XVIII, Kavan
Flashback
T oda la confianza que me había empujado a pedirle una cita a Eleonor desapareció por completo y me dejó con una sola emoción que odiaba con todo mi ser: miedo.
A lo largo de los años, habían sido muchas las personas que se me habían declarado, pero nunca había accedido a salir con nadie. No me interesaba involucrarme con alguien de esa forma, sufrir por si las cosas salían mal o tener que enfrentarme a discusiones por diferencias de opiniones.
Y sin embargo, ahí estaba. Dispuesto a lo que fuese necesario para conquistar a quien, hasta hacía poco, consideraba solo una amiga.
Para ello, me había pasado varios días pegado al ordenador, enganchado a canales de Youtube cuya finalidad era ayudar a idiotas como yo que no tenían ni idea de comportarse ante la chica que les gustaba.
De hecho, había visto tantos vídeos, de tantos creadores diferentes, que había acabado más confundido que antes.
Tampoco ayudaba el hecho de que no tuviese ninguna amiga a la que pedir consejo. Solo contaba con Axel, y Axel era… él, con todo lo que ello conllevaba. Sus interacciones con el género opuesto se limitaban a su madre y su hermana pequeña.
Así que sí. Estaba tan asustado como confuso.
Pero no debía ser tan difícil, ¿no?
Al menos eso fue lo que me dije antes de presionar el timbre y que su madre me abriese la puerta, sin disimular la sorpresa al ver lo que sujetaba en las manos.
—¿Quién iba a decir que el hermano más duro de los Ajax acabaría trayéndole rosas a una de mis hijas?
—pronunció con cierta ensoñación. No pude evitar soltar una risita, algo avergonzado—.
Pasa, que hace demasiado frío y lo más probable es que Lalia y Kendra la entretengan.
Ya las conoces. —Su sonrisa se hizo más amplia—.
Estoy segura de que estarán peleándose para elegir su ropa o su peinado.
En un gesto rápido, se echó hacia atrás y me invitó a pasar.
No pasaron ni treinta segundos cuando se escucharon unos pasos apresurados en las escaleras y una cabellera rubia llamó mi atención por el rabillo del ojo; no obstante, lo que más me sorprendió no fue ver a Lalia con las mejillas rojas por la emoción, sino la manera en la que tiró del brazo de mi hermana para corretear hasta llegar a donde yo estaba.
Kendra esbozó una mueca sarcástica al ver el ramo que sujetaba.
—Te las va a tirar a la cabeza. Lo sabes, ¿verdad?
—¡No digas eso! —la regañó Lalia, antes de soltar un suspiro de lo más teatral—. Ojalá alguien me regalase tantas flores… Además, si a Ellie no le gustan, siempre me las puedo quedar yo. ¿A que sí, Kav? Las rosas son mis favoritas.
Resoplé.
—Eso depende más de tu hermana que de mí —convine al mismo tiempo que miré por encima de ellas—. Hablando de eso. Si estáis aquí, ¿dónde…?
No me dio tiempo a terminar la frase, porque Eleonor apareció en ese mismo instante, bajando las escaleras a toda prisa mientras se metía el jersey amarillo mostaza por dentro de los pantalones. Al principio no se percató de mi presencia, pero en cuanto clavó los ojos en mí, se quedó estática.
Al final, tras unos segundos que me resultaron agónicos, acabó por acercarse y aceptar el ramo con un asentimiento de cabeza y una sonrisa diminuta.
—No te gustan, ¿verdad? —me aventuré a adivinar.
Aunque Eleonor no era muy expresiva, resultaba más que obvio que aquel detalle no le había hecho especial ilusión.
Genial, no llevábamos ni dos minutos juntos y ya la había cagado.
—No suelen gustarme los ramos, porque las flores tienden a ponerse malas enseguida y me dan pena, pero agradezco el detalle —aseguró con tanta seriedad que no me quedó ni una sola duda.
Esa era una de las cosas que más me gustaban de ella; era fácil averiguar cuándo estaba siendo sincera—. Hola, por cierto. No me has saludado.
—Estaba demasiado ocupado intentando no morir de una taquicardia —me quejé—. Buenas tardes, Riviere.
Su madre aprovechó ese momento para tomar las rosas y colocarlas en un jarrón, apremiándonos a que nos marchásemos de una vez por todas para no perdernos la sesión de la película.
—Acuérdate de que tienes, como mucho, hasta las nueve —le recordó mientras le aplastaba el cabello contra la coronilla. Entonces, se giró hacia mí y añadió—: Si llegáis tarde, asumiré que es tu culpa. Eres el mayor. Cualquier cosa que suceda es tu responsabilidad.
Ah, Genevieve. Siempre tan directa.
—No se preocupe, señora Riviere, intentaré que no le dé un subidón de azúcar por la película cursi que veremos —respondí con mucho sarcasmo y miré de reojo a Eleonor, que esbozó la misma sonrisa traviesa que se le dibujaba en los labios cada vez que preendía decir algo ingenioso.
—Habló el que ha comprado todas las rosas del pueblo para quedar bien.
Touché.
Aunque su madre nos ofreció llevarnos en coche, nos negamos. Se encontraba en el centro del pueblo y no hacía tan mal día, a pesar de que el cielo estaba encapotado y se había levantado un viento espantoso.
Era perfecto para aprovechar y hablar durante el camino sin tener que cohibirnos por la presencia de un adulto.
—Me gusta mucho cómo te queda ese jersey —solté cuando cruzamos el primer paso de cebra—. Estás muy guapa. Bueno, más que de costumbre.
No exageraba. El tono ocre de la prenda resaltaba el ámbar de sus ojos y hacía que se vieran más dorados que de costumbre.
—No es más que un jersey normal y corriente —rechazó tras bajar la mirada y estudiarse a sí misma.
El cabello, que le había crecido tanto que ya le llegaba por los hombros, le cayó por la cara y se la tapó casi por completo. Aun así, me percaté del tono rojizo que apareció en sus mejillas.
—Un jersey normal y corriente que te queda muy bien —maticé y, al no saber qué más añadir, opté por otra de las frases que solían usarse para romper el hielo—. Qué buen tiempo hace hoy, ¿no?
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que me tomó desprevenido.
—¿Desde cuándo te gustan los días nublados y fríos?
Como si el universo quisiera burlarse de mí, una ráfaga de viento nos golpeó con fuerza y nos empujó un par de pasos atrás.
No pude evitar resoplar de nuevo; estaba tan tenso que a pesar de que la temperatura no rozaba ni los diez grados, había empezado a sudar como si nos encontrásemos en pleno agosto.
Una vez llegamos al cine, reconocí a un par de compañeros que se quedaron mirando a Eleonor como si se tratase de una aparición fantasmal. Tampoco le di ninguna relevancia. No me importaba que se extendiera el rumor de que al fin había accedido a pasar el tiempo con alguna chica.
Esperaba que a ella tampoco.
—Yo pago —advertí cuando el dependiente nos atendió. Ignorando sus quejas, saqué un billete y lo coloqué encima del mostrador antes de que le diese tiempo siquiera a pestañear. Al escuchar cómo gruñía, descontenta, añadí—: ¿Qué gracia tiene pedirte una cita y que invites tú?
—Me caes mal.
Le pellizqué las mejillas y me dio un manotazo en el brazo, de mal humor.
—Si te cayese mal, no estarías aquí.
Sin dejar de quejarse por lo bajo, eligió los snacks , asegurándose de que hubiese variedad entre lo dulce y lo salado. Era era una de las cosas que más nos diferenciaban; mientras yo adoraba las cosas empalagosas y el sabor dulzón del azúcar, ella prefería las comidas ácidas y ligeramente amargas.
—¿Sabes? Nunca habría pensado que fueses el típico chico que se preocupa por causar buena impresión en una cita —señaló después de que le abriese la puerta de la sala donde nos habían ubicado. Como aún faltaban quince minutos para que comenzase la película, no había casi nadie.
—No sé de qué me hablas.
Ladeó la cabeza y me observó con una curiosidad premeditada.
—Rizos bien definidos, en vez de despeinados como siempre.
Un jersey que solo te has puesto una vez, en Navidad —comenzó a enumerar, alzando un dedo por cada argumento—.
La cantidad de perfume que te has echado, que ni siquiera es el tuyo.
Las rosas, los comentarios sin sentido y la obsesión con abrirme cada puerta y pagar todo.
Bufé con desgana.
—Cualquiera diría que lo único que lees son novelas románticas donde los chicos viven por y para las protagonistas y que quieres vivir todas tus escenas favoritas.
—No me he quejado. De hecho, es adorable que te preocupes tanto.
Echó a andar antes de que pudiera responder. Resignado, no pude hacer otra cosa que no fuese seguirla con la mirada y plantearme si de verdad había sido buena idea planear todo aquello.
Solo quería que fuese un día inolvidable, no que pareciera que me estaba esforzando demasiado por cumplir unas expectativas.
Para cuando comenzó la película, seguía dándole vueltas a la cabeza. Según lo que había ideado, debía esperar a la escena perfecta para tomarla de la mano.
Pero ¿y si aquello acababa por saturarla? ¿Y si me decía que prefería marcharse y ponerle fin a todo eso antes de que siguiera liándola más? ¿Y si se quejaba de que estaba siendo un baboso?
Lo único que me sacó del bucle fue el sonido de mi teléfono estampándose contra el suelo.
Su mano, pequeña y suave en comparación con la mía, me rozó los dedos cuando me agaché para recogerlo. Y yo… Yo olvidé cómo se respiraba.
Intenté obligarme a reaccionar y fingir que no se me había disparado el pulso por algo tan simple. No pude.
—Gracias —pronuncié después de que lo dejara sobre mi regazo.
Centrarme de nuevo en la pantalla no fue fácil. No dejaba de pensar en el tacto de su piel, en las ganas que tenía de volver a sentirla bajo la yema de los dedos, en la sonrisa que me había dirigido al devolverme el dispositivo.
Como si pudiera leerme la mente, giró el cuerpo y me observó con una fijeza que me hizo tiritar.
Justo cuando fui a preguntarle si pasaba algo, porque era incapaz de descifrar su mirada en la penumbra, estiró el brazo y entrelazó sus dedos con los míos.
Contuve la respiración y cuadré los hombros.
Ese instante, ese momento y ese gesto hicieron que algo encajase en mi interior. Porque cada vez tenía más claro; lo que sentía por ella iba mucho más allá de un enamoramiento repentino con fecha de caducidad temprana.
Apretó la mano para llamarme la atención.
—Te estás distrayendo.
—Mentira —negué de inmediato, con la voz estrangulada y gangosa.
—A ver, dime, ¿qué acaba de pasar?
Maldije en mi interior.
Lo poco que sabía era que la protagonista era una patinadora que competía en la categoría de parejas y que su compañero era un inepto que no hacía bien ni siquiera los trucos más básicos del repertorio.
Ah, eso y que tenía una rivalidad bastante marcada longeva con otro chico, aunque no tenía bien claro por qué.
—Eso no es justo. Ha sido tu culpa, por hacer cosas de la nada y…
Soltó una risita burlona.
El resto de la película pasó tan rápido que, para cuando me di cuenta, ya habían aparecido los créditos. Las luces se encendieron muy poco después, haciéndome bizquear.
—¿Qué te ha parecido? Yo pienso que ha sido una buena adaptación, pero me han faltado escenas importantes.
Como cuando ella se enferma y él conduce durante media hora solo para hacerle compañía, o cuando ella consigue hacer su primer triple axel, o cuando...
—Se mordió el labio con fuerza—. Perdón, ya estoy divagando.
Como nuestras manos seguían enredadas, le di un tirón suave hasta que acabó delante de mí.
—Ni se te ocurra disculparte por eso, Riviere —la reprendí, con suavidad—. Me gusta escucharte. Es adorable la forma en la que comentas todo lo que te gusta y lo que no. Además —añadí en el último momento—, tú siempre me escuchas cuando te hablo de partidos, jugadores y estrategias.
—Bueno, pero...
«Pero no es lo mismo», supe que quería decir.
—No hay peros, así que cuéntamelo todo. Si le ha hecho justicia al libro, si te han gustado los actores, si se han inventado algo...
Se pasó todo el camino de vuelta a casa hablando del miedo que tenía de llevarse un chasco, de lo mucho que había adorado la química entre los protagonistas, de lo corta que se le había hecho… Y yo, por una vez, no dije nada.
Me limité a asentir de vez en cuando y disfruté de la emoción evidente en su voz, de las carcajadas que soltaba de tanto en tanto cuando tiraba de su brazo para pegarla más a mi cuerpo y de las caricias que su pulgar realizaba contra el dorso de mi mano.
Fue tan perfecto que no pude evitar sentirme algo triste cuando llegamos al porche de su casa.
—Me lo he pasado muy bien, Ajax —admitió en un susurro, apoyándose en la puerta y mirándome desde la altura que le concedían los escalones que nos separaban.
Me rasqué la nuca con la mano que tenía libre. Todavía no me sentía preparado para soltarla, para dejar de sentir la calidez de su palma contra la mía.
—¿A pesar de haber sido un desastre?
Negó con la cabeza.
—No has sido un desastre.
—¿De verdad?
—De verdad, idiota. Solo espero que en las otras dos citas estés más relajado y que no te preocupes tanto por las apariencias.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Dos citas? ¿Qué dos citas? —Ahí estaban de nuevo; ese calor pegándoseme a la piel, la sudoración excesiva y ese leve tartamudeo que me ponía de los nervios.
Eleonor debía estar pasándoselo en grande, porque se le escapó otra carcajada sonora.
—¿Ya te has olvidado de que dijiste que querías una cita por cada gol que anotases?
—Ah, yo... Sí, bueno, no sabía si te apetecería al final —balbuceé, con la respiración agitada en la garganta—. ¡Ni siquiera dijiste que sí!
—Tampoco que no —rebatió con diversión—, y me conoces lo suficiente como para saber lo que eso significa.
—Sí, pero...
No pude terminar la frase, porque aprovechó que había bajado la guardia para acercarse y rodearme la cintura con las manos.
Lentamente, con miedo de que aquello le hiciese volver a la realidad, correspondí el abrazo y le acaricié el cabello ondulado. Al ver que no se apartaba, la apreté más contra mí, hasta tal punto en que no supe bien dónde terminaba mi jersey y dónde comenzaba el suyo.
—Buenas noches, Ajax —se despidió tras alejarse, con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes.
—Buenas noches, Riviere.