XIV, Kylian
—¡ B ien! Ya hemos llegado, así que supongo que es el momento perfecto para hacer una lista rápida de los sitios que queremos visitar.
Arrugué la frente y alcé una ceja.
—¿Una lista? ¿Para qué? —Le eché un vistazo rápido a la feria que habían montado en el pueblo de al lado y sentí los colores de cada establecimiento bailotearme en los ojos—. Lo mejor, y lo más lógico, es ir puesto por puesto y ver qué nos apetece.
Kavan, que se había puesto unas gafas de sol para que la luz no le molestase al conducir, asintió y me dio la razón sin necesidad de palabras.
—Ni hablar —protestó Kendra, torciendo la boca en señal de disconformidad—. Si no hacemos una lista, pasará lo mismo que cuando éramos niños. Nos pelearemos, acabaremos dividiéndonos en grupos y gastándonos una fortuna innecesaria.
—Eso de gastarte una fortuna no pareció importarte cuando me robaste la tarjeta de crédito y te gastaste quinientos euros en ropa a principios de año —bufó mi hermano, con una mueca burlona en los labios—.
Kylian tiene razón. Es imposible saber a qué atracciones queremos subir si no damos una vuelta antes.
Cuando Lalia creó un grupo para avisarnos de que comenzarían las fiestas en Rognac y que le encantaría que fuésemos juntos, como cuando éramos pequeños y nadie más que Kavan llegaba a la altura mínima para montarse en las atracciones para adultos, supe que pasaría exactamente eso; no lograríamos ponernos de acuerdo y acabaríamos discutiendo por tonterías.
No pude evitar sonreír por la nostalgia.
Aún recordaba perfectamente esa tarde de finales de verano, el último que pasamos aquí.
Kendra y Lalia estaban obsesionadas con una casa del terror infantil, que habían decorado con motivos de princesas y dragones, mientras que Eleonor y yo ansiábamos subir al castillo hinchable que habían inflado al final del puerto y desde donde se veía el mar a la perfección.
Al final, y solo para que la bola no se hiciera más grande, acabamos divididos.
Kavan se fue con ellas, ya que era el mayor, y nosotros pudimos cumplir nuestros deseos.
Jamás olvidaría la manera en la que Eleonor entrelazó sus dedos con los míos mientras hacíamos aquella cola interminable, cómo se reflejaba el mar embravecido en sus ojos esmeraldas y, sobre todo, lo mucho que se me aceleró el corazón cuando, para quitarme una hoja del cabello, se inclinó y jugueteó con los rizos que me caían sobre la frente.
El castillo hinchable acabó siendo una decepción tremenda, todo lo contrario a la casa del terror en la que se había metido Kavan —que se pasó todo el camino de vuelta comentando lo divertido que había sido—, pero me dio absolutamente igual.
Lo único que me importaba era que había pasado la tarde con mi mejor amiga y que, por primera vez en mucho tiempo, sentí esa conexión que había entre nosotros y que llevaba meses sin percibir.
Volví al presente, a esa realidad que tanto me dolía, y pillé a Eleonor observándome de reojo. En cuanto nuestras pupilas se encontraron, apartó la mirada a toda prisa.
Me pregunté si habría recordado lo mismo que yo.
—¿Tú qué piensas, Ellie? —soltó entonces Lalia, reclamando su atención—. Te toca desempatar. ¿Lista o improvisación?
Sus ojos volvieron a entrelazarse con los míos. Fue solo un segundo, pero suficiente para levantar un huracán en mi interior y sacudirme por completo.
Así de fácil le resultaba poner mi mundo patas arriba; una mirada y todos esos sentimientos que creía enterrados en lo más profundo de mi mente resurgían con más fuerza que nunca, recordándome que no habían desaparecido.
Solo se habían escondido, aguardando el momento perfecto para volver a flotar en la superficie.
Y ahí estaban de nuevo.
A la deriva, esperando a que tomara las riendas y los atrapase.
—Improvisemos —dijo, para sorpresa de todos—. Tenemos toda la tarde por delante y ya no somos niños que dependen del dinero de sus padres.
Su hermana suspiró, frustrada por la derrota, pero acabó alzando los brazos y señalando uno de los primeros puestos de comida que había en la entrada al puerto.
Ni siquiera nos dio tiempo a protestar o a decir cualquier cosa.
Se limitó a sacarse la cartera del bolsillo y echó a andar, totalmente decidida.
Solo se giró para asegurarse de que la seguíamos.
Justo cuando separé los labios para pedir mi bebida favorita, Eleonor me robó el turno de palabra y dejó un billete de cinco euros sobre el mostrador.
—Un granizado de limón y otro de naranja, por favor.
—En menos de un minuto, el señor preparó ambas bebidas y se las tendió con una sonrisa cálida.
Acto seguido, y para mi sorpresa, ella se giró y alargó uno de los brazos en mi dirección—.
Quizás debería haber preguntado antes, pero… Granizado de limón. Tu preferido.
Titubeé, sin saber cómo se suponía que debía reaccionar.
Una semana; ese era el tiempo que había pasado tras nuestra discusión. Desde entonces, apenas habíamos intercambiado una sola palabra. Ni siquiera al coincidir en el jardín, donde yo salía para pintar y ella se pasaba horas leyendo, habíamos sido capaces de actuar como si nada y saludarnos.
Y, sin embargo, ahí estaba. Ofreciéndome aquello con las manos temblorosas y una sonrisa torcida por los nervios. Con la mirada huidiza y una pátina de sudor recorriéndole la frente.
Con las mejillas cada vez más sonrosadas.
—¿Debería tomarme esto como una tregua? —pregunté, todavía demasiado confuso como para saber cómo actuar.
De todo lo que pensaba que ocurriría esa tarde, eso no entraba en mis planes. De hecho, había dado por descontado que me ignoraría y que me vería obligado a fingir que no me afectaba.
—Tómatelo como una pequeña disculpa —discrepó tras darle un trago a su bebida y soltar el típico suspiro extasiado que se te escapa cuando algo está rico—.
Por ser tan cruel el otro día. Te dije lo que sentía sin ningún tipo de filtro, sin ponerme en tu situación, así que… Sí, supongo que es una tregua.
Como las palabras adecuadas seguían sin venirme a la garganta, acabé limitándome a asentir y chocar mi vaso contra el suyo, a modo de brindis. Su sonrisa se amplió un poco más y yo noté una punzada en el pecho que me resultó imposible de ignorar.
—Soy el mayor, así que me toca elegir el primero —determinó Kavan, sin admitir una sola réplica, antes de señalar la montaña rusa más alta de todas—. Esa. Empecemos fuerte, a ver quién es el primero en acabar vomitando o en quejarse.
El tiempo que tardamos en llegar a la atracción fue más que suficiente para terminar nuestras bebidas, que no tardaron en empezar a derretirse por lo fuerte que pegaba el sol.
En un momento dado, saqué la pajita de mi granizado —al que solo le quedaban cubitos de hielo diminutos— y la introduje en el vaso de Eleonor.
Para cuando se dio cuenta de que le estaba robando el último sorbo, ya era demasiado tarde.
—¡Eh, eso no vale! —se quejó tras percatarse de que no le había dejado nada.
Solté una carcajada tan audible que los demás, un par de pasos por delante de nosotros, se giraron y se quedaron observándonos con fijeza. Me pregunté si a ellos también les sorprendería nuestro pequeño avance o si era el único que le había dado tanta importancia.
La mirada brillante y emocionada de Lalia me dio la respuesta que buscaba.
—No es mi culpa que llevases cinco minutos dándole vueltas —me defendí.
Me dio un empujón con el hombro que, aunque no me desestabilizó por fuera, sí lo hizo por dentro.
—Eres consciente de que me vengaré, ¿verdad?
—Estaré esperándolo.
Después de que mi hermano pagase por las entradas —habíamos acordado en el camino que cada uno pagaría lo que hubiese propuesto— e hiciéramos cola, Lalia se situó a mi lado y me tomó del codo para que nos sentásemos juntos.
Fruncí el ceño, sin comprender por qué me había escogido a mí en lugar de a Kendra.
—Sigues enamorado de ella, ¿verdad? —me susurró en el oído cuando nos ubicamos en nuestra fila, asegurándose de que los demás no nos escuchaban. Abrí los ojos como platos; la única a la que se lo había dicho había sido a Naomi—. Venga ya, Kiki. Lo sorprendente es que el resto no se dé cuenta.
Como me daba demasiado miedo admitir que tenía razón, opté por hacerme el tonto. Siempre funcionaba.
—¿Qué te hace pensar que estoy enamorado de Eleonor?
—Podría decir algo típico, como que es de lo más obvio.
—Se pasó la mano por el cabello, que parecía más rubio que de costumbre por la manera en la que el sol le impactaba contra el rostro—.
Pero va mucho más allá. Es por la manera en la que se te ilumina la cara al pillarla mirándote.
Y la forma en la que se te apaga al ver que las cosas no salen como te gustaría.
—¿Te dijo lo que pasó entre nosotros? —Asintió con pesar e inspiré hondo—. Es muy difícil mantener el optimismo cuando intentas arreglar todos tus errores y te encuentras con una barrera demasiado alta.
El mecanismo de las sillas se afianzó justo en ese momento y se me pusieron los pelos de punta.
—¿Tienes algo pensado?
—Quiero escribirle unas cartas —confesé a media voz—. Algo más personal que un mensaje de texto, pero menos intrusivo que soltar todo lo que pienso en persona. También quiero darle algunos dibujos. O fotos que me quedé yo. No sé si le gustará o si lo destruirá nada más lo reciba, pero…
Me puso una mano en el hombro y me lanzó una sonrisa dulce.
—Ellie puede ser muchas cosas; amargada, rencorosa y muy introspectiva. Pero no destrozaría algo así —aseguró, tan convencida que casi la creí—. No si de verdad pones todo tu empeño en ello. Confía en mí. La conozco mejor que nadie.
Estuve a punto de agradecérselo, de decir que ese era el empujón que necesitaba, cuando la atracción se puso en marcha y toda la sangre se me acumuló en las piernas.