El idioma de los girasoles XI, Kavan
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XI, Kavan

T omé el silbato y soplé con fuerza.

—¡Últimas dos vueltas! —vociferé para que todas las niñas pudieran entenderme—. ¡Levantad más las rodillas!

Al girarme para agarrar la botella que había dejado sobre uno de los asientos, mis ojos chocaron con los de Eleonor, de pie no muy lejos de donde yo me encontraba.

Por cómo apartó la mirada con urgencia y dio un paso atrás, intuí que llevaba observándome un buen rato y que no entraba dentro de sus planes que la atrapase con las manos en la masa.

Cuadré los hombros y esbocé esa sonrisa ladeada que sacaba de quicio a todo el mundo en lugar de pedirle que se acercara. Quería que fuese ella quien diera el primer paso, en especial tras lo que había sucedido un par de noches atrás.

No habíamos coincidido desde entonces; yo me había pasado todo el fin de semana junto a Axel y la hermana de este, ambos ocupados en organizar fiestas de pijamas con peluches para contentarla.

De hecho, había perdido la cuenta de las veces que se me había quedado enredada en el cabello esa corona de diamantes verdes que tanto le gustaba.

Lo mismo con los cuentos que había tenido que leer en voz alta para que se durmiera.

Gigi, en ese sentido, me recordaba mucho a Kendra.

Cuando esta tenía solo ocho años, nos exigía a Kylian y a mí que fuésemos sus modelos para practicar los maquillajes que veía por la calle.

Después, mamá nos tomaba una foto para inmortalizar esas escenas y las añadía al álbum familiar que compartíamos con los Riviere.

Me preguntaba si seguían conservándolos.

—Hola —la escuché musitar nada más llegar a mi posición, junto a la línea blanca que separaba el campo de las gradas—. ¿Podemos hablar un segundo?

Enarqué una ceja.

—¿Solo vas a decirme «hola»? ¿Nada de «buenos días» o «hoy he soñado contigo y no dejo de pensar en ti»?

Separó los labios para protestar justo cuando el grito de un par de mis alumnas me distrajo. Me giré hacia ellas y vi que todas, sin excepción, se habían situado en el círculo que había dibujado en la mitad del terreno.

Distinguí cómo algunas nos señalaban a Eleonor y a mí y se daban codazos muy poco disimulados que me hicieron soltar una carcajada estridente. La verdad era que, para tener solo doce años, eran de lo más avispadas.

Mi sonrisa se amplió cuando me percaté de que la muchacha a mi derecha había arrugado la frente, algo incómoda con la situación.

—¿Es tu novia, entrenador Ajax? —preguntó la más atrevida de todas, aplastándose el flequillo tupido que le ocultaba la cicatriz que le recorría la ceja. Era la única a la que le dejaba llevar el pelo suelto, pues sabía que aquella marca era su mayor inseguridad.

—Es muy guapa —soltó otra, animada por su valentía—. Ese pelo… Lo que daría yo por tenerlo tan largo y tan ondulado.

Casi espantada por la repentina atención de unas quince niñas, la mencionada ladeó la barbilla y clavó la vista en mi rostro. Imaginé que esperaba que diera yo las explicaciones pertinentes y que negara aquellas suposiciones antes de que fuese demasiado tarde.

Pero no lo hice; quería ver cómo reaccionaba.

—Solo somos amigos desde hace años —acabó suspirando, tan nerviosa que no fue capaz de controlar el volumen de su voz y estuvo a nada de gritarlo a los cuatro vientos.

Crucé los brazos sobre el pecho y sonreí de forma más amplia al ver cómo bajaba la mirada y la clavaba en los músculos que se me marcaban a través de la camiseta apretada que llevaba.

—¿Ah, sí? —opté por hacerme el tonto solo porque sabía que era la forma más fácil de sacarla de quicio—. Primera noticia.

Se mordió el labio con tanta fuerza que el color rojizo desapareció de su boca.

—De hecho, he venido por eso —admitió en un bisbiseo. Se rascó la nuca y suspiró—. Quería hablar de lo que ocurrió el otro día y darte las gra…

Antes de que terminase, le indiqué con un gesto de mano que se detuviera y me dirigí a las niñas, que habían ido aproximándose poco a poco para descifrar lo que estábamos hablando.

Solté otra carcajada; era entrañable verlas tan interesadas en descubrir quién era Eleonor y por qué parecíamos tan cercanos.

—Colocad varios conos a la distancia que queráis y tomad una pelota cada una.

Hoy vamos a practicar dribles. —Al ver que varias protestaban por lo bajo, ya que habíamos hecho ese mismo ejercicio la semana anterior, añadí—: Si veo que os esforzáis, os prometo que en el próximo entrenamiento os enseñaré diferentes técnicas para lanzar penaltis.

Obedecieron sin poner ninguna pega, lo cual me sorprendió. Por norma general, el señor Peng y yo nos veíamos obligados a repetir las cosas incluso tres veces.

Supuse que la presencia de Eleonor tenía algo que ver.

Querían impresionarla.

—Cuando me enteré de que serías el segundo entrenador, temí por ellas —admitió esta.

Le lancé una mirada de soslayo, ligeramente ofendido—.

No me mires así. Aún recuerdo todas las tardes que nos pasamos tu hermano, tú y yo en las canchas, intentando seguirte el ritmo cuando jugábamos al baloncesto. La paciencia no era lo tuyo.

—Eso es porque, en lugar de hacerme caso, os aliabais para poneros en mi contra —me justifiqué, intentando parecer molesto cuando lo cierto era que recordaba aquello con cariño.

El sol calentándonos la cara, el viento enfriándonos la piel y el ruido de nuestras zapatillas chirriando contra el pavimento—.

Lo echo de menos, ¿sabes? Aquellas quedadas. Las de ahora son…

Me quedé callado porque, en el fondo, sabía que no hacía falta describirlas.

La diferencia era más que obvia.

—Ha pasado demasiado tiempo. Es imposible que todo sea como antes.

Negué con la cabeza antes de quitarme la gorra y revolverme el cabello.

—Siendo justos, creo que tiene más que ver con nuestra actitud que con el paso de los años.

—Respiré hondo, llenándome los pulmones e inspirando el leve aroma a césped recién cortado—.

Solo hay que ver cómo han vuelto a congeniar Lalia y Kendra.

Para ellas es como si no hubiese ocurrido absolutamente nada.

Dio un paso hacia atrás, dolida.

—¿Estás sugiriendo que…?

Intuí lo que iba a decir, así que moví la cabeza de izquierda a derecha.

—¿Que el motivo por el que estamos tan distanciados es culpa tuya? En absoluto. No sé qué es lo que ha pasado para que estés tan fría con nosotros, pero supongo que hay un motivo detrás de ello.

—¿Y no vas a insistir hasta descubrirlo? —Con gesto ausente, comenzó a juguetear con el dobladillo de su camiseta, como hacía Kylian cuando estaba nervioso y no tenía ninguna otra distracción—. El Kavan del pasado no se habría dado por vencido tan rápido.

Me pasé la lengua por los labios.

—Si me hubieses preguntado eso hace dos semanas, te habría dicho que sí —me sinceré. No tenía ningún sentido mentir, y menos cuando me conocía lo suficiente como para saber cuándo decía la verdad y cuándo no—. Ahora… Digamos que prefiero esperar a que me lo cuentes tú.

—¿Por qué?

Era una buena pregunta, una cuya respuesta me costó encontrar.

—Porque si ni siquiera eres capaz de mantener una simple conversación con Kylian, cuando él era y siempre será tu favorito, no es lógico que yo aspire a eso. —Apreté los labios al ver cómo desviaba la mirada y se le tensaba la mandíbula—. ¿Tanto te molesta que hayamos regresado?

—No es que me moleste —contestó, monitorizando los movimientos de las niñas.

Yo también hice lo propio, aunque no había nada reseñable; estaban realizando el ejercicio a la perfección, tal y como les había enseñado el primer día—.

Simplemente… Es doloroso. Vuestra vuelta ha hecho que recuerde lo mal que lo pasé cuando os fuisteis.

—¿Crees que nosotros no lo estamos pasando mal?

—No lo pronuncié con reproche, pero aun así giró la cabeza y volvió a enfrentarse a mi mirada, alarmada por si había metido la pata—.

No sabes lo duro que es despertarse en una casa que solías sentir como tuya y ahora notas vacía.

Súmale a eso lo jodido que es, para mí, hacerse cargo de dos hermanos porque tienes un padre ausente que pasa más tiempo fuera de casa que con vosotros.

Carraspeó para aclararse la garganta y abrió y cerró la boca un par de veces antes de soltar lo que se le pasaba por la mente.

—Si es tan difícil para vosotros haber venido, ¿por qué lo habéis hecho? —se interesó, vocalizando cada palabra con mucho cuidado para no herir mis sentimientos—. Podríais haberos quedado en Nantes o haber regresado cuando estuvieseis preparados.

Suspiré.

—Este año se cumplen veinticinco años desde que nuestros padres se conocieron y sabíamos que, si no le hacíamos compañía a papá, volvería a entrar en esa espiral de destrucción en la que se metió después de que…

—«De que mamá muriera», quise decir. Las palabras se me atascaron en la garganta—.

De lo que pasó. Además, en el fondo sabíamos que si no dábamos el paso ahora, no lo haríamos nunca. Era la oportunidad perfecta.

—¿Y os arrepentís?

Sopesé bien la respuesta.

No había hablado con mis hermanos del tema. Pero había llegado a la conclusión de que ese dolor superficial que sentíamos aquí era mejor que el vacío profundo que nos habría esperado si no dábamos el paso nunca y nos anclábamos a Nantes y a sus calles impersonales.

—No. Creo que no.

—Yo… —empezó a decir, cortándose a sí misma antes de llegar a soltar la siguiente palabra. Aun así, volvió a intentarlo—. En el fondo, yo también me alegro de que hayáis vuelto. Al fin y al cabo, este siempre será vuestro hogar. Aquí nacisteis, crecisteis y vivisteis demasiadas cosas.

Consciente de lo seria que se había tornado la conversación, decidí darle una vuelta antes de que me sonsacara más información y viese más allá de la barrera que me había encargado de formar, ladrillo a ladrillo, para protegerme del mundo exterior.

—Si lo piensas bien, también fue aquí donde me enamoré y me rompieron el corazón por primera vez —bromeé y se me escapó una risotada al oírla bufar—. ¿Te acuerdas? Era una chica que por aquel entonces apenas superaba el metro sesenta, de pelo corto y ojos amarillos.

—Son verdes, no amarillos. Al menos eso es lo que Kylian… —se atragantó con su nombre—. Lo que tu hermano solía decir.

Le quité importancia con un movimiento de muñeca.

—Lo que sea. —Saqué el teléfono de uno de mis bolsillos y lo encendí para ver la hora—. ¿Cuándo se supone que empieza tu turno? Ya van a ser las diez.

—Lo sé. He venido antes para poder hablar contigo sobre lo del otro día, pero no quería interrumpirte.

—¿Porque soy tan interesante que podrías escucharme durante horas? —me mofé, dándole un codazo juguetón en las costillas. Me lo devolvió de inmediato, antes siquiera de ser consciente de sus movimientos.

—Porque es de mala educación —rebatió en un bufido.

Puse los ojos en blanco. Eleonor y su cortesía excesiva; otra cosa que no había cambiado con los años.

—Me alegra que hayas sacado algo de tiempo para verme, pero no hacía falta. —Entreabrió los labios para protestar, aunque me adelanté—. No hice lo de la otra noche para ganarme tu gratitud, sino porque aún me preocupo por ti.

Por la manera en la que me observó, impávida, supe que dudaba de mis palabras. Tampoco me molestó; para ella, las acciones eran mucho más importantes que las palabras. Y si para conseguir su confianza tenía que seguir demostrándolo de esa manera, lo haría.

Claro que, para ello, debía poner de su parte. Si no, mis esfuerzos no servirían para nada más que perder el tiempo y energía.

—Siento que te debo una —dijo en cambio. No me importó el ligero cambio de tema. De hecho, me sorprendía que no lo hubiese hecho antes—. Y sabes tan bien como yo que odio sentirme en deuda con alguien.

Cambié el peso de una pierna a otra.

—Ven a cenar conmigo —lancé sin ningún ápice de vergüenza. Esa palabra no entraba en mi diccionario—. Esta noche.

—¿Qué? —graznó.

Compuso una mueca de desagrado que, en otro momento, me habría ofendido; sin embargo, en ese me hizo gracia. Significaba que la había desarmado y tomado desprevenida.

Punto para mí.

—Has dicho que odias sentirte en deuda —repetí y tuve que morderme el interior de la mejilla para dejar de sonreír como un imbécil por aquella victoria—. Entonces, acepta mi propuesta. Cena conmigo y estaremos en paz.

—No.

Me esperaba aquella negativa, así que ni me inmuté.

—¿Te has puesto nerviosa? —Me agaché hasta que nuestras cabezas acabaron a la misma altura, su nariz muy cerca de la mía y nuestros perfumes entremezclándose—. En el pasado solíamos salir muy a menudo. Solos.

Para demostrarle que era yo quien tenía el control de la conversación, bajé la mirada hacia sus labios.

Esos labios que había besado tantas veces que ni siquiera recordaba el número exacto.

—No voy a tener una cita contigo, Ajax.

—¿Quién ha dicho nada de una cita? Solo he ofrecido una cena, nada del otro mundo. —Volví a mirar la hora en el reloj. Quedaban dos minutos para las diez—. Deberías marcharte cuanto antes para no llegar tarde. Esperaré tu respuesta.

—¿Y si no te digo nada?

—Entonces me romperás el corazón de nuevo y no me deberás solo una cosa, sino dos.