El idioma de los girasoles XV, Eleonor
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XV, Eleonor

C yprien me había propuesto, un par de días atrás, pasar una mañana entera con él y con su mejor amiga. Y yo, pese a haber aceptado sin dudarlo dos veces, empezaba a preguntarme si no era mala idea acompañarlos a la playa.

De hecho, había perdido la cuenta de todas las veces que había encendido el teléfono, entrado en su conversación y comenzado a escribir una excusa para escaquearme.

Era más o menos la duodécima cuando distinguí su coche frente a mi casa.

—¡Sube, corre! —me gritó el joven tras asomarse a la ventana, haciendo aspavientos para meterme prisa—. Vamos con el tiempo justo y no quiero que los malditos turistas me roben mi sitio de confianza.

Inspiré hondo y me eché el bolso de rafia al hombro.

Para bien o para mal, ya no había vuelta atrás.

—Curioso que les llames «malditos turistas» cuando, según tengo entendido, el otro día te acostaste con un escocés que está pasando el verano aquí —rebatió Yvonne, ganándose una carcajada de mi parte.

Como me había sentado atrás y ella estaba en el sitio del copiloto, se giró y levantó una mano para que le chocase los cinco—.

¿Acaso te rompió el corazón y por eso estás tan dolido?

Cyprien puso los ojos en blanco y bufó por lo bajo antes de poner el vehículo en marcha y encender el aire acondicionado.

—Fui yo quien le rompió el corazón al decirle que no buscaba nada serio, que conste —rebatió y, aprovechando que el primer semáforo con el que nos topamos estaba en rojo, sacó unas gafas de sol de la guantera y se las colocó a toda prisa—.

Oye, Eleonor, ¿no te estás muriendo de calor?

Me va a dar una insolación de solo verte.

Jugueteé con los botones de mi camisa.

—Soy bastante friolera, así que no tienes de qué preocuparte.

El termómetro marcaba casi treinta grados y la humedad empeoraba esa sensación de agobio, pero no era eso lo que me ponía nerviosa.

Era, más bien, lo que vendría después: el momento en que tendría que quitarme la camisa y quedarme en traje de baño, con ese lado del cuerpo que ya no era como el otro y que seguía siendo difícil de mirar incluso para mí.

Sí, llevaba un bañador con relleno que disimulaba la mastectomía, pero…

Lo pasaba muy mal cada vez que las temperaturas de invierno daban paso a las de primavera y verano, pues el mero hecho de pensar en escotes, bikinis o utilizar telas más transparentes y vaporosas hacía que me paralizase por la ansiedad.

Esa era, en parte, la razón principal por la que había aceptado aquella quedada.

No solo quería demostrarme que, si me lo proponía, podía trabajar en mis inseguridades y enfrentarme en ellas; también quería descubrir si era cierto eso de que no había nadie que se fijara tanto en nuestros defectos como nosotros mismos.

De camino a la costa, Yvonne se presentó en condiciones.

La conocía porque, como muchos jóvenes del pueblo de al lado —a excepción de Cyprien—, había estudiado en el mismo colegio que yo.

Iba un curso por debajo del mío, así que lo poco que sabía de ella era que la media de sus notas era prácticamente igual que la mía y que su sueño era abrir una veterinaria en el pueblo.

A pesar de habernos reunido a primera hora de la mañana, ya había decenas de familias apostadas en la arena.

Cyprien, alterado porque había una pareja de adolescentes justo en su lugar de confianza, se puso manos a la obra y, peleándose con el viento, colocó la sombrilla con la precisión de quien lleva años pasando los veranos en un pueblo costero.

Me temblaban los dedos cuando me deshice del primer botón de la camisa.

Tomé una amplia bocanada de aire. Era la misma que me había prestado Kylian tras el incidente del café y, como todavía no la había lavado, olía igual que aquel día: a cítricos, a su casa, a ese respeto mutuo que nos profesábamos en el pasado.

Como si se hubieran percatado de mis movimientos dubitativos, ambos me pusieron una mano en cada hombro y me sonrieron con cariño.

—Si lo que te preocupa es que nos burlemos de tu cuerpo, te puedo asegurar que no pasará —me aseguró Cyprien, con una seriedad muy poco propia en él—. Incluso si ahora te desnudas por completo y vemos que tienes un agujero negro en el ombligo, no diremos nada.

No me quedó otra que reírme; solo a él se le ocurriría algo así.

—Mira —intervino Yvonne, poniéndose de pie para señalarse la aparatosa cicatriz que le recorría la pierna casi que de arriba abajo—. Nadie es perfecto. Ya lo dijo Hannah Montana en su momento.

—Yo también tengo una cicatriz, pero para que la vieseis tendría que mostraros mi culo y dudo que os apetezca verlo. Aunque me han dicho que, para no ir tanto al gimnasio como me gustaría, es espectacular.

—¿Por qué demonios tienes una cicatriz en el culo? —exclamé, entre horrorizada e intrigada.

—Es una larga historia que ya os contaré.

—Se pasó la mano por el cabello, alborotándoselo hasta que se le quedó en punta—.

Ahora, volviendo a lo que estaba diciendo…

No tienes que hacer nada que no te apetezca.

Así que si quieres que nos quedemos aquí, jugando a las cartas, no importa. El mar no se va a mover de ahí.

Por muy tentada que estuviese de aceptar sus nuevas condiciones, no dejé que la cobardía me ganara una vez más. A toda prisa, me desabroché la camiseta y la dejé bien doblada sobre mi toalla. Después, hice lo mismo con los pantalones cortos que había elegido.

Nada más. Fue tan sencillo como deshacerme de dos prendas.

Lo único que delató mi nerviosismo fue que la mano se me fuera sola al lado izquierdo del pecho, como hacía siempre que me exponía a algo que me asustaba. Había intentado deshacerme de ese reflejo, porque ya no tenía ningún sentido, pero mi cuerpo seguía buscándolo instintivamente.

Solo encontré mi pulso, desbocado.

Tras asegurarnos de que cada centímetro de nuestros cuerpos estaba bien cubierto de crema solar, y después de que Yvonne pusiera una alarma para la siguiente reaplicación, Cyprien nos agarró la muñeca a cada una y tiró de nosotras hacia el océano.

Cuando nos escuchó protestar por lo fría que estaba, gritó:

—¡Dejad de llorar! ¡Solo los cobardes van poco a poco!

En cuanto mi piel entró en contacto con el agua, perdí la noción del tiempo.

No supe cuánto tiempo pasamos braceando de un lado para otro, tratando de ahogarnos o conformándonos con flotar boca arriba para sentir el sol de frente, pero sí que en ningún momento me sentí abrumada.

Es más, estaba tan cómoda que casi protesté cuando Yvonne se quejó de que tenía hambre.

Tras comer los bocadillos que habíamos traído y agotar todas las botellas de agua, me ofrecí para ir al chiringuito en el que trabajaba Axel a por un par de refrescos. Si no me acompañaron fue porque Yvonne acababa de recibir una llamada de su madre y porque Cyprien…

Bueno, Cyprien se había quedado dormido. Con la boca abierta.

Me aseguré de tomarle una foto antes de marcharme.

—Pero bueno, ¡mirad quién está aquí! —Aunque reconocí aquella voz, no me giré para enfrentarme a ella.

Tan solo seguí mirando la pantalla de mi teléfono y fingí que el sonido de sus chanclas sobre las baldosas del establecimiento no me crispaban—.

Eleonor Riviere, en carne y hueso. Y sin su hermana pequeña cerca, quién lo diría.

—Ya que estás aquí, nos encantaría hacerte una pregunta —añadió el novio de Chantal, con ese tono y desparpajo típico de quien cree que todo lo que dice es gracioso o relevante—.

Os hemos visto a ti y a Lalia por el pueblo.

Con los Ajax. No sabíamos que habían vuelto.

—Supe que se había acercado un poco más porque su aroma, a aftershave barato, me inundó las fosas nasales—.

¿Te juntas con ellos porque son los únicos que te soportan, o más bien es que son los únicos que no te miran con pena?

Apreté la mandíbula con fuerza y guardé el teléfono en el bolsillo justo cuando Chantal se carcajeó por lo bajo y susurró:

—No nos mira porque sabe que hemos dado en el clavo.

—Tres latas de Coca-Cola, por favor —le pedí a una de las camareras, a las que reconocí de la última vez que había ido hasta allí con mi familia. No tenía placa con su nombre, pero recordaba que era algo con «M» o «N»—. Y, si os quedan dos porciones de quiche lorraine, también. Gracias.

—¿De verdad no vas a contestar? —siguió insistiendo Fabien—. Porque yo no me creo que hayáis vuelto a ser amigos. Sobre todo porque… —se rio a carcajada limpia—. Tú no tienes amigos. Nunca los has tenido.

—A lo mejor es que los necesita para sentirse interesante —pronunció una tercera persona, que por el modo en que se metió en la conversación sin que nadie la invitara supuse que era un amigo de la parejita—.

Ya sabes, rodearse de gente que llame la atención para que alguien se fije en ella de vez en cuando.

Saint Julien era un pueblo diminuto donde encontrarse a la gente que conocías era tan fácil como parpadear. Y aun así, de entre todas las personas que vivían aquí, detestaba haber dado con ella.

—O igual es más sencillo que todo eso. —Invadiendo mi espacio personal por completo, Chantal se inclinó hacia mi oreja y dijo lo siguiente lo suficiente alto como para que pudiéramos escucharlo los tres—.

Igual está deseando meterse en la cama de los dos y descubrir, al fin, quién de los dos la tiene más grande.

Me paré en seco, e ignorando las voces que me gritaban que no entrase en el juego que habían comenzado sin mi consentimiento, me giré y me encaré a ella.

Podría haberle devuelto aquel comentario tan misógino y haber empezado a enumerar todas las personas con las que ella misma se había acostado en los últimos meses.

Podría haberla dejado en ridículo y exponer en alto, como ya bien todos sabíamos, que si salía con Fabien era solo porque eran igual de tóxicos e imbéciles.

Podría haberle recordado que no tenía ni una sola amiga verdadera, pues todas las personas que estaban en su vida se encontraban allí por la influencia y el dinero de sus padres.

Pero yo no era así.