XVI, Eleonor
A excepción de una señora y de Naomi, la papelería estaba completamente vacía cuando entré.
Nada más saludar a la joven, me encaminé a la pequeña sección que había de libros. Como cada mes, fingí que no me sabía la disposición de memoria y tomé los que más me llamaron la atención para leer páginas aleatorias y determinar, así, si merecía la pena comprarlos.
Tras decidirme por una novedad que había visto mil veces por redes y que me había recomendado Yvonne —ya que se lo había ventilado en cuanto se publicó en inglés—, me acerqué al mostrador y saqué la cartera.
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no gritar al sentir una punzada en la muñeca.
—¿Cómo va tu mano? —se interesó Naomi a la vez que escaneaba el código de barras—. Kylian me contó que tuvo que acompañarte al médico, porque la hinchazón no bajaba y te dolía más de lo que debía.
Asentí con la cabeza. Teniendo en cuenta el nivel de confianza que había entre ellos, era de esperar que estuviera al tanto.
Después de lo sucedido, Kylian me había acompañado a donde se encontraban Yvonne y Cyprien y habían concordado que lo mejor sería llevarme a urgencias para que me revisasen la muñeca.
Intenté negarme y quitarle hierro al asunto porque, aunque me dolía, daba por hecho que la molestia se iría disipando con el paso de las horas.
No aceptaron mis protestas, así que acabé en una sala de espera con el que había sido mi mejor amigo durante toda la infancia.
—Tengo un esguince —asentí mientras me devolvía la vuelta del billete de veinte que le había ofrecido—, pero es tan leve que en una semana o así podré quitarme la muñequera y hacer vida normal.
—Ese gilipollas lo merecía —sentenció con mucha seriedad—. De haber estado en tu lugar, me habría asegurado de romperle la nariz en mil pedazos.
Sonreí un poco más y me aparté el mechón que se me había escapado de la coleta.
—Ah, antes de que se me olvide —pronuncié, cambiando de tema al dar ese por zanjado—. ¿Ha llegado ya el libro que encargué la semana pasada? No he recibido ningún mensaje, pero por asegurarme.
—Dame cinco minutos, que miro en la trastienda.
Al alejarse, no pude evitar fijarme en la ropa que llevaba.
Sabía de sobra que Naomi era bastante extravagante, pero aun así me tomó desprevenida el conjunto que había elegido aquella mañana.
Todo lo que llevaba, incluidos los calcetines que asomaban por la lengüeta de sus zapatillas y los anillos que decoraban sus dedos huesos, eran del mismo tono fucsia que las mechas de su cabello decolorado.
En vez de quedarme quieta, me di otro paseo por el local y cotilleé el resto de secciones.
Por norma general, no solía prestarles mucha atención, ya que la pintura, las maquetas y los puzles no eran santo de mi devoción; no obstante, algo en mi interior me empujó a perderme por los pasillos de los acrílicos, las piezas suaves de madera lijada y los caballetes.
El corazón se me detuvo cuando desemboqué en una de las esquinas donde solía sentarme en alguna otra ocasión. Técnicamente, era el lugar en el que Naomi se tomaba sus descansos, pero muchas veces me permitía quedarme allí leyendo, a cambio de no hacer ruido.
La decoración de esa zona destacaba por su austeridad; un sillón granate, tan viejo que tenía la piel ajada, y una lámpara gigante que parecía la hermana mayor de la mítica de Pixar. Nada más.
Y, sin embargo, ahora estaba llena de vida. De color.
La nostalgia me embargó el corazón e hizo que este latiera con tanta potencia que, durante unos segundos agónicos, pensé que cualquiera en el pueblo podría escuchar cómo se me entrecortaba la respiración.
Aquel recoveco estaba repleto y rebosante de él. De Kylian y de su arte.
—Debería haber imaginado que acabarías aquí —escuché a mis espaldas justo cuando clavé la vista en uno de los cuadros expuestos.
No representaba nada del otro mundo; un cielo despejado, de un azul tenue cuyo fulgor se veía amplificado por el brillo amarillento del sol—. ¿Qué te parece mi nuevo rinconcito?
El destello malicioso que refulgió en su mirada me puso aún más nerviosa, porque denotaba que se había dado cuenta de las ganas que tenía de sentir cada una de las pinceladas bajo la yema de los dedos.
—Ha quedado… —Busqué la palabra adecuada en lo más profundo de mi mente, pero ninguna era suficiente para explicar la magnitud del terremoto que me había sacudido las entrañas—. Increíble.
Sonrió con calidez antes de tenderme el libro.
—Por si te interesa, hay algunos cuadros a la venta. —Justo cuando separé los labios para responder, me guiñó el ojo y añadió a toda prisa—: También láminas y dibujos a carboncillo. Estoy segura de que al artista le haría mucha ilusión saber que sus obras se están vendiendo.
Enarqué una ceja.
Ambas sabíamos que había reconocido la marca de mi antiguo mejor amigo a la perfección. Daba igual los años que hubiesen pasado y lo mucho que hubiera mejorado desde la última vez que nos vimos; la esencia, el alma y la pasión que había detrás de cada lienzo no había cambiado ni un ápice.
De hecho, me habría atrevido a afirmar que todo aquello estaba más vivo que nunca.
—Si me llevo algo, ¿le dirás que he sido yo quien ha pagado por ello?
Me observó con una mezcla de curiosidad e intriga.
—Eso depende. ¿Te gustaría que se lo contara, o preferirías mantener el anonimato?
Tragué con dificultad. Era una muy buena pregunta y no sabía cómo responder.
Contárselo supondría darle pie a que Kylian continuara tratando de ganarse mi perdón. También supondría demostrarle que una parte de mí, más grande de lo que me gustaba, seguía con una espina clavada de la que no podía deshacerme por mucho que lo intentara.
Pero mantener el anonimato… Significaría continuar viviendo en mi zona de confort y refugiándome en esa burbuja en la que me había escondido para protegerme de todo lo que ocurría en el exterior.
Y, por supuesto, significaría dejar que el rencor que llevaba años almacenando en mi interior se instalase para siempre y lo pudriera todo, hasta que fuese demasiado tarde para ponerle remedio.
—Las dos sabemos que acabarás diciéndoselo de todas maneras, ya sea por propia voluntad o por accidente —acabé suspirando. Después de inspirar hondo, señalé el primer cuadro en el que me había fijado. No solo era mi favorito; también, el más pequeño de todos—. ¿Ese está en venta?
—No, pero estoy segura de que no le importará que sea tuyo.
Un escalofrío me recorrió de arriba abajo cuando, tras pagar por ello, me lo tendió y pude verlo más de cerca. Tan simple, pero con tantos detalles que me mareé de solo verlos. Tan vacío, pero a la vez tan lleno de matices. Tan Kylian, pero a la vez…
Tan yo.
Deseché aquella idea y sacudí la cabeza. Dudaba mucho que se acordase de la promesa que me había hecho o que supiera lo importantes que eran para mí el azul pálido y el amarillo ocre.
Quizás estaba viendo cosas donde no las había simplemente porque quería verlas.
De camino a casa, y como era costumbre cuando tenía el día libre, me pasé por la repostería donde trabajaba mi hermana y le hice algo de compañía, hojeando las páginas de la novela que había comprado con aire ausente.
Intenté obligarme a entender las palabras que había escritas, pero cada vez que conseguía meterme en la historia, me venía él a la cabeza.
Sus ojos brillantes, sus labios carnosos curvándose en una sonrisa, sus rizos cayéndole con gracilidad sobre la frente. Sus expresiones de sorpresa cuando me pillaba mirándole y su respiración algo agitada cuando le respondía en lugar de ignorarlo.
Lalia chasqueó los dedos delante de mí.
—Tierra llamando a Ellie —repitió una y otra vez, con una voz robótica que me hizo componer una mueca—. ¿Pasa algo? Llevas cinco minutos mirando a la nada.
Le di el último mordisco al cupcake que me había servido y negué con la cabeza.
—Estaba dándole vueltas a la cabeza. ¿Qué decías?
Resopló.
—Gerard ha organizado una fiesta en su casa.
—Al ver cómo fruncía el ceño, estiró el brazo por encima de la barra y me dio un golpe juguetón en el hombro—.
No pongas esa cara antes de tiempo. No va a ser nada multitudinario —aseguró con mucha seriedad—, solo una quedada entre amigos, pero me gustaría que vinierais los Ajax y tú.
Bufé.
—No.
—¿Por qué no? —exclamó, gritando tanto que su voz se me metió en el cerebro—. Hace mucho que no vamos juntas de fiesta y…
—¿Te recuerdo que sueles dejarme tirada y que al final siempre acabo volviendo sola a casa?
—¡Pero esto es diferente! Están los Ajax. No te dejarían sola en ningún momento.
Alcé las cejas.
—Eres consciente de que ese no es tan buen argumento como piensas, ¿verdad?
Hizo un puchero que me irritó.
—Solo una noche. Por favor —insistió a la vez que juntaba las manos en forma de plegaria—. Te prometo que, si vienes y me das otra oportunidad, no volveré a pedirte que me acompañes a ningún sitio. Ni siquiera a la peluquería.
No creía en las promesas ni en los juramentos de ningún tipo, y mucho menos en los suyos, pero acabé cediendo de todas formas. No porque me hubiera convencido o confiase en su palabra, sino porque se me estaba agotando la batería social por culpa de sus berridos y prefería zanjar la conversación.
Recogí mis cosas y eché a andar hacia la puerta, bajo su mirada atenta.
—Está bien —accedí al mismo tiempo que tiraba del pomo—. Iré.
—¡Una última cosa! —chilló justo cuando puse un pie fuera del establecimiento. Me giré con una pregunta dibujada en el rostro, sin exteriorizarla en voz alta—. ¿Qué más te has comprado, aparte del libro? Tienes la bolsa tan a rebosar que parece que las costuras van a reventar en cualquier segundo.
Negué con la cabeza.
—Nos vemos en casa.
Para cuando llegué a mi calle, tenía la mano entumecida por sujetar el café con hielo que me había pedido y la espalda molida por cargar con tantas cosas; no obstante, a pesar de lo incómoda que estaba, todo pasó a un segundo plano cuando me percaté de que había alguien sentado en las escaleras del porche.
No me hizo falta guiñar los ojos para averiguar quién era.
Ese porte jocoso (pero sin rozar el narcisismo exacerbado de Kavan) y despreocupado solo podía pertenecer a Kylian. Aunque no le duró mucho, claro, porque en cuanto sus ojos se encontraron con los míos, se puso en pie y cuadró los hombros.
—¿Qué haces aquí? —se me escapó.
No lo solté a bocajarro ni de malas maneras y, aun así, se revolvió y cambió el peso de una pierna a otra. También se rascó la nuca con nerviosismo, aunque lo que verdaderamente me sorprendió fue que no apartara la mirada.
—Quería saber cómo estabas —balbuceó a duras penas y se aclaró la garganta para continuar hablando con mayor claridad—. Pensé en mandarte un mensaje, pero no sabía si responderías o si se te haría incómodo, así que… No sé. Creí que sería mejor venir en persona.
Me mordí el interior de la mejilla para controlar la sonrisa que luchaba por formarse en mis labios y subí un par de escalones, hasta que terminamos a la misma altura.
—Han pasado solo dos días desde que fuimos al médico —señalé con obviedad, tomando una bocanada amplia de aire—, así que sigo igual. Pero gracias por preocuparte.
Se pasó la lengua por los labios y tuve que controlarme para no bajar la mirada.
A pesar de resultarme un esfuerzo casi titánico, lo conseguí.
Justo cuando di por hecho que se daría media vuelta para marcharse a casa, clavó la vista en sus manos e inspiró hondo. Siguiendo sus movimientos, me fijé en que tenía un sobre que no dejaba de pasarse de izquierda a derecha, como si estuviera sopesando qué hacer con él.
Me lo tendió.
—Es para ti.
—¿Para mí? —repetí, sin entender a qué se debía aquello. No tenía remitente ni destinatario, solo dibujos trazados con un rotulador tan fino que parecían estar a punto de esfumarse del papel—. ¿Qué es?
—Una carta. Escrita por mí —matizó al mismo tiempo que se apartaba un rizo rebelde de la frente—.
Te aseguré que haría lo que fuese necesario para ganarme tu perdón y he llegado a la conclusión de que no era suficiente con decírtelo en voz alta.
Ahora tienes algo permanente, siempre y cuando no lo rompas o te deshagas de ello.
El viento que se levantó nos golpeó en la cara y trajo consigo parte de su aroma ácido y dulce. Algo tembló en mi interior al darme cuenta de lo reconfortante y cálido que se sentía.
Me recordaba a Olivia, a esos veranos sempiternos que habíamos dejado atrás y esa unión que habíamos creado y que creía inquebrantable. Irrompible. Insuperable.
—Por eso me regalaste el peluche.
No era una pregunta. De todos modos, asintió.
—Las palabras siempre fueron lo tuyo, así que puede que haya cosas que no tengan sentido o alguna que otra falta de ortografía.
—Me mordí el labio con más fuerza y noté cómo se me elevaban un poco las comisuras.
Su rostro se iluminó al darse cuenta—. Pero he volcado todo lo que soy en esa carta y creo que, al final, eso es lo único que importa.
Le di la vuelta al objeto y rasgué el pegamento que mantenía la solapa en su sitio.
Su mano se posó sobre mi hombro para evitar que lo abriera por completo.
—¿Qué sentido tiene regalarme algo si no me vas a dejar descubrir lo que hay dentro? —protesté, intentando ignorar el calor que se propagó por mi cuerpo debido a aquella caricia sutil.
—Prefiero que la leas cuando estés sola. —Sin despedirse o añadir algo más, me dio la espalda y comenzó a bajar las escaleras. Al llegar al final de estas, giró la cabeza y volvió a mirarme—. Naomi me ha contado lo del cuadro. ¿Sabes por qué no quería que lo pusiera a la venta?
Contuve la respiración.
En sus pupilas había la misma emoción que en la pintura que había comprado, si acaso un poco más.
—¿Por qué?
—Porque me recordaba demasiado a ti. Y porque no podría vivir tranquilo sabiendo que cualquier desconocido podría colgar un pedazo de nosotros en su salón sin saber todo lo que hay detrás.