El idioma de los girasoles IX, Eleonor #2
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IX, Eleonor #2

—Porque soy un puto desastre. ¿Es que no lo ves?

—farfullé antes de echarme a llorar de forma todavía más descontrolada.

Señalé el aparcamiento vacío—. Estoy sola.

Ya no es el hecho de que todo el mundo me ignore todos los días de mi vida, sino que además mi propia hermana no se ha dignado en acercarse a ver si estoy bien.

En cambio, ha preferido priorizar sus amistades.

Amistades de las que yo, por cierto, ni siquiera disfruto.

Porque desde que os fuisteis… Desde que os fuisteis…

No fui capaz de continuar y decir lo que de verdad pensaba.

«Porque desde que os fuisteis nadie me ha importado tanto. Y porque desde que os fuisteis nadie se ha preocupado por mí».

Estaba segura de que, entre las veces que sorbí por la nariz y la rapidez con la que hablé, ni siquiera me había entendido bien. Aun así, me tomó de la mano y se la llevó al corazón.

—Mira, Riviere, no tengo ni la menor idea de todo lo que ha sucedido en nuestra ausencia, pero si hay algo que te puedo asegurar es que no eres tú la que se pierde nada al no relacionarte con ellos. Son ellos.

—No creo que…

Sus dedos se apretaron más en torno a los míos.

—En el pasado siempre fuiste mi primera y única opción.

Había muy pocas que no me gustasen de ti y, aun así, todo eso hacía que tú fueses…

tú —susurró con mucha cautela y paciencia—.

Y por eso mismo acabaste convirtiéndote en la primera chica que me robó el corazón.

Tu tozudez, tu sinceridad, tu forma de defender a quienes te importan.

Eres difícil de conocer, Eleonor, y eso es un hecho.

Pero no eres difícil de querer. Y menos aún de olvidar.

Tras asegurarse de que no me incomodaba, él también me puso la palma debajo de las clavículas. Aquel gesto me envió una descarga eléctrica por toda mi columna vertebral, porque si bien llevaba una camiseta ancha y un sujetador con relleno, era más que evidente la ausencia de…

—Mastectomía.

No fue necesario que dijera nada más, porque Kavan no preguntó. Sabía que quería hacerlo, porque se le dilataron las pupilas y entreabrió los labios por la sorpresa; sin embargo, quizá porque sabía que no era el momento más apropiado, acabó cerrando la boca y centrándose en mis ojos.

Lo que sí me gustó fue que no apartara la mano de mi pecho.

No quería que me tratase de forma diferente, o me tuviese asco, solo porque me faltaba un pecho debido a la extirpación a la que me habían sometido con apenas dieciséis años.

—Respira conmigo —murmuró, en cambio.

Durante los siguientes minutos me centré en seguir sus indicaciones, llenándome por completo los pulmones de oxígeno y manteniéndolo antes de expulsarlo con mucha lentitud.

Al principio fue difícil, ya que no era capaz de hacerlo sin que se me colara algún resuello o hipido, pero poco a poco empecé a racionar cuánto aire entraba en mi sistema y cuánto salía.

Lo único malo fue que, a medida que pasaba el tiempo, empecé a ser consciente de las rozaduras de las manos y de las rodillas, que al parecer también habían sufrido con la caída.

—Ya habías hecho esto antes, ¿no? —me interesé cuando me sentí preparada para entablar una conversación en condiciones sin ahogarme.

—Kylian —pronunció con lentitud—. Yo también he tenido varios, pero aprendí a controlarlos tras un par de sesiones con el psicólogo.

A mi hermano… —Tosió para librarse del nudo que le constriñó las cuerdas vocales—.

Se le complica un poco más. No sabe pararlos antes de que se le vayan de las manos.

Es lo jodido de la ansiedad; nunca sabes con qué intensidad va a venir y, en muchas ocasiones, llega cuando menos te lo esperas y te somete.

A pesar de que lo soltó como si nada, no pude resistir el impulso de acariciarle el brazo.

No me había pedido consuelo, y yo tampoco estaba en el mejor momento para ofrecérselo, pero me sentía mal por él.

Por todo lo que había tenido que aguantar al ser el mayor de una familia que, si bien contaba con un padre, parecía haberse vuelto ausente.

—Tienes una carga excesiva sobre los hombros —señalé, sin tener la menor idea de cómo afrontar ese tema. Sabía que era delicado porque no había nada tan importante para Kavan como sus hermanos.

—Estoy acostumbrado a cuidar de la gente que me importa. Además, ¿te recuerdo todas las veces que me encargué de ti? —me recordó, como si hiciera falta—. Siempre era yo quien te ponía esas tiritas de colores que tanto adorabas, las de forma de gato.

Me reí en voz alta.

—Eso fue porque me hiciste creer que eran mágicas.

Se inclinó hacia delante, con una ceja enarcada, y me dio un codazo suave.

—¿Acabas de sonreír por la mención de las putas tiritas? —Se pasó la mano por el cabello ondulado, que se le había venido hacia los ojos—. Si lo llego a saber, habría sacado el tema mucho antes. Me hubiese ahorrado un montón de tiempo.

Le propiné un golpe en el pecho que no le dio tiempo a esquivar.

—Gilipollas. —Ladeé la cabeza y señalé con la barbilla el lugar de donde había venido—. ¿Volvemos ya?

—¿No quieres que te lleve a casa?

Era una opción tentadora, pero negué con la cabeza. No quería que se perdiese los fuegos artificiales por mí, y menos cuando eran los primeros que presenciaba en un buen tiempo.

—He llorado tanto que creo que no me quedan lágrimas para el resto del año.

—Me levanté del suelo casi de un salto, sintiendo las piernas recuperar su movilidad habitual, y le tendí una de mis manos magulladas para que se pusiera también en pie.

En cuanto lo hizo, añadí—: Gracias por venir y ayudarme.

En lugar de soltarme, tiró de mí para empujarme contra su cuerpo y abrazarme con una fuerza que me dejó sin aliento.

—Haría lo que fuese necesario por ti, Riviere. Espero que no lo olvides nunca.

Podría haberle dicho que nunca lo había hecho, pero en cambio lancé:

—Suéltame.

Una risotada le brotó de los labios y me estalló en el oído.

—Ah, no. Ni de coña. No sabes todas las veces que me he preguntado si volvería a abrazarte de nuevo, así que cállate y déjame disfrutar de este momento.