El idioma de los girasoles XIII, Kavan #2
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XIII, Kavan #2

—¿Qué te ocurrió? —atiné a decir, con voz más débil de lo que me habría gustado. Podía hacerme una idea, después de lo que había notado antes de los fuegos artificiales, pero quería darle la oportunidad a ella de contarme su historia.

—Bueno, como bien sospecharás, me diagnosticaron un tumor en el pecho —farfulló, enrollando los espaguetis en el tenedor sin llevárselos a la boca—.

Al principio dijeron que era benigno y que no había necesidad de operarlo.

Que solo había que vigilarlo. Pasé meses así, con esa palabra instalada en la cabeza como una alarma que no podía apagar.

—Otra bocanada de aire—. Luego… cambió de tamaño y tuvieron que operarme. Acababa de cumplir los dieciséis años.

Me costó un par de segundos encontrar las palabras.

—No tenías por qué cargarlo sola —balbucí, más cauteloso que minutos atrás—. Podrías habérmelo contado. No tenía la oportunidad de venir, pero… Pero me habría gustado estar ahí, aunque fuese a la distancia y…

—Era una situación muy complicada. Lo que más aprendí de esa época es que no importa toda la ayuda que tengas a tu alcance si no la aceptas.

Y es duro. Es duro porque es una pelea con tu cabeza, que procesa las cosas de un modo muy diferente a la realidad y…

No sé. A veces creo que ya me he hecho a la idea de que nunca seré la misma y, otras, soy incapaz de mirarme cuando me visto o me ducho porque…

—Se detuvo de inmediato—. No sé por qué te estoy contando esto. Perdón.

En un arrebato que no me molesté en controlar, estiré el brazo y la tomé de la mano, con más firmeza y decisión que ella en el coche. Tiritó cuando delineé la curva de sus nudillos con el pulgar; sin embargo, no se apartó.

—No quiero que te disculpes, sino que confíes en mí. No como en el pasado, porque sé que es prácticamente imposible —remarqué, intentando que me mirase a los ojos. No lo conseguí—. Ya no tengo diecisiete años, Eleonor. Ahora soy capaz de tomar decisiones por mí mismo.

—¿Y qué decisión has tomado ahora?

—Que no te dejaré ir de nuevo —sentencié, muy serio—. Tal vez no regresemos a Saint Julien de manera definitiva, porque tanto mis hermanos como yo hemos rehecho nuestras vidas en Nantes. Pero sí puedo asegurarte que eso no me detendrá para seguir en contacto contigo.

Vi cómo tragaba con fuerza y cómo le temblaba la mano, que continuaba bajo la mía.

—¿Y si yo no quiero eso? ¿Y si quiero poner distancia de por medio?

—Tanto tú como yo sabemos que, si de verdad hicieses eso, sería solo para protegerte de ti misma.

—Me eché hacia atrás y la solté a pesar de que el cuerpo me pedía que continuara hasta que se me durmiesen los dedos—.

Si de verdad no desearas saber nada de mí, no estarías aquí.

Te habrías inventado cualquier excusa para no venir.

Se me escapó una sonrisa ladeada al ver cómo se mordía el labio.

Había dado justo en el clavo.

—Tenía una segunda pregunta —dije al cabo de un momento.

Alzó la barbilla, en guardia de inmediato.

—Déjame adivinar. ¿Es sobre Kylian? —No respondí, porque no hizo falta—. ¿Tengo derecho a usar el comodín?

Lo acepté sin protestar. Sabía reconocer cuándo había llegado al límite de lo que podía dar, y forzarla más allá de ese punto no serviría de nada.

Menos aún después de que se hubiera abierto en canal y me hubiese hablado de alto tan sensible como la enfermedad que había marcado un antes y un después en su vida.

—De acuerdo —acabé cediendo, vaciando lo poco que quedaba de mi copa en mi boca—. Pero que conste que la conversación sigue pendiente.

—Entonces… ¿Eso significa que no me odias por haber tomado esa decisión en el pasado? —inquirió, escéptica, después de un silencio que ninguno de los dos se molestó en llenar.

—¿Por qué te odiaría? En su momento me confundió e hizo que me comiera la cabeza, sí.

Ahora, en cambio, soy lo suficientemente maduro como para entender que no era algo fácil de afrontar.

—Al ver que mi argumento no parecía terminar de convencerla, suspiré y agregué—: Tenías dieciséis años, Eleonor.

Demasiado joven para cargar con eso sola, pero lo suficientemente mayor para saber que nadie iba a poder cargarlo por ti.

Debió ver algo en mi cara, porque tembló un poco.

—¿Por qué lo dices como si lo entendieras a la perfección?

—Porque yo también sé lo que es tener una edad en la que no puedes decidir nada, pero tienes que afrontarlo todo —respondí, sin entrar en más detalles. No era el momento—. Así que sí, Riviere, lamentablemente te entiendo más de lo que crees.

—No te lo dije porque no confiase en ti —terció varios minutos después, cuando comenzamos a degustar la comida, que se había enfriado un poco—.

Simplemente… Tenía miedo de que vieses el monstruo en el que me había convertido.

Me volví muy fría, más que de costumbre.

No quería saber nada de nadie. Trataba mal a todo el mundo, porque sentía que nadie me querría jamás.

Me aislé tanto que pasé semanas sin salir de mi habitación más que para ir al médico.

Inspiré con calma.

—Sé que ya no sirve de nada, pero jamás me parecerías un monstruo, Riviere.

Esbozó una mueca triste que casi parecía una sonrisa.

—¿Ni siquiera cuando te miro con mala cara y te saco de quicio?

Exhalé en forma de risa y negué con la cabeza.

—Ni siquiera en esos momentos.