El idioma de los girasoles XXI, Kavan
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XXI, Kavan

E ra consciente de que ahogar mis penas en alcohol no serviría para más que despertarme con una resaca monumental.

Y, sin embargo, ahí estaba. Rellenando por cuarta vez el vaso de plástico que le había robado a Gerard, uno de los mejores amigos de Lalia y quien había organizado aquella fiesta. Y, por supuesto, asegurándome de que había más Jäggermeister que Coca-cola.

Después de la muerte de mi madre, agosto no era un mes fácil para mí.

Simbolizaba lo que había perdido y sacrificado para llegar a donde estaba; feliz y satisfecho con lo que había conseguido a nivel profesional, pero cansado y quemado con lo que verdaderamente importaba.

Porque vivir no tenía el mismo sentido que antes y había empezado a convertirse en tortura.

Por eso mismo, en cuanto la hermana de Eleonor nos comentó que uno de sus amigos iba a hacer una fiesta entre colegas, nada aparatoso, me apunté sin pensármelo dos veces.

Necesitaba silenciar la frustración que me ardía en el estómago de una manera que no fuese encerrarme en la cancha hasta que me dolieran incluso las huellas dactilares.

—¿Y si jugamos a algo? —sugirió la novia de Gerard. Tenía la cabeza tan embotada que no recordaba bien si se llamaba Cecily, Clodette o Claudia. Quizás ni siquiera fuese alguna de esas tres opciones—. ¿Al Yo nunca , quizás?

Escuché cómo Kendra, sentada justo enfrente de mí, bufaba.

Si hubiese estado lo suficientemente lúcido, habría actuado como el hermano protector que se preocupaba demasiado por ella y le hubiera impedido beber, ya que seguía siendo menor. El problema era que no había ni un ápice de racionalidad en mi sistema que me empujara a quitarle el vodka de la mano.

De hecho, solo había una frase que se repitiera una y otra vez en mi mente: «más alcohol». Y yo, por supuesto, no le llevé la contraria, porque si quería silenciarla también podía conseguirlo de esa manera. Sumiéndolas en lo más profundo de mi interior a base de licor y mezclas asquerosas.

Menos mal que Kendra siempre había demostrado ser la responsable de la familia y eso implicaba que no hubiera probado ni una sola gota de nada que no fuese agua.

—¡Verdad o atrevimiento! —chilló Lalia, que llevaba casi dos horas con las mejillas encendidas y borboteando palabras sin detenerse a pensarlas bien—. Es un clásico.

—Creo que paso —gruñó Eleonor antes de darle un sorbo a lo que se había servido. No sabía lo que era, pero no debía de ser muy fuerte, porque parecía igual de cohibida que de costumbre—. No tenemos quince años.

Su hermana hizo un puchero.

—Venga, Ellie. Es un juego divertido. —Se pasó las manos por el cabello para apartárselo del rostro y la miró con esos ojos de cachorrito que tanto adoraba poner para salirse con la suya—. Prometo que no te obligaré a elegir «atrevimiento». Si quieres decir la verdad todo el rato, no me quejaré.

Volvió a negar con la cabeza y se levantó de la toalla donde se había sentado.

—Iré a tomar un poco de aire. Me uno después.

—¡Sabía que podía confiar en ti!

Aunque era consciente de que estaba empezando a agobiarse, y que lo más probable era que necesitaba tiempo a solas, decidí seguir sus pasos.

Era la oportunidad perfecta para alejarme de las miradas de mis hermanos.

No me gustaba ver la compasión en sus ojos ni esa desesperación por saber qué me ocurría y por qué estaba más distante que de costumbre.

Al igual que en la piscina del polideportivo, había luces amarillentas y púrpuras pegadas contra las baldosas que se reflejaban en la superficie y se entrecruzaban las unas con las otras.

Me resultó tan hipnótico que casi me tiré de cabeza.

Si acabé controlándome fue porque sentarme al lado de Eleonor me resultaba mucho más emocionante.

Quizás tenía algo que ver con el vestido que debía haberle robado a su hermana, ya que distaba mucho de lo que solía llevar en su día a día, y que enmarcaba su figura suave de una forma que haría salivar a cualquiera que le prestase un mínimo de atención.

Alzó la mirada al notar que alguien se colocaba a su derecha y yo fruncí el ceño. Porque había algo más que reproche y resquemor en sus ojos ambarinos.

Decepción, como si esperase a alguien totalmente diferente.

—¿Qué haces? —preguntó al ver cómo me quitaba las zapatillas y me remangaba como podía los vaqueros.

—A veces me sorprende que hagas preguntas tan tontas —me burlé y le saqué la lengua—. Va, no me mires así, Riviere. No muerdo. A no ser que quieras, claro. Dicen que se me da bastante bien cumplir los deseos de las chicas que acaban en mi cama.

Arrugó la nariz con desagrado.

—Sin comentarios.

Suspiré y me fijé en que no dejaba de darle vueltas al vaso que tenía en las manos, inmersa en ese mundo interior que yo nunca había comprendido.

—¿En qué piensas?

Le dio un trago largo y lo dejó a su derecha antes de observarme con expresión neutra.

—En que ojalá me hubiese traído algo más apropiado para nadar —susurró tras unos segundos que me resultaron eternos—. Teniendo en cuenta que es de noche y que nadie parece prestarme atención… No me habría costado quedarme en bañador. Creo.

Una idea malvada se me vino a la cabeza.

¿Iba a llevarla a cabo de igual manera? Por supuesto.

—Creo que tengo la solución perfecta. Levántate y sígueme —la animé, al ver la reticencia en sus pupilas—. Estoy seguro de que Kendra tiene varios bañadores de sobra en el maletero del coche. El otro día me encontré allí un jersey que lleva sin ponerse, como mínimo, dos años.

—Algo me dice que me arrepentiré de hacerte caso —protestó al mismo tiempo que sacaba las piernas del agua y se ponía en pie. Antes de que pudiera alejarse del borde, la tomé en brazos—. ¡Gilipollas!

Aunque empleó toda la fuerza que pudo reunir para zafarse de mi agarre férreo, no consiguió más que sacarme carcajadas a todo pulmón.

—Has dicho que querías nadar —le recordé con obviedad, comprobando con un vistazo rápido que había dejado el móvil al lado de su bebida y que la profundidad de la piscina era suficiente para que no se hiciera daño—. Solo te estoy ayudando, como el buen amigo que soy.

—¿Qué parte de que no tengo traje de baño no entiendes, imbécil?

Ignoré su pregunta.

—Cuenta conmigo, Riviere. Que no se diga que no te doy tiempo para que te mentalices —señalé entre risas, que aumentaron de volumen al oír cómo musitaba una retahíla de insultos—. Tres… Dos… ¡Uno!

Soltó un grito agudo que se entremezcló con la canción de Rihanna que había comenzado a reproducirse a nuestras espaldas antes de hundirse por completo en el agua.

Emergió pocos segundos después, con una cara de pocos amigos que me resultó de lo más divertida.

—Te odio, te odio, te odio —fue lo primero que soltó—. No me hace ni puta gracia, Ajax. Como me resfríe, pienso decapitarte con mis propias manos.

—Estaré esperándolo, Riviere —me burlé—. Sentir tus manos alrededor de mi cuello suena de lo más tentador. Y sexy . No sabía que te gustaban esas cosas.

Bufó con hastío y me tendió una mano para ayudarla a salir. Negué con la cabeza, sin dejar de sonreír en ningún momento. Por mucho que hubiera bebido más de la cuenta, no era tan tonto como para caer.

—¿De verdad crees que tengo la fuerza suficiente como para tirarte? —escupió iracunda—. De ser así, no habrías conseguido lanzarme.

Como no le faltaba razón, bebí lo poco que quedaba en mi vaso y la tomé de la muñeca con decisión. Todo ello sin tener en cuenta que ahora contaba con pared de la piscina para hacer palanca y desequilibrarme.

Todo (la música, las luces, mi pulso frenético) se amortiguó bajo el agua. Todo se ralentizó. Todo se hizo superfluo y pasó a un segundo plano.

Había echado eso de menos. El carcajearme sin una sola preocupación en la cabeza. El no tener miedo a mostrarme tal y como era. Aquellos rifirrafes con Eleonor. La forma en la que, incluso después de tantos años, seguía habiendo esa conexión que creía perdida.

—Supongo que ahora estamos empatados —concedí, clavando la vista en ella.

Con el cabello pegado al cuello, la máscara de pestañas emborronando sus ojos como si fuera la Novia Cadáver y una sonrisa malévola que no auguraba nada bueno, estaba hecha un desastre. Y, aun así, seguía pareciéndome preciosa.

Tuve que tragar con fuerza al comprobar que, mientras la parte superior del vestido se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, la falda flotaba a su alrededor como un manto negro. Exponiendo, así, sus piernas.

Y captando toda mi atención.

El pulso se me disparó un poco más en el momento en el que empezó a sonar una de las muchas canciones que pusieron el día de mi graduación. Hasta el punto en que, si no fuese porque la voz de Lalia cortó el silencio, habría dado por hecho que todo aquello era fruto de mi imaginación.

—¡Ellie! ¡He puesto una de tus canciones favoritas para que no te quejes de que soy una hermana de mierda!

Por encima de la melodía y el sonido de nuestros chapoteos, oí cómo Eleonor resoplaba.

—Deberíamos volver.

En lugar de nadar hacia la escalera, braceé hasta su posición.

—Aún recuerdo cómo se te iluminó la cara aquella noche, cuando reconociste esta canción entre todas las que pusieron. —Al ver cómo alzaba una ceja, incrédula ante aquel cambio de tema, añadí—: ¿Podría usted, señorita Riviere, concederme este baile?

Recordaba todo lo que había ocurrido aquel día.

Lo mucho que me sudaban las manos mientras esperaba a bajase las escaleras, lo mucho que se me revolucionaron las hormonas al verla aparecer con aquel vestido azul que hacía que sus ojos brillaran más que de costumbre y lo mucho que me costó pronunciar una frase coherente cuando clavó su mirada en la mía y me sonrió.

—Es que Night changes no solo se disfruta. Se vive —remarcó y no pude evitar preguntarme si le tendría tanto cariño a ese baile como yo—. Además, fue una de las últimas cosas que hicimos juntos antes de… Ya sabes.

No hacía falta que lo dijera.