El idioma de los girasoles XIX, Eleonor
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XIX, Eleonor

S upe que Kavan estaba frustrado consigo mismo mucho antes de que el árbitro señalase el final del partido y, con este, la derrota de su equipo.

No era el primer encuentro que se celebraba desde que había empezado a trabajar junto al señor Peng, pero sí la primera vez que actuaba como entrenador y no como un simple apoyo. Al parecer, el hombre había ido esa mañana al aeropuerto para recoger a su nieta, que pasaría unos días en el pueblo..

Solo habían perdido por un gol de diferencia, pero le conocía lo suficiente como para saber lo que eso significaba para él: un balde de agua fría, un golpe de realidad demasiado drástico, una demostración de que no valía para eso y que, cuando su carrera como futbolista finalizase, no estaría cualificado para entrenar a nadie.

Por mucho que Kavan tendiera a actuar como un gilipollas redomado con una autoestima imbatible, en el fondo no era más que una fachada.

El verdadero Kavan era como un dado; lleno de aristas, números, dimensiones y, por encima todo, probabilidades .

Nunca sabías con cuál de todas sus facetas te encontrarías.

Si sería el chico que tendía a refugiarse tras el sarcasmo, el que amaba hacer comentarios obscenos para sacarte de quicio o el que se adelantaba para abrirte todas las puertas.

Por eso, poco antes de que anocheciera, decidí salir en su búsqueda.

Sabía dónde encontrarle.

Llegué a la cancha de baloncesto con la respiración entrecortada. No porque hubiese ido corriendo o porque se encontrara demasiado lejos de mi casa, sino porque llevaba demasiados años sin pisarla y regresar significaría abrirle las puertas al pasado.

Como sospechaba, allí estaba.

Los últimos rayos de sol, perezosos y tan tenues que me vi obligada a guiñar los ojos para no perder detalle de ninguno de sus movimientos, se reflejaban en los músculos que la camiseta de manga corta dejaba a la vista. También en su rostro, contraído por la frustración.

Me aclaré la garganta.

—No te recordaba tan mal jugador.

El balón se le escapó de las manos y fue dando tumbos sobre el asfalto hasta acabar en una de las esquinas. El enrejado que protegía la cancha impidió que terminara aún más lejos.

—Riviere —musitó al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa ladeada.

Aquello me advirtió que, si no me encargaba de pararle los pies, se pasaría todo ese rato haciendo comentarios sarcásticos para impedir que pudiera rascar algo más que la superficie—.

¿Por qué no me sorprende que hayas venido?

¿Tan desesperada estabas por volver a verme?

Ni siquiera me inmuté.

—No te hagas el tonto cuando sabes perfectamente por qué estoy aquí.

—Solo he tenido una mierda de día, Riviere. Nada preocupante.

Al ver cómo pretendía acercarse a la esquina donde estaba la pelota y seguir pagando su impotencia con ella, me adelanté y se la arrebaté antes de que le diese tiempo a pestañear. Arrugó la frente al escuchar el quejido que se me escapó al sostenerla con la mano que no debía.

Ya no me dolía tanto como cuando había sucedido todo, pero de vez en cuando me daban pinchazos que me hacían apretar la mandíbula para no quejarme en voz alta.

Separó los labios para preguntarme, pero le interrumpí alzando el índice.

—Sé lo que vas a decir y no, no pienso responderte hasta que no hables conmigo.

—Eres consciente de que podría quitarte el balón casi sin que te dieras cuenta, ¿verdad?

—¿Y arriesgarte a hacerme daño? —me burlé con una ceja enarcada—. Lo dudo. Puede que seas un inconsciente la mayor parte del tiempo, pero nunca has hecho nada que pueda herirme. No creo que esta sea la primera vez.

Bufó y puso los ojos en blanco, lo cual me indicó sin necesidad de palabras que había acertado.

—¿Qué quieres saber?

—Si estás bien o si, como pienso, llevas toda la tarde encerrado aquí. —Me aparté de la cara uno de los mechones que se me habían escapado del moño—. Era lo que solías hacer cuando querías silenciar esas voces que te machacaban el cerebro.

—Es muy curioso que actúes como si hubiésemos cambiado muchísimo, pero también seas la primera en notar cuándo me pasa algo. —Se quedó unos segundos en silencio, esperando a que le rebatiera. Como no lo hice, continuó—. Sí, Riviere. Has dado en el clavo en todo, excepto en una cosa.

—¿En qué?

—Aunque parezca que estoy aquí para cansarme hasta la extenuación y controlar mis pensamientos, no es así —admitió entre dientes—. Simplemente me da demasiado miedo volver y enfrentarme a la mirada decepcionada de mis hermanos.

Fui incapaz de ocultar lo desprevenida que me tomó aquella declaración.

—¿De verdad eso es lo que crees? ¿Que están decepcionados contigo?

Asintió y alzó la mirada para clavarla en las nubes que sobrevolaban nuestras cabezas. Muy a lo lejos, los tonos anaranjados y rojizos del atardecer habían empezado a engullir el azul celeste, lo que significaba que faltaba muy poco para que la noche lo consumiera todo.

—Sí. No. No lo sé —suspiró hastiado—. Llevo cinco años tan centrado en ser un buen modelo a seguir y en no mostrar ningún tipo de sentimiento que a veces pienso que me he perdido por el camino.

—Entonces bajó la vista y me observó en silencio, buscando las palabras correctas para proseguir—.

¿Lo has hecho alguna vez? ¿Fingir que eres otra persona simplemente para no alarmar a los demás?

Dudé.

—Por norma general, suelo fingir que soy otra persona solo cuando estoy rodeada de gente y no quiero que el ambiente se vuelva incómodo por mi culpa.

Pero puedo imaginarme cómo te sientes. —Al ver cómo se tumbaba en el asfalto, sin importarle que la suciedad se le pegara a la piel sudorosa, repliqué sus movimientos y me coloqué a su derecha—. Debe haber sido muy duro.

—¿El qué?

Su tono, ligeramente a la defensiva, me obligó bien a pensar qué decir y cómo hacerlo.

—Adoptar un papel que no te corresponde solo para proteger a tus hermanos. No puedo ni imaginar cómo tuvo que ser afrontar una pérdida de ese tipo y cuidar de dos personas.

No me lo había confirmado, pero sabía que lo había hecho para que ninguno de los dos notara tanto la ausencia de Olivia. Aun si eso significaba tragarse su propio dolor y esconder que él también estaba sangrando por dentro y necesitaba alguien que cortase la hemorragia.

No tuve claro cuántos minutos nos quedamos en silencio, mirando cómo el último resquicio de luminosidad era tragado por un firmamento cargado de nubes densas y estrellas diminutas.

Esperé su respuesta.

Esperé y esperé.

—¿Tú crees que es verdad lo de que la gente que está en el cielo puede vernos?

—Siguió hablando antes de que pudiera incluso asimilar su pregunta—.

Porque aunque me parezca irracional, ya que arriba solo hay una atmósfera, un cielo eterno y decenas de planetas silenciosos, me gusta… me gusta pensar que sí.

Podía contar con los dedos de una sola mano las ocasiones en las que Kavan se había mostrado tan vulnerable y frágil delante de mí, así que el hecho de que exteriorizase lo que le preocupaba implicaba, a su vez, que confiaba en mí lo suficiente como para permitirme entrar de nuevo en su corazón.

Y aunque me daba miedo adentrarme donde no debía y ocupar un hueco que no me pertenecía, decidí dejarme llevar.

Porque no era yo quien debía tomar esa decisión.

Era él. Y ya lo había hecho.

—Eso nunca se sabe —acabé susurrando—. Muchas personas creen en una cosa y otras optan por ceñirse a lo tangible, pero eso no significa que unos tengan más razón que otros.

Todos sentimos las cosas de formas diferentes, así que si crees que Olivia está observándote desde ahí arriba, quizás es por algo.

No dejes que la lógica dictamine lo que grita tu corazón.

No había pasado por un duelo de ese calibre, pero sí sabía lo que era cargar con algo demasiado tiempo en silencio. Y lo poquísimo que le costaba a ese silencio volverse insoportable y ensordecedor.

Por eso era mejor dejar que doliese. Eso significaba que había algo que curar, algo que te había hecho daño; fingir que todo estaba bien y que no te afectaba ni lo más mínimo no era más que una forma de reprimirse y de no permitirse sanar.

—¿Tú crees que estaría orgulloso de mí? ¿De todo lo que he sacrificado para cumplir mis sueños? —quiso saber, con la voz colmada de dolor.

—Conociendo a tu madre, estaría orgullosa de ti incluso si no hubieras logrado nada, Kavan.

Escuché cómo exhalaba por la nariz antes de componer una sonrisa diminuta.

—Bueno, me apuesto lo que sea a que no aprobaría ninguno de mis tatuajes. Lo cual es irónico, porque hace un tiempo me dibujé algo en su honor.

—¿El qué?

—Unas alas en los omóplatos y una frase en irlandés.

Te los enseñaría, pero estoy demasiado cansado como para quitarme la camiseta y aguantar tus miradas lascivas y tus comentarios calientes.

—Hice el amago de golpearle, pero rodó hacia un lado antes de que mi mano impactara contra su brazo—.

Por cierto, hay algo que quería decirte.

—Sorpréndeme.

Se reincorporó sobre los codos hasta sentarse y se colocó enfrente de mí, pasándose la mano por el cabello para despeinarse los rizos.

—Quiero visitar el invernadero. He hablado con Kendra y me ha dicho que le vino bien enfrentarse de golpe a todo, pero creo que no estoy preparado.

—Lo sabrás cuando llegue el momento. Para mí fue muy duro regresar y saber que Olivia no volvería a pasearse de una esquina a otra, tarareándole canciones a las plantas.

—Sonreí para mí misma—. Mamá, en cambio, se refugió en él muy poco después de lo que pasó.

Según ella, no podía perder lo único que le quedaba de ella.

Respiró hondo y soltó el aire muy poco a poco.

—¿Estarás conmigo cuando me atreva?

Me quedé sin aliento, como si en vez de pronunciar aquellas palabras se hubiera abalanzado sobre mí y me hubiese aplastado los pulmones.

—No hace falta ni que lo preguntes.

Con una sonrisa que por una vez no fue burlona, se levantó del suelo y me ofreció la mano.

La tomé y agradecí el impulso. Tantas horas de trabajo bajo el sol me tenían las rodillas reventadas.

—¿Piensas decirme en algún momento lo que te ha pasado en la muñeca? —preguntó después de recoger sus cosas, haciéndome un gesto con la cabeza para que volviéramos a casa.

Jugueteé con el cordón de los pantalones cortos que me había puesto.

—¿Te acuerdas de Chantal? ¿La hija de los alcaldes de por aquel entonces? —Cuando gruñó a modo de respuesta, tomé una bocanada amplia de aire—. Le di un puñetazo a su novio.

Una carcajada incrédula le brotó de la garganta.

—¿Qué ha pasado con la Eleonor que prefería lanzar miradas envenenadas a meterse en problemas?

Resoplé.

—Se estaban burlando de mí y tu hermano intentó intermediar entre nosotros. —Temblé al recordar su mano sobre mi cintura y mi pulso revolucionado—. Fue bastante cordial y trató que la situación no se hiciera más grande, pero ese gilipollas le insultó y yo… Bueno, yo simplemente actué.

La sonrisa burlona que tenía en los labios abandonó su rostro y fue reemplazada por un enfado tan palpable que sentí cómo flotaba entre nosotros.

—¿Qué le dijeron? —bramó con una impotencia que no me pasó desapercibida.

Debió de ver la respuesta silenciosa en mi rostro, porque enseguida soltó un improperio entre dientes—.

Kylian podría haberse defendido, ¿sabes?

Le enseñé hace muchos años, pero el muy idiota prefiere almacenar todo ese veneno en su interior.

No me sorprendió.

A medida que fuimos creciendo y los niños aprendieron insultos de lo más creativos para dirigirse a él, Kylian entendió que, para no darles la satisfacción de hacerle daño, debía ocultar cualquier emoción y fingir que no le importaba la opinión de nadie.

—Ni siquiera le di tiempo a reaccionar —le defendí.

—Me parece bastante irónico que te escandalizaras cuando le di aquella paliza al hijo de mi antiguo entrenador de baloncesto, pero ahora confieses que defendiste a alguien a quien se supone que odias.

Sentí cómo el corazón me daba un vuelco.

—No odio a tu hermano. Jamás podría hacerlo.

—¿Y él lo sabe? —rebatió con una ceja enarcada justo cuando llegamos al porche de mi casa. Había estado tan inmersa en la conversación que ni siquiera había sido consciente de todas las calles que habíamos atravesado.

Me detuve al escuchar sus palabras.

—¿Crees que él piensa que le odio?

Se encogió de hombros con una indiferencia que me crispó.

Necesitaba respuestas, no más incógnitas.

—No tengo ni idea, Riviere. Sabes tan bien como yo que, cuando se lo propone, Kylian puede ser más cerrado que nosotros juntos.

Acto seguido, y sin molestarse en despedirse o darme las gracias por haberle hecho compañía, me dio la espalda y se marchó. No se giró en ningún momento ni hizo ningún gesto; tan solo caminó y caminó hasta que le perdí de vista.

Encima del escritorio de mi cuarto, justo al lado de donde había dejado el libro antes de marcharme, había un sobre.

Con el corazón tan agitado como la marea en un día aciago, saqué el contenido y lo dispuse sobre la cama. Al contrario que con la anterior carta, decidí examinar el dibujo de aquella ocasión y me sorprendí al darme cuenta de que no era otra obra, sino una fotografía que reconocí de inmediato.

Era la que estaba enmarcada y colgada en una de las esquinas de su habitación. Esa que intenté robarle en más de una ocasión.

Para mi décimo cumpleaños, Olivia preparó una tarta de color azul de varios pisos y virutas de chocolate que se derritieron antes de tiempo por culpa del sol otoñal.

Cuando papá sacó la cámara para inmortalizar el momento en el que soplaba las velas, Kylian decidió adelantarse y hacerlo él, solo para sacarme de quicio.

Con lo que no contaba era con que, en lugar de quedarme de brazos cruzados, reaccionara y le tirase de los rizos para evitarlo a toda costa.

La instantánea se había hecho justo en el segundo en que yo solté una risotada estridente y él me miró, pese a lo brusca que fui, con una calidez sorprendente para un niño de su edad.

Acaricié nuestros rostros infantiles y diminutos, por encima del papel fotográfico, con los ojos llenos de lágrimas que conseguí no derramar.

Solo cuando logré apaciguar la tormenta que se instaló en mi estómago, desdoblé la carta y me sumergí en ella.