X, Kylian
Flashback
—¿ E stás segura de esto? —le pregunté a Eleonor mientras intentaba contener la carcajada que me trepó por la garganta.
—Sí.
No dijo nada más, incapaz de apartar la mirada del paisaje que tenía justo enfrente.
Como cada viernes, Eleonor había venido a casa después del colegio para estudiar lejos de los gritos de nuestras hermanas.
Normalmente, se sentaba en mi escritorio y enterraba el rostro en cualquier libro de texto mientras yo hacía los deberes en la cama; sin embargo, ese día estaba tan frustrada con los ejercicios de matemáticas que había acabado preguntándome, con esa seriedad que la caracterizaba, si podíamos pintar algo juntos.
Lo más complicado no fue explicarle cómo realizar trazos más finos o qué colores usar para darle profundidad a las nubes, sino intentar que no se desmoralizase o se dejara llevar por la impaciencia.
—Estás presionando demasiado la brocha —señalé a la vez que me acercaba a ella.
Cuando giró la cabeza y clavó sus ojos en los míos, tomé su mano para demostrarle cómo mejorar las curvas temblorosas que había dibujado.
Durante los segundos en los que mis dedos estuvieron en contacto con su piel, Eleonor aguantó la respiración y exhaló únicamente cuando la solté y di un par de pasos atrás.
Dudosa, difuminó el rosa que había utilizado para el cielo de fondo y que, pese a ser demasiado vibrante, contrastaba a la perfección con el blanco de las nubes.
—¿Mejor?
—Sí, pero trata de no tensar tanto las muñecas. El movimiento debe ser fluido, no como si fueses un robot al que le falta aceite.
Arrugó la nariz, descontenta por mi comentario, e introdujo el pincel en el vaso de plástico que habíamos preparado con agua limpia. Tras asegurarse de que no quedaba ni rastro de pintura, tomó otro color para crear un degradado en la parte superior del lienzo.
—Nunca entenderé cómo haces que pintar parezca lo más fácil del mundo.
Bufé por lo bajo.
—Tampoco es para tanto, exagerado.
—¿Pero tú has visto esto? —protestó, señalando el caballete que le había prestado con la barbilla—. Parece de todo menos un atardecer nublado.
Solté un suspiro largo. Cuando algo se le metía entre ceja y ceja, era prácticamente imposible convencerla de lo contrario.
—Estoy seguro de que hay algo en lo que tú también destacas, por muy tonto o simple que te parezca.
A pesar de que no compartíamos clase, porque su apellido iba muy por detrás del mío, sabía lo conocida que era por sus buenas notas y por ser una alumna ejemplar.
Por estadística, debía sobresalir en algo.
Y yo quería averiguarlo, porque si bien conocía absolutamente todo sobre ella, era muy privada con sus hobbies .
Abrió los labios una y otra vez, como si quisiera decir algo pero se estuviera controlando. Justo cuando pensé que se daría por vencida y que volvería a centrarse en el cuadro, ignorando mi interés, lo soltó.
—Me gusta escribir.
Le tembló la voz y el color rojo más intenso que había visto en mi vida se instaló en sus mejillas, como si hubiese confesado su mayor secreto en vez de decir algo tan… normal.
Sonreí de oreja a oreja.
—Te pega.
—¿Qué te hace creer eso?
Me encogí de hombros.
—Te pasas todo el día leyendo y te encanta estudiar literatura. Supongo que es bastante obvio.
—No tanto —susurró, rascándose la nuca con el mango del pincel. El cabello se le manchó del mismo rosa que el de su atardecer—. Nadie… Nadie lo sabe. Ni siquiera Lalia.
Eso sí que me dejó estupefacto.
Pese a ser tan distintas y chocar tan a menudo, eran inseparables.
De hecho, su relación era tan estrecha que si alguna tenía un problema, la otra se involucraba en él aunque no le afectase personalmente.
Como aquella vez que Lalia salió llorando de clase, porque un niño se había reído de ella por llevar dos calcetines de colores diferentes, y Eleonor le amenazó con cortarle el pelo con unas tijeras despuntadas.
Justo cuando separé los labios para preguntar por qué me lo había contado antes que a su propia hermana, la puerta se abrió de golpe.
—Buenas tardes, mi gente. Ya llegó por quien tantísimo llorabais —se vanaglorió Kavan, deslizando los ojos por el cuarto. Cuando los clavó en el paisaje del que Eleonor parecía olvidado, se carcajeó—. ¿Qué se supone que es eso, Riviere? ¿Vómito de gato?
Esta, en lugar de caer en sus provocaciones, puso los ojos en blanco.
—¿No se supone que deberías haberte ido hace unos quince minutos?
—¿Tanto quieres perderme de vista? —preguntó con mucho dramatismo, como si le hubiera ofendido de verdad. Se llevó las manos al pecho y resopló—. Pensé que éramos amigos y que me apreciabas tanto como yo a ti.
—Pensabas mal.
Tuve que volver a morderme el labio para no soltar un berrido de diversión.
—¿Hoy no tienes entrenamiento? —me apresuré a añadir. Les conocía lo suficiente como para saber que, si no me metía en la conversación lo antes posible, comenzarían a lanzarse pullas sin cesar.
—Resulta que estoy muy enfermo. —Para reforzar sus palabras, fingió un ataque de tos virulento—.
He discutido con Axel y no me apetece ir a entrenar, así que me he inventado lo primero que se me ha ocurrido.
Si alguien pregunta, tengo una fiebre horrible de casi cuarenta grados y no puedo apenas moverme de la cama.
—Luego te quejarás de que te dejan en el banquillo y que no te permiten jugar —rebatió Eleonor, cruzando los brazos por encima del pecho.
Aunque intentaba resultar amenazante, con las dos coletas altas que le coronaban la cabeza y las mejillas sonrojadas parecía más un personaje gruñón que alguien a quien temer.
—Lo superaré, Riviere, no te preocupes.
—Bueno, ¿y qué querías? —pregunté al mismo tiempo que cerraba el cuaderno de inglés y resoplaba. Así no había quien se concentrara en escribir una redacción en condiciones sobre cuáles serían las vacaciones idílicas para mí.
—¿Por qué tanta desconfianza? ¿Es que no puedo ser un buen hermano y preocuparme por vosotros?
Por cómo le brillaban los ojos y la sonrisa ladeada que esbozaba, era obvio que no venía a pasar el tiempo y que venía con un recado.
—Kavan.
—Vale, vale. —Alzó las manos, pidiéndome paciencia—. Mamá me ha dicho que vayáis al invernadero en cuanto estéis libres. Quiere enseñaros algo, aunque no me ha contado el qué.
El invernadero era, junto al faro del pueblo, mi lugar favorito.
También el de mi madre.
—¿Podemos ir cuando acabemos el cuadro? —me pidió Eleonor, en voz tan baja que me costó entenderla—. No quiero dejarlo a medias.
—No pierdas el tiempo —se mofó Kavan, con ese tono burlón que tanto le gustaba al resto de chicas y que, en Eleonor, tenía el mismo efecto que un partido de tenis. Ninguno—. Ya no tiene arreglo.
Ignorándolo, me giré hacia ella y le indiqué sin palabras que le ignorara. No tuve que repetirlo, porque de inmediato se volvió y le dedicó toda su atención al paisaje, casi seco. Kavan, al ver que dejábamos de hacerle caso, acabó marchándose.
Tras diez minutos, la joven buscó mi mirada.
—No está tan mal, ¿no?
Había tanta vulnerabilidad en sus pupilas que no pude hacer otra cosa que negar con la cabeza. Objetivamente, no había nada destacable; el degradado era demasiado evidente, las nubes parecían pegotes de pintura con relieve y los colores que había escogido no concordaban entre sí. Pero aun así…
Aun así no fui capaz de ser sincero.
Sonreí y le dije que había hecho un buen trabajo incluso cuando ella misma era consciente de que no era así.
—Oye, Leo —pronuncié con lentitud en cuanto salimos al jardín y el viento nos arañó la cara—. ¿Te puedo hacer una pregunta?
—¿Tiene que ver con lo que estábamos hablando antes?
Se ajustó la bufanda, con la vista clavada en los charcos congelados que habían dejado las últimas heladas que habían sacudido Saint Julien.
—Sí. Es solo que… me gustaría leer algo tuyo.
Se quedó estática.
—¿Qué? —graznó, muy alterada—. ¿Para qué?
Ni siquiera yo sabía la respuesta.
Nunca me había gustado leer, quizás porque no tenía la imaginación suficiente como para visualizar a la perfección lo que alguien había descrito.
Para mí las palabras eran solo eso. Palabras.
No despertaban en mí ningún tipo de emoción y aun así, por algún motivo que no entendía, quise darle una oportunidad.
Solo por ser ella.
Solo por ser algo suyo.
—Para descubrir qué talento ocultas —fue lo que dije.
Mientras yo era un libro abierto con capítulos disponibles para todo el mundo, Eleonor era el típico diario con candado, cuya llave estaba guardada a buen recaudo. Y yo quería que la compartiera conmigo.
Durante unos segundos, el mundo pareció enmudecer. Los coches pararon de circular, el cielo dejó de rugir y el viento cesó. Y entonces, cuando pensé que nos quedaríamos en silencio hasta llegar al invernadero, contestó:
—Te enseñaré algo, pero con una condición.
Ni siquiera lo pensé dos veces.
—Lo que sea.
—Necesito que me asegures que no te reirás de mí.
—Nunca sería capaz de reírme de ti, El.
Inspiró hondo y pestañeó con rapidez, como si intentara deshacerse de una mota de polvo que se había introducido en su ojo por accidente.
—¿Me lo prometes? —musitó con tanta fragilidad que no pude evitar pestañear con lentitud, sorprendido.
Eleonor siempre había odiado las promesas. Creía que eran demasiado poderosas, demasiado difíciles de cumplir. Así que el hecho de que me pidiera algo así demostraba lo importante que era eso para ella.
—Te lo prometo.
Me acerqué a ella, con el meñique alzado para poder formalizarlo.
Y entonces me caí.
Me caí y ella, en vez de ofrecerme su ayuda, soltó una carcajada.
—¿Estás bien? —pronunció entre risas.
—Normalmente me ofendería que te rieses de mí, pero estoy tan poco acostumbrado a que lo hagas que creo que podría hacer un sacrificio —suspiré a la vez que cerraba los ojos, como si así pudiera ignorar el bochorno que me recorría el cuerpo de arriba abajo.
—Eh —me recriminó, con la nariz arrugada pero una sonrisa todavía pendiendo de la comisura de sus labios—, lo dices como si estuviese amargada las veinticuatro horas de los siete días de la semana.
Negué con la cabeza.
—No, lo digo porque nunca me cansaría de verte así.
—¿Así cómo? —Aunque el tono de su voz demostraba que seguía a la defensiva, sus hombros se relajaron al instante.
—Tan feliz. Tan llena de amarillo y tan alejada del gris.
Los ojos se le empequeñecieron un poco más cuando se le ensanchó la sonrisa.
—Va, levanta. —Me ofreció su mano para ayudarme y yo no lo dudé. Tiré de ella, tomándola tan desprevenida que acabó cayendo encima de mí, lo cual me dio la excusa perfecta para rodearle la cintura con fuerza y abrazarla—. ¡Kylian!
Aunque intentó zafarse de mi agarre, no sirvió de nada. Se estaba riendo tanto que no tenía fuerza suficiente como para apartarme.
Me fijé en las motitas blancas que habían comenzado a aterrizar sobre su cabello y que se derretían a los pocos segundos y, sin pensarlo, estiré el brazo y le acaricié el cabello. Era tan suave como parecía.
Hizo un mohín, pero no se quejó.
—Está nevando —señalé, como si no fuera obvio.
—Eres consciente de que tu madre nos matará cuando nos vea así, ¿verdad? —suspiró de forma pesada justo cuando empecé a toser. Sin dudarlo un solo segundo, se quitó la bufanda y me la colocó alrededor del cuello—. A este paso te vas a resfriar, idiota.
Cuando se incorporó y se deshizo de la nieve de sus vaqueros, me ofreció la mano de nuevo, con la única diferencia que esa vez no hice ninguna jugarreta. Me conformé con entrelazar mis dedos con los suyos, fríos como témpanos.
Lo que más me sorprendió fue que no se apartó ni siquiera cuando llegamos al invernadero.