El idioma de los girasoles XV, Eleonor #2
35%

XV, Eleonor #2

Podía ser cabezota, cerrada y desagradable la mayor parte del tiempo, sí; sin embargo, eso no significaba que fuese una misógina.

—¿A ti qué coño te importa si han regresado o no?

—fue lo que pronuncié, en cambio. Antes de que separase los labios para añadir cualquier cosa, alcé las manos y la corté—.

Ah, ya lo sé. Estás buscando la excusa perfecta para seguir siendo la misma racista de mierda de siempre y cebarte con ellos.

¿De verdad tu vida es tan aburrida y triste que no tienes nada mejor que hacer?

Me lanzó una mirada envenenada, en un intento pobre de amedrentarme.

—No soy una racista de mierda.

El interruptor que se encargaba de mi sumisión, de que agachase la cabeza cuando alguien se dirigía a mí, se apagó y me dejó a solas con mis pensamientos más profundos.

Pensamientos más profundos que, obviamente, no me guardé.

—Dices que no eres una racista de mierda, pero ¿acaso has olvidado que prohibiste a Kylian jugar contigo a las muñecas porque, según tú y tus padres, la gente negra no trae más que problemas?

¿O de que te pasaste meses acosando a Kavan para que te enseñase la polla porque, según tus palabras, querías descubrir si era cierto eso de que los negros la tienen enorme?

¿O de que te inventaste el rumor de que Kendra se había hecho las trenzas para no tener que ducharse ya, que según tú, los negros solo se lavan el pelo una vez al mes?

—Bufé con desprecio—. O bien eres de lo más olvidadiza, o bien eres gilipollas.

Y algo me dice que no voy desencaminada con ninguna de las dos cosas.

En el momento en el que tomé aire para continuar con mi enumeración, pues había demasiadas cosas que me había callado, una mano se posó en mi cintura y cortó el manantial de palabras.

Reconocí quién era mucho antes de que esa persona hablara. Mucho antes de respirar y bañarme en su aroma. Mucho antes de girar la cabeza y tomarme con esos ojos brillantes que me atormentaban siempre que no podía dormir.

Kylian.

Sus dedos encajaban tan bien en esa curva que me quedé sin habla.

—Lo que buscan es que caigas en su trampa, así que no les des esa satisfacción —susurró en mi oreja, antes de apartarse unos centímetros que se me antojaron agónicos y añadir—: Sabía que nuestra vuelta al pueblo causaría furor, pero este escándalo…

—Suspiró con dramatismo—. No era necesario, chicos.

Ya estoy aquí, si es lo que tanto os importa.

—¿Quién te ha dado permiso para que te metas donde no te llaman?

En vez de echarse atrás o de mostrar incomodidad, Kylian estiró la espalda y cuadró los hombros. Con esa posición tan amenazante, se parecía un poco más a su padre y a su hermano mayor, y no tanto a ese niño que de pequeño solía leer cuentos conmigo para dejar de tenerle miedo a la oscuridad.

El corazón se me revolucionó aún más, sobre todo cuando respondió:

—Habiendo escuchado mi nombre como siete veces en los últimos cinco minutos, creo que queda más que claro que no necesito el permiso de nadie y que tengo los mismos derechos que los demás —señaló a las personas que se habían quedado mirando— de intervenir en este conflicto tan absurdo.

Ahora que me habéis visto en vivo y en directo, podéis daros media vuelta y piraros.

Fabien, repitiendo el mismo gesto que él, se irguió cuan alto era.

Aunque estaba más musculoso que Kylian, seguía siendo un par de centímetros más bajo, lo cual le hizo ver aún más ridículo. Eso no impidió, de todos modos, que diera un paso hacia delante y le clavara el dedo en el pecho.

Sus dedos se hundieron en mi cintura y me empujó más contra su cuerpo, no supe si para comprobar que no me había movido o para demostrarme que estaba ahí conmigo. Que sabía que yo podía lidiar con todo aquello y defenderme a mí misma, pero que esa lucha era también suya, al estar tan involucrado.

—Escúchame bien —le pidió en voz muy baja y grave—. Un negrata de mierda no me va a decir lo que tengo o no tengo que hacer, ¿entendido? Y si no estás de acuerdo con ello, entonces haznos un favor a todos y vuelve al país del que has venido, escoria humana.

Lo siguiente que noté fue un dolor lacerante treparme por los dedos, la muñeca y el codo.

No supe que había golpeado a Fabien hasta que Chantal soltó un gritito y se abalanzó sobre él. Alguien me agarró del brazo. Axel apareció desde la barra. El grupo de amigos retrocedió.

No supe cuánto tiempo pasó entre el puñetazo y el momento en que me encontré sentada en una mesa vacía con una bolsa de hielo en la mano y Kylian frente a mí. Podrían haber sido cinco segundos, cinco minutos o cinco días.

Le di un buen trago al vaso de agua que me trajeron y, solo entonces, caí en la cuenta de lo que había hecho. Le había puesto las manos encima a alguien por primera vez. Y si bien no me gustaba la violencia, ni me parecía el mejor modo de solucionar nada…

Joder. No había podido quedarme de brazos cruzados. Y menos aún cuando las veinte personas que había de espectadoras no habían hecho más que grabarlo o comentarlo entre susurros.

—No tenías por qué meterte en la discusión —fue lo primero que pronuncié en cuanto salí del shock y conseguí regresar al presente—. ¿Por qué…? ¿Por qué lo has hecho? Nunca te han gustado las peleas. Siempre las has evitado.

Me observó con fijeza durante unos segundos que me resultaron insoportables y, antes de responder, me recolocó la bolsa de hielo para presionarla ligeramente sobre mis nudillos. Compuse una mueca por el dolor.

—Bonita camisa —musitó con una sonrisa temblorosa que, pese a que pretendía ser burlona, se quedó a medio camino—. Me resulta familiar.

Gruñí. No permitiría que cambiase de tema solo porque estuviera incómodo.

—Kylian.

En otro movimiento que no vi venir, me apartó el cabello húmedo que se me había pegado al cuello y soltó un resoplido que me cosquilleó el estómago.

—Las evito cuando soy el protagonista, porque estoy acostumbrado y ya no me importan ni me hacen daño —matizó con suavidad, jugueteando con los tirantes de mi bañador—. Pero, como comprenderás, no podía quedarme de brazos cruzados al ver cómo te acorralaban y se reían de ti, Leo.

Me quedé sin aliento.

—¿Por qué?

—Porque eres demasiado importante para mí como para apartar la mirada y fingir que no me afecta lo que te pase. —Todavía con mirada ausente, pasó la yema de sus dedos por la piel sensible de mis clavículas. Tirité—. De todas formas, podría preguntarte lo mismo. ¿Por qué no ignorarles?

Me planteé apartar la mirada y callarme lo que pensaba, pero no pude.

—Lo hablamos hace años, ¿lo recuerdas? —Ladeé la cabeza un par de centímetros, incómoda por la intensidad de su mirada, y él me tomó de la barbilla para impedir que huyese de ella—.

Que el color de nuestra piel no es algo que se elige, sino algo con lo que nos toca vivir.

Y me preocupa que por gente así puedas olvidarlo.

—Así que sigues preocupándote por mí.

La vulnerabilidad con la que pronunció esa frase, y la duda que hubo en su voz, me hizo sentir culpable.

—¿Acaso mi mano no es suficiente prueba?

—Prefiero oírlo de tu boca.

Me mordí el labio con fuerza antes de admitir lo que llevaba años negándome.

—Que todavía no te haya perdonado por lo que pasó hace años no significa que no seas importante para mí, Kylian. A estas alturas, creo que es más que obvio que independientemente de lo que suceda siempre lo serás.