El idioma de los girasoles XIV, Kylian #2
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XIV, Kylian #2

En los casi cuatro minutos que duró el recorrido de la montaña rusa, me di cuenta de que la libertad no era algo que llegaba por sí mismo y que, al igual que habíamos hecho para montarnos, era algo en lo que se tenía que trabajar para conseguirlo.

Esperar una cola interminable. Aguantar esas náuseas que te atenazaban el estómago. Sonreír y gritar hasta expulsarlo todo.

Y, sobre todo, no conformarse con una altura decente, sino aspirar a tocar el punto más alto.

Así que eso hice en cuanto nos bajamos y dejé de temblar por culpa de la adrenalina.

—Vayamos al estanque de los patos —me adelanté antes de que mi hermana o Lalia tomaran la delantera y me quitaran la oportunidad de hacer un movimiento que, si salía bien, podía ser crucial—. Está cerca del puesto donde hemos comprado las bebidas. Me fijé antes.

—Eres el segundo mayor, así que…

Una vez llegamos a aquel puesto, atestado de niños que no dejaban de gritar para ver quién atrapaba los tres patos que se necesitaban para ganar uno de los regalos de la caseta, estiré el cuello a los lados y resoplé, sintiendo la presión formarse en mi estómago.

Ese siempre había sido mi juego favorito. No solo porque divertido ver cómo los demás se frustraban al no conseguir ni un animal; también estaba el pequeño factor de que nunca , a lo largo de los años, me había ido sin premio.

Era lo que tenía haber pasado la mayor parte de mi vida pintando y controlando mi pulso para que cada pincelada fuese perfecta y comedida.

—Odio este juego —protestó Kendra a mi derecha una vez pagué y el dependiente nos tendió una caña diminuta a cada uno. Si le sorprendió que fuésemos los únicos adultos que se habían acercado, no lo exteriorizó; dinero era dinero—. Mi paciencia no está hecha para cosas como esta.

—Tu paciencia no está hecha para nada que requiera mucha concentración en muy poco tiempo —rebatí sin inmutarme, escaneando el estanque de agua artificial que había delante de nosotros.

Me dio una patada en uno de los gemelos que me hizo ver las estrellas y gruñir por el dolor.

Me centré en pescar los objetos de plástico amarillo y solo levanté la vista para carcajearme al ver que todos —a excepción de Eleonor, que estaba replicando cada uno de mis movimientos para resultar victoriosa y había capturado uno— parecían estresados por lo mucho que les temblaban las manos.

Tras percatarme de que todos se habían agrupado en una esquina, eché a andar al lugar contrario, ya que allí había muchas menos ondulaciones en la superficie del agua.

Muy pocos intentos después, conseguí pescar los tres que se necesitaban para el premio y me giré hacia ellos con una sonrisa de oreja a oreja.

—Vaya mierda —protestó mi hermano, arrugando la nariz cuando la dependienta me declaró ganador—: Debería haber elegido el puesto de tirar a canasta. Os habría dado una paliza.

—Demasiado tarde —me burlé antes de girarme hacia la mujer. No me lo pensé dos veces y señalé uno de los peluches—. El blanco, por favor.

A pesar de que había transcurrido mucho tiempo, seguían teniendo los mismos premios: esa jirafa con los ojos demoníacos, el gato que sacaba la lengua y el perro de pelo rizado con la cola curvada en forma de corazón.

Yo me decanté por el oso polar; era el primo perdido de uno que le había regalado a Eleonor muchos años atrás, tras darle una paliza en ese mismo puesto y juego.

—¿Sigues teniendo al Señor Arcoíris? —me interesé mientras íbamos dirección a los coches de choque que había elegido ella, tras sopesarlo varias veces.

Tenía la esperanza de que, como me había dicho Lalia en la atracción, no se hubiera deshecho de aquel regalo. Aquello sería una señal de que no todo estaba perdido y que había un mínimo de posibilidad de recuperarla.

En un gesto nervioso que no se me pasó por alto, se llevó la mano al cuello en un acto reflejo que me llevó, una vez más, al pasado. A cuando llevábamos ese colgante a juego que no nos quitábamos ni para ir a la playa.

No lo tenía puesto, pero aun así me sorprendió aquella reacción.

—Sí —admitió tras unos segundos de tensión en los cuales se me aceleró el pulso más que en lo alto de la montaña rusa. Se mordió el labio antes de soltarlo y añadir—: Está en el invernadero. En nuestro rincón.

Una punzada me retorció el pecho.

Nuestro rincón.

—Entonces… —Estiré la mano y le entregué el oso polar, que aceptó con manos temblorosas—. Para ti. Para que le des un mejor amigo y no esté solo. Podría llamarse Señor Tormenta.

Sonrió un poco.

—Le pegaría más Señor Nube, por ser tan blanco —disintió, acariciándole la cabeza con gesto ausente—. Pero no puedo aceptarlo. Lo has ganado tú.

—He sugerido ese puesto porque sabía que conseguiría cualquier cosa. —Inspiré hondo para armarme de valor y soltar lo que de verdad pensaba—. Bueno, en realidad he sugerido ese puesto por ti. Porque quería regalarte algo.

—¿Para afianzar la tregua y que dure más allá de esta tarde? —bromeó antes de volver a mordisquearse el labio inferior. Se me fue la vista y supe que se dio cuenta por cómo se le tensaron los hombros—. No sabía que eras tan buen estratega. Antes… —Tragó con fuerza—. Antes no eras así.

Me encogí de hombros.

—Antes no era muchas cosas —maticé sin inmutarme. O al menos fingí no hacerlo, porque por dentro estaba aterrorizado—. He cambiado, Leo. Te lo aseguro.

—Está bien —suspiró y se colocó el peluche en la cadera—. Me lo quedaré.

Tuve que controlarme para no alzar el puño hacia el cielo y celebrar aquella victoria. Solo entonces me di cuenta de algo.

—Eh, es la primera vez que no me corriges y me dices que te llame Eleonor, en vez de Leo.

Bufó y echó la cabeza hacia un lado para que le cayera el cabello sobre el rostro. De nuevo, no sirvió de nada; ya me había percatado de que se le habían teñido las mejillas de rojo.

—¿Serviría de algo?

Mi sonrisa se hizo más amplia.

—No, claro que no.