XII, Eleonor
L a puerta del cuarto de Kylian estaba entornada cuando me asomé a su cuarto.
Aprovechando que no se había percatado de mi presencia, le observé a la distancia.
Tenía la libreta apoyada sobre el escritorio y el cuerpo inclinado hacia delante, concentrado en algo que yo no llegaba a ver.
Lo único que distinguía era el movimiento pausado de su mano derecha y la manera en que cada pocos segundos ladeaba la cabeza, evaluando cada trazo que realizaba.
—¿Qué estás pintando hoy? —pregunté al caer en la cuenta de que, a menos que yo hablara, no se percataría de mí. Siempre que se obnubilaba con el arte era imposible reclamar su atención de otro modo.
De golpe, como si le hubiera pillado haciendo algo que no debía, dio un salto y cerró el cuaderno, asegurándolo con la tira elástica que impedía que las páginas se desbordaran. Solo entonces se giró hacia mí, con el rostro colorado.
No me dio tiempo a preguntarme a qué se debían esos nervios, porque enseguida bajó la mirada y se fijó en que llevaba la equipación del equipo de Kavan, de un púrpura intenso que hacía que mis ojos parecieran más claros.
Algo en su expresión cambió de forma tan sutil que, si no fuera porque estaba muy pendiente de todos sus gestos, me lo habría perdido.
—Nada importante —respondió tras soltar un suspiro y darse cuenta de que seguía sin contestar a mi pregunta.
—¿A qué vienen tus nervios, entonces? —musité, escéptica. Me adentré en el cuarto y me senté en el borde de su cama para observarle desde más cerca—. Si no fuese «nada importante», como bien dices, no habrías reaccionado así.
—Es solo un trabajo para clase.
Supe que mintió porque no me miró a los ojos y, además, se rascó la nuca.
—¿Es un regalo para mí y por eso no me lo quieres decir?
Por lo general, no solía insistir cuando ocultaba algo. Simplemente respetaba sus tiempos y le daba su espacio. Pero en ese momento… me fue imposible cerrar la boca y dejarlo pasar.
—No. —Justo cuando separé los labios para preguntarle si tenía que ver con los rumores de que le gustaba alguien de nuestra clase, este se me adelantó y añadió—: No sabía que venías al partido tú también.
De ese modo, el anterior tema de conversación quedó zanjado.
—Le aseguré que iría a su primer partido. Y ya sabes cómo soy con las promesas.
El viaje al polideportivo, que había prestado su campo de fútbol para la ocasión, duró apenas quince minutos; suficientes para que encendiéramos la radio del coche y gritásemos a viva voz las canciones que sonaban en los altavoces, sin importarnos las risas de sus padres.
En cuanto nos apeamos del vehículo, abrí los ojos como platos.
—Nada que ver con los partidos de baloncesto, ¿eh? —pronunció Olivia, tan sorprendida como yo por la cantidad de personas que se habían acercado para ver a nuestro pueblo enfrentándose con el de al lado.
Ubicar a Kavan no fue complicado; una vez sentados en el sitio que nos correspondía de las gradas, resultó fácil reconocerle.
No por su tono de piel, sino porque todo él llamaba la atención: cómo sonreía de oreja a oreja, cómo levantaba la pierna más alto que los demás, cómo bromeaba con Axel.
Este último también se veía pletórico, con esos guantes que lucían casi más grandes que su cabeza debido a su posición como guardameta.
Un aleteo furioso se instaló en mi estómago cuando analizó su alrededor y nuestras miradas se encontraron. Intenté mantenerlo a raya y saludarle con simpleza, pero las pulsaciones se me revolucionaron de nuevo cuando le hizo un gesto de disculpa al entrenador y se acercó a nuestra posición.
—No os esperaba tan pronto —soltó a modo de saludo. Me arrebató la botella que tenía en la mano para darle un buen trago y, al presentir que iba a protestar, silenció mis palabras con un guiño—. Aún quedan treinta minutos.
Su padre estiró el brazo para revolverle el pelo con cariño.
—Como sigas saltándote las normas, volverán a ponerte en el banquillo —le regañó con suavidad, ganándose un codazo de parte de su mujer.
—Calla, Daren. No hemos criado a nuestro hijo para que no salude.
El hombre puso los ojos en blanco antes de inclinarse para darle un beso en la mejilla. El corazón se me retorció un poco por la calidez de la escena; había tantísimo cariño, tantísima ternura en todo lo que decían y hacían que era imposible pasarla por alto.
—Oye, Riviere —pronunció Kavan con cautela, antes de devolverme la botella. La sacudí y resoplé al notar que la había dejado medio vacía—. ¿Podemos hablar un segundo a solas?
Entrecerré los ojos.
—¿Para qué?
Me indicó con la mirada que no le apetecía que su familia se enterase, así que me ajusté bien la bufanda y me levanté del asiento para seguirle.
No llegamos muy lejos, de todos modos; el espacio de las gradas se estaba llenando a toda prisa y no había mucho más espacio que un pequeño hueco en el pasillo que las fragmentaba.
—Tengo algo que proponerte.
Exasperada, me llevé la mano a una de las sienes y me la masajeé.
—Al grano, Ajax. Me estás poniendo nerviosa.
Soltó una carcajada grave que, además de reverberarme por todo el cuerpo, me aceleró el pulso de nuevo. En ese instante me di cuenta de lo cerca que estábamos y, por ende, del calor que emanaba su piel.
—¿Te pongo nerviosa? —pronunció en un ronroneo, dando otro paso hacia delante—. Vaya, Riviere, no me esperaba eso de ti. Con lo fría e inaccesible que eres, quién diría que…
Pasé por alto aquellos adjetivos e intenté hacer lo mismo con la corriente eléctrica que me recorrió la columna vertebral. No sirvió de mucho.
—Al grano —repetí para interrumpirle, cada vez con menos paciencia.
Se aclaró la garganta con una tos de lo más exagerada y se puso serio.
—Si meto un gol, ¿accederías a tener una cita conmigo?
—¿Qué? —exclamé con espanto, sin saber cómo gestionar el bullicio que se me instaló en la boca del estómago—. ¿Una cita? ¿Tú y yo? ¿Solos?
Echó la cabeza hacia atrás y soltó otra risotada.
—En eso consisten las citas, sí —asintió para sí mismo, antes de seguir hablando y contarme lo que tenía en mente—. Dentro de dos semanas sale la adaptación de uno de esos libros que tanto te gustaron el año pasado, así que pensé en... Eso. En que podríamos ir juntos al cine.
No supe bien qué me dejó más pasmada, si aquella proposición tan repentina o que se acordara de aquella saga que tanto me había marcado meses atrás. Por eso mismo, durante los siguientes treinta segundos me quedé en silencio.
El corazón me dio otro vuelco al caer en la cuenta de que que no había dejado de sonreír en todo lo que llevábamos de conversación.
—Pero solo si anotas un gol —le recordé, mordiéndome el labio para disimular mis nervios. Otro escalofrío me sacudió de arriba abajo cuando bajó la mirada y la clavó en mi boca—. Hecho.
Antes de que pudiera reaccionar, me desabrochó el abrigo y sonrió de manera triunfal al ver que había cumplido mi palabra.
—Si hubiese sabido que te quedaría tan bien, te la habría dejado antes. —Intentó decir algo más, pero el grito lejano de su entrenador le interrumpió—. El deber me llama, Riviere. Nos vemos después.
Aunque hizo el amago de levantar la pierna para saltar la valla y regresar al campo, se detuvo para girarse hacia mí y acunarme la cara entre sus manos. No eran suaves, por todos los años de baloncesto a sus espaldas, pero no me molestó su tacto.
Tampoco lo hizo el beso rápido que depositó en uno de mis pómulos.
Aunque no me gustaban los deportes, me dejé la garganta cuando, aprovechando el pase de un chico asiático cuyo dorsal no pude leer por lo rápido que corría, metió el primer tanto del partido.
Como no podía ser de otra manera, se lo dedicó a su madre, señalándola desde una de las esquinas con una sonrisa que no le cabía en la cara.
El segundo me lo dedicó a mí, acompañado de un corazón fugaz con los dedos; y el tercero, muy poco antes de que el árbitro marcase el fin del encuentro, fue para Kylian.
—Así que… —se mofó cuando llegamos a donde estaba, bebiendo agua tras despedirse de todos sus nuevos compañeros. Axel, por supuesto, se quedó con él; celebraríamos el primer partido del joven con una comida contundente—. Supongo que tenemos una cita pendiente, Riviere.
Me pasé la lengua por los labios y él volvió a bajar la mirada antes de obligarse a alzarla.
—Eso parece, sí.