidarte en esos años, no podría hacerlo nunca.
Boqueó un par de veces, buscando las palabras perfectas para responderme.
—¿Sabes qué es lo primero que pensé yo cuando me tiraste aquel café encima?
—¿En clavarme las uñas en los ojos?
—Aparte —se rio antes de negar con la cabeza—. Sentí algo parecido al Síndrome de Stendhal. Como cuando ves una catedral gigantesca y no sabes cómo ordenar tus sentimientos para centrarte en los elementos que la componen.
Como no tenía la menor idea de qué añadir para estar a la altura, me dejé llevar por los gritos de mi corazón y la besé con la intención de demostrarle que lo que yo sentía no distaba de su explicación.
Debió surtir efecto, porque en cuanto sus labios entraron en contacto con los míos soltó un jadeo extasiado que me reverberó por todo el cuerpo. Dejándome llevar, le eché la cabeza hacia atrás para profundizar ese roce y delinear cada centímetro de su boca con la punta de la lengua.
Me puso una mano en el pecho justo en el instante en el que mis dientes entraron en la ecuación.
—Espera. Antes necesito enseñarte algo.
Lo primero en lo que me fijé, nada más abrir la puerta de su habitación, fue en que había colgado todas las pinturas que le había comprado a Naomi. Y que, con las paredes azules, quedaban increíblemente bien.
Después de pedirme que me sentara en la silla, y en cuanto apareció la pantalla de inicio en el portátil que tomó de su cama, se inclinó hacia mí para darme indicaciones.
Intenté concentrarme en cada una de sus palabras, pero no me resultó fácil.
Cliqueé en el icono que me señaló y, en cuanto se cargó la aplicación, me quedé mudo.
—¿Has…?
—¿Escrito? —terminó por mí, al mismo tiempo que se sentaba sobre mis piernas—. Sí. No es mucho, pero…
—¿Puedo leerlo?
—Claro que sí, idiota. No te lo habría enseñado de no ser así.
Aunque no eran más que cinco párrafos, me quedé varios minutos intentando memorizarlos. No se parecía a nada de lo que me había enseñado en el pasado; eran muchísimo más emocionales, personales y desgarradores.
Y estaban claramente inspirados en mí.
—Eleonor.
No hizo falta nada más para que ladeara la cabeza.
—¿Te acuerdas de cuando te comenté que daba igual lo mucho que me esforzase por escribir, porque no me salían las palabras adecuadas para contar ninguna historia? —Asentí, todavía anonadado—. He llegado a la conclusión de que no es un problema de inspiración, sino de enfoque.
—¿Enfoque?
—No soy la misma que antes y, debido a ello, no puedo pretender narrar lo mismo que cuando tenía quince años. —Volvió a pasarse la lengua por los labios—. Para reconectar con la Eleonor que amaba crear personajes y tejer tramas debo avanzar, no anclarme al pasado.
—¿Eso significa que…?
—No he terminado —se quejó—. Fuiste el empujón que me hacía falta.
Me entregaste esas cartas, te abriste en canal y me contaste todas las cosas que tanto te habían afectado.
Admitiste que llevas años dibujándome con la misma naturalidad con la que alguien admitiría que odia el calor o que le gusta el café.
Ignoré la mirada de advertencia que me lanzó cuando abrí la boca, pues no podía quedarme callado cuando había demasiadas palabras anegándome los pulmones.
—Así que decidiste responder a mis cartas, aunque nunca me las enviases.
En los párrafos que acababa de enseñarme hablaba de sus recuerdos favoritos, de lo que había sufrido por nuestra ausencia y lo mucho que le había dolido mi desaparición repentina.
También de lo que había supuesto para ella que regresáramos y de la incertidumbre por no saber si conseguiríamos arreglar nuestras rencillas.
—Me dejaste bien claro que no querías que te respondiese. Que necesitabas tiempo para soltarlo todo sin que mi opinión contaminara tu percepción de los hechos —me recordó—. Durante los primeros días, fue fácil. Pero a medida que fueron pasando, entendí que yo también tenía mucho que decir.
—Entonces, ¿soy la fuente de inspiración de mi musa? —me permití bromear, intentando disimular lo mucho que me había afectado que hubiera vuelto a escribir debido a mis cartas. Debido a mí.
Traté de memorizar aquella imagen, desde la sorpresa invadiendo sus pupilas hasta la risita tonta que se le escapó. Todo ello pasando por las cosquillas que me hizo su cabello al acariciarme el cuello y la presión de su cuerpo contra el mío.
—Supongo que sí.
Podría haber acortado los tres centímetros que nos separaban y besarla, pero se me adelantó al bajar la mano y tirar de la goma de mis pantalones cortos. Solo sonrió cuando mi pelvis chocó contra la suya.
—Empiezo a pensar que no puedes quitarme las manos de encima —susurré.
—¿Alguna queja?
Me rodeó el cuello con los brazos y comenzó a juguetear con los rizos que se me formaban en la nuca, soltando una carcajada traviesa al ver la desesperación en mi cara.
—Ninguna.
El beso que llegó después no fue delicado por ninguna de las dos partes, pues ella me besó como si se estuviera quedando sin oxígeno y yo fuera el único capaz de proporcionárselo.
Yo, en cambio, bebí de ella como si tuviera las venas llenas del veneno más potente del mundo y eso fuese el antídoto que necesitaba.
La alcé del suelo y le hice un gesto para que me abrazara la cintura con las piernas. Le clavé las uñas en los muslos y me perdí en ella el tiempo que tardamos en llegar a su cama.
Se quejó cuando me levanté y saqué, de la bolsa que había traído conmigo, un par de materiales de pintura que deposité al lado de sus brazos bronceados.
—¿Qué pretendes hacer?
—Para odiar las preguntas tontas, las sueltas demasiado a menudo —me burlé mientras destapaba uno de los rotuladores de punta fina y lo acercaba a su piel—. Pienso marcar todas las cosas que me gustan de ti.
Contuvo la respiración.
—No creo que vaya a quitarse con una sola ducha.
—Entonces tómatelo como un recordatorio del recorrido que habrán hecho mis manos cuando termine.
Al no tener la menor idea de por dónde empezar, opté por la cicatriz de su hombro y maldije al darme cuenta de que la tela del vestido seguía transparentándose.
No sabía cuánto tiempo aguantaría antes de que mis dedos se deshicieran de sus tirantes y echaran por tierra mi poco autocontrol. Ella debió de percatarse, porque sus manos treparon hasta los nudos.
Estiré los brazos para impedírselo al recordar la conversación en la que me confesó lo mucho que le costaba quedarse en bikini, por miedo a lo que pudieran pensar de su cuerpo.
—No tienes por qué hacer esto si no quieres.
—Confío en ti, Kylian. Tan solo te pido que no me tengas pena. No quiero que seas dulce ni lento. Tampoco suave. No voy a romperme.
—Teniendo en cuenta que lo que más deseo ahora mismo es tocarte hasta que me ardan las yemas de los dedos y se me desgasten las huellas dactilares, eso es lo mejor que me podías pedir.
El anhelo que me calentaba la sangre se volvió más acuciante cuando se quitó los tirantes y dejó que le cayeran por los brazos, en una invitación más que clara para que yo mismo le arrancara aquella prenda.
Salivando tanto que pensé que me ahogaría, le pasé las manos por los muslos hasta encontrar el dobladillo del vestido.
No despegué la mirada de ella. No quería perderme ni un detalle de sus expresiones, del cambio en su respiración y del tono arrebolado de su rostro.
Jadeó cuando mis manos rozaron el encaje suave de su ropa interior, calada por algo que sospeché que iba más allá del espectáculo con los aspersores. Intentó morderse el labio y reprimir los siguientes, pero actué en consecuencia y le separé un poco los muslos para rozarla por encima del tejido.
Impaciente, me rodeó la muñeca con la mano y me miró de una manera que me dejó bien claro que, si no se lo quitaba de una maldita vez, acabaría conmigo. Con una sonrisita satisfecha, acaté su orden silenciosa y ella, a cambio, alzó las caderas para facilitármelo todo.
—Como sigas mirándome así en vez de hacer algo, te juro que te echo de aquí a patadas —bufó cuando le subí el vestido, que se le quedó arrugado en la cintura.
Solté una risa burlona.