XIII, Kavan
A unque era la primera cita que tenía en mucho tiempo, no estaba nada nervioso.
Quizá se debía a que conocía a Riviere más que de sobra y había la suficiente confianza entre nosotros como para no tener que preocuparme de detalles tontos como cuáles eran sus preferencias y manías.
O quizá se debía a que ya no era ese adolescente hormonal que deseaba besarla cada vez que se mordisqueaba el labio o jugueteaba con su cabello.
No lo tenía muy claro.
Pese a que me había planteado llevarla a un restaurante caro del pueblo de al lado, al final había optado por algo más relajado.
No quería que pensara que buscaba algo más que una amistad o que planeaba sobornarla.
Esa cita había surgido porque ella sentía que me debía una por ayudarla con su ataque de ansiedad, y por muy gilipollas y cretino que fuera, tenía mis principios.
Así que ahí estaba, apoyado en mi deportivo despampanante y esperando a que saliera de su casa.
Casi como si lo hubiéramos planeado, apareció justo dos segundos después.
— Hey —saludó con una sonrisita tirante en cuanto echó la llave de la entrada.
Sin apartar la mirada de ella, me despegué del coche y abrí la puerta del copiloto con una reverencia teatral que le hizo gruñir por lo bajo. Sonreí; esa sí era la Eleonor que conocía, la que no disimulaba sus pensamientos ni se los tragaba.
Sabía que no todo el mundo estaría de acuerdo conmigo, pero prefería mil veces sus comentarios desagradables a que me tratara como si fuésemos completos desconocidos o fingiera ser alguien diferente para quedar bien ante mí y complacerme.
No iba muy arreglada, pues llevaba un vestido suelto de color azul y un moño bajo del que se escapaban algunos mechones que quise colocarle tras las orejas, pero no pude evitar pensar en lo preciosa que estaba.
El tono pálido del tejido hacía que su rostro, libre de maquillaje a excepción de la máscara de pestañas y el colorete rojizo que le teñía las mejillas, parece más lleno de vida que los días anteriores.
—Si hubiera sabido que te pondrías tan guapa, me habría arreglado más —pronuncié después de que tomara asiento, sabiendo que el rubor de su rostro se intensificaría más. Si había algo que Eleonor detestaba, eran los halagos inesperados—. Cualquiera diría que esto de la cena ha sido idea mía.
A pesar de soltar un bufido entre dientes, sonrió un poquito más.
—Si lo que pretendes es que te diga que no debes preocuparte y que tú también estás guapo, no lo vas a conseguir —respondió al mismo tiempo que se abrochaba el cinturón de seguridad.
—Vaya, y yo que pensaba que había disimulado bien mis intenciones…
Mi mueca burlona se amplió al verla escanearme de arriba abajo, en especial cuando le dedicó toda su atención a la camisa negra que había elegido Kendra por mí. Solo por ello, aproveché para deshacerme de un par de botones y subirme las mangas para que no me diera tanto calor.
—No sabía que tenías tatuajes —comentó con naturalidad, señalando el que asomaba por el cuello de la prenda—. ¿Es el único?
Negué con la cabeza mientras encendía el motor.
—Tengo tantos que, como siga a este ritmo, me veré obligado a borrarme algunos para tener piel nueva.
El torso, la espalda, las piernas… Están casi completos.
—En un ademán rápido, me pasé la mano por el cabello para apartármelo de los ojos y poder centrarme bien en la carretera—.
Ya sabes que no soy pudoroso, así que no me importaría desnudarme para que los veas todos.
—¿Y en los brazos? —insistió, ignorando mi propuesta por completo—. ¿No tienes ninguno?
La saliva se me quedó atascada en la garganta.
—Ya sabes que a mi madre no le gustaban los tatuajes, y menos aún si eran visibles.
—Me costó empujar esas primeras palabras; el resto, sin embargo, salieron a borboteos—.
Por eso mismo, cuando empecé a llenarme el cuerpo de tinta, me prometí que los haría por y para mí mismo.
Si buscas fotos de mis partidos —me adelanté—, no verás los de las piernas.
Me he asegurado de que los tapen los pantalones y las medias.
En un gesto que no vi venir, puso su mano sobre la mía y me lanzó una sonrisa tensa a modo de disculpa por haberme hecho hablar de mi madre. Yo le quité importancia y cambié de tema cuanto antes.
El resto del trayecto se me hizo tan corto que, para cuando me percaté, ya había aparcado enfrente del restaurante.
—¿Es aquí?
—Sí, al fin podemos dar por empezada nuestra cita no cita —me burlé, consciente de lo mucho que detestaba que me refiriera a todo aquello como cita y no como una quedada casual—. ¿Qué te parece? He pasado toda la tarde investigando los locales de la zona.
Como bien indicaban las imágenes de internet, la decoración no era ostentosa.
Parecía, más bien, como si hubieran llevado una cabaña de montaña a un lugar de costa; había plantas colocadas en puntos estratégicos, mesas de madera oscura pulida hasta la extenuación y las paredes del interior estaban compuestas de tablones gruesos que le daban un aspecto más rústico.
—Es perfecto —pronunció, con la mirada clavada en las numerosas lucecitas que había encendidas la terraza en la que nos sentamos—. No sé qué me sorprende más, si lo bonito que es todo o que hayas encontrado algo tan bonito en pocas horas.
Había algo de ironía en sus palabras, pero opté por ignorarlo.
—¿Qué te puedo decir? En ese sentido soy un poco como Barbie y me gusta abarcar todos campos los campos habidos y por haber, no solo el del fútbol.
—Le hice una señal al primer camarero que distinguí para que nos trajese la carta y se lo agradecí con una sonrisa radiante—.
El típico caballero, el futbolista con fama de mujeriego, el chico tatuado y misterioso…
Tengo que mantener las expectativas bien altas, para que el interés no decaiga.
—Y eso que te has olvidado de tu faceta principal: la de imbécil egocéntrico —rebatió y soltó una carcajada suave al ver cómo fruncía el ceño.
La señalé con el dedo índice justo cuando nos trajeron el menú.
—Saber lo que valgo no me hace ser narcisista ni egocéntrico.
Puso los ojos en blanco mientras escaneaba la lista, decidiéndose casi de inmediato por unos espaguetis con pesto de pistacho y tantas especias que me mareé con solo leerlas.
Yo, en cambio, me decanté por un filete poco hecho y una salsa cuyo nombre se me olvidó nada más comunicárselo al chico que nos atendió.
—¿Y ahora qué se supone que tenemos que hacer?
—añadí tras darle un sorbo al vino que nos habían servido nada más sentarnos—.
¿Fingir que no sabemos nada del otro y que es la primera vez que coincidimos?
Porque lo vería una pérdida de tiempo. Sabes cómo me llamo, que en unas semanas es mi cumpleaños y a qué me dedico.
—Vayamos al grano —lanzó a la vez que ladeaba la cabeza, observándome con tanta fijeza que casi tirité—. ¿Por qué, de todas las cosas que podrías haber pedido para cobrarte el favor, decidiste invitarme a cenar?
Alcé una ceja, incrédulo.
—Yo preocupándome por ir poco a poco y disfrutar de esta bonita velada, y tú quitándole la magia a todo…
—protesté después de relamerme los labios para que no quedase ni una sola gota de vino en ellos.
Por mi profesión, eran pocas las ocasiones en las que me permitía beber alcohol—.
Aunque no sé por qué me sorprendo. Siempre has sido así de impaciente.
Hubo un destello en su mirada que no supe cómo interpretar.
—No soy tonta, Ajax. —Se encogió de hombros al tiempo que se apartaba un mechón ondulado del rostro—. Sé que uno de los motivos por los que has querido invitarme a cenar es porque quieres sacarme información, pero no diré nada porque te lo has ganado. Así que adelante, pregúntame lo que quieras.
—Si lo hago, ¿responderás? Porque eso sí que sería sorprendente.
Esa vez fue ella quien se llevó la copa a los labios.
Compuso una mueca al saborearlo, disgustada.
—Depende de lo que sea.
—Solo tengo dos preguntas —admití—. Pero necesito que respondas con total sinceridad.
La mirada que me lanzó me dejó bien claro que, si no iba a tientas, no obtendría la información que tanto anhelaba.
En cierto modo, me lo esperaba; Eleonor siempre había sido muy cerrada, hasta el punto en que había cosas de ella que no conocía, como su color favorito, cuáles eran sus libros preferidos o detalles nimios como si echaba antes los cereales o la leche.
—Lo haré.
—¿Por qué te alejaste hace cinco años? —tanteé, controlando las ganas que tenía de ponerme a jugar con la servilleta.
No quería que notase que aquella situación me ponía de los nervios, pues sentía que había perdido el control y se lo había cedido aun cuando todo eso había sido idea mía—.
¿Fue por nuestra ruptura?¿Porque creías que no merecía la pena seguir con nuestra relación después de que todo se fuese al garete?
Frunció el ceño.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Llevo años preguntándome si hice algo mal sin darme cuenta o si directamente creías que no tenía sentido seguir adelante con nuestra amistad después de lo ocurrido —confesé después de morderme el interior de la mejilla tan fuerte que sentí el sabor de la sangre en el paladar—.
Estuve meses comiéndome la cabeza porque…
—No fue solo contigo —dijo al fin, en voz baja—.
Me alejé de todo el mundo. De mis padres, de Lalia, de los dos amigos que tenía.
—Tomó una pausa para respirar hondo—. Estuve enferma una larga temporada.
Y cuando eso pasa, cuando tienes miedo de verdad…
Digamos que, ahí, lo más fácil es desaparecer antes de que los demás puedan verte rota y descompuesta.
Casi maldije en voz alta cuando el camarero apareció en ese mismo instante y nos sirvió lo que habíamos pedido. Me esforcé para agradecérselo con una sonrisa fugaz y esperé a que se alejara antes de volver a hablar.